lunes, 25 de agosto de 2014

El oro de los Yurbacos

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Jacobo Del Castillo y Morejón, oficial ibérico oriundo de Bailén, llegó a la provincia de Cartagena de Indias un lluvioso Mayo de 1539 a reforzar las fuerzas de Pedro de Heredia, acantonadas en esa ciudad. Don Pedro de Heredia se recuerda por el asesinato de centenares de nativos de esta tierra caribe y a quien muchos masoquistas criollos adoran.

Cierto día fue enviado Jacobo con catorce soldados, a recoger el tributo de los nativos en la aldea de los Yurbacos, feroces y valientes guerreros de la familia caribe de profunda espiritualidad y desarrollo, pero que temían al español por la brillantez de sus armaduras y la creencia que estos eran dioses.

Don Jacobo llegó a ese asentamiento nativo un Marzo lejano. Los nativos que ya los habían avizorado, lo esperaban en el redondel, frente al templo ceremonial.

El jefe de la aldea se llamaba Arinex y estaba plantado en medio de ocho guerreros y flanqueado por dos sacerdotes cuando llegaron las deidades.

La flatulencia emanada de esos “dioses” era terrible, el olor axilar y el de sus cuerpos, los sofocaba. A través de un intérprete dijeron que iban en busca del oro que debían tributar y las piedras preciosas que habitualmente entregaban.

En ese lugar el mosquito y el jején son abundantes y temidos. Mientras el intérprete traducía la petición y la transmitía al bravo cacique Arinex, un mosquito jabado (gris con blanco), se abalanzó sobre las carnes rosadas del ibérico y le enterró feliz, su afilado aguijón, el comandante español al sentir la terrible picadura dio un manotón tardío ya que el ágil y feroz mosquito tigre o Aedes albopictus, de la familia Culicidae había levantado vuelo para volver a atacar esa “carne nueva”.

Los sacerdotes y el buen Arinex se percataron de esto y viendo que los mosquitos se daban un banquete con los invasores, dijeron de la manera más inocente que le iban a entregar el oro equivalente al peso de los cinco soldados más robustos, pero que los dioses habían pedido que la entrega se hiciera en medio de profunda laguna, para honra y prez de Semingwarak, Dios Supremo de la familia yurbaco.

Ante una orden del cacique, los artesanos armaron las balsas para los visitantes a quienes el jején y el voraz mosquito tigre o jabao, con su afilada proboscide o aguijón, le daban clavo (picaban) de manera inmisericorde.

Después de armar las balsas y amarrarlas con bejuco prieto, (el más débil), subieron a los españoles en las dos balsas para que recibieran el tributo. Cuando llegaron a lo más profundo del lago, Tobanix el sacerdote mayor, levantó los brazos a la bóveda celeste emitiendo una teoglosia musical; arqueaba su cuerpo en la balsa, gemía y se contorsionaba en armónica gestualidad de una profunda sacralidad. Concluida su invocación ritual, Dijo: Semingwarak ha hablado:

Dijo que todo el oro era para los visitantes, cuando el traductor decía a don Luis Jacobo el mensaje de los dioses, este se frotaba las manos, satisfecho y feliz por el éxito de su gestión. La condición era que como ellos eran “deidades brillantes”, debían recogerlo en el fondo del lago y subirlo a la superficie.

Dicho esto, el sabio cacique Arinex, dijo solemnemente mientras soltaba las amarras de las balsas: “Acato humildemente tu decreto, divino Semingwarak”.

Las balsas con los conquistadores abordo se abrieron cuando el jefe tribal lascó los bejucos, los españoles se fueron a pique sumergiéndose para siempre en las frías aguas de la laguna turbaquera.

Por esa razón los Yurbacos rinden culto al mosquito y al jején dejando como legado numerosas estatuillas en oro de estos animales y a partir de ese día se inició una feroz lucha liderada por Arinex en defensa de su territorialidad.

Al final fueron derrotados y los sobrevivientes prefirieron el exilio en la tierra de los grandes sabios, (Sierra nevada de Santa Marta) a vivir esclavizados por los españoles. Arinex fue derrotado en la última batalla después de abatir más de diez españoles en el enfrentamiento, su cuerpo según narran los cronistas, tenía más de ochenta lanzazos y sádicamente descuartizado en doce partes.

Los sacerdotes y mamos de la sierra, pronuncian ese nombre, cuando se van a comunicar con los dioses en los mundos superiores.

Arinex, abure…que Ibaé, Ibán, Tonú

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