lunes, 25 de agosto de 2014

El reino de la espera

Edgar Borges (Desde Madrid, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Recuerdo un episodio de Garfield titulado “El reino de la espera”. El televisor de Jon, “el dueño del gato protagonista”, se daña; el hombre llama por teléfono al servicio técnico pero sólo atiende una grabadora que indica repetidas veces una serie de opciones numéricas. Cansado de la espera, Jon entrega el teléfono al gato para que le avise apenas responda un ser humano. Garfield, agobiado por la voz metálica y el tono, se queda dormido. Lo que sigue es una pesadilla sobre la ausencia de humanidad en las (paradójicamente llamadas) comunicaciones. El capítulo de Garfield, agudo y trágico, es un asomo a la más sofisticada forma de colonización que se haya cometido contra el ser humano.

La modernidad, como cualquier concepto, puede ser una trampa cuando se introduce en la cotidianidad como una vía unilateral de realidad. Eso ha ocurrido con la sistematización de las necesidades sociales a través del uso de la tecnología. Un día se subió el telón y nos presentaron la burocratización del todo, el almidonamiento de lo que una y otra vez pretendimos ser (en equidad y justicia) a contra corriente de los poderes fácticos. Y frente al show: fantasmas que simulan el fuego de la vida conectados a una simbología que carcome el pensamiento y la palabra. Cada quien compró el diseño invisible de una parcela maquillada de autopista (la geografía de seres que se creían comunicados). Servicios públicos y privados; lo micro y lo macro; el boleto de ida y vuelta, todas las direcciones conducen a una única no salida: la respuesta virtual. Y esa no salida, por más simulacros de opciones, no admite preguntas. Se acabó el derecho a obtener respuestas pensadas. En la sala de espera somos espectadores de fogonazos de realidad que a la final nos dejan saturados. ¿Se ha preguntado cuándo fue la última vez que pudo disfrutar de su propio silencio?

En el año 2001, cuando se publicó en Venezuela mi libro “Aquiles. El fugitivo de la globalización”, una periodista me etiquetó de “apocalíptico enemigo de la modernidad”. El libro, como tantos otros de diversos autores, sólo dibujaba la progresiva pérdida de la memoria desde que hemos entregado la imaginación al absolutismo tecnológico. No es un decálogo de la ciencia ficción, tampoco es la paranoia de un inadaptado. Es la reflexión básica que (sospecho) en silencio casi todos nos hacemos. Recuerdo el sujeto que se fue de la tienda de telefonía convencido de que había entendido las instrucciones del vendedor; en su partida pude ver que su rostro tenía la misma interrogante (temerosa) que llevaba encima la vecina que me pidió ayuda porque su lavadora nueva no le funcionaba y en el servicio técnico sólo le atendían voces metálicas. ¿Acaso no será la misma pregunta que la mayoría calla cuando va a una taquilla de banco y no entiende por qué tiene que entenderse con máquinas? ¿Alguien nos consultó si queríamos este modelo de anti humanidad? ¿Quién no se siente un ignorante ante el constante cambio de informaciones que nos entregan cada vez que se hace caduco un “aparato nuevo”? ¿Quién no se ha sentido un excluido ante la alienación colectiva que produce el efecto “sólo existe el otro a través de su aparato móvil”? ¿Quién no percibe que ha entregado la particularidad de su imaginación creadora de realidades a un panfleto inalcanzable y uniforme llamado realidad virtual?

Sobre esta nube “gestionan” hasta muchos de los llamados gobiernos de izquierda. Unos y otros han sido inducidos a entrar en la mundialización de un esquema tecnológico sin alternativas. Pocos se atreven a diseñar e impulsar un modelo diferente, el concepto global de modernidad no da tregua, absorbe o aplasta. En paralelo al crecimiento de las (siempre) llamadas nuevas tecnologías, el panorama exterior del siglo XXI se debate entre una crisis económica planetaria y guerras para desmantelar cualquier concepto de país contrario a los lineamientos de El reino de la espera (cuando menos los opositores serán tachados de primitivos, cuando mucho de terroristas). Como si fuese un viejo rompecabezas que va entregando las piezas por ciclos, hoy asistimos a dos partes del juego (privado): realidad virtual para sedar la mente, realidad exterior inhóspita para saquear los recursos de la tierra. Política, arte y ciencia, de un tiempo a esta parte todo ha cedido en ética y fuerza a favor de un gobierno global que, desde su operatividad invisible, opera como el distribuidor de la precariedad y de la utopía. Habría que observar la metamorfosis que la actual situación genera en nuestra conducta. ¿Qué clase de no relación se está instaurando bajo este nuevo formato de no existencia? Del pensamiento a la reacción, de la duda a la estupidez, del grupo al aislamiento, de la movilización a la inercia. En los modelos sociales anteriores, con el poder siempre pretendiendo moldear nuestra perspectiva, hubo espacio para la diversidad de vías. El teléfono nunca pretendió ser televisor y el mural no usurpó el recorrido del paisaje. Un vaso medio vacío también puede ser un vaso medio lleno; sin embargo, difícilmente el individuo podrá escoger con qué llenar su vaso cuando sólo consigue Coca Cola. En las redes sociales los usuarios repiten una determinada tendencia. No obstante, poco antes los noticieros de televisión, en su noción de agenda cultural, difundieron los vídeos o las publicaciones del momento (el recién nacido que baila como Michael Jackson; el sujeto que conduce un camión con los pies y por la vía contraria o la famosa que sube una foto desnuda a la red social del momento). Igual acontece cuando lanzan algo nuevo, sea un teléfono móvil, un juego virtual, una aplicación o cualquier nueva forma de vendernos la sistematización de las voluntades. En la novedad, anunciada por televisión, sacan a todos los competidores de la carrera. El modelo es un no lugar que pulveriza nuestra energía. Nunca llegamos a tiempo, quedamos fuera de todo espacio e identidad. Jamás podremos alcanzar ese estado virtual (ajeno a la independencia de nuestra imaginación) que nos convoca como un espejismo devorador de realidades.

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