lunes, 4 de agosto de 2014

Recuerda que eres mortal

Toño Fraguas



Cuando los emperadores y generales romanos aparecían ante su pueblo enfebrecido y eran aclamados triunfalmente, un esclavo que sostenía sobre sus cabezas una corona de laurel les susurraba al oído “recuerda que eres mortal”: “memento mori”. La costumbre servía para que los líderes no se creyeran dioses.

En demasiadas ocasiones nos olvidamos de ese recordatorio: somos mortales. No es que nos creamos dioses, pero la mayoría de nosotros posterga decisiones importantes, aplaza placeres o soporta situaciones insostenibles como si fuéramos a tener tiempo de que cambien las cosas. Como si hubiera segundas, terceras y hasta cuartas oportunidades.

La muerte nos rodea a diario: en las noticias, entre conocidos. Es tan omnipresente que hemos dejado de verla, de sopesarla, de valorarla. Esa sobreabundancia de muerte irreflexiva, que se cuela entre una noticia sobre ciencia y un anuncio de detergente, funciona como una estrategia de control social. Es una muerte tan permanente que acaba velándosenos, ocultándosenos.

Hay quien abraza ese sutil velo e ignora la muerte por mero pavor: es un autoengaño comprensible. Pero vivir sin tener presente la posibilidad real de nuestra muerte es vivir menos. Quizá solo las personas que han visto de cerca esa posibilidad, a raíz de una enfermedad o de un accidente grave, son conscientes de la facilidad y arbitrariedad con la que morimos.

El miedo a la muerte ha sido la principal baza que ha empleado el Poder para someter al ser humano. No ya la amenaza de muerte (dominar a las personas coaccionándolas con la posibilidad de quitarles la vida), sino el miedo mismo que la mayoría siente a ese momento que a todos nos llegará. Es un miedo irreflexivo, el de quien ni siquiera ha dedicado unos minutos a pensar qué pasaría si, de verdad, muriera. No es tan grave.

Una reflexión más elaborada nos lleva a no temer a la muerte, pero sí al proceso de morir. El mal morir: el dolor, el sufrimiento, el apagamiento lento y cruel. De la muerte en sí, nadie sabe nada, pero en tanto que término de ese sufrimiento, puede ser percibida como una liberación. Podemos muy bien pensar que, cuando muramos, el mundo lo hará con nosotros. “Después de tu muerte, todo te seguirá”, decía Lucrecio.

Para los que no creen en el más allá, la muerte (desprovista del dolor previo) no tiene por qué ser algo negativo. De hecho se convierte en aquello que da valor a la vida. Recordar a diario que somos mortales nos invita a saborear cada pequeño acto de la vida como si fuera el último. Y nos hace peligrosos para el Poder. Porque no creemos en el futuro.

Durante siglos el cristianismo mal entendido se ha encargado de pintar la muerte como un eterno suplicio para los pecadores y, ya se sabe, todos somos pecadores. Ninguna potencia totalitaria, ninguna herramienta de represión y control social tan efectiva como ese cura que pregunta a sus aterrorizados alumnos si su amiguito recién fallecido accidentalmente habrá tenido tiempo de arrepentirse de todos sus pecados antes de morir o si, en cambio, habrá ido derechito al infierno para sufrir una tortura eterna.

La consciencia de la posibilidad de morir, de volver allá donde estábamos antes de haber nacido (y de volver sin memoria ni añoranza de lo vivido) puede ser un elemento profundamente emancipador. De ahí, entre otras cosas, la importancia de que podamos elegir una buena muerte: la eutanasia.

Ningún acto tan revolucionario como seguir aquello que decía Horacio en sus Epístolas’: “Piensa que cada día es el último que luce para ti, vivirás con gratitud la hora que ya no esperabas”.

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