miércoles, 3 de septiembre de 2014

Crítica literaria: Diario del ladrón, de Jean Genet

Ricardo Guadalupe (Desde Madrid, España. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Estamos acostumbrados a no cuestionarnos el mal, a simplemente negarlo, rechazarlo, atribuirlo a enajenados, a algo ajeno que se pudiera extirpar como un apéndice. Sin embargo la historia y los telediarios nos golpean tenazmente con el mal nuestro de cada día, una condición endémica en el ser humano a la que será mejor no dar la espalda. Por eso es interesante, y mucho, encontrarse frente a un intelectual y virtuoso del lenguaje como Jean Genet, que no sólo se atreve a meterse en las tripas del tabú sino que además defiende una postura radicalmente opuesta a la convencional. El lector podrá optar por cerrar el libro o por emplearse a fondo contra las ideas de Genet, pero para lo que no deja margen esta obra maestra es para despreciarla como desvaríos de alguien que no sabe lo que dice. La batalla moral está servida.

Diario del ladrón es un libro autobiográfico que se acabó de escribir en la cárcel. Narra la vida del autor entre los años 1932 y 1940, o mejor dicho, su mala vida, de ladrón, mendigo y chapero. En esos años anteriores a la guerra civil española vagabundeó por España, estableciéndose en Barcelona y Andalucía, mientras la persecución policial se lo permitiera. “Será un presente fijado con la ayuda del pasado, no lo inverso. Sépase, pues, que los hechos fueron lo que digo, pero la interpretación que de ellos hago es lo que yo soy y me he hecho”. Pues bien, lo que él era y se hizo elogia la crueldad, idealiza lo negativo y admira el crimen, o lo que él llama tratar de alcanzar una perfección moral. ¿Qué, cómo se os ha quedado el cuerpo?

Remontémonos a sus orígenes, hijo de padre desconocido y madre prostituta fue criado en un orfanato. Rodeado de miseria y mala suerte no tardó en delinquir y convertirse en carne de reformatorios, lugares donde pasó su adolescencia. Con apenas 16 años se convenció de todo aquello de lo que le acusaban. Era malvado, abyecto. Y por tanto amar lo malvado y abyecto era amarse a sí mismo. “Tan grande era mi miseria que me pareció que estaba hecho de una pasta con ella amasada”. Decidió considerar bello lo feo y favorable lo desfavorable. Decidió “explotar el anverso de vuestra belleza”. Hallar “bellezas nuevas”, cabe suponer que para sobrellevar su aciaga existencia. Llama a su propósito “rehabilitar lo innoble”. ¿Qué opináis ahora, os parece tan descabellado? Basta con ponerse en su lugar para no juzgarlo a la ligera.

Identificar como hermoso lo que considera más parecido a sí mismo aviva su deseo de profundizar en lo perverso. Para ello debe transformar en su mente la realidad, así como el orden de las cosas. “Mi valor consistió en destruir todas las habituales razones de vivir y descubrir otras”. Adquiere una visión cándida del mal. Corrompe su percepción hasta el punto de maravillarle los crímenes. Y tras cometer actos inmorales se enorgullece de ellos, pues de esa manera saca pecho y evita sentir vergüenza o directamente sentirse un completo desgraciado. No sé a vosotros, a mí me viene a la cabeza más de uno cuya mente puede funcionar así.

Para el joven Genet romper los lazos con la humanidad no es una opción, es su única salida para valorarse. “Si no puedo tener el más brillante destino, quiero el más miserable”. Desde su estrato social, la vía más rápida para obtener reconocimiento es la del crimen. Por otro lado, de algún modo no hace sino utilizar las reglas de la moral tal como las utilizan con él. “La tragedia es un momento alegre”. Su confusión le lleva a calificar el mal con expresiones habitualmente empleadas para el bien. Tensa la cuerda y el pulso que mantiene contra el discurso comúnmente establecido a través del lenguaje, con giros y juegos de palabras. Nos zarandea cuando afirma que robar “es un acto heroico”, nos hace perder la orientación cuando dice que “la traición es hermosa”. Está convencido de que es la forma que tiene de honrar a los más humildes, de glorificar a los miserables. Por momentos tengo la sensación de estar sentado bocabajo, de que el cuarto se ha vuelto del revés.

Puede que os estéis preguntando qué hace proseguir con la lectura de un libro así, que ensalza lo inmoral y transpira fascinación y atracción por la brutalidad. En mi caso lo hacen digerible, incluso sugestivo a su manera, la pasión, la emoción y el candor con el que está escrito. Además de conmover la desgracia del protagonista. El autor, narrador y protagonista llega a definir Diario del ladrón como “un canto de amor”. Defiende la belleza de los actos, aunque por cómo se expresan, no por su finalidad. Y sobre todas las cosas le mueve el placer. “Mi aventura, en ningún momento impuesta por la rebeldía ni por la reivindicación, no será, hasta este día, más que un prolongado apareamiento”. No resulta extraño que sea ésa la principal motivación de alguien acostumbrado a ver tan de cerca la muerte y tan lejos un mañana.

“El crimen me ha encelado”. El erotismo que seduce a Juan, como se hace llamar Genet entre los españoles que va conociendo, es muy particular, es un erotismo del mal. Asimismo, su gusto por lo desagradable le adentra en el masoquismo. Al principio a tientas, luego por entero. En un momento dado describe de este modo a un compañero de correrías: “Guy tiene ya la conmovedora actitud de un perro cagando. Empuja, tiene la mirada fija y las cuatro patas juntas bajo el cuerpo arqueado; y tiembla, desde la cabeza hasta la humeante cagarruta”. Lo he citado porque también tiene mucho de autorretrato, del Genet del que nos habla Genet. Él empuja, y empuja, aunque duela, aunque el resultado sea deleznable.

Finalmente, esta obra, a medio camino entre lo literario y el ensayo filosófico, ha pasado a la historia además por ser un icono entre los libros de contenido homosexual. Jean Genet cuenta sus relaciones con los maleantes que amó. De hecho es el amor por uno de ellos y su felicidad en ese amor lo que le invita a reconocer a la postre una moral más conforme a la de “nuestro” mundo.

Nuestro mundo, su mundo, una distinción que Jean Genet marca a lo largo del libro, pero que no dejan de formar parte de un único mundo. Un mundo que puede entenderse mejor gracias a textos tan valientes, descarnados y reveladores como Diario del ladrón.

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