martes, 9 de septiembre de 2014

Elogio del destrato

Roberto Fermín Bertossi (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Ante el abrumador destrato familiar, escolar, social, estatal, televisivo, comercial e institucional, deberemos admitir que el mismo, como actitud irrespetuosa y desconsiderada de una persona hacia otra, se ha instalado apabullantemente entre nosotros.

El buen trato es imprescindible para convivir en sociedad, para conseguir las metas que se han propuesto y para poder disfrutar de una vida tranquila, sin recibir críticas por su forma de comportarse tanto en familia como en la sociedad pero, resulta que imperan, denigrantemente, la procacidad, lo chabacano, lo efímero enrevesado.

Ante la ausencia de valores como cortesía, amabilidad, delicadeza y “códigos”, la ética relacional social luce `eclipsada`.

En efecto, extrañamos lo amable, lo cortés, lo atento; extrañamos y anhelamos todavía, personas educadas, correctas, galantes, con gestos y detalles que animen y retroalimenten nuestras vidas.

Entonces, ¿por qué falta cordialidad y armonía en la convivencia y vecindad cotidiana?

Una respuesta posible es el imperio de la grosería, de la “insolencia con audiencia”, de lo vano, de lo pueril, de la falta de afables modales, incluso en personas que pareciera nunca fueron educadas… por casos, ya no ceden el asiento del colectivo al anciano ni en la calle, el paso al que viene a su derecha…

Lo agradable y correcto está poco menos en vías de extinción en tanto prevalece la impaciencia e irritación personal en grados crecientes que cobran día a día más agresión y virulencia hasta llegar al insulto, los golpes, las heridas y la muerte …por nada; muertes ridículas y absurdas repotenciadas y amplificadas perversamente por un periodismo mercantilista sin responsabilidad social.

Inquieta y mucho los niveles de violencia e inseguridad que se han apropiado de las calles y caminos de la vida. Crece el maltrato familiar, laboral, institucional, en las rutas, en los transportes colectivos, en las comunidades educativas y hasta en lo supuestamente recreativo: (estadios de futbol, boliches/pubs, etc.).

Concomitantemente duele admitir que una hipercompetitividad individualista ha herido de gravedad la solidaridad y complementariedad social que nos caracterizaba (Vg., las mingas, las techadas, las cosechas, etc.).

Demasiada violencia encubierta ante demasiada insensibilidad e indolencia favorecidas y facilitadas por tanta indiferencia, derivan en un grave tipo de crueldad, una crueldad que se ha apoderado de los escenarios vitales, esto es, de las convivencias racionales y razonables que antes resultaban espontáneamente habituales en los mismos, los que así, vienen exhibiendo un incremento inaceptable de ausencias fraternales básicas e imprescindibles para la paz social, familiar, escolar, deportiva y ciudadana en las calles e instituciones, etc.

Ya deberíamos darnos cuenta y convencernos que nos urge revertir o al menos, aminorar todo eso, incentivando, difundiendo y publicando periodísticamente sus opuestos; esto es, nada de lo que hacen ciertos medios de comunicación en la actualidad.

Estos últimos, de uno u otro modo, alientan y sugieren más o menos subliminalmente o, “como sea”, escándalos de toda laya, logros narcisistas y volátiles, todos socialmente repugnables. Lamentablemente, a sus auspiciantes nada les importan sus consecuencias: Vg., anticulturas del desencuentro, de la holgazanería, del desenfado y del descarte humano. Todo lo contrario, ¡¡¡las están financiando!!!

Ahora bien, no es necesario ninguna sofisticación ni ilustración para ser cortés, simpático y empático.

Pero, sin el buen decir y la cortesía, nunca nos trataremos bien, salvo cuando excepcionalmente y por caso, somos espontáneamente autoconvocados para el festejo de un gran éxito deportivo nacional o un ágape … aunque, nobleza obliga, esto mismo también se disfruta… ¡¡¡hasta que prevalece la dictadura del alcohol, de los estupefacientes, de sus sustitutos y complementarios!!!

Resultan incontables los caminantes empachados visualmente y con la nada en sus pesadas mochilas del orgullo, la soberbia y las altanerías, algo propio de personas inseguras, preñadas de incertidumbres las que, en su realidad más profunda lo ignoran clara y absolutamente.

En realidad en lo más recóndito de su ser, todos ellos sólo buscan un poquito de afecto y contención pero, con un cómo, un dónde y un cuándo `babeliano` e inoportuno. Ciertamente, todo eso, injusta e inhumanamente, muchísimas veces les fue arrebatado en infancias y experiencias de maltrato, rechazo y abandono pero, de ninguna manera, nada de eso podrá jamás justificar ningún maltrato. Apenas si tratar de explicarlo, entenderlo, comprenderlo y resolverlo lo más satisfactoriamente posible en las instancias apropiadas las que –no se dude- de algún modo, nos conciernen e involucran a todos.

Los medios de comunicación con responsabilidad social deberían informar, comunicar y persuadir de que deberíamos optar entre la amabilidad, la solidaridad y el buen trato o, retirarse a vivir en aislamiento para lo que, lamentable y penosamente, parecieran estar “más preparados y dispuestos” gran parte de la sociedad del maltrato, el desprecio, la burla, la humillación o el “no existís”.

Las reglas de cortesía y buena educación son el pasaporte sin el cual no se puede viajar por la vida ni convivir como deberíamos en nuestra sociedad civil. Por eso nadie debería retacearlas con respeto, decoro, tolerancia y solidaridad.

Todo ello resalta el por qué hay que saber esclarecer sobre lograr la razón y el para qué de las reglas básicas de comportamiento en convivencia, algo de lo que nadie está exceptuado.

Debemos admitir que en el trato con los demás hay ciertas reglas que deben aplicarse, así nos caigan bien o no tan bien las personas que encontramos en nuestras vidas. Algunas de las mismas son: a) saber escuchar para hablar; b) recuperar el almuerzo familiar dominical; c) escuchar y respetar a los mayores, aunque parecieran aburridos, pesados o poco educados... (Cuántas veces encontramos en ellos tesoros de sabiduría, experiencias y ejemplos pedagógicos, si, de esos que a toda lección o petulancia, siempre ganan con su elocuencia irrefutable); d) siempre encontrar el modo mejor y más discreto para salir airoso de situaciones tensas, comprometidas o algo incómodas; e) etc.

Ser y tratar de ser educados siempre ayuda a saber qué hacer en casi todas las situaciones cotidianas como son el trato con los familiares, amigos, vecinos y extraños; las relaciones con los padres, maestros y profesores; a saber que no deben eludirse ciertas normas sociales o estándares comunitariamente aceptados si de verdad nos proponemos recuperar una convivencia menos difícil, más agradable y más vivible; una convivencia que recupere paulatinamente todos los: “por favor”, “permiso”, “perdón” y “gracias” para volver a enriquecerla y empoderarla con verdad, bondad y belleza.

Finalmente los padres, los docentes, los trabajadores, los profesionales, los empresarios, los agentes del orden, los servidores y funcionarios públicos, todos mancomunados, deberían codo a codo, ocuparse sin demora del asunto para que, entre todos y “todos juntos”, podamos reencontrar los caminos de la confianza, del encuentro, de la hospitalidad, de la cercanía, del entusiasmo y de la armonía social.

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