lunes, 15 de septiembre de 2014

John Clesse

Ana María Rodas (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Bien pasadas las cinco de la tarde, el cónsul adjunto John Cleese entró al bar de la casa de los marines y su mirada cayó sobre la mujer morena que movía casi imperceptiblemente la cabeza llevando el compás de la música. Blues, lo que no era usual en aquel lugar donde lo que se escuchaba mayormente eran rap y reggaetón mezclados con las más burdas canciones de moda en inglés. Los marines no son precisamente la nobleza, y las mujeres que llegaban a husmear por aquella casa lo que buscaban era un candidato al matrimonio; eran jóvenes salidas de las barriadas más apartadas de la ciudad que soñaban con irse a Estados Unidos, pero con papeles. No necesitaban enamorarse, sólo el pasaporte para salir de Guatemala. Eso las volvía fáciles y los marines aprovechaban la situación.

Era temprano para que los asiduos estuvieran allí, aunque algunos jóvenes ya sin el uniforme pero con el corte de pelo típico de los militares jugaban a los dados en una de las mesas del salón, dando golpes ruidosos sobre la tabla con el cubilete de cuero.

Aquella mujer no era como las otras. Se movía con elegancia y llevaba un vestido oscuro, discreto. El cónsul adjunto John Cleese se fue a sentar cerca y le espió las manos. Uñas cortas, sin teñir. Otro rasgo que la distinguía del resto de jóvenes que se pavoneaban, se inclinaban hacia adelante para mostrar las tetas y coqueteaban con todo bicho viviente. A lo mejor era alguien que trabajaba en la embajada. Cleese se mantenía en la jaula del consulado, rechazando solicitudes de visas, echando miradas escrutadoras a los que consideraba la ralea más abyecta, lavándose las manos cuidadosamente después de manipular las solicitudes, que muchas veces le entregaban mojadas por el sudor. Qué tiempo iba a tener de ir a ver por la embajada quiénes trabajaban allí.

Una tarea de muchas horas, permanecer tras el espeso vidrio blindado que por fuera iba llenándose de grasa, dedazos y manchas. Escudriñaba el rostro de la persona que tenía enfrente tratando de averiguar, antes de que hablara, antes de que balbuceara un buenos días tartamudeado, a dónde diría que iba, qué inventaría para tratar de colarse en los Estados Unidos. Basura, pensaba. Indios mugrientos, mestizos del diablo. Menos mal que estamos aquí para que no se nos escurran. Por la tarde salía corriendo del bunker y tomaba la Avenida de la Reforma, aunque estuviera congestionada de tráfico, porque los árboles lo ayudaban a liberarse del sentimiento de asco que mantenía durante el día.

Mala suerte, lo habían destinado a este país. Cuando solicitó el trabajo pensaba que lo enviarían a alguna ciudad europea o a algún lugar exótico donde hubiera un club al que pertenecer, en el que su mujer pudiera esperarlo hacia las seis de la tarde, mientras el calor fuera amainando. Se veía viviendo en un atractivo edificio antiguo en una ciudad construida durante la edad media, mejor si en Italia o Francia; o en un país tropical, hermoso, tomando piñas coladas a la luz del atardecer. No en esta ciudad sucia y agresiva, en este país donde las personas morían como imbéciles, donde todo el mundo quería disfrutar el sueño americano.

Al menos estaba la casa de los marines. Aquí podía descansar e irse limpiando con los tragos. Aquí no había posibilidad de que súbitamente entrara Janice y lo sorprendiera dándole un apechugón a cualquiera de las habituales. A veces se metía con una de ellas en la habitación de algún marine y todo transcurría como debía. Antes llamaba a su casa avisando que iba a llegar tarde. Después se bañaba concienzudamente y se iba sin despedirse de nadie. La niña, que se arreglara sola.

El cónsul adjunto John Cleese tampoco buscaba amistades en la embajada. Ni siquiera entre sus compañeros del consulado. Le molestaban mucho las bromas que le hacían por su nombre. Veintitantos años atrás sus padres habían sido fanáticos de Monty Python, habían visto todas las películas del grupo y aprovechando que el apellido de la familia era Cleese le habían puesto el horrible John tal vez con la esperanza de que saliera alto, delgado and funny, como el dueño del nombre original. Infortunadamente para los padres, el niño no resultó gracioso, y en cuanto pudo levantarse dos palmos del suelo les reclamó haberlo llamado así. Pero continuó con su nombre, aunque en la universidad las muchachas le tomaran el pelo. Janice no lo hizo. Tal vez por eso la invitó a cenar la primera vez. Y luego, cuando se enteró de que era la hija única de un próspero comerciante de Filadelfia se apresuró a casarse con ella. Janice era callada, un poco vacuna en apariencia, y extremadamente celosa. Capaz de divorciarse y dejarlo sin el suculento retiro que se había forjado con el matrimonio.

Por eso, las aventuras que solía tener no eran tales, sino acostones de una sola noche, empleaditas miserables de las que llegaban a la casa de los marines, que lo ayudaban a sacarse la mugre del trabajo diario. Unas con los pechos así, otras con el culo asá. Buen cuidado tenía de buscarlas exuberantes, como no era su mujer. No siempre se podía en la casa de los marines, que era lo más cómodo para él. A veces había que ir a algún motel y después llamar a un taxi para que la llevara a su casa. No iba a meterse él entre los arrabales para que lo asaltaran.

Las mujeres solían ser muy jóvenes. Por eso tenían el cuerpo duro y la piel fresca. No eran muy guapas, ni muy inteligentes, pero servían. Lo que no se podía era estar con ellas después. Al terminar, los efectos del alcohol se iban gastando y aparecían los parches: los me voy a enamorar de ti, las inquisiciones para saber cada cuánto se aparecía por el lugar, dónde trabajaba. Les tenía prohibido a los marines y al barman decir quién era ni dónde trabajaba. Fingía ser un gringo que trabajaba en una compañía norteamericana y ya.

La mujer del vestido oscuro levantó delicadamente el brazo para rechazar con suavidad los avances del hombre con quien hablaba, que trataba de acercársele mientras destrozaba el español.

El cónsul adjunto John Cleese se movió cautelosamente hacia un banco al lado de la mujer. Escuchó su voz, suave y bien modulada. Sin duda, era alguien de la embajada. Pero ¿cómo había ido a parar ahí? Pensó bien su línea de ataque y procedió:

- Me parece haberla visto en la embajada, - dijo interrumpiendo la perorata del otro.

La mujer se dio vuelta rápidamente y lo vio con una media sonrisa.

- Creo que la he visto en alguna reunión de la embajada…- repitió la entrada.
- ¿En qué embajada? - preguntó ella a su vez.
- En la embajada - afirmó como si solo una hubiera en el mundo
- ¡Ah! - respondió y la sonrisa se le volvió más visible - No lo creo, porque no he llegado nunca a la embajada. La de Estados Unidos ¿no?

Cleese se sonrojó. Ciertamente, había otras embajadas. Sólo un gringo idiota podía creer que al decir la embajada todo el mundo supiera a qué se refería.

Entonces, si no era de la embajada, ¿qué hacía ahí? Como si le leyera el pensamiento, la mujer habló:

- Estoy esperando a una amiga que vino a tomar medidas para redecorar un salón. Hace calor y quería un jugo pero aquí…son demasiado amables, creo

Y le echó una mirada como pidiendo auxilio

- ¿Ya conocía esta casa?
- No, es la primera vez que vengo. Que venimos - corrigió.
- Entonces, permítame que le enseñe el jardín.

Con gran cortesía la tomó del brazo y la llevó hacia el jardín de enfrente.

- Siento mucho lo de esta persona que la estaba molestando- no dijo hombre, tal vez intuitivamente comprendió que si decía hombre, sería más molesto para ella.

La mujer le agradeció haberla sacado del apuro. Se sentaron en unas sillas de blancos arabescos de metal. La mesa tenía una sombrilla abierta, aunque en ese momento no se necesitaba. Eran casi las seis de la tarde y la bruma de abril había vuelto rojizo el cielo.

John Cleese se interesó más cuando supo que no tendría otra oportunidad de verla en aquel lugar. Hablaron naderías sobre el calor, de lo fresco que se estaba en el jardín y otras simplezas. John Clesse no quería que se fuera; Paula - como se llamaba- le atraía mucho. Y aunque deseaba que el momento durara más no sabía cómo tramarlo.

En eso, por la puerta principal de la casa salió Claudia, la amiga, viendo con perplejidad hacia todos lados. Cuando los vio se notó aliviada y caminó en su dirección.

- Ella es mi amiga Claudia- dijo Paula. - Y él es el señor...

John Cleese se dio cuenta de que no había dicho cómo se llamaba ni quién era. Pronunció su nombre, esperando las sonrisitas irónicas, pero no sucedió nada. Solo un apretón de manos muy circunspecto.

- ¿Desea tomar algo? - preguntó a la recién llegada. Ella titubeó.
- Está bien, un jugo de naranja - aceptó finalmente.

John Cleese entró a la casa y regresó con dos vasos rebosantes.

Conversaron un rato mientras las mujeres tomaban sus bebidas. Cuando comenzaron a despedirse el cielo se había oscurecido. El se ofreció a llevarlas, pero ellas tenían el carro frente a la casa.

- Me gustaría invitarlas a almorzar pronto - se apresuró a decir. - Un sábado, el próximo sábado.

Se miraron entre sí y después de cierto titubeo Paula asintió. Fijaron el lugar y la hora y luego se despidieron. El cónsul adjunto John Cleese se sintió muy satisfecho, tanto que entró a celebrar con un gin and tonic y cuando los visitantes normales fueron entrando se levantó y se fue a su casa donde se encerró en su estudio porque no quería que nada le ensuciara el recuerdo de Paula.

La zona viva, le llaman al lugar. Las noches del viernes el área se llena de adolescentes que hacen cola frente a las discotecas deseando que los dejen entrar a zarandearse, a comprar; éxtasis los más jóvenes; coca, los menos, y a consumir cantidades navegables de alcohol todos.

También otra gente ronda por los restaurantes del lugar. Parejas que salen a cenar, amigos que se reúnen para recordar sus días de estudiantes, grupos de mujeres que esperan encontrarse con algún racimo de hombres, jugadores que acaban de quedar limpios en los casinos de los hoteles de primera, vendedores de droga, asaltantes a la pesca de incautos. No faltan los balazos, los heridos, los que se lían a golpes, las patojas que lloran. La policía da vueltas y vueltas en sus pickups negros con grandes franjas amarillas y todo el mundo se siente amedrentado al verlos. Las oscuras historias de las proezas de los policías enfrían por un rato el calor de la fiesta, pero un trago, una línea, una pastillita y todo vuelve a la normalidad. El sábado por la mañana los fiesteros, los delincuentes y la policía se han ido, y no vuelven a aparecer sino hacia las siete de la noche, cuando la parranda da una segunda vuelta.

La calle donde quedaba el restaurante se veía flanqueada por matilisguates y jacarandas. Estaba en la zona diez, y siendo sábado por la mañana había poca gente. El cónsul había inventado una diligencia oficial para no almorzar en casa y había llegado quince minutos antes de la hora fijada. Recordó a los galanes de películas de los años sesenta que veía su madre y sintió deseos de ser uno de ellos para poder encender un cigarrillo y beber un Martini con la copa sudando. En vez de eso pidió vino blanco.

Las mujeres aparecieron puntuales. Dejaron el carro justo atrás del automóvil del cónsul y atravesaron la calle, medio deslumbradas por el sol. Saludaron muy amables y se sentaron. Pidieron también vino blanco, hablaron luego de lo sabroso que se comía en el lugar y ordenaron. El restaurante se especializaba en comida del medio oriente. Aceitunas, alcaparras, pasta de garbanzos, trozos de pimientos asados, corazones de alcachofa. Antes de los platos fuertes - que fueron servidos un poco más tarde- , la segunda botella de vino iba por la mitad. El cónsul iba a pedir una tercera pero las mujeres se apresuraron a contradecirle. Era ya excesivo. No era necesario. Podrían pasarse de copas, y lo decían como si eso fuera lo peor del mundo.

El almuerzo fue un éxito. La conversación fluyó con facilidad. Ambas mujeres trabajaban para una casa de decoración, lo que explicaba muchas cosas. Cleese admitió ser un funcionario de la embajada de Estados Unidos. Era la primera vez que lo hacía ante gente que no conocía, pero el saberlo no pareció impresionarlas. La ropa y los modales y el hecho de saberlas trabajando en el negocio del diseño y la decoración las volvía importantes a los ojos del hombre. Muy lejanas de las mujercillas que llegaban a donde los marines. Hablaron de cine, de deportes, hasta de libros. Eran personas educadas.

John Clesse mordía con gran deleite un pastelillo cuando de pronto sintió la necesidad de ver a Paula desnuda. Le costó mucho no atragantarse, más con el pensamiento que con el hojaldre. Bebió un trago de agua, A lo mejor era el vino.

En todo caso, Paula era una mujer hermosa e inteligente. Y él era un hombre joven, con todos los apetitos normales. Su mujer jamás había sido gran cosa. Afable e instruida, sin duda. Pero incluso durante la luna de miel tuvo que recurrir mucho a las fantasías para acostarse con ella. Después se acostumbró en cierto modo, y Janice fue dejando salir sus celos. Los celos, en cantidades adecuadas eran un incentivo carnal para John Cleese. Durante los primeros tiempos los celos de la mujer lo excitaban. Cuando crecieron desmesuradamente se volvieron insoportables. Ya no fueron estimulantes, y los aguantaba solo porque tenía sus pensamientos puestos en la riqueza paterna de la mujer.

En muchas ocasiones había pensado en embarazarla. Las mujeres, cuando tienen hijos, se desentienden del marido. Al menos eso decían sus amigos cuando se quejaban del desapego de sus esposas después de dar a luz. Viendo a Paula frente a él, con los grandes ojos castaños y la piel morena tomó, sin saberlo a conciencia, la decisión de preñar a Janice.

Al entrar a su casa se sirvió un trago de whiskey para esconder el olor del vino. En una diligencia consular fuera de horas no hay licores, sólo trabajo para reconocer a algún gringo fallecido durante un viaje, recoger su equipaje, sus papeles, ponerlos a buen recaudo, enviar el muerto a una funeraria para que se ocupen de embalsamarlo. Cosas así.

Janice dormitaba en una silla del jardín. El perro estaba echado a su lado. Con el pensamiento puesto en Paula arrastró a su mujer al dormitorio. Cuando estaba a punto de llegar al orgasmo cometió el error de abrir los ojos; con la piel blanca a la vista temió perder la erección, pero el mecanismo ya se había disparado y mientras el placer lo asaltaba, maldijo el vacío emocional que sentía paralelamente. Nunca antes se había levantado tan pronto de la cama ni se había restregado tan meticulosamente debajo de la ducha.

En los meses siguientes, mientras el vientre de su mujer crecía, fantaseaba con la idea de haberla embarazado aquella tarde de sábado, con el calor del verano guatemalteco en su grado máximo.

Tras muchas semanas de maniobras Paula finalmente lo hizo subir a su apartamento. Allí, John Clesse encontró su plenitud erótica. En realidad fue la mujer quien la elaboró con mucha facilidad. No necesitaba mayores adornos. Sólo tenía que desnudarse y tenderse suavemente en el lecho para que al cónsul adjunto se le olvidara el mundo y penetrara en un universo construido a fuerza de emociones que desconocía hasta entonces.

Muchas veces, cuando se acostaba con Paula entraba en cierto ensueño e imaginaba estarla cubriendo como un caballo, como un toro que bufaba y derramaba generosamente sus genes en medio de todo aquel gran placer.

En la medida en que iba enredándose más y más con Paula, su mujer sufría toda clase de síntomas de un embarazo. Primero náuseas irrefrenables que fueron a desembocar rápidamente en un sueño imposible de vencer. Janice acogió la preñez como un símbolo de que su matrimonio había mejorado repentinamente. Al poco tiempo de haber llegado a Guatemala se había quejado con su madre del distanciamiento de su marido. La madre la había calmado diciéndole que surgían temporadas así en el matrimonio.

La verdad es que el cónsul adjunto John Cleese se había vuelto muy amable con su mujer. Sintiéndose culpable de ser tan feliz con Paula, veía el desastre en el que se había convertido Janice y casi podría decirse que la mimaba. Evitaba cuidadosamente acostarse con ella pretextando su bienestar y Janice se lo creía. Además, inmersa en sus malestares e ilusiones maternales, sus deseos sexuales habían caído en un segundo plano.

Llegó el tiempo en que John Cleese maldecía la hora de levantarse de la cama e irse a su casa. La suave morenez de Paula, que se acurrucaba contra él, la tibieza de la habitación, el olor a sexo reciente eran atractivos poderosos, pero si no se levantaba todo iba a irse al diablo. Se daba cuenta de que estaba enamorándose e infinidad de veces pensó en dejar a su mujer y quedarse con Paula en este país endemoniado donde lo que afloraba constantemente era la muerte. Pero la visión de una casa con jardín en Filadelfia antes de los cincuenta años era muy apetecible. Conocía demasiados gringos que se habían quedado en el país. Rondaban la casa de los marines, que era su fetiche. Prematuramente envejecidos, contaban historias sobre el proyecto que tenían en mente, ese que esta vez los iba a sacar de la mediocridad en que vivían, que los haría regresar a Estados Unidos para vivir como reyes en Palm Beach o en Sausalito o en un rancho cercano a Houston, según sus particulares ensueños.

Además, sabía que en un año más terminaría su estancia en el país: tal vez ahora, cumplida su condena en esta tierra, le darían un puesto en Europa.

Una de esas noches con Paula, aprovechando que la joven estaba adormilada se levantó y fue al baño, a mirarse en el espejo. Se veía a sí mismo joven y atractivo… a lo mejor podría regresar a Estados Unidos y pedir un puesto que le conviniera. Pero ya no en un país tropical. En Europa. Se lo debían, después de los años que había pasado en este país horrible, que destila sangre, muerte, mierda…

Se lo debían.

Regresó a la cama, hizo nuevamente el amor con la joven. Estaba en el pico de la felicidad. Y luego, la rutina del baño y todo lo necesario para que Janice no se diera cuenta de nada. Se vistió silbando por lo bajo, bajó las escaleras, abrió cuidadosamente la puerta de calle, ya con la llave del automóvil en la mano.

Dos hombres forcejeaban en el vidrio de la portezuela del carro con una varilla de metal. Se dieron vuelta cuando John se acercó, pero no se les vio miedo ni sorpresa. Uno de ellos sacó una pistola y la apoyó en la frente del cónsul adjunto John Cleese quien segundos más tarde comprobó que eso de que la vida entera pasa frente a los ojos de quien está muriendo son puras babosadas.

- Ana María Rodas (Guatemala, 1937), es una destacada poetisa y literata guatemalteca, reconocida en toda la región centroamericana. Ha recibido numerosas distinciones: Orden Vicente Laparra de la Cerda, 2006, Premio Nacional de Literatura "Miguel Ángel Asturias", 2000, Primer Premio de Cuento en el Certamen de Juegos Florales México, Centroamérica y el Caribe, 1990.Primer Premio de Poesía en el Certamen de Juegos Florales México, Centroamérica y el Caribe, 1990. Premio Libertad de Prensa, 1974. Su obra poética ha sido traducida al inglés y al alemán. También ejerció el periodismo y la docencia universitaria.

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