martes, 30 de septiembre de 2014

La danza del silencio

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



En medio de una selva donde la vegetación crecía apretujada, cada mañana, antes de que algún rayo intrépido del sol colara por entre los copones de los árboles centenarios - o milenarios tal vez- la mujer detenía su paso para dar comienzo a una extraña danza del silencio.

Danza cruel. Danza sin vida. Danza escrita en pentagramas desparejos sobrevivientes de tiempos inquisidores refrendados por escudos y leyendas escabrosas: «exurge domine et judica causam tuam. Psalm.73 - Álzate, oh Dios, a defender tu causa, salmo 73 (74)

Baile típico de los que no oponen resistencia a los más crueles destinos; el que invita a seguir cada movimiento con la pasividad inadmisible de quien se sabe deglutido por el tiempo sin hacer nada por evitarlo.

Solo ella podía escuchar cada acorde antes de introducirse en ese espiral instigador de ausencias. Nadie en su sano juicio, mucho menos en las situaciones circundantes que se padecían en el poblado, podía seguir aquello que parecía un absurdo ritual descolocado en esos tiempos convulsionados que perduran hasta hoy día.

Y se extienden multiplicando la tristeza.

Y cruzan mares y sierras, llanos y ríos muchas veces teñidos de rojo dolor, de rojo despedida forzadas, engendrando más odio, más vergüenza.

Parecía ser el descarne de un alma sin espacio propio integrada a un mundo alocado que giraba a punto de estallar más allá de kilómetros y kilómetros de vegetación tupida amenazada también por un futuro que se acercaba a vuelo de avioneta defecando nubes tóxicas.

Era sorprendente, digamos mejor, era patético, hasta para la vista de la propia naturaleza adyacente, ver esa contorsión anómala producto de la cópula obscena entre la realidad y la inconciencia.

La mujer no hablaba, no respondía cuando terminaba su baile si acaso alguien se cruzara por la misma trocha que la llevaba hacia el lugar. Sendero remarcado por las botas de quienes se atrevían a seguir otros acordes, en ese caso, audibles: los que empujan la melodía del destino mejor que suele omitir el silencio por considerarlo herramienta funcional para la repetición de hechos execrables y para el olvido.

Ausente de todo, uno puede asegurar que hasta de sí misma, Johana agitaba con orgullo sus cabellos color noche cerrada que parecían olas de un mar contradictorio, tan calmo como tenebroso.

Apenas la acompañaba una manada de corderos cabizbajos, respetuosos de los movimientos que ella realizaba con el celo del artista que ejecuta su mejor obra, hasta que el último acorde del silencio estallaba, sacudiendo las matas y conciencias, -estas últimas si las hubiera cerca-

Cuando la estrofa final indicaba el colofón de la danza, el grotesco grupo de corderos alineados en prolijas filas emprendía la retirada rumbo a algún espacio protector que nunca se supo dónde quedaría, aunque fuera muy fácil de intuir.

Y así, con lluvia, sol, sombra y misterio protector de aberraciones, Johana regresaba cada mañana a su lugar impropio para alma humana.

Los corderos, con la mansedumbre incongruente de quien sabe que la muerte lo espera sin hacer uso del más elemental recurso instintivo capaz de garantizar su supervivencia, seguían a la mujer de edad extemporánea que arrastraba la larguísima cadena de la calma resignada.

Corderos, mujer-danza-mutismo, conformaban una sola figura que lograba entenderse muy bien con la incoherencia. A pocos kilómetros de ese búnker entre la foresta, los tímpanos estallaban por los estruendos lanzados indiscriminadamente contra todo lo que representara una esperanza, produciendo la perversa agonía de la vida.

Ilustración: “Mujer-corderos” de Beatriz Palmieri

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