lunes, 15 de septiembre de 2014

La música más triste…

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“Tristeza rostro bello”
Paul Eluard

Una vez, en un palique en el Centro de Historia de Bello, nos dio por hacer una encuesta ligera sobre la música más triste (canciones, piezas musicales). Tal vez todo comenzó porque alguien preguntó cuál era la escena más dolorosa del cine y dijo que era la de la película El campeón, dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por John Voight, Faye Dunaway y Rick Schroder. El campeón, después de derrotar a un rival más joven que él, baja del ring en condiciones precarias, lo conducen al camerino, donde muere, después de un breve y dramático diálogo con su hijo, que llora sin consuelo.

La conversación derivó en la música, y en ese punto emergieron diferentes opciones. Alguno dijo que el Adagio, de Albinoni, era quizá la más triste de todas las composiciones que en el mundo han sido. Otro señaló un adagio distinto, el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Yo dije, en primera instancia, que Una furtiva Lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti, era de las más conmovedoras, aunque no dejé atrás el primer movimiento de la sonata Claro de Luna, de Beethoven.

Mientras escuchábamos algunas de ellas, iban saliendo otras, como el tango de Gardel Sus ojos se cerraron; Tú el cielo y tú, de Alberto Podestá, y Venenosa, interpretada por Carlos Mejía. No faltó quien diera su opción por La canción del adiós, cantada por Horacio Guarany, del cual también agregaron su Memorias de una vieja canción.

Yo riposté cuando llegaron a mi nostalgia los acordes y la melodía de un valsecito colombiano, Tristezas del alma, en la versión de Los Trovadores de Barú, y a partir de ahí se desgranaron otras, como Addio del passato, de La Traviata, en la voz de María Callas; el Allelujah, de Leonardo Cohen, y la Despedida, de Daniel Santos. Alguien dijo que dejáramos de joder con tantas tristezas juntas, y promovió la escucha de música contenta. Nadie le paró bolas. Y seguimos.

Aparecieron entonces Eleanor Rigby, de Los Beatles; Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, y Va pensiero, de la ópera Nabuco, de Verdi. Luego hubo una enumeración de tangos, que es una música con abundancia de elementos tristes (“un pensamiento triste que se baila”, dijo Discépolo), aunque haya numerosos tangos humorísticos, picarescos y de otra naturaleza. La lista fue innumerable. Saltaron Quejas de bandoneón, Garúa, Tu pálido final, Una emoción, La última curda, Naranjo en flor, Una canción y Adiós Nonino.

En cuestión de tristezas no hay disgustos. Y así como se recordó Las noches de agua de Dios, también tuvo cabida el doloroso Intermezzo No. 2(Lejano azul), de Luis A. Calvo. Y de pronto, no sé quién, advirtió que Triste domingo (en la voz de Agustín Magaldi) era de lo más lacrimógeno que se había compuesto.

El tema original lo compuso el pianista húngaro Rezso Seress, a la que después, un poeta también húngaro, le puso una letra melancólica, tanto como la música en la que se inspiró. Dicen que es la canción que más suicidios ha causado. En América, la grabación de Billey Holiday (Gloomy Sunday, 1941) popularizó la pieza, que pudo haber ocasionado cerca de cien muertos en Estados Unidos. Mito o realidad, la obra encarna una tristeza honda. “Triste domingo con cien flores blancas / te esperé, amada, lleno de emoción. / Mas a la cita tan solo el recuerdo / trajo en sus alas la desilusión”, dice Magaldi.

La tristeza (¿qué es la tristeza?) puede ser una mezcla de dolor y dulzura, como tal vez lo insinuó Françoise Sagan, que nos remueve el alma y nos pone en estado de alerta frente a los golpes de la existencia (“hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”, diría Vallejo) y las ondulaciones de la condición humana.

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