martes, 9 de septiembre de 2014

Madre Boxer y padre Pastor Alemán

Daniel de Culla (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A la niña le habían educado en el posibilismo, opinión de ciertos moralistas fundada en lo probable. Ella veía a su madre Boxer, estilo perra, en esa verosimilitud o apariencia fundada de verdad. Su madre siempre decía, viendo los pasos de un estado putrefacto con florituras místico fascistas “que había buenas razones para creer que sucederá una hecatombe o matanza grande como en otro cercano entonces sucedió. Y que no nos salvaría ni el sacrificio de los cien bueyes como sucedió entre los antiguos griegos, según refieren Hecateo, historiador, y Herodoto, “el padre de la historia””.

La niña odiaba a su padre pastor alemán, pero no sabe, y nunca supo, si pastor evangélico o vatic-anal, que oficiaba cada semana en el altar o en el coro y ladraba en adverbios aquí, ahí o allí, precediendo a los pronombres me, te, le, lo, que por eso le decían don Mete-lelo, quien siempre saludaba en primera instancia con un he aquí, heme aquí, helos ahí, helos aquí, etcétera.

Ella le odiaba porque era fútil, insustancial. No le faltaba una hebilla, e iba de veinticinco alfileres. Por supuesto que no creía en dios, ni en chuminadas eternas, pero tenía un tragadero de rumiante donde le cabían todas las doctrinas. A todo decía que sí, y le llamaban, para dolor de mi madre y mío, “hombre de timo”, y “pastor pedófilo”.

Siempre que se enfada con alguno, en especial conmigo, nos dice que nos va a mandar a las Islas del Espíritu Santo, Nuevas Hébridas, grupo de islas situadas al Este de Australia, lugar de destierro y establecimiento penitenciario, como el vecino de Nueva Caledonia, como así hizo Pedro Fernández de Quiroga a principios del siglo XVII, que erigió la primera piedra taleguera en la piedra donde se vendían barato las putas.

El me decía “hija de los Infiernos”

Mi madre se llama Diana Boxer, y yo Proserpina. Mi madre le llamaba a él, diciendo: “Hedor, hueles mal”. El afán de mi padre es el de privarnos de la voluntad o reducirnos a un estado de dependencia de cabezas sobrenaturales y misteriosas, mediante procedimientos maléficos ejecutados, como dicen que hacían los curas a los seminaristas en el seminario, con la polla creciente y aumentada. Pensaba que cautivaba a mi madre, y ami, girando de un lado a otro su pene contrahecho, fingido, imitado del natural, hecho a lo tonto, enseñándole al orto u ocaso de un astro anterior o posterior al del sol en una hora.

Como un ser irracional nos gritaba “que él nos había dado la existencia y nos había hecho lo que somos”. Al mirarle, le veíamos como una imagen, estatua o figura con un bulto en la entrepierna como el de los toreros. Enfadoso, molesto, torpe, repugnante y obsceno, marchaba como el que camina entre las célebres ciudades de Medina y la Meca, recordando en voz alta el hecho de helar o escarchar, diciendo: “Ara con helada matarás la grama”, Y, dirigiéndose a mí, gritando: “Me cagüen la perrita Marilyn”.

Su dominio era alodial, y se salía a la puerta, sentándose en el sardinel o poyo corrido todo a lo largo del frente de la casa, adosado al muro.

Yo marchaba con mi madre, desapareciendo en espesura de vegetación en Monbuey, villa de la provincia de Zamora , por muy breve tiempo, mientras él ladraba, soñando el Helicón, lugar donde se viene o adonde se va a buscar la inspiración poética o divina Rebuznando.

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