miércoles, 3 de septiembre de 2014

Nekrasov o la mentira en los medios

Francisco Tomás González Cabañas (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



En algún momento de la historia existió un hombre llamado Sartre, que además de tantas cosas, escribió una obra de teatro “Nekrasov” en donde, aborda, desde la óptica de la búsqueda de la libertad en terrenos opresivos, los dilemas humanos que se presentaban, se presentan y se presentarán en cuanto a que verdad transmitir, en relación o vínculo o al interés que defendemos o creemos defender; lo mismo podría ser un pago mensual, o incluso un dinero especial por difundir algo que no es real, como hacerlo creyendo que somos parte de una revolución, comandada por siniestros y perversos personajes que engatusan nuestros sentidos y razón.

Sartre arrastró como condena, o doble condena, su condición de humano y de intelectual, por ello, no pudo desprenderse ni en sus obras literarias (como las teatrales) del tratamiento de la libertad, entendida como responsabilidad, sin que pudiera acudirse a dioses o religión como excusa o refugio. Sartre, sin ánimo de que nadie se pierda de poder indagar en sus obras sin intérpretes, en la pieza citada nos dibuja un escenario al menos curioso; como en los tiempos actuales, en donde el peso de la institucionalidad, parece pender de un programa periodístico de domingo, al menos nos merecemos la referencia, para darnos cuenta, que desde un tiempo a cierta parte, la humanidad y sus ramificaciones no somos más que repeticiones, con variantes muy sutiles de lo ya ocurrido, escrito, pensado y sucedido.

El punto en cuestión es el valor, no de lo que se transmite en un medio de comunicación, sino lo que el comunicador, pone en juego al comunicar, su valor, no de verdad, sino de interés y como ello termina como resultante de la comunicación. En Sartre, esto es mucho más complejo de lo que acabamos de plantear, igualmente asumimos el desafío de tratar de decirlo más clara o gráficamente sin “lavar” la idea central o desnaturalizarla.
Uno puede tener una formación excelente, pero una capacidad escasa para procesarla, puede estar nutrido emocionalmente de irrefrenables deseos de ser parte de una revolución y bajo estas condiciones estar presto para embarcarse, al primer carruaje pintado con ciertas características en donde uno tenga más ganas de ver eso, que de ver si en verdad tal carruaje nos conducirá a ese anhelo revolucionario. Sucede mucho, cuando en una pareja, se nota que uno “ama” más al otro, quizá cumpla con su deseo individual de estar enamorado o de intentar sentir amor, por más que el otro en cuestión, otorgue o se deje compartir menos. Aquel que transfigura ese valor por el que va, aparta la objetividad de tal fin, y por tanto la revolución deja de ser revolución y pasa a ser la revolución para tal sujeto o para x, claro que esta claridad no la tiene el sujeto en cuestión, y actúa en nombre de esa revolución, habla de ello, actúa convincentemente por algo que cree pero que no es. La cuestión se agrava, cuando este x tiene un k (u otro sujeto de cualquier letra del abecedario menos x ya utilizada) que a sabiendas de que no está haciendo la revolución, tiene plena conciencia que dispondrá de las mientes o las energías, de aquellos, que sí la querrán ver y por tanto, los usan, sin necesidad de que tengan que otorgar dinero o materialidad alguna a cambio de que transmitan o comuniquen la falsa revolución.

Si fuésemos titular de un medio determinado, hipotético, como cualquier otro, no estaría exento de estos x, que son catalogados, indistintamente y a su vez, incorrectamente, como idiotas útiles, románticos, crédulos, militontos (deconstrucción del termino militante, de militar de abrazar una causa), que más allá de que puedan estar en algún período de la vida presto para el error, la equivocación o el malentendido, lo cierto es que tienen la sagrada justificación, de que en temas sociales, nadie tiene la vara para decir que es lo acertado o desacertado, pero si el soberano, el pueblo, mediante el voto, es quién le brinda legitimidad a esos procesos políticos que vendieron revolución(usamos este término en su acepción positiva) y que al quitárselos, lo desmoronan, como un castillo de arena, o la prueba de una alquimia. Y son estos, los últimos en dar cuenta que han sido engañados en su buena Fe, además de tener su falso orgullo de entender que no es bueno el reconocer que han sido víctimas en un escenario en los que se pensaban protagonistas. Por lo general, estos son los núcleos duros, o pisos, de espacios electorales, que tardan más en asimilar la situación en la que están y en verdad en la que siempre han estado. Se les debe reconocer, que difícilmente tengan una situación de transgresión en la ética o de un actuar mercantilista, pero como ya dijimos eso no construye el valor de verdad que comunican o habitan.

En relación a ese valor que habitan o comunican, lo mismo es la situación de quiénes a sabiendas que van a transmitir algo que no es cierto, pero lo hacen por privilegiar un incentivo económico o material. Hablamos que es lo mismo, no desde la perspectiva ética (que obviamente es diferente al caso anterior) sino al valor de verdad, pues están comunicando algo que no es cierto, con la diferencia, al caso anterior, que lo saben, por tanto hasta se podría decir que actúan con la honestidad de tener en claro que mienten, porque priorizan una cuestión monetaria, sectorial o lo que fuere. Algunos hablan que se trata de la soberbia del que sabe, a diferencia de la tontería del que ignora y que puede ser arriado, este se hace capitán de su barco pirata y comercializa esa sapiencia, bajo una escalada de valores totalmente cuestionable pero propia. No son difíciles encontrar los ejemplos de quiénes arribaron por ejemplo a posiciones de poder diciendo que mentían al prometer o en la campaña, dado que sí hablaban con esa verdad que sabían, nadie los iba a apoyar o acompañar.

Queríamos consignar esto mismo, bajo la referencia de la obra de Sartre (más que nada porque escribió la pieza teatral casi hace 60 años…) porque, por más que muchos se empecinen en ver la realidad, como un combate entre dos sectores, dos polos, dos colores, dos posiciones, lamentablemente, la vida y por sobre todo, el razonamiento del hombre, es un poquitito más complejo que esa lógica binaria que sería tan propicia para los que alientan esa estupidez tan inhumana y alejada de la esencia del ser.
“En el discurso, los actos de habla pueden ser conectados con los marcos, con lo que a su vez podemos observar las estructuras culturales que ellos denotan. En este sentido, tenemos secuencias de actos de habla típicas, es decir, nuestras estrategias para cumplir nuestras metas dependen de la cultura. La interpretación de los actos de habla también es cultural, puesto que nuestro conocimiento del mundo depende de nuestros marcos culturales (recordemos que el discurso es tanto una forma del uso del lenguaje, como una forma de interacción social). Así también conocemos cuáles son las reglas de interpretación de los actos de habla en general, es decir, poseemos un conocimiento de lo que es necesario y posible en el mundo real para que la comunicación sea exitosa.

Podemos ver en la cotidianeidad que las ideologías son reproducidas en el discurso y la comunicación, incluyendo mensajes semióticos no verbales, como dibujos, fotografías y películas. Su reproducción está frecuentemente enclavada en contextos organizacionales e institucionales. Sin embargo, entre las muchas formas de reproducción e interacción, el discurso juega un rol prominente en la formulación y la comunicación persuasiva de proposiciones ideológicas.

Podemos ver que una variedad de estructuras discursivas y estrategias pueden ser usadas para expresar creencias ideológicas y las opiniones sociales y personales que derivan de ellas. La estrategia de conjunto de toda ideología, parece ser la auto-presentación positiva y la presentación negativa de los otros. Esto también implica varios movimientos para mitigar, esconder o negar nuestras propiedades o actos negativos y los buenos de ellos. Los actos negativos de los otros pueden ser enfatizados con hipérboles, descripciones concretas y detalladas, advertencias y escenarios condenatorios que produzcan miedo. Las generalizaciones permiten a los escritores ir de eventos y personas concretas a afirmaciones más abarcadoras y así más persuasivas acerca de otros grupos o categorías de personas. Por ejemplo, comparaciones con grandes villanos, o males reconocidos, tales como Hitler o el holocausto, o el comunismo, es una forma retórica eficiente para enfatizar lo malos que son los otros.

Además del conocimiento, están las cogniciones sociales, tales como los esquemas de las opiniones socialmente compartidas conocidas como actitudes. Si el control del conocimiento influencia el entendimiento, el control de las actitudes influencia la evaluación. El controlar las actitudes puede ser el resultado del control de los medios de comunicación de masas, así como sus tópicos, significados, estilo y retórica, ya sea por los mismos periodistas, así como, de forma indirecta, por aquellos considerados con fuentes creíbles. Claro que estos resultados dependen del acceso a fuentes alternativas de información, conocimientos y creencias oposicionales, e ideologías más fundamentales. Una vez que estas ideologías y actitudes se sitúan en el discurso público, irán actuando por sí mismas cuando las personas evalúen los eventos noticiosos” (Teun Van Dijk).

Podríamos pedir disculpas por una cita tan larga, al mismo tiempo sentimos en verdad que estamos compartiendo de lo mejor que podemos, dar, una síntesis de un notable que camina nuestras calles desentrañando los secretos del ser que anidan en el lenguaje, ese mismo que aquí como decíamos, y ahora, apadrinados por Teun Van Dijk, jocosamente derrapa acerca de las desventuras sexuales de un curita de barrio o de cualquier otra noticia de color que inunden nuestros medios de comunicación.

Lo más llamativo, o sea el proceso comunicacional en sí, sí se lo logra ver desnudo, es que todos (nosotros también lo hacemos) hablamos a partir de la propuesta comunicativa que nace como una nota de color la que surge desde lo arriba mencionado de un grupo de medios concentrados que son causa consecuencia de un círculo hegemónico y vicioso de noticias sin información.

El sistema imperante no está edificado, para las mayorías, ni siquiera para nuestras minorías reinantes (ahora un poco más en verdad), cuando estas se hagan cargo, sin necesidad de replicar modos del poder central, de ejercicio o de reproducción del poder, cuando el guaraní ( o las lenguas primigenias amerindias) sea la lengua no solo oficial, si no la que hable de nuestros modos y costumbres recién podremos discutir, debatir, o plantear, lo que hoy se plantea como escándalo, lo que quizá lo sea en otros lados, pero aquí, y esos sistemas culturales, de comunicación y dominación, nos intentan imponer como noticia, como tema, como paradigma social. Por ello debemos desentrañar lo que ocurre, desde la política y el periodismo o ese vínculo.

En vista a la siempre sospechada relación entre la función política y la actividad periodística, en desmedro no sólo de ambas labores, sino y más que nada de la credibilidad pública, tal como lo señalan diferentes organismos internacionales de transparencia; existe una deuda institucional para implementar una ley, o normativa, en los países que se precien de defender la libertad de expresión; para que de acuerdo a la cantidad de visitantes que tenga un sitio informativo en internet, la cantidad de ejemplares que venda un matutino, la cantidad de oyentes que tenga cada audición radial o la cantidad de espectadores una emisión televisiva, reciban en grado proporcional, al público que las consume, pautas del estado. “Si nadie puede renunciar a la libertad de pensar y de juzgar según su propio criterio, y si cada uno, por un derecho de naturaleza imposible de suprimir, es amo de sus propios pensamientos, de ello se deduce que en una comunidad política siempre tendrá un resultado desastroso el intento de obligar a los hombres que tienen opiniones diversas y contradictorias, a formular juicios y a expresarse en conformidad con lo que ha sido prescrito por la autoridad soberana... el fin de la organización política es la libertad” (Spinoza).

De allí que el protocolo es lo único real, lo único existente como terminalidad en la política, llevándose puesto conceptos como la verdad o la mentira que quizá puedan existir en los campos de la ética, de la filosofía o de todo los que usted prefiera, pero no en este. En el protocolo, todos tienen un lugar asignado, de acuerdo a lo que representan, en el caso de que exista el uso de la palabra, tanto el tiempo como el orden de los parlantes se encuentra predefinido de acuerdo al estándar de la institucionalidad imperante, las vestimentas, los gestos y hasta las miradas, en los actos protocolares, están premoldeados, también los aplausos, los silencios, la respuesta del público, o mejor dicho de los que están afuera, a los que se los necesita para legitimar tal acto simbólico, pero al que se les dice como tienen que actuar ante la situación y el lugar del afuera al que parecería que están condenados (muchas veces mediante vallas u objetos que marcan a las claras esto mismo).

En este estado político-protocolar en el que habitamos, bien podrían extenderse en el campo civil las jerarquías que en el mundillo militar se utilizan para definir las actividades y responsabilidades que a cada uno les compete, en vez de llamarnos cabos o tenientes, bien podríamos ser secretario, asesor, mano derecha; denominaciones que en vedad se usan en la informalidad, pero que bien podrían balnquearse a los efectos antes mencionados.

En caso de que existan o no acuerdos políticos, que los mismos nos resulten estrambóticos o revulsivos, protocolarmente nos será informado, en el grado de veracidad, que nos corresponda y si no nos gusta, las fronteras son muy amplias como para sentirnos encerrados o desprovistos de libertad como para irnos.

Finalmente como para no mostrar nuestro desapego a lo protocolar, y ubicarnos en lo que nos corresponde, solo citaremos la verdad y la mentira en su sentido estrictamente ético o filosófico, pero nunca en el campo político, en donde los señores que tienen en sus manos la verdad, legitimadas en las urnas, nos no han autorizado a hacerlo.

“El acto objetivamente justo es el acto que un hombre mantendrá que debe realizar cuando no se equivoca. Así, decidimos, se trata, entre todos los actos posibles, del que probablemente producirá los mejores resultados. Por tanto, al juzgar que acciones son justas necesitamos saber qué resultados son buenos. Cuando alguien se equivoca acerca de lo que es objetivamente justo, puede actuar, pese a todo, de un modo subjetivamente justo; necesitamos, por consiguiente, otras dos nociones, a las que denominamos moral e inmoral. Un acto moral es virtuoso y merece elogio; un acto inmoral es pecaminoso y merece ser condenado. Hemos decidido que un acto moral es el que el agente habría juzgado justo tras un grado apropiado de reflexión sincera contando con que el grado apropiado de reflexión depende de la dificultad y la importancia de la decisión” (Bertrand Russell).

A decir de TzvetanTodorov“Que la libertad de expresión sea una necesidad parece claro cuando pensamos en el ciudadano aislado, maltratado por la administración, al que se le cierran todas las puertas y sólo le queda un recurso: hacer pública la injusticia de la que es víctima y darla a conocer, por ejemplo, a los lectores de un periódico. Pero estamos simplificando demasiado. Imaginemos que el discurso que aspira a la libertad de expresión es el del antisemita Drumont, o que tiene que ver con una propaganda odiosa, o que consista en difundir informaciones falsas. Pensemos también no en el individuo aislado, sino en un grupo mediático que posee cadenas de televisión, emisoras de radio y periódicos, y que puede decir por ello lo que quiera. Que escampen al control gubernamental es sin duda bueno, pero parece más dudoso que todo lo que hagan sea beneficioso.La libertad de expresión tiene sin duda su lugar entre los valores democráticos, pero cuesta ver cómo podría convertirse en un fundamento común. Exige la tolerancia total (nada de lo que decimos puede ser declarado intolerable), y por lo tanto el relativismo generalizado de todos los valores: <>. Ahora bien, toda sociedad necesita una base de valores compartidos. Sustituirlo por <> no basta para fundamentar una vida en común. Es del todo evidente que el derecho a eludir determinadas reglas que no puede ser la única regla que organiza la vida de una colectividad. <> es una bonita frase, pero ninguna sociedad puede ajustarse a ella.

Junto con la libertad de elección, que preserva para sus ciudadanos, el Estado tiene (o debería tener) otros objetivos: proteger su vida, su integridad física y sus bienes, luchar contra las discriminaciones, actuar en pro de la justicia, la paz y el bienestar comunes, y defender la dignidad de todos los ciudadanos. A este respecto, como ya sabía Burke, la palabra y las demás formas de expresión sufren restricciones, que se imponen en beneficio de los demás valores que asume la sociedad…Poner límites a la libertad de expresión no significa solicitar que se instaure la censura. Se trata más bien de apelar a la responsabilidad de los que tienen el poder de difundir informaciones y opiniones, responsabilidad que aumenta cuanto mayor es el poder del que se dispone y que debería suscitar una reserva proporcional. Pesan menos obligaciones sobre un libro que ha vendido cinco mil ejemplares que sobre un periódico que lee medio millón de personas o una cadena de televisión que ven cinco millones de espectadores”.

Seguramente Todorov leyó Sartre, nosotros también, Nekrasov no sólo ha existido en la mente de este, sino que ha transfigurado, cinceló su propio creador, mediante sus exegetas o interpretes; esto es la dinámica de la comunicación.

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