miércoles, 3 de septiembre de 2014

Zapatos

Cecilia Ferreiroa (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Un auto pasó por un charco a toda velocidad y le mojó los zapatos a una chica que esperaba en la esquina. Eran unos zapatos muy lindos, de gamuza. La gamuza no resiste bien el agua, se deforma, se seca mal. Ese día había estado lloviendo y amenazaba con continuar. No era un buen día para usar zapatos de gamuza. La chica se quedó mirando sus zapatos mientras yo me alejaba.

Es muy difícil ver zapatos en la calle, me marea. Prefiero verlos en el subte. Con el tiempo me di cuenta de que se necesita un ángulo especial para verlos. Lo ideal es cuando logro sentarme. Tengo un método para sentarme en el subte. Consiste en hacerlo en dos movimientos, ni uno más. El más importante es el primero, que es el que me permite ponerme frente al asiento, esté donde esté. Con eso ya lo marco como propio. La velocidad de cada movimiento es diferente. El primero debe ser veloz, para adelantarme y sorprender a cualquiera que ande queriendo el asiento. El segundo debe ser lento y como despreocupado. Lo que el segundo debe dar a entender es que ese asiento me tocaba a mí y ya que estoy ahí, me siento.

Una vez sentada me dedico a mirar zapatos. Al principio mi ansiedad es tan grande que separo el zapato del resto de la persona. Sólo quiero ver un zapato tras otro. Los únicos zapatos que me llevan a ver la cara inmediatamente son los zapatos en punta. No puedo entenderlos, nunca comprendí esa moda. Cuando los veo, automáticamente miro la cara de la mujer. Siempre son mujeres que llevan el pelo teñido de rubio. Hay una rara conexión entre esos zapatos y teñirse de rubio.

Poco a poco empiezo a ver otras partes del cuerpo. Veo la ropa que llevan esos zapatos. Hay una clase de gente que no cree que el zapato tenga ninguna relación con el resto de la ropa. El zapato es una entidad independiente, separada del resto del cuerpo, puesta ahí como una totalidad de pie y zapato. Un mundo pequeño e íntimo. Siempre pienso que esos zapatos son los más queridos por el dueño, los que no está dispuesto a dejar de lado.

Hay algunos zapatos que tienen una suela diminuta, ínfima, casi inexistente. Una lámina delgada. Me resultan mezquinos. Por lo general, la gente que los usa siempre va escuchando música, como si buscaran evadirse de la dura realidad de sus pies. Su contraste son unas zapatillotas enormes, que tienen unas suelas gigantes, de goma, con agujeros y curvas. Son casi como pistas de carreras. Siempre pienso que esa gente busca la comodidad en todos los planos de la vida. Me los imagino acomodándose en la cama durante largos minutos hasta encontrar la posición perfecta. Levantándose una y otra vez para poner la pantalla del televisor en el ángulo justo.

Pongo especial atención en el estado de los zapatos. Hasta dónde la gente puede llegar a usarlos. ¿Cuál es su límite? Ese siempre es un tema para mí porque me angustio en las zapaterías. Cuando veo todos esos zapatos vacíos, no sé cuál llevar. Todos me parecen iguales, impersonales. Siempre me pasa que quisiera tener un zapato que veo en el subte. Muchas veces están en muy mal estado. La suela gastada de un lado más que del otro, los dedos marcados en el cuero. Son zapatos deformes, que han tenido un crecimiento aberrante, pero que continúan ahí a pesar de todo. Por esa gente, o por esos zapatos, siento una simpatía especial.

A veces aparece un zapato de otra estación, uno de primavera en invierno. Un rezagado. Son zapatos de colores alegres. Lo extraño es que esa persona va bien abrigada, con bufanda y sobretodo. Es gente especial que está con cara de circunstancia y de que acá está todo normal. Siempre me llevan a preguntar lo que es normal. Hay ahí una normalidad diferente.

Una vez me pasó encontrar a una mujer que miraba mis zapatos. Estuvo todo el viaje sin sacar un instante la vista de ellos. Los miraba con especial atención. En su expresión parecía que algo no estaba en orden. De pronto me pareció que todos los zapatos que a mí me parecen raros estaban agrupados en los míos. Lo primero que pude ver es que estaban sucios. ¿Cómo no lo había notado? También parecían viejos y deformados, pero eran nuevos. Los había comprado un mes atrás. ¿Los había usado demasiado? Quizás los había usado mal. La mujer no sacaba la vista de mis zapatos y no cambiaba la expresión. ¿Qué clase de persona era yo con esos zapatos? Parecía ver sólo algo fuera de lugar, deplorable. Por lo visto yo no era una persona en armonía, con un presente acorde y unos zapatos en orden. Hice esfuerzos el resto del viaje por retirar mis pies, esconderlos, meterlos debajo del asiento y contraerlos. La mujer no sacó la vista de mis zapatos hasta que bajó. Con la incomodidad que me trajo me olvidé de ver los suyos. Habría sido lindo llevar puestos esos en lugar de los míos.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.