jueves, 16 de octubre de 2014

Auschwitz o el horror que no acaba

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada”.

Vasili Grossman en Vida y destino

Primero se me quemó la piel, después los huesos, luego me convertí en humo y ceniza, y como tal salí por la chimenea, y gaseado, transformado en nada, aún pude leer el aviso que había a la entrada: “El trabajo os hará libres”. Auschwitz, la confirmación de que el siglo XX había sido el más sangriento y cruel de la historia de la humanidad. ¿Humanidad? ¿Acaso era humano aquello? O tal vez sí: era la comprobación de todo lo que un humano -deshumanizado- es capaz, con su carga destructiva, de hacerle a otro.

Auschwitz, el infierno terrenal, aunque afuera, como diría Primo Levi, no estaba el paraíso. Horrores inconcebibles sucedieron. La dignidad vapuleada. La humillación sin límite del detenido, la atrocidad que la palabra no alcanza a describir, el genocidio planificado, la presunta civilización transmutada en barbarie. Las cámaras de gas, los hornos crematorios, los pelotones de fusilamiento, el sometimiento de niños, mujeres y hombres a una condición infame. A la pérdida de la identidad, de la cultura y, claro, de la existencia.

El olor a carne quemada aún continúa señalándonos desde la historia, casi setenta años después de la liberación de ese campo de ignominia. La archiconocida frase de Theodor Adorno de que “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, podría interpretarse como una suerte de exorcismo, de ultimátum, un llamado al nunca más, que, sin embargo, no ha frenado la deshumanización ni la catástrofe. En Auschwitz, como lo dijo otro sobreviviente del horror, murió la idea del hombre. “El fascismo y el hombre no pueden coexistir. Cuando el fascismo vence, el hombre deja de existir”, advirtió Vasili Grossman en su monumental novela Vida y destino.

La muerte de casi dos millones de personas en un campo de concentración, entre 1940 y 1945, no fue un retorno a la caverna, ni siquiera lo que se ha dicho de que el hombre no desciende del mono porque éste no es tan perverso, sino la mayor vergüenza para el ser humano. Su bestialización (con la venia de las bestias). El oprobio nazi ensañado contra judíos, gitanos, comunistas, librepensadores, en un episodio que, por la magnitud de su brutalidad, parece inverosímil. El Reich y su fábrica de muerte y destrucción mostraron en Auschwitz y en otros campos de exterminio su esencia sanguinaria, como, hasta antes ningún otro imperio la tuvo. León Felipe, que, pese a Adorno, siguió escribiendo poesía, mandó a callar a Dante y Virgilio y Blake y Rimbaud, poetas que no alcanzaron jamás a imaginar un infierno tan espeluznante como el de Auschwitz. “Pero ahora, aquí, rompo mi violín… y me callo”.

En Auschwitz, tal como lo cuentan algunos de los sobrevivientes, el ser humano sometido a la peor bajeza, perdió por momentos la solidaridad, la capacidad de resistencia, y algunos se iban contra sus hermanos de prisión por un mendrugo de pan. Pero quizá los ecos que allí llegaron de la derrota de los nazis en la heroica Stalingrado, a orillas del Volga, también hicieron crecer la esperanza y, sobre todo, por diversos territorios de Europa se fue desmoronando el mito de la invencibilidad del Reich hitleriano. Muchos no alcanzaron a ver la derrota total de aquél, pero murieron con el presagio infalible de que estaba próxima la caída de esa maquinaria de atrocidades.

Por los días del sexagésimo aniversario de la liberación (2005), se revivieron las crónicas, las películas, las fotos, los testimonios, los libros que hablan de aquel horror sin par. Uno de los más inquietantes recuerdos, lo expresó un soldado del Ejército Rojo soviético. Antes de llegar a Auschwitz, las tropas soviéticas encontraron pueblos enteros incendiados con toda la población ejecutada, pero no se habían topado con un escenario tan desolador como el que encontraron en ese campo: “Al vernos llegar, los prisioneros lloraban, otros demostraban su alegría. Todos eran esqueletos vivos, tan flacos que se les veían las venas y los huesos a través de la piel. Vi montones de cadáveres de prisioneros que acababan de ser asesinados o que murieron antes de nuestra llegada”, relató, todavía con el horror vivo, sesenta años después. Y concluyó: “Nunca olvidaré las pilas de zapatitos de niños”.

Los espectros de los muertos de Auschwitz aún nos gritan. Porque después de aquel espanto, el genocidio, las violaciones a la dignidad humana, las masacres no han parado. Es más: se han perfeccionado los instrumentos de destrucción. Ahí están, como ejemplo de la renovada barbarie, los bombardeos atómicos a Hiroshima y Nagasaki; la carnicería gringa en Vietnam; los gulags soviéticos; la invasión rusa a Afganistán; los ataques aéreos también a ese país de parte de los Estados Unidos; la ocupación estadounidense en Irak; los desaparecidos del Cono Sur; las torturas en Abu Gharib; el genocidio en Ruanda; el Apartheid; el martirio del pueblo palestino; el atentado contra las Torres Gemelas…

Así que el gran escritor judío italiano, Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, tenía razón. Allá era el infierno, pero afuera de ese campo de concentración no estaba el paraíso. Y, con perdón del lobo, el hombre sigue siendo lobo para el hombre. ¡Ah!, y lo peor es que, dentro del capitalismo, el trabajo tampoco hace libre al hombre. Ni al lobo. ¿Hasta cuándo?

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