martes, 7 de octubre de 2014

El hombre que no envidia los delfines

Amelia Arenallo



Esa mujer tiene los ojos sabor uva moscatel.
A ella le gustan los hombres oscuramente tristes.
Que, caminen desnudos, en la noche de los cementerios.
Que sus obsesiones se plieguen en el cauce del Leteo.
Hombres que no envidien los delfines.
Que arrastren su ternura por el aquilón.
Que hablen con los perros vagabundos.
Que la tristeza haga nido en su barba.
Que beba, ávidamente, las lágrimas de mi ombligo.
Que deje cerrados los postigos de la noche.
Un hombre que se esconda en los campanarios.
Que le muerda los pezones a la lluvia.
Que sea cobra, bamba y coral, al mismo tiempo.
Que me muerda la boca, el girasol y la locura.
Un caballo de pezuñas negras que me hable al oído.
Que me deje dormir en sus zapatos.
Un hombre intemporal y eterno.
Que me pueble ambos hemisferios de roedores tristes.
Que camine a mi lado con zapatillas rotas.
Beba vino barato y devore pan sin levadura.
Un hombre que comparta mis harapos y mi duermevela.
Un hombre que sea fronda y me deje aovar entre sus brazos.
Un hombre que sea lluvia y mar y diamante mojado.
Un hombre terrenal, levemente corvo.
Que corte mis espejos y multiplique panes.
Mis panes y mis peces, multiplique.

* Los romanos comparaban la envidia con la anguila pues estaban en la creencia que este pez tiene envidia a los delfines.

(Ilustra Oswaldo Guayasamín. Serie “Edad de la ternura”)

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