lunes, 20 de octubre de 2014

El licenciado

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Tomado de su libro “Cuentos para olvidar” (Venezuela, 2007))



Caía ya la noche en aquella capital centroamericana. La jornada no había estado mala; no había sido de las mejores, pero al menos tenía para la ración diaria, tanto de comida como de alcohol.

Dónde comer y dónde comprar su cuarto litro de ron barato no le inquietaban especialmente; comía cualquier porquería en cualquier cantina de mala muerte. Lo mismo era con la bebida. Dónde dormir le preocupaba algo más. En las últimas noches la policía había estado fastidiando bastante: un par de amigos de similar condición terminaron en la cárcel, y hasta incluso tuvieron su paliza. "El trabajo tiene períodos peligrosos".

Nadie conocía su verdadero nombre; nadie, al menos, de su círculo cotidiano: borrachos crónicos y mendigos del Mercado Central. Para todos era simplemente "el licenciado".

A los promotores de la oficina de Pastoral Social de la parroquia de la zona, quienes asistían a estos grupos de indigentes, les llamaba la atención. Especialmente a una jovencita, estudiante de sociología, aguda y desconfiada. Sandra se llamaba. "'El licenciado' no es como todos.... Además ¿por qué lo llamarían así justamente?"

Prefería no hablar con nadie. En realidad no estaba casi nunca en condiciones de hacerlo; borracho de caerse, sus diálogos eran monólogos incomprensibles. Había que prestarle particular atención para deshilvanarlos. Sandra se tomaba esa molestia.

"Mirá, compita: vos tenés que procurar seguir estudiando, siempre, ¿oíste? Porque no hay otra alternativa posible, válida y consistente, para salir de esta mierda. Y cuanto más puedas capacitarte, mejor. Y si podés estudiar alemán, mejor todavía, verstanden?", le decía alguna vez, en un raro momento de lucidez, o de no tanta embriaguez más precisamente, con un penetrante aliento mezcla de alcohol y vómito.

"¿Y por qué le dicen 'el licenciado' a usted?", se atrevió a preguntar.

Fue evidente el golpe; algunas lágrimas asomaron a sus ojos, crónicamente enrojecidos. No hubo respuesta.

"Ehh.... es, es difícil... no vas a entender, mejor.... ¿cuántos años tenés?"

Sandra también sintió ganas de llorar, aunque no lo hizo. Algo la cautivó; "el licenciado" no era como los otros.

Esa noche, visto que la situación se estaba tornado algo molesta por las rondas policiales, buscó un nuevo sitio para dormir, más seguro, más oculto. Conocía el mercado perfectamente, por lo que no le costó encontrar algún sucucho adecuado. Iba a pedirle a otro amigo que lo acompañara, "el Pescado"; pero no pudo encontrarlo por ningún lado. Por tanto decidió ir solo.

Era en el ala norte, cerca de los puestos de flores. Le gustaba ese lugar porque siempre tenía buen aroma. En el cruce de varios pequeños callejones había un baño, abandonado desde ya un buen tiempo, que tenía una puerta casi desconocida, semioculta por una mampara que se había colocado recientemente. Era un punto más de tantos en el mercado, otro recoveco. Pero para "el licenciado" tenía un valor especial: más de una vez se había refugiado allí ante circunstancias especiales, o cuando se sentía particularmente mal.

Cuando entró no dio mayor crédito a lo que veía: en realidad no le importó. Sólo pensaba en dormir. Estaba, como siempre, mareado, muy cansado, y no le interesaba ponerse a investigar en esas circunstancias. El portafolios que encontró en el baño le sirvió de almohada. Solamente a la mañana siguiente se le ocurrió ver qué contenía.

Cuando se dio cuenta del hallazgo casi muere de un síncope. No lo podía creer; las manos le temblaban, no le salían palabras. Todo el cuerpo trepidaba, por lo que no pudo seguir con el conteo de los billetes. Calculó, de acuerdo a lo que llevaba contado y a lo que todavía le restaba, que debía haber más cien mil dólares al menos. Prefería no enterarse.

"¡No puede ser! Esto me lo puso el demonio.... No es posible".

Quedó estupefacto un momento, literalmente paralizado, con el portafolio apretado contra el pecho. No podía salir del asombro, pero al mismo tiempo lo increíble de la situación lo despertó del sopor de la borrachera.

"¿Y ahora qué hago?"

Con el resto de lucidez que aún conservaba pensó que no era conveniente salir del escondrijo con la carga a cuestas. Recién en esos momentos, cuando intentaba ver qué hacer, vio manchas de sangre alrededor suyo, donde había dormido la noche anterior. Un par de metros más lejos, medio oculto tras una puerta caída, estaba el cadáver. Reprimió el grito de espanto que le brotó espontáneamente.

"¡¿Y esto?!" Su asombro iba en aumento, al igual que el terror.

Si con el dinero estaba virtualmente paralizado, ahora con el nuevo hallazgo había llegado al paroxismo. Fueron varios minutos en que no podía recobrar el aliento. Lloró, primero suavemente, luego en forma desconsolada.

"No tengo que hacer ruido, no", se dijo limpiándose los mocos, como un niño atemorizado. Cuanto más complicadas se tornaban las condiciones, más despierto parecía ponerse "el licenciado".

Vagamente comenzó a atar algunos cabos: aunque no conocía bien los detalles, había escuchado el comentario que la noche anterior tuvo lugar un tiroteo en el mercado, justamente por la zona de los puestos de flores. Balazos se escuchaban todos los días, por lo que no le prestaba especial atención. Tampoco en este caso. Por otro lado, como vivía perpetuamente en estado de ebriedad, nunca estaba en condiciones de discernir muy en detalle acerca de nada.

"Claro, ayer andaban con la bulla de la balacera. Decían que unos tipos se corrieron por ahí, y la policía, o el ejército - no me acuerdo - los andaba persiguiendo, y que se escaparon los pisados. De repente este es uno..... ¡por Dios"! ¿Y ahora?".

Aunque no estaba muy claro todavía, aparentemente un grupo de delincuentes - se especulaba que eran narcotraficantes - perseguidos por fuerzas de seguridad combinadas, había huido por el mercado, llevando una gran cantidad de dinero. Se hablaba de unos doscientos mil dólares. Pero ni un billete se había encontrado luego de la persecución. Había dos muertos y otros dos detenidos - uno herido. Del quinto hombre no se supo más nada. Se suponía que podría haber escapado con los fondos; un día después del hecho se tejía todo tipo de teorías. Nadie había pensado - como de hecho había sucedido - que estuviera muerto en un baño abandonado, desangrado por los tres balazos recibidos. Y que el portafolios con la fortuna estuviera ahora en manos de un mendigo y borrachín que se mantenía embriagado la mayor parte del tiempo.

"¿Y qué hago? ¿Sabrán que el pisto está acá? ¿Me habrán visto entrar?"

"El licenciado" se debatía entre estas incertidumbres. El dinero, más que una bendición divina, lo sentía como un maleficio que le quemaba las manos.

Muchas veces había fantaseado que, de encontrarse una fortuna como la que ahora le llegaba, invitaría a todos los mendigos y marginales que convivían en el mercado a una parranda interminable de varios días, con trago pagado para todos, sin límites. Pero ahora que la fantasía podía hacerse realidad, lo aterraba la idea.

"¡Mierda! No hay nada más siniestro que un deseo cumplido....; ¿quién fue el que lo dijo? ¿Nietzsche?"

Pensó en quedarse en el escondite un tiempo. Pero luego reflexionó que eso podría ser peor. Tarde o temprano irían a buscar ahí. Había que hacer algo práctico, urgente.

"¡Sandrita! ¿Cuándo vendrá la patoja?"

Rápidamente desechó la idea. No sabía cuándo podía venir la gente de la iglesia; no tenían una fecha precisa para las visitas. Y además no era ninguna garantía que lo pudieran ayudar. Por otro lado: quizá hubiera tenido que compartir el "botín".

"Como siempre, me las voy a tener que arreglar solito, como en todo".

Empezó a tejer hipótesis: ¿qué era más conveniente?, ¿cómo hacerlo?, ¿para dónde ir? Confrontado a todas estas preguntas "el licenciado" vio lo solo, despiadadamente solo que estaba en el mundo. Nuevamente asomaron lágrimas a sus ojos. Sin embargo, ahora había una mezcla ambigua: tristeza, desolación por la patencia de su desamparo; aunque al mismo tiempo - sensación que no tenía desde hacía muchísimo - una profunda alegría. Casi, aunque no lo reconociera en esos términos, alegría de venganza.

"La venganza es el placer de los dioses decían los griegos .... No eran estúpidos estos griegos, ¿no?"

Ya casi sobre la mitad de la mañana decidió salir del baño. Metió prolijamente todos los billetes entre sus harapos, los calcetines, los destruidos zapatos. No en la mochila; eso hubiera sido demasiado tonto. Tuvo ocasión de revisar lo que llevaba en ella; justamente desde mucho tiempo no lo hacía. Nada de valor: alguna muda de ropa - tan o más percudida que la que llevaba puesta -, descoloridos papeles de remotos tiempos, un trozo de hilo. Se sorprendió cuando vio el Langenscheid de bolsillo, el maltrecho diccionario alemán-español.

"¿Cuánto hará que está esto aquí?..... Wie lange liegt das hier? 'Liegt' o 'steht' en este caso? Puchis .... ya me lo olvidé casi todo"

También se sorprendió que nadie osara mirarlo siquiera cuando salió de su "bunker". Esperaba una gran agitación en el mercado, policías por todos lados. Pensó inclusive en cámaras de televisión. La realidad lo decepcionó. Seguramente los aguaceros nocturnos habían lavado la sangre del herido que buscó refugio entre los puestos de flores.

Había algún agente de policía, no más de lo que se veía habitualmente. Caminaba lentamente, mirando a todos lados, desconfiando de todos. Contrariamente a lo que hacía todas las mañanas cuando despertaba, no corrió por su cuota diaria de ron de segunda. Ese día era de muchísimo calor, más de lo habitual. Se le ocurrió tomar un jugo de naranja.

"¿Cuánto tiempo hace que no tomo algo natural?

Inmediatamente se dio cuenta que no llevaba dinero, fuera de los dólares. No podía permitirse cometer el desliz, absurdo desliz de sacar un billete de cien dólares para pagar un jugo. Decidió, finalmente, no tomarlo.

Su asombro iba en aumento al ver que no salía desesperado a buscar la ración de alcohol. Cuando vio a otros compañeros de vida del mercado, sucios y harapientos como él, con los efectos de los primeros tragos de la mañana, sintió lástima.

"¡Pobrecitos! ¿Eso soy yo? .... ¡Por Dios! ¡Qué desastre!"

De pronto sintió que no sabía qué hacer, para dónde ir. Esta "tranquilidad" lo asombró, no era lo que se esperaba. En el medio de su resaca y desesperación por el increíble hallazgo había preparado varios "planes de contingencia"; pero en ninguno estaba contemplado esto que le ocurría ahora. Nadie lo perseguía, nadie venía a pedirle cuentas por el portafolios mágico; no había bandas de mafiosos esperándolo, ni policías. Mucho menos cámaras de televisión.

"¿Y si les digo que ahí hay un cadáver?" Por un momento estuvo tentado de hacerlo. Sentía que no había valido tanto desvelo, tanta angustia junto al muerto - incluso lágrimas - para que ahora todo fuera tan fácil. No sabía en absoluto qué hacer. Decidió buscar a Sandra.

No sabía cómo. No quería preguntar a nadie. Prefería pasar lo más inadvertido posible. Cuando unos niños vagabundos, parte de la población habitual del mercado, lo saludaron efusivamente - no sin cierta cuota de sorna - apenas si contestó.

Cerca de la puerta de salida se le acercó "el Pescado", a quien había estado buscando la noche anterior.

"¿Qué pasó licenciado? ¿Vamos a echarnos un traguito?"

"No puedo, hermanito. Tengo que hacer".

"¡Púchica licenciado! ¿Y qué pisados tenés que hacer? ¡Ni que fueras licenciado de verdad!"

No supo muy bien qué decir. "Es que .... tengo que ir .... tengo que buscar a esos cuates de la iglesia, esos que nos visitan a veces".

"¿Y para qué, vos? Si ellos siempre vienen".

"Es que .... necesito unas medicinas". No sabía cómo sacarse de encima a su molesto compañero. Su presencia empezó a resultarle un estorbo.

"¿Será, licenciado? Hombre, te noto raro. Como que te ha pasado algo ..."

En un momento pensó que "el Pescado" lo sabía todo y estaba buscando su confesión. Estuvo tentado de contárselo, de proponerle su silencio a cambio de una cantidad. Dudaba si debía hacerlo cuando aparecieron, providenciales salvadores, los jóvenes de la parroquia. Pero no venía Sandra.

"¿Y qué pasó con la patoja, con Sandra quiero decir?", se apresuró a preguntar "el licenciado", sin siquiera saludar a los que llegaban.

"Ya no le toca más a ella por acá; ahora atiende a los niños de la calle del parque Kennedy".

Se quedó sin palabras. No lo podía creer. Su único contacto, la única persona con la que podía hablar en el mundo, y ya no la iba a ver más.

"Vos patojo, ¿y sólo niños atiende ella por allá?"

El parque Kennedy quedaba en la otra punta de la ciudad, a no menos de 8 kilómetros del Mercado Central.

"¡Parque Kennedy! ¡Encima hay que aguantar que le pongan sus nombres! ¿No les es suficiente con todo lo que chingan?"

Sin pensarlo mucho, se encaminó hacia allá. Después de los primeros 500 metros vio que la empresa era más dura de lo que se imaginaba. Calculó que le sería imposible. Débil como estaba, seguramente podía morir en el intento. Optó por tomar un taxi.

"Ya perdí la cuenta de la última vez que tomé uno de estos. ¿Cuándo fue?"

El conductor desconfió un poco antes de subirlo. Un viejo harapiento, en su estado, llamaba la atención al pedir un taxi. Una vez arriba del automóvil cayó en la cuenta que no tenía dinero. Era absurdo usar los dólares; de todos modos, de alguna forma tenía que pagar el viaje.

"¡Si es mi dinero al fin y al cabo!", terminó por convencerse. Y finalmente, pasó lo que temía. Llegados al parque Kennedy no pudo impedir sacar un billete de 100 dólares, pese a no querer hacerlo. El chofer, en principio, desconfió. Luego, al verlo turbado, aprovechó la ocasión para presionarlo, y ante su nerviosismo creciente, lo chantajeó quitándole el dinero con la amenaza de llamar a la policía si decía algo.

"El licenciado" prefirió perder esa cantidad - ínfima al fin y al cabo - para evitarse problemas. Pero una vez descendido del taxi no sabía qué hacer. "Buscaría a Sandra", pensó. Pero ¿cómo?, ¿dónde? Sólo sabía que iba a ese parque, según lo que le habían dicho - no le constaba, claro -, para atender niños.

Lo más adecuado le pareció entonces dirigirse hacia esos niños.

"Parias, otros pobrecitos parias igual que yo ... pero estos aún son muy chiquitos. Hasta quizá se podrían salvar todavía .... ¿Pero cómo?"

No le costó mucho encontrarlos; en el parque vivían alrededor de cien de ellos. Sucios, harapientos, con los ojos tan rojos como los suyos, aparentemente alegres, pero trágicamente tristes tras sus gritos y bromas groseras, no le prestaron mayor atención a su llegada. Era un viejo borracho más que andaba por ahí, como tantos otros parias. De todos modos los más grandes notaron que no era habitual del lugar. Con la picardía propia de los de su condición, picardía mezclada con desconfianza y osadía, algunos se le acercaron.

"¿Qué pasó, viejo? ¿Vos no sos de acá, no?, preguntó el que parecía más astuto, jefe del grupo.

"No, no. Acabo de venir".

Como siempre en estas circunstancias, casi como reflejo de sobrevivencia, los niños se interesaron por el nuevo personaje recién llegado. En este caso no había nada que pudieran obtener del espécimen en cuestión; nada evidente, al menos. Quizá divertirse a sus expensas. Y hacia eso comenzaron a apuntar los más grandes.

"¿No serás policía vos, no?. ¿Qué chingados estás haciendo por acá? ¿No serás un viejo maricón que está buscando chavitos?"

"El licenciado" no sabía bien cómo responder: ¿defenderse?, ¿hacerse el desentendido de lo que le decían?, ¿explicar a qué había ido? Esto último le pareció lo más correcto.

De todos modos la estrategia elegida no aplacó lo ánimos provocadores. Aprovechándose del número - varias docenas - y de lo desvalido que se veía el recién llegado, el desenlace fue rápido: "el licenciado" terminó golpeado, furiosamente golpeado por los niños. Y sin el dinero. Sólo le quedó algo - unos mil dólares - que se había guardado, envueltos en un papel de diario, en el ano.

Las primeras gotas de la lluvia lo despertaron; ya estaba anocheciendo. Todo el cuerpo le dolía por los golpes recibidos. Quiso correr a refugiarse del aguacero que se venía, pero no pudo. El dolor se lo impedía. En el medio de su dolor pensó que después de todo, pese a la paliza, las cosas no estaban tan mal. Tenía aún bastante dinero.

Lentamente fue arrastrándose hacia una galería donde también había unos cuantos niños. Se dijo que en esas circunstancias no le vendría mal un trago; pero, de todos modos, no fue en su búsqueda. Sintió, súbitamente, que podía vivir sin el alcohol.

"Seguramente son éstos los que me robaron. Espero que ya me dejen tranquilo".

No obstante odiarlos en el momento y no querer saber nada de ellos, rápidamente tuvo la idea que tal vez podrían ayudarlo.

"Oigan, niños: ¿ustedes conocen a una muchacha Sandra, que me dijeron que trabaja para la iglesia y viene por aquí a veces?"

Los niños se miraron entre sí, desconfiados. "¿A qué venía esa pregunta?" Una de las virtudes que tenían como grupo era su espíritu de ayuda mutua. Ante un extraño eso se potenciaba.

"¿Y por qué tanta pregunta, viejo? ¿Qué onda con esa muchacha? ¿Tenés algo con ella acaso?"

Inquirido de esa manera - casi brutal por cierto - "el licenciado" no supo bien cómo reaccionar. Se sintió acorralado, y balbuceó lo primero que se le ocurrió.

"Si, es mi prometida".

Las risotadas de los niños no se hicieron esperar. Secretamente, "el licenciado" también se mató de la risa. Aunque también, y sin que supiera por qué, le brotaron algunas lágrimas.

"Homo homini lupus, ¿no? ¡Somos todos unos hijos de puta, sin dudas! Mirá estos cabroncitos ... No tienen donde caerse muertos, y se ríen de mi", pensó amargamente.

Ya anochecía; debía resolver dónde pasar la noche. Recién en ese momento se dio cuenta que tenía hambre, que no había comido en todo el día. También se dio cuenta, muy felizmente, que no había probado una gota de alcohol. Y que no lo extrañaba.

Y se dio cuenta igualmente, por lo que se puso casi a temblar, que lo que había dicho respecto de Sandra .... le hubiera gustado que fuese cierto. Pero prefirió desechar inmediatamente cualquier pensamiento ligado a eso.

No teniendo dónde ir, ni conociendo a nadie en el parque Kennedy, decidió que lo mejor era quedarse ahí, tratando de establecer buena relación con sus recientes verdugos. Pensó en la solidaridad de parias que seguramente encontraría con estos niños.

Pero se equivocó. En la violación sexual de que fue víctima, a manos de los más grandes, le descubrieron el improvisado paquete con los dólares que aún conservaba. Obviamente, lo perdió.

No era tanto el dolor físico lo que lo aquejaba, mientras dormitaba sobre unos sucios cartones ya hacia la medianoche, sino el espiritual. No encontraba explicaciones a lo que le había pasado.

"¿Por qué?, ¿por qué?", no cesaba de repetirse. En lo único que pensaba era en Sandra.

Esa noche "el licenciado" tuvo pesadillas como hacía tiempo no las tenía. Soñó cosas horribles, espantosas: vio un avión que caía, y escuchaba los gritos horrorizados de los pasajeros en la caída. Soñó con un bebé que se escapaba de los brazos de la madre para precipitarse en una catarata. Angustia, desesperación por todos lados. Sólo Sandra aparecía como un oasis en ese desolado desierto. Finalmente llegó el alba; y los temores, si bien no se desvanecieron, al menos se mitigaron con la claridad.

El primer pensamiento del día fue para ella. No pudo resistirlo, y volvió a preguntar si alguien la conocía, si sabían darle alguna indicación. Casi no fue tenido en cuenta por sus ocasionales acompañantes.

Sin un centavo encima, mortificado, golpeado, no sabía qué hacer. "Volver al mercado", pensó "no era muy distinto de estar en este parque". Conocía más gente allá, quizá esa era la única diferencia; porque por lo demás no era muy distinto: paria, marginal, ignorado.

A veces se preguntaba - sin tener respuesta - cómo era posible encontrarse en ese estado. Cuando comenzaba a pensar en esto, lloraba, y sólo el ron - el barato y pésimo ron con que se intoxicaba - le permitía sobrellevar esas angustias, y dejar de pensar. Doctorado en Filosofía en Friburgo, Alemania, gracias a una beca que le había costado dos años de sacrificio obtener, desde dos años después de su regreso a Centroamérica había comenzado con la bebida. Se habían juntado varios factores: también la feroz represión política que se abatía sobre el país había aportado su cuota. Debido a ella muchos de sus más cercanos, incluido un hermano, habían desaparecido. "El licenciado", en forma casi providencial, había salvado su vida en dos ocasiones.

Pero fue demasiado, no lo resistió. Primero comenzó a beber más de lo socialmente tolerado; luego, paulatinamente, había ido despreocupándose de sus cuidados elementales, dejándose vencer por el abandono. En poco tiempo - ya no recordaba cuánto - terminó viviendo en la calle; de ahí a vagabundo sólo fue un paso.

Pensó en cómo la abordaría cuando la viera. Ella en más de una ocasión le había preguntado por su historia; era más que obvio que había un código compartido, una complicidad. El sabía que ella se daba cuenta que no era sólo un pordiosero; incluso varias veces le había preguntado directamente acerca de su situación. Como le desagradaba hondamente hablar de su pasado, "el licenciado" siempre encontraba la manera de escapar sutilmente - o no tan sutilmente. Pero ahora decidió que le contaría todo; pensó que, además, eso podía seducirla. La cuestión era encontrarla.

Volvió a sentir deseos de beber; pero hizo lo imposible por abstenerse. Por otro lado no tenía ni un centavo; al pensar en eso, súbitamente sintió hambre. La única solución a la vista era mendigar.

Hacía ya tiempo que vivía de las limosnas; en un principio ello le provocaba vergüenza, pero ese escrúpulo había quedado en el pasado. En la actualidad prácticamente no tenía otra forma de obtener algún mísero dinero sino a través de la mendicidad. Trabajar era una perspectiva que desde hacía eternidades no se le ocurría posible.

"Die Arbeit ist das Wesen des Menschen", pensó de pronto. "Pero si es cierto, ¿por qué resulta tan molesto?"

"¿Y si me pongo a dar clases de alemán?" ..... ¡Ni pensarlo!"

A veces, las pocas veces que no estaba embotado por los efectos de la bebida, pretendía reflexionar; y era una lucha atroz entre ideas antitéticas que salín simultáneamente. Nunca llegaba a nada finalmente.

En esos inconducentes devaneos estaba cuando escuchó entre los niños del parque la palabra mágica:

"¡Muchachos, ahí vienen los de la Iglesia. Ahí viene la Sandra!"

No lo podía creer: "¿Sandra aquí?". Era más que un sueño.

Cuando se vieron, ambos quedaron impactados; pero quien más afectada pareció estar, fue ella. Venía en grupo, con tres compañeros más. Era la única mujer; joven, bonita, radiante en el medio de todos los varones. Pero de pronto, al toparse con "el licenciado", súbitamente cambió de cara. No supo qué decir. Tampoco a él le salían palabras.

"¿Sabe una cosa, seño Sandra?", se apresuró a decir uno de los más desenvueltos del grupo de niños de la calle, jovencito de unos 15 años. "Ayer apareció este viejo desgraciado por el parque, y se quiso pasar de listo con uno de nosotros. Por eso lo tuvimos que moronguear al cerote. Mire cómo quedó por hacerse el loco".

"El licenciado" quedó estupefacto. Quería defenderse, decir algo .... pero las palabras no le venían. Los jovencitos siguieron el ataque.

"¿Sabe lo que pasa, seño Sandra? Es un viejo degenerado éste. Nosotros no lo conocemos de antes; llegó aquí al Parque de buenas a primeras. Y ni bien llegó ya estaba provocando. Hasta andaba diciendo que nosotros le robamos un dinero, el muy cabrón".

Sandra se sentía entre dos fuegos. Hubiera querido defender al "licenciado" en forma incondicional, pero la situación no se lo permitía. ¿Cómo justificarlo antes los niños? Sabía, intuía, podría haber jurado que todo lo que le decían no era cierto. Pero calló esperando la reacción del "licenciado", quien también permanecía mudo.

Los acompañantes de Sandra intervinieron entonces. Con una forzada ecuanimidad trataron de investigar entre las partes en pugna. Sabiendo de lo manipuladores que podían ser en ciertas ocasiones los niños, con moderada cortesía se dirigieron al acusado:

"Buenos días, señor. No nos conocemos, ¿verdad? Es la primera vez que lo vemos por el parque Kennedy. ¿Y cómo es esto que dicen los muchachos?", dijo uno de los recién llegados, con corrección pero no sin cierta firmeza en la voz.

"El licenciado" no sabía qué hacer; buscaba la mirada de Sandra, quien a su vez tampoco sabía cómo reaccionar. El silencio se hizo tenso.

"Entonces, ¿es cierto lo que dicen los niños?", volvió a preguntar el inquisidor.

Se le ocurrió empezar a hablar en alemán; estuvo a punto de hacerlo incluso, aunque no sabía por qué. Pero se abstuvo. Fue Sandra entonces quien intervino:

"Muchachos, yo conozco a este señor. Me atrevo a poner las manos en el fuego por él. Él no podría hacer nada malo, se los aseguro". Luego de decir eso, Sandra sintió una sensación horrenda. ¿Por qué lo había hecho? ¿A qué venía eso de defender a un mendigo - presuntamente desconocido - con esa convicción? Y más aún: ¿por qué esa pasión por alguien tan alejado de ella, tan de otro ámbito, delante de su novio? (uno de los tres acompañantes del grupo de trabajo de la Pastoral era su prometido; en diciembre se casaban).

Como el escándalo fue en aumento y los educadores populares de la Iglesia no pudieron manejar la situación, un par de guardias de seguridad apostados en el parque se vio forzado a intervenir. No se sabe cómo, pero apareció una navaja entre los harapos del "licenciado", y un paquetito con crack. Fue allí la primera vez que él intentó una defensa de si mismo, negando todo lo que se le atribuía.

Tarde ya, seguramente. Las pruebas estaban a la vista, y aunque todo comenzaba a mostrar que era demasiado el peso de la crueldad del grupo contra un pobre diablo, ni los jóvenes de la obra social ni los policías pudieron dar marcha atrás en la dinámica que se había ido tejiendo. Uno de los muchachitos de la pandilla, adolescente ya, con un marcado perfil de conductor y conocedor de los vericuetos legales - por su forzado paso por el lado amargo de esos desfiladeros - presentó entonces la formal denuncia a los gritos. "El licenciado" era distribuidor de drogas.

Sandra fue quien pagó la fianza. Su novio no lo podía creer; cuando se lo contaron sintió que se le paralizaba el corazón. Claudio Amaya, doctor en filosofía por la Universidad de Friburgo, 36 años, hasta hace unos días bautizado - con una mezcla de admiración y saña - "el licenciado", era ahora su nueva pareja.

Unos meses más tarde volvieron a encontrarse, Sandra y su ex novio. No se hablaron. Fue en un seminario sobre población marginal y políticas de erradicación de la pobreza, en un lujoso hotel de la zona céntrica. Ella estaba embarazada, y expuso - con mucha soltura por cierto - su experiencia en la nueva organización no gubernamental para recuperación de alcohólicos y drogadictos "El Camino", de la que era director... "el licenciado".

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