jueves, 16 de octubre de 2014

Grasas

Gustavo Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Años después se le ocurrió que podría haber sido una broma. In this place are grass. Así decía en una piedra de Huina-Huainu, a diez kilómetros de Macchu-Picchu que recorrió con mochila y esa mujer en un camino de incas. Por eso buscaba entre las piedras, en las ruinas, bajo los troncos, alerta al mortífero centelleo de una coral.

De pronto el día desapareció y los precipicios se transformaron en grandes pozos negros. El mismo silencio de antes pero sin el luminoso ruido del sol.

Poco a poco nuevos sonidos: susurros, chistidos, cortos alaridos anunciaban la noche de la selva.

El seguía buscando. A esa mujer le irritaba el desprolijo pasto que envolvía las ruinas, la oscuridad salvaje, el miedo. La luna, que apareció atrás de una montaña, no la tranquilizó: su luz hizo más negra la sombra y blancas y temblorosas las ruinas. Cuando pensó en el gran hotel que junto a Macchu-Picchu, cerca, tenía agua caliente, alfombras, camas, odió al imbécil que tenía al lado.

El seguía buscando: levantó piedras, apartó plantas, escarbó, metió la mano, hurgó con un palo. Nada. Ella lo miraba en silencio. Después, asqueada, se metió en la bolsa de dormir.

El hubiera seguido buscando, pero ni la linterna ni la luna eran suficientes.

Al día siguiente bajaron corriendo, tropezando, con la mochila en la espalda, usaban palos como bastones para no caer en los precipicios. Si perdían el tren sería otra noche en las ruinas. A él no le importaba, pero sería con hambre.

Llegaron, y mientras esperaban un coya le contó la leyenda del Paititi, ciudad oculta en la selva, refugio secreto de los últimos incas. Y que una vez, cuando un indio dejó su tribu en la selva para conocer la ciudad de los blancos tuvo que atravesar un lugar maldito y prohibido desde siempre, de extraños monumentos, grandes piedras, avenidas e infinitas calles desiertas.

Al llegar contó lo que había visto. Se organizó una expedición.

En un día de sol un helicóptero se acercaba. Pero aparecieron de pronto negras nubes de las que salían rayos. El helicóptero tuvo que volver. Así muchas veces, hasta que dejaron de buscar. Igual que él con el grass, pensó aquella vez.

Pero años después, argentino en San Pablo, sentado en un bar, entre ruido de motores y humo y palabras portuguesas, supo que recordaba cada lugar, las pequeñas piedras, las grandes, y las afiladas sombras de ese mundo, solamente porque ahí había grass. Nada más que pasto. Estaba escrito.

Y aquella mujer que había estado con él, era analfabeta.

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