jueves, 16 de octubre de 2014

La envidia

Alicia Susana Gómez

(Basado en el cuento “La honda” de Ricardo Piglia)

Aquel hombre sentía una profunda aversión a los niños. Tal vez habría tenido una infancia dura e infeliz. Nadie supo si pudo desplegar sus fantasías como lo hacen los chicos cuando juegan, o no tuvo la contención de un abrazo en la oscuridad de una pesadilla. Lo cierto, es que decía que a él no podrían engañarlo cuando mentían aparentando inocencia o burlándose de todo.



Una tarde de domingo, su patrón decidió que trabajen juntos en un depósito donde se almacenaban objetos de metal.

Mientras caminaban hacia la zona de los galpones, un coche con altoparlantes anunciaba propagandas. El ruido acalló las voces de una pandilla que, amparándose en el día feriado, se dedicaba a juntar descartes de hierro para arrojar con sus hondas. Cuando doblaron un paredón, el sonido se atenuó y los adultos pudieron escuchar sus gritos y risas.

Al darse cuenta que iban a ser descubiertos, los chicos trataron de ocultarse entre las chapas. De todos modos, ya era tarde. Inventaron excusas, pero fue en vano. El patrón los encaró, arrojó las hondas en un foso y, para darles una enmienda, los obligó a trabajar duramente bajo el sol.

Así lo hicieron durante muchas horas. El más fornido, ayudó en la tarea al eterno enemigo de los menores. Realizó la labor manteniéndose a su par y sin descanso.

Confiado, el muchacho se atrevió a preguntarle si podía colaborar para recuperar su honda. Éste, mintiendo complicidad, le respondió que el castigo no dependía de él.

El hombre observaba el cuerpo musculoso sudando por el trajín. Dedujo que era el líder del grupo porque miraba, de vez en cuando, a sus compañeros. Creyó que lo hacía para que mantuvieran la calma, a pesar de la rudeza que fueron sometidos. Le molestaba que aquello lo hiciera sentir culpable.

No obstante, movido por su profunda envidia, decidió fingir que consideraba su pedido. Planteó que tiraría un martillo al pozo donde se hallaban las hondas y, con la excusa de recogerlo, el otro podría recuperar la suya.

El joven, confiado, se arrojó al foso en el momento pactado. Tuvo que hundirse para encontrar la suya y, cuando la guardaba entre su ropa, escuchó, anonadado, que el hombre le gritaba a su patrón denunciando, arteramente, que él la había escondido en su camisa...

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