martes, 7 de octubre de 2014

Mucho os quiero, María

Daniel de Culla (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Comenzó desanudándose y, mirándose a sus ojos en el espejo del aparador, se sintió el más pintado salteador de caminos, destripando su bolsillo de todo contenido que le valiera la pena, o le sirviera, valga la redundancia, para soportar una fiscal pena, pues él calculaba los ingresos y fastos probables tocándose el forro de gamuza o de paño que se pone a los pantalones por la parte de dentro para que no se estropeen por el roce de los huevos o de la calderilla dineraria en los bolsillos.



El, abultado de carnes y de buen color, pintaba al fresco dichos atrevidos y mordaces en son de queja o censura, mientras adulaba y lisonjeaba a banqueros, políticos, y curas, invitándoles entre chorizos y chorizones, ladrones, hurtadores, estafadores a algunos pescados conservados con poca sal, a fresados, cierto manjar compuesto de harina, leche, manteca y otras cosas, así como a botillería de diferentes vinos y gaseosas, en las Islas Caicos, grupo de islas del archipiélago de Las Lucayas, unas 500, próximo al de las Antillas y separado de La Florida por el canal de La Florida o Bahama; y en su Chuquelo de Chusquelés, palacio de perros y perras.

Se reía de los chororós, pobres, y de los chulos fandangueros, rufianes, que hacían chunguitas, cosas malas, como robar por necesidad, lo que para toda esta caterva de alta alcurnia, chusma y flor de la fullería, no eran mas que sabañones que salen en los talones del gobierno, o catarriberas, sirvientes montados cuyo oficio es seguir el vuelo del halcón en la caza de altanería y recogerle la presa cuando se abate, no pudiendo decir al amo o señor: “la espada no da”, que es lo que dicen los “espadistas” cuando no abren las ganzúas o llaves falsas.

Se reía, también, como un jefe de gobierno, viendo a los manifestantes protestar contra esta timocracia en la que el pueblo vivía; gobierno que ejerce el poder sobre los ciudadanos, pueblo despalmado a quien se le ha quitado algo y mucho, que tiene el santo temor de dios y se gobierna por él en la conducta de sus enviados o curas pedófilos, gracias a la renta emanada del pillaje y el robo, cual plumas grandes que tienen las aves de rapiña, que les sirven para dirigirse en el vuelo mientras la mayoría se siente feliz nadando entre el engaño y la estafa con que el timonel que gobierna el timón de la nave adorna el pinzote con que maneja el timón.

Mirándose, ahora, la garganta, recordó cómo todos estaban colgados o pendientes de sus labios. Y que él decía, apuntando el dedo índice de su mano derecha al vientre:

“El tímpano místico fascista es el sonido castrense de tambor, como el que produce esta cavidad del cuerpo si está llena de gases.

Calló, tragó saliva y prosiguió:

“Estamos en el país de la tiña. Hay miseria, escasez, mezquindad. El trabajo es tiñoso, escaso, miserable y ruin. Pero es bueno para el tinaón o establo de bueyes, o tinado de cobertizo, para preservarnos del temporal de este ganado aturdido, atolondrado entre el que menudean las maldiciones y los porvidas. Y mejor es sellarle el labio o los labios, para que calle o deje de hablar, mientras nosotros seguimos mamando nuestro producto del robo o pillaje que llevamos atado al vientre cual mancha blanquecina que a modo de faja se percibe en el cielo por la noche, oliendo uno el poste, previendo el daño que puede suceder para evitarlo, como hacía “The Ray”, el Rayo, Rey Carnicero, The Slaughter King, libro de Simon Whitechapel, dejado sobre la mesilla, a quien no le recriminaban mucho sus culpas muy graves , o la misma, a pesar de ser un sádico asesino en serie, que había dejado una estela de cuerpos descuartizados por toda Europa, que asesinaba y mutilaba con la pericia y anatómica precisión de un cirujano, el instinto de un pintor surrealista y la insaciable ferocidad de una bestia. Sexo, violencia en un perdido triángulo de amor lésbico, ofreciéndonos una precisa y bella postal de todo esto que le hizo recordar a otro rey abdicado, violento y matarife de caza mayor dedicado a capar chicharras y desvirgar jumentas en su senda particular de los elefantes, el Oso, y el Lagarto Juancho.

Se miró más abajo, y dijo, en acto como moviendo el badajo:

“Mucho os quiero, María”.

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