martes, 4 de noviembre de 2014

6 cuentos cortos (selección)

ARGENPRESS CULTURAL



1. Chuang Tzu (China, siglo IV a.C.)

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

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2. Kan Pao (Japón, 265-316)

Historia de Ts'in Kiu-Po

Ts'in Kiu-Po, natural de Lang-Ya, tenía sesenta años. Una noche, al volver de la taberna, pasaba delante del templo de P'on-chan, cuando vio a sus dos nietos salir a su encuentro. Lo ayudaron a andar durante un centenar de pasos, luego lo asieron del cuello y lo derribaron.

-¡Viejo esclavo -gritaron al unísono-, el otro día nos vapuleaste, hoy te vamos a matar!

El anciano recordó que, en efecto, días atrás había maltratado a sus nietos. Se fingió muerto y sus nietos lo abandonaron en la calle. Cuando llegó a su casa quiso castigar a los muchachos, pero éstos, con la frente inclinada hasta el suelo, le imploraron:

-Somos tus nietos, ¿cómo íbamos a cometer semejante barbaridad? Han debido ser los demonios. Te suplicamos que hagas una prueba.

El abuelo se dejó convencer por sus súplicas.

Unos días después, fingiendo estar borracho, fue a los alrededores del templo y de nuevo vio venir a sus nietos, que lo ayudaron a andar. Él los agarró fuertemente, los inmovilizó y se llevó a su casa a aquellos dos demonios en figura humana. Les aherrojó el pecho y la espalda y los encadenó al patio, pero desaparecieron durante la noche y él lamentó vivamente no haberlos matado.

Pasó un mes. El viejo volvió a fingir estar borracho y salió a la aventura, después de haber escondido su puñal en el pecho, sin que su familia lo supiera. Era ya muy avanzada la noche y aún no había vuelto a su casa. Sus nietos temieron que los demonios lo estuviesen atormentando y salieron a buscarlo.

Él los vio venir y apuñaló a uno y a otro.

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3. Ah'med el Qalyubi

Temor de la cólera

En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:

-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.

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4. José Emilio Pacheco (México, 1939-2014)

Cuento de espantos

Violó la cripta a medianoche. Halló su propio cadáver en el sarcófago.

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5. A. Koestler (Gran Bretaña, 1983-1985)

El verdugo

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.

Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

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6. Marcelo Colussi (Aún vive en algún remoto lugar del planeta)

Jubilación

Era su última misión. "Más de cuarenta años dedicado a esto…", exclamó con una mezcla de alegría y resignación. Se calzó sus botas, sus guantes, su capucha. Nunca, en toda su carrera profesional, había tenido una mácula. Todo el mundo lo admiraba, aunque ahora, seguramente por lo avanzado de la edad, más de algún crítico anónimo ya había sugerido que era el momento para retirarse, que era mejor hacerlo ahora, aún en la gloria, y no esperar un deterioro que podría arruinar décadas de brillo. Él también pensaba así, aunque su deseo más recóndito hubiera sido seguir con su trabajo. Pero, inteligente como era, se dio cuenta que ya iba perdiendo eficiencia. El momento para decir adiós había llegado. En la misión anterior una de las bombas nucleares que debió detener en el aire con las dos manos le había producido alguna quemadura. "Mal presagio", se dijo, y fue ahí donde tomó la decisión. Lo que lo angustiaba era que, en todos sus años de super héroe, nunca había hecho aportes jubilatorios, y ahora no sabía de qué iba a vivir. No tenía claro si para pedir limosnas en la puerta de alguna iglesia convendría usar el traje con el que se hizo famoso, o eso sería un problema. Volando ahora entre las nubes, en su último vuelo, lo decidiría.

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