miércoles, 26 de noviembre de 2014

A mi hijo

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El 8 de noviembre de 1966 se presentaba como un hermoso día de primavera, diría que ideal para que llegaras a este mundo.

Estaba trabajando en la Cancillería, y las 5 de la tarde me llegó la noticia de que te habías presentado en perfectas condiciones.

Le dije a Dura Villarino –mi director– que quería ir a verte. Consintió con gusto –no todos los días nos llega un hijo– y fui a tu encuentro.

No eras lindo, pero tampoco espantoso... tenías forma de ser humano pero habría que esperar unas semanas para saber en qué te convertirías... Por suerte, evolucionaste muy bien y poco a poco fuiste tomando forma.

Compartí contigo dos años. Después, por problemas de adultos –que pasarían muchos años para que comprendieras– vino la separación.

Te iba a ver a menudo, pero mis visitas no hacían más que deteriorar aún más la relación con tu madre y se producían discusiones en tu presencia. Empecé a visitarte más esporádicamente, hasta que un día se hizo necesario que no fuera más.

Cuando tuviste nueve años te llevaron a la Argentina. Unos meses después te fui a ver a la calle Yerbal, en Caballito. Te encontré solo, ¿te acordás?

Estuve unas horas contigo, sentí deseos de llevarte a alguna parte, pero... sin el consentimiento de tu madre... desistí.

Recuerdo que cuando me despedí de vos, quisiste regalarme algo, como para demostrarme que me querías mucho, y me diste un calendario con la figura de un gatito amarillo... que conservaré hasta el último día de mi vida, porque es el símbolo de lo que sería nuestro reencuentro 20 años después.

Gracias, amigo-hijo, por tu hermosa amistad.

Yo nunca me fui... siempre estoy llegando.

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