viernes, 21 de noviembre de 2014

Al entendido, con señas

José Luis González (Desde La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El título que encabeza este breve ensayo es un conocido refrán popular que lleva implícito el mensaje de que no hace falta ser muy explícito en la comunicación con un interlocutor astuto para darse a entender, porque éste, siendo capaz de leer señales entre textos, intertextos y contextos, le basta un simple gesto o ademán para darse por aludido y comprender inmediatamente la información que se le transmite. Esa maravillosa relación solapada de complicidad que se suscita regularmente entre espíritus y cerebros afines, se logra cuando un emisor cualquiera expresa sutilmente códigos sin explicaciones previas ni posteriores, en la confiada convicción de que el receptor, por su propia afinidad, está en antecedentes y captura en el aire el hilo que conduce la información.

En ese orden de ideas, cuando en 1976 Sara Castro-Klaren entrevistó a Julio Cortázar y le preguntó sobre qué pensaba de que la lectura de sus libros provocaban la necesidad de pensar en libros como objetos abiertamente intertextuales, éste magníficamente contestó: Creo que sí, que mis libros, al proponer más de un plano de lectura como posible lectura del texto, provocan la necesidad de pensar en libros como objetos abiertamente intertextuales. Pero creo que es también una cuestión de cultura. Una persona con un nivel cultural más o menos primario leerá un libro sin comprender la intertextualidad. Para él, lo que leerá es el texto de ese escritor, no se dará cuenta de las alusiones. En tanto en un nivel superior de cultura, con una pantalla, un horizonte cultural más amplio, todas las guiñadas de ojos, las referencias, las citas no directamente citadas pero evidentes, pues, deberán serle claras y además enriquecerán profundamente no sólo la experiencia del lector, sino el libro que está leyendo.

Un ejemplo, en el ámbito literario guatemalteco, acaso sea muy útil para ilustrar de mejor forma las ideas anteriores. Es un texto del escritor Tito Monterroso, quien con su brevedad, ingenio y vasta cultura demostró que realmente al lector “entendido” le bastan solamente algunas alusiones para hacer inteligible un texto; y aunque, en principio, pudiera parecer jocoso el texto literario que expongo enseguida, más graciosa resulta la actitud de desconcierto del lector que no sabe si reírse porque comprende el mensaje o porque ignora su contenido. Con justa razón Gabriel García Márquez, refiriéndose a este escritor, dijo: Hay que leerlo manos arriba. Su peligrosidad se funda en la sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad. Veamos.

Dice Monterroso en su fábula “La Tortuga y Aquiles”: Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

En principio, el autor del relato anterior supone que el lector sabe por anticipado que Heráclito de Éfeso, filósofo presocrático, sostuvo la doctrina del flujo o movimiento en el famoso fragmento de la obra De la naturaleza que dice: No es posible bañarse dos veces en el mismo río…; lo que representa, según los eruditos, “la interpretación del cambio físico continuo y perpetuo”; y que, por su parte, los opositores de la doctrina del flujo: Parménides y su discípulo Zenón de Elea , propugnando la inmovilidad, no aceptaron la existencia del movimiento, porque lo consideraban una mera ilusión o apariencia, señalando los errores o paradojas que se cometen al captar lo “dinámico”. Son las famosas “paradojas de Zenón” y entre ella, la más conocida es la de “Aquiles y la tortuga” . La tortuga, el más lento de los animales, le gana la carrera a Aquiles, el de los pies ligeros.

Interpretación:
A decir de An Van Hecke de la Universidad de Amberes, en su ensayo titulado Movimiento e inmovilidad: Heráclito y Zenón en Monterroso, el autor guatemalteco invierte claramente la filosofía del movimiento, pues en la fábula citada aparentemente no hay inversión ni rechazo, ya que Aquiles tampoco alcanza a la tortuga, lo que comprueba la tesis de inmovilidad de Zenón, pero se burla al decir que Aquiles le pisa los talones a la tortuga y no al revés (como se sabe, el talón era la única parte vulnerable de Aquiles), el tiempo irrisorio (diezmiltrillonésima de segundo), la imagen de la flecha que se refiere a la aporía de Zenón , y finalmente la imposibilidad de maldecir a Zenón, ya que Aquiles vivió siete siglos antes que Zenón. Sin embargo, queda un enigma. De la aporía de Zenón se deduce que la tortuga nunca llega a la meta, porque al igual que Aquiles, siempre tiene que recorrer la mitad de una distancia hasta el infinito. La tortuga de Monterroso llega “por fin”, de hecho apenas “la semana pasada”, en una época moderna con cable y rueda de prensa, es decir después de una carrera de unos veinticinco siglos desde que Zenón la hizo correr. Lo que para Zenón era imposible, en la fábula de Monterroso se vuelve posible. La distancia que para Zenón era infinita, Monterroso la convirtió en una distancia finita para poder poner punto final a una aporía que ya lleva inquietando demasiados los filósofos de todas las épocas.

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