jueves, 13 de noviembre de 2014

La problemática del trabajo a través del cine

Héctor J. Freire



Que la relación entre el trabajo y la vida se convierta
en felicidad o desdicha no depende al fin de cuentas
sólo de una economía individual. El trabajo es también
un vínculo social atravesado por la dominación.

Christophe Dejours

El cine, que es a la vez una ventana abierta a lo social y a la subjetividad, es también un modo eficaz de indagación sobre los modos de ser de las distintas sociedades a través de la historia. Por medio del cine podemos extender el modo de entender los mecanismos del poder y sus efectos sobre el imaginario colectivo. Como suma de todas las artes, es un fuerte estímulo a la imaginación, y un contundente vehículo de transmisión ideológica.

Desde esta perspectiva, podemos preguntarnos: ¿qué diálogo podemos entablar entre el cine y la problemática del trabajo: su evolución o su retroceso? ¿Qué relación hay entre trabajo y ocio?

La vida social de los hombres (incluido su tiempo libre) se ha transferido a sus mercancías. Este fetichismo oculta las verdaderas relaciones sociales que están en la base de la producción, y donde las mercancías aparentan tener una voluntad independiente de sus productores. La paradoja del cine (entendido como fenómeno social y psicológico), es que al mismo tiempo que participa del fetichismo de la mercancía, denuncia sus consecuencias, sus pesadillas.

Recordemos, que ya desde su nacimiento, el 28 de diciembre de 1895, en el Grand Café (número 14 del Boulevard des Capucines, París) el cine aparece relacionado con el trabajo. Una de las diez brevísimas películas de diecisiete metros, que conformaban los primeros programas presentados por los Hnos. Lumière fue La salida de los obreros de la fábrica Lumière.

Tampoco deberíamos olvidarnos de una marca fundamental, en cuanto a los orígenes del lenguaje cinematográfico, y es que éste es el único arte que nace siendo vanguardia. O sea, lo que para las otras artes es un punto de llegada, para el cine es su punto de partida. Y al mismo tiempo, el único dentro de la historia del arte, nacido directamente como producto industrial: o sea nacido mercancía, y no devenido como tal. Una “mercancía artística” que es el “condensado” de un entretenimiento de masas (asociado al uso del tiempo libre) y una “religión laica” (con sus ritos, sus salas-templos, sus actores-ídolos y especialmente sus imágenes e iconos, que funcionan para el espectador como verdaderos paraísos utópicos o infiernos terrestres.

En tanto registro del deseo, el cine nos permite acceder al archivo de cómo las sociedades administran el deseo inconsciente de los individuos, su trabajo, y la relación con el uso del ocio. Imponiendo un modo de mirar lo real, de sentir, de pensar y de actuar. De ahí su utilización para ejemplificar, describir y reflexionar sobre ciertas problemáticas, como la que aquí nos preocupa.

Visto a través de la mirada del cine, el trabajo es impensable sin considerar otras variables que lo determinan y complementan: el tiempo, el fenómeno del ocio, y las diferencias entre las clases sociales a lo largo de la historia moderna. No es lo mismo Metrópolis (1926) de F. Lang, Para nosotros la libertad (1931) de R. Clair, o Tiempos Modernos (1936) de Charles Chaplin, verdaderos retratos de las condiciones alienantes del trabajo que la clase obrera tuvo que soportar en la época de la gran depresión, por la “eficiencia” de la industrialización y la producción en cadena. Donde el hombre es “comido” por la máquina, y la fábrica es una cárcel de presos-operarios controlados por guardias-jefes de sección. Que films como, Ladrón de bicicletas (1948) de V. De Sica u otros films emblemáticos del neorrealismo italiano, donde la problemática del trabajo (mejor dicho la falta de él) en la post guerra es un tema central. En los primeros films el ocio, es impensable por exceso de trabajo, en los últimos por la falta del mismo. La lógica perversa de la sociedad de consumo –o sea la lógica del capitalismo que esclaviza a la lógica social- es descubrir y fomentar nuevos y más consumidores, crear necesidades superficiales y en la mayoría de los casos innecesarias. Y es aquí donde aparece una pregunta crucial: ¿cómo hacer advenir dentro de este vértigo impuesto y aceptado pasivamente, el tiempo necesario dedicado al trabajo y el dedicado al ocio? Esa dimensión que es más que tiempo libre, “improductivo” para el sistema, pero tan necesario para nos-otros mismos y para nuestra relación con los demás. Un tiempo dedicado al “ocio” y no al “negocio” (no-ocio). Dentro de un sistema que incluso ha creado una paradoja por demás espantosa: la de transformar también al ocio en un negocio, el llamado: “negocio del ocio”. Un producto más de la sobreestimación del trabajo, que llena de culpa al que no trabaja. En este sistema acumulativo “del siempre más”, donde la eficacia en el uso del tiempo es oro. No sólo ha transformado a los ciudadanos en verdaderos “esclavos del consumo”, sino que el ocio (el de la contemplación y reflexión crítica y necesaria) que abre nuevos horizontes de expectativas frente al “tiempo muerto” de la rutina del trabajo, y posibilita un cierto “equilibrio psíquico”, se ha devaluado en banal entretenimiento y vacía diversión al servicio del aumento indiscriminado del consumo. De esta forma el capitalismo no sólo explota el trabajo de los individuos, sino también su tiempo libre. Ambos, el trabajo y el ocio lejos de entrar en conflicto, se fusionan en provecho y defensa de un sistema cada vez más fortalecido.

A propósito del trabajo entre el sufrimiento y el placer, los siguientes films podrían ilustrar esta problemática. Focalizados en el flagelo de la desocupación y sus posibles salidas: Recursos humanos (1999), El empleo del tiempo (2002) ambos de L. Cantet, sobre la vergüenza de tener trabajo a cualquier precio, o perderlo. La demoledora La Corporación (2006) de C. Gavras, en clave policial, Tocando el viento (1997) de M. Herman, o la tragicomedia The Full Monty (1997) de P. Cattaneo. En estos dos últimos es clara la elección argumental “excéntrica”. Así en lugar de realizar una lucha sindical, dentro o fuera de las estructuras gremiales, los desocupados, deciden canalizar sus fuerzas y sus broncas, “soplando los vientos” de una orquesta de pueblo. O formando un grupo de “strippers masculinos”, a pesar de sus edades y de sus cuerpos, para nada apolíneos.

Señalemos que quienes sufren los efectos de la intensificación del trabajo, con su aumento de carga de trabajo y padecimiento, o la degradación progresiva de las relaciones en el trabajo (arbitrariedad en las decisiones, desconfianza, individualismo, competencia desleal entre agentes, arribismo desenfrenado, etc.) tienen además grandes dificultades para reaccionar en forma colectiva. Cuando los trabajadores en situación de desempleo e injusticia originada en la exclusión intentan ejercer la huelga como modo de lucha se enfrentan a dos tipos de dificultades que, por subjetivas que sean, no dejan de tener una incidencia importante en la movilización colectiva y política: - La culpa marcada por “los otros”, es decir, el efecto subjetivo del juicio de desaprobación…..y el de protestar cuando hay otros menos favorecidos, que genera una vergüenza espontánea (1)

Asimismo, esta “era del consumo” des-socializa a las personas y al mismo tiempo los “socializa” por la lógica de las necesidades impuestas. Sin embargo, este sistema no puede ser reducido al hedonismo y a la estimulación de necesidades, éste es inseparable de la aceleración de información que está al mismo nivel que la abundancia de mercancías que circulan. La estructura dinámica del consumo de realimentación continua, fractura al individuo de los lazos de dependencia social y acelera la asimilación al sistema, produciendo individuos des-socializados, cada vez más individualistas, al servicio del “siempre más”. Lo que implica más velocidad, más horas de trabajo para acceder a más consumo. Los signos de este círculo vicioso son muchos: aceleración en los cambios de gustos, aspiraciones y valores; ética permisiva e hipócrita, conexión sin contacto, resignación, conformismo, hiperkinesis, aislamiento, insomnio, estrés, etc., siendo el aumento de la depresión uno de los síntomas más alarmantes: según la Organización Mundial de la Salud, “se espera que los trastornos depresivos en la actualidad, responsables de la cuarta causa de muerte y discapacidad a escala mundial, ocupen el segundo lugar, después de las cardiopatías en los próximos cinco años.

A propósito, dos breves consideraciones a las representaciones de lo laboral en el cine argentino: Mundo grúa (1995) de P. Trapero, y El método (2005) de M. Piñeyro, basado en la obra de J. Galcerán El método Grönholm, coproducción argentino-española.

En una sociedad que a fuerza de “ley” y plomo fue dejando de lado la defensa de sus derechos laborales, para mendigar un empleo como “amuleto salvador”. El mundo del trabajo, en Mundo grúa, es la representación de la descomposición social de la década del 90, en plena política neoliberal del siniestro gobierno de Menem. Una mirada realista (Trapero recupera y actualiza la estética del neorrealismo italiano, incluso en el uso del blanco y negro), donde la densidad poética de lo cotidiano se suma a elementos documentales. El resultado: un cine de indagación social sobre la problemática del desempleo. El film muestra de forma inequívoca, que ya es imposible establecer una relación equilibrada y justa entre el Estado-la Sociedad Civil- y el Mercado.

Para el protagonista del film (el Rulo), un desocupado más, la realidad se ha vuelto absurda: “un mundo grúa”, “una maquinaria descompuesta”. El drama, es el de millones de desocupados de esa “década infame”.

Sin embargo, este aspecto general, no se agota sólo en la destrucción de las fuentes de trabajo, ya que el drama se desliza al fenómeno del exilio obligado dentro del propio país. Los exiliados no necesitan irse de su país por cuestiones políticas, como ocurrió en el 70 durante la dictadura militar – y donde México, fue más que generoso en recibirlos-; sino que son los que se quedaron sin trabajo. Todos aquellos que ya no cuentan para el sistema.

El otro film, El método, es una cruel radiografía, no sólo del orbe local, sino global del capitalismo salvaje actual. En este caso, no es un obrero desocupado que operaba una grúa, sino un aspirante joven a conseguir un alto puesto de trabajo en una empresa multinacional. Un futuro ejecutivo que competirá sin piedad, sin escrúpulos morales, contra los otros aspirantes-enemigos. El film, en realidad desnuda el perverso “proceso de selección de personal”, al cual son sometidos los aspirantes.

La tensa y conflictiva competitividad, que pasa por los miedos, angustias e inseguridades de los distintos participantes, se convertirá en un estado de paranoia generalizada. Un fiel retrato del caníbal mundo empresarial.

Volviendo al uso del tiempo, íntimamente relacionado con el trabajo, éste condiciona el ser social así como la pertenencia a determinada clase social. Una tensión que lleva a la conclusión dialéctica que “sin ocio, la vida, es una vida sin objetivo”. El ocio surge así de la tensión (el conflicto) entre ser y tiempo. En tanto condiciona la relación con uno mismo, con el mundo y con los otros. Tanto que podemos comprender una época, una sociedad determinada, en función de la acentuación que esta tensión pone sobre tal o cual de estos aspectos. Un ejemplo de dicha tensión, la podemos encontrar en el elogiado film español Los lunes al sol (2002) de F. León de Aranoa, ambientada en Vigo, en los años posteriores a la reconversión industrial, con sus protestas masivas por los despidos. Film que demostraría también, el poder anticipatorio del arte, ya que se adelantó en diez años a la tragedia de millones de “parados”, producto de la actual crisis sistémica, que no sólo padece España, sino casi toda la comunidad europea.

Sin el trabajo, la vida diaria no se reproduciría, pero, cuando la vida sólo se reduce al trabajo, sin darle espacio al ocio, se transforma en algo penoso y alienante. Esta doble dimensión dialéctica es reconocida por R. Castel cuando se refiere al trabajo:

El trabajo continúa siendo un factor de alienación, de heteronomía, incluso de explotación. Pero el trabajo asalariado moderno reposa sobre la tensión dialéctica que une estas dos dimensiones: el trabajo coacciona al trabajador y es, al mismo tiempo, la base que le permite ser reconocido (2)

Por último, dicha problemática es la que en forma magistral se muestra en el film, El empleo del tiempo (2002) del ya citado L. Cantet, un gran buceador de la subjetividad capitalista, que no deja de preguntarse qué hacemos con el tiempo. En el film, el protagonista es un ejecutivo que no ha sido capaz de decir a su familia y amigos, que hace semanas perdió su puesto. Miente, pero se sigue quejando del exceso de trabajo. Presionado por “el que dirán” se inventa uno nuevo, aunque siempre había deseado tomarse un descanso. Ahora sin empleo, y con mucho tiempo, hace un mal uso del tiempo. Que incluso lo lleva al delito. El final, nos acerca a una paradoja kafkiana: el vacío lo va comiendo, es un “animalito acorralado”, un preso que se ha quedado sin su cárcel. Porque para sus expectativas y las del sistema: el trabajo lo es todo. Y un desocupado siempre es algo más que una persona sin empleo. Es un inútil, un incapaz para producir y consumir cosas supuestamente imprescindibles.

Notas:
1) Christophe Dejours, La banalización de la injusticia social. Ed.Topía, 2006, Bs.As.
2) Robert Castel, Las trampas de la exclusión (Trabajo y utilidad social). Ed.Topía, 2004. Bs.As.

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