martes, 4 de noviembre de 2014

Los colores metafísicos del barrio

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



En La Boca, en Buenos Aires, las casas tienen los colores de Benito Quinquela Martín, un pintor de marinas y de barcos carboneros. En mi ciudad, hay barrios cuyo color está ligado a sus avisos de tienda, a los anuncios de cerveza y gaseosas, al delantal de la mujer negra que saca los perros a un paseo matinal. Hay barrios, en esta ciudad ineludible, que tienen el color del tango. Ah, ¿y cuál es ese? Son más bien colores metafísicos, diversos, que tienen que ver con las soledades y los desamores; alguno dirá que entonces podrían ser los colores de una calesita, con imágenes de infancia en un parque de diversiones; otro podrá afirmar que su barrio tiene el color de las tizas de billar, ah, sí, claro, billar y reunión, y otro más interiorizado dirá que en su barrio una garúa permanente llueve por dentro. En la intimidad…

Otros barrios -los he visto y vivido- tienen los colores de las peladas en abril, o sea, pieles frescas, piernas ansiosas y un sueño en todo el cuerpo, un sueño de amor, un descubrimiento del lenguaje del corazón. Son barrios contentos, con sonrisas recientes. Hay barrios que con su nombre ya son parte de un color, de una implícita paleta: por ejemplo, La Floresta, Prado, Miraflores, Las Brisas y uno muy particular, con calles solas y árboles que “pintan sombras”, denominado precisamente Los Colores. Son barrios para imaginar. O, si se prefiere, para pintarlos como cada uno quiera.

Así, me parece, que Buenos Aires, el de aquí, el de Medellín, que tuvo hace décadas su calle principal sembrada de guayacanes, hoy tiene el color del hollín, también el de los viejos campesinos del oriente de Antioquia y sobre todo el de las fritangas callejeras. Y Boston, con moribundos caserones de tejas, el desaparecido color de las barras de esquina. Solo se conserva en la morriña de los que por allí habitaron. Ah, ¿y Manrique?, antes tuvo el color de los bandoneones, ahora el de las prenderías y los bazares de ocasión.

Hay barrios color de luna. Es si no caminar nocturnamente por sus calles y se podrá comprobar. Hay otros, color cartón, color tabla, color zinc, con una oculta belleza que la capta quien los ve por primera vez y tiene ojos de curiosidad. Hay barrios color ángel y otros, color piedra. Hay uno, único, con los colores del trabajo y se llama Barrio Triste, con una iglesia gótica, con mármoles de Carrara y vitrales belgas, en la que Dios, en cada oficio, se viste de overol.

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