viernes, 21 de noviembre de 2014

Relaciones prohibidas

Marcelo Colussi



El ingeniero en aludes don Víctor de León y Menéndez ya había dejado atrás los sesenta. Autoridad como nadie en su materia, con varios libros publicados sobre desmoronamientos y derrumbes, por años había mantenido en secreto su bisexualidad. Era un reputado profesional, intachable docente y excelente padre de familia. Más de una vez, incluso, se lo veía en misa de once los domingos, como siempre muy elegante y sin aparentar su verdadera edad.

Fuera de su "amadísima esposa", como solía llamarla -con quien desde hacía ya más de veinte años no tenía sexo-, no se le conocía ninguna otra relación amorosa. Nadie habría osado pensar que tenía amantes varones.

-Comienzan con una nada: una pequeña piedrecilla que empiece a rodar, y si las circunstancias lo favorecen, ahí tenemos luego una despiadada avalancha que puede aplastar un pueblo completo-, gustaba de explicar en palabras sencillas el inicio de un alud. -En otros términos: es sólo cuestión de empezar-. Esa era, en síntesis, la explicación que daba a la vida; o a su vida al menos. Todo había sido empezar. No recordaba con exactitud cuándo fue su primer amor con un varón -"yo era muy joven", solía recordar- pero sabía que le gustó. Y desde allí nunca más quiso, o pudo, dejar de tener relaciones homosexuales. Luego vino el matrimonio -heterosexual, claro-, la prole, el triunfo profesional, y por supuesto: el brillo social.

Sus dos hijos, varones ambos, estaban casados. "Por la iglesia, por supuesto", enfatizaba a menudo. Tenía cuatro nietos.

Tras años de mantener una vida bisexual, tenía calculado cada uno de sus pasos hasta los más mínimos detalles a fin de no evidenciar esa característica. Por supuesto que no le desagrada ser lo que era, pero prefería no reconocerlo. Es más: hubiera muerto de la vergüenza si se sabía. Hasta incluso en más de una ocasión se manifestó en público -no habría sabido decir por qué- como contrario a la homosexualidad. -"Eso es pecado. Lo dice la Biblia"- sentenció admonitorio alguna vez. No obstante tenía relaciones con varones bastante frecuentemente, mucho más que con su esposa.

-Gracias, mi amorcito, gracias por el dato. Vamos a ver si me llego uno de estos días-, respondió efusivo la llamada a su teléfono móvil. Lo estaban invitando a un nuevo club nocturno para gays que acababa de inaugurar; quien lo invitaba era uno de sus mancebos -joven veinteañero- que bailaba en ese centro junto con otros más, algunos también conocidos del ingeniero. Víctor se entusiasmó; hacía mucho que no frecuentaba un lugar de esos. En realidad lo había hecho pocas veces en su vida, siempre de incógnito y con el miedo -casi terror- que le descubrieran. Con los jóvenes con quienes había tenido contacto se encontraba siempre fuera de estos ámbitos; prefería un restaurante y luego pagar algún hotel. Su casa "era sagrada. Ahí no".

Decidió que iría el viernes. Con alguna aceptable excusa -una reunión de trabajo de la Universidad se le ocurrió decir- dejó todo arreglado en su casa. Marta, su esposa, jamás preguntaba nada; prefería no enterarse. Y para Víctor era perfecto que así fuera. Como en tantos matrimonios, el silencio cómplice envolvía toda la relación.

Acicalado como si fuera a la primera cita amorosa de su vida, y no sin cierta cuota de nerviosismo, alrededor de las diez de la noche llegaba a "Oro líquido", en pleno centro madrileño.

Se asustó un poco al verse en esa situación; el tráfico era abundante y había muchísimos peatones. -¿Y si alguien me reconoce?-, le asaltó la duda.

Sin pensarlo mucho, entró. Casi al instante se encontró con quien lo había invitado: Manuel, un joven que fue su alumno y con el que desde algunos meses atrás mantenía una regular relación. Luego de unos efusivos saludos se ubicaron lo más cerca posible del escenario.

En ambientes como ése Víctor se sentía a sus anchas; si bien jamás reconocía públicamente su inclinación homosexual, estando entre iguales no se veía compelido a fingir. Eran, quizá, sus momentos más felices. Y por cierto los gozaba al máximo.

Al calor de algunas copas, y habiéndose quitado el saco y la corbata, su buen humor iba en aumento; el tierno cariño inicial se fue transformando en pasión. Estaba muy excitado.

Fue en ese momento que inició el espectáculo. En un primer instante no lo podía creer.

-¡No, no, no es posible! ¡Esto no está sucediendo!-

Manuel se sorprendió ante la reacción de su pareja; en general el ingeniero era una persona tranquila, incluso cuando estaba excitada. ¿Qué le estaba pasando ahora?

La copa resbaló de entre los dedos de Víctor cayendo sobre la mesa; aturdido, prendió un cigarrillo para apagarlo casi inmediatamente.

-Salgamos, salgamos de aquí- fue lo único que pudo balbucear. Manuel no salía de su asombro.

Arriba del escenario hubo quien también quedó tan estupefacto como el ingeniero; uno de los jóvenes que bailaba en el show, el más sensual por cierto, también resultó golpeado. No todos los días se encuentran abuelo y nieto en un club para homosexuales; y menos aún, sin que el uno sepa de las preferencias sexuales del otro.

El golpe fue grande.

Javier, el nieto menor del reputado ingeniero, con sus flamantes dieciocho años tenía ya una conocida identidad homosexual en el medio madrileño. Su abuelo, por supuesto, no lo sabía. Así como tampoco Javier nada sabía de las opciones de su abuelo. Encontrarse cara en esas circunstancias para ambos tuvo un valor definitorio en sus vidas.

Pasados unos pocos días tanto abuelo como nieto tomaron drásticas decisiones. No se hablaron para ello -habitualmente nunca lo hacían, más que en alguna esporádica reunión familiar-. Javier decidió marcharse del país. La justificación dada oficialmente, incluso a su abuelo, fue una repentina decisión de desarrollar un voluntariado en una organización humanitaria en cualquier país africano. Todos lo creyeron, y no faltó quien lo felicitara incluso. Todos, excepto su abuelo.

Para Víctor -"el ingeniero de León", dicho desde la otra faceta, la cara oficial, la correcta- la decisión tomada por su nieto fue acertada; aunque prefirió no decir una palabra en público al respecto. Por el contrario, buscó la manera de comunicarse con Javier en forma privada.

El encuentro nunca se dio. Si bien Víctor hizo lo imposible por forzar la cita, no obstante todo eso finalmente recibió la noticia de la partida de Javier rumbo a Tanzania cuando ya estaba consumada. Lo supo dos días después de producida, cosa que lo llenó de angustia. No por no haberse podido despedir de su nieto, en absoluto; lo que lo dejó en la más profunda ansiedad fue el hecho de tener que permanecer con la incertidumbre de qué sucedería luego. -¿Hablará este hijo de puta? ¿Dónde se irá realmente?-

Las ideas se le arremolinaron súbitamente; como algo inusual en sus costumbres, bebió bastante, y por dos noches consecutivas no pudo conciliar el sueño. Debió apelar a somníferos en la tercera.

Comenzó así una desenfrenada investigación familiar sobre el paradero del nieto. Su hijo mayor, el padre de Javier, tenía la dirección; al parecer, por lo que pudo colegir, era cierto que se había marchado a Tanzania. A la ciudad de Dodoma, para más precisión.

-¡No podía ser de otra manera! Dodoma… Suena a Sodoma-, reflexionó Víctor.

Incluso averiguó con la organización para la que había emprendido el voluntariado -"Siervos Sin Fronteras"-, la que le confirmó la veracidad de los datos.

Unos pocos días después llegó donde su esposa con la noticia que se habían producido unos enormes desmoronamientos en Tanzania, y que existía riesgo de otros más.

-¡Qué coincidencia!, ¿verdad? Justo al lugar donde acaba de irse Javiercito- agregó como al pasar. -Pues… resulta que me han comisionado para ir allá. La semana próxima parto-.

Su "amadísima esposa" no le creyó, pero como otras tantas veces simuló estar de acuerdo.

Una semana más tarde tomaba su avión para el África. Iba confiado en poder encontrar su presa. ¿Para qué? no lo sabía muy bien; era una reacción visceral que lo llevaba a actuar así. Era el terror de pensar que su nieto divulgara su bisexualidad. -Dios me va a ayudar, dios me va a ayudar-, se repetía como salmo ritual.

Con una ansiedad como nunca antes había sentido en su vida, intuyendo que lo que estaba haciendo tenía mucho de disparate pero, sin embargo, no queriendo, o no pudiendo dejar de hacerlo, luego de accidentados viajes -llegó con un retraso de más de un día, y en todas las peripecias perdió una de sus dos maletas- se dirigió a la dirección que le habían dado. En una pintoresca casita de madera se encontraba la misión. Con nerviosismo llamó a la puerta -el timbre no funcionaba. Lo atendió un negro monumental, de más de dos metros de alto, que hablaba un mal inglés. La actitud honesta de su respuesta negativa galvanizó a Víctor. Era evidente: ahí no había ningún Javier de León, español, dieciocho años, trabajador voluntario.

-¡Es un hijo de mil puta!- fue todo lo que se le ocurrió decir en el momento.

Quedó mudo, perplejo, sin saber qué hacer. Una vez más se le arremolinaron los sentimientos; quería desaparecer a su nieto, quería desaparecerse él mismo. Hubiera pagado lo que le pidieran si alguien le decía dónde encontrar a Javier. Por nada del mundo quería volver a España sin haber resuelto lo que él pensaba iba a resolver.

Fundamentalmente se sintió burlado.

-Si pudo estafar a todos con su supuesto viaje al África, mucho más aún puede estafarme a mí. ¿Me chantajeará? ¿Cuándo va comenzar a hacerlo?-

Pensó quitarse la vida, pero no lo hizo. El terror que se apoderó de toda su persona fue indecible.

Ahora, luego de interminables incidentes, es hermano de caridad en un convento católico en una remota región de Kenya. Sigue escondiendo su bisexualidad, pero ya no tanto; no es el único con esas preferencias dentro del convento.

En Madrid poco, o nada, se supo de Javier por buen tiempo. Recién dos años después de su partida su padre recibió noticias. Golpeado todavía por la desaparición de su padre -el abuelo de Javier, a quien oficialmente se terminó dando por muerto, al menos en territorio español- llegó una carta donde el joven comunicaba que estaba viviendo en pareja con un afroamericano en la ciudad de Nueva York, y que se encontraba muy bien. Ahora estaba estudiando decoración de interiores.

-Mirad, lo peor de todo, lo peor de esta tragedia, es que es un negro-, fue el agudo comentario de su abuela, la devota viuda de de León.

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