viernes, 21 de noviembre de 2014

Servite, querida

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Por estas latitudes, el hombre puede estar casado simultáneamente con una sola mujer... aunque no son pocos los que se las ingenian para tener a mano alguna más. Pero las damas conocen perfectamente esa "tendencia", y a veces, suelen manejarla con gran habilidad.

Juan Carlos Martínez -único hijo de un matrimonio con muchos bienes- fue Médico a los veinticinco, se especializó después en Cardiología y culminó su carrera siendo un excelente Cirujano Cardiólogo. Tenía treinta y cinco cuando -tras un largo noviazgo- se casó con Carmen, una bonita y atractiva mujer.

Unos años después, se involucró con Nancy, su Instrumentista, que indiscutiblemente era una belleza... y se enamoró. Ella supo desde el comienzo que Juan Carlos era casado y que tenía una muy buena relación con su esposa, pero eso no fue impedimento para continuar, porque también estaba enamorada.

Transcurrieron los años, y el más feliz de aquella trilogía era Juan Carlos, punto central entre las dos mujeres. Carmen sabía que Nancy era la amante de su marido, pero aparentaba ignorarlo, manteniendo la actitud alegre y bromista de las personas que viven con placer y felicidad. Cuando escuchaba algún comentario insidioso, respondía sonriente que "no podía ser egoísta con un marido que la hacía muy feliz y la complacía en todo, privándolo de disfrutar la vida a su manera".

En una reunión que se organizó en su casa para todo el equipo de Juan Carlos, tuvo ocasión de conocer personalmente a Nancy. Podría decirse que mentalmente, elogió el buen gusto de su marido, reconociendo que Nancy reunía las condiciones para enamorar al hombre más exigente. Buena parte de la velada, ambas mujeres estuvieron conversando de forma tan cordial y divertida que Juan Carlos al verlas, sintió que se acrecentaba su felicidad. Sus colegas -que por supuesto conocían la situación- lo miraban casi con envidia al ver que esas dos hermosas mujeres que compartían su vida se habían convertido en amigas.

Juan Carlos tenía cincuenta y cinco años cuando murieron sus padres. Entre los bienes que heredó, había dos hermosas casas en Carrasco de alto valor. Una de ellas era la que ya compartía con Carmen y sus dos hijos; la otra estaba enfrente, donde habían vivido sus padres.

Cuando cumplió los sesenta, fue a ver a Mario Alonso -su Escribano y amigo desde hacía mucho tiempo- para hacer un testamento por los bienes heredados de sus padres. Increíblemente, en menos de un año, un accidente de tránsito truncó su vida.

Unos días después, Mario Alonso citó a Carmen y a sus hijos a su despacho para leer el testamento de Juan Carlos. Carmen desconocía la existencia del documento y escuchaba su lectura un poco extrañada. Ella y sus hijos eran los mayores beneficiarios, pero en el párrafo final se detallaba la voluntad de Juan Carlos sobre el destino de las mansiones que le habían sido legadas por herencia: Una sería para Carmen y la otra para Nancy, teniendo Carmen la potestad de elegir.

También estaba escrito en el documento que por estar ubicadas una frente a la otra, la casa que le correspondiera a Nancy, debía ser vendida por Carmen, entregándole a Nancy de inmediato, al contado y en un único pago, el importe obtenido de la venta.

Carmen asumió la responsabilidad de dar cumplimiento al deseo de su marido y así se lo hizo saber a Mario Alonso.

Una mañana de octubre, en el escritorio de su supermercado, Samuel Whesman revisaba los clasificados del diario "El Día", buscando casas en venta en la zona de Carrasco. Descartaba los ofrecimientos de las inmobiliarias porque entendía que tratando directamente con los dueños, las transacciones podían ser menos onerosas y los acuerdos más factibles. Marcó varios, pero uno de los avisos le llamó la atención: "Dueño vende hermosa casa. Hoy, oferta contado. Arocena y Mones Roses. 4 dormitorios, 3 baños, cocina, antecocina, living, comedor, biblioteca, garaje doble, barbacoa, amplio jardín. Tratar teléfono..."

Samuel pensó que las casas de la zona no eran como para que él pudiera pagarlas al contado, pero la palabra "oferta" pudo más, no le importó que fueran las 7:30 de la mañana y llamó. Se disculpó con la mujer que respondió, preguntó el precio y decidió visitar la propiedad antes de descartar el negocio.

Antes de darle la dirección, la mujer le hizo saber que no podría esperarlo más de media hora porque tenía que viajar. Le resultó extraño que alguien viajara justo el día en que tendría que atender a los posibles compradores, pero la intriga lo entusiasmó. Dejó al sereno encargado de abrir el supermercado a las 8, subió al auto y en quince minutos estaba tocando el timbre... de la casa de Carmen.

-Soy Samuel Whesman, señora, vine lo más rápido que pude, espero que la casa en venta esté cerca de acá.

-Mi nombre es Carmen. Tengo tiempo de mostrársela, es esa que está enfrente.

-¿Esa...? No lo puedo creer -exclamó perplejo- ¡es una mansión! Pero usted me dijo...

-No se preocupe, crucemos.

Recorrían la casa y Samuel esperaba encontrar algún indicio que le demostrara que no se había equivocado. Pero ya estaba convenciéndose de haber escuchado por teléfono, cualquier cosa menos la realidad; se estaba sintiendo inquieto y le pidió que le repitiera el precio.

-Usted perdona, señora Carmen, pero... ¿la casa tiene alguna hipoteca?

-No, para nada. Está totalmente liberada y tiene los impuestos y la contribución al día.

-Entonces... ¿dónde está el misterio?

-Eso es un deseo muy personal que no merece comentarios, señor Whesman.

-Tiene razón, disculpe.

-Si está interesado, puedo aplazar mi viaje si usted está en condiciones de cerrar el negocio al contado y ahora.

-Sí, señora, estoy interesado. Si no tiene inconveniente, llamaré a mi Escribano para que venga con el dinero y hagamos el trámite.

-Perfecto, eso evitará que tengamos que esperar al mío.

Diez días después, Carmen entraba en el despacho de Mario Alonso, que por haber sido amigo de Juan Carlos, también tenía con ella una relación amistosa.

-Aquí te traigo toda la documentación que acredita la venta de la casa y el importe total al contado.

-¡Qué rápido la vendiste! -dijo Mario mientras revisaba el documento- Pero acá hay un error... expresa que fue vendida en mil dólares... ¿quién pudo equivocarse así?

-Nadie, Mario, ese es exactamente el precio por el que la vendí. Solamente cumplí el deseo de mi marido al pie de la letra. Mi deber era vender la casa y entregar el dinero a Nancy... no figuran cifras en el testamento.

-La regalaste...

-Lo lamento mucho por Nancy, pero vos sabés muy bien que fue amante de Juan Carlos por más de veinte años. Ya que tuve que compartir tan buen marido con ella, me parece justo y razonable cobrarle el tiempo que yo no lo tuve, mientras lo disfrutaba ella.

-Nunca me imaginé que fueras a hacer algo así, Carmen...

-Evidentemente, tu amigo tampoco... Haceme un recibo por todo esto y terminemos de una vez, Mario. Ah... cuando le entregues a Nancy su herencia, dale muchos cariños de mi parte, por favor.

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