viernes, 19 de diciembre de 2014

Cantitos infantiles y un sacerdote

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hasta los ocho años Enrique no dudaba que a los chicos los traía la cigüeña. Les creía a sus padres.

Pero después, cuando la barriga de su madre iba creciendo supo que no era así. Engaño que le dio mucha rabia.

Entonces fue modificando, transformando los cantitos infantiles que su madre le cantaba. Por ejemplo:

Señora Santana
por qué llora el niño
por una manzana
que se le ha perdido.
Dile que no llore
yo te daré dos
una para el niño
otra para vos.

Lo transformó en:
Señora Santana
por qué llora el niño
por un sorete
que se le ha perdido.
Dile que no llore
yo te daré dos
uno para el niño
otro para vos.

Y también:

Arrorró mi nene
arrorró mi sol
arrorró pedazo
de mi corazón.

Lo transformó en:
Arrorró mi nene
arrorró mi caca
arrorró pedazo
de sorete mío.

Su madre era también muy católica. Todas las noches, antes de dormir, rezaba de rodillas:

Alabado sea el santísimo
sacramento del altar
y la virgen concebida
sin pecado original.

Así fue que a partir del momento en que supo lo que hizo su madre para tener a su hermanito, cambió esa letra en:

Execrado sea el putísimo
excremento del altar
y la puta concebida
con pecado original.

Y así fue que cuando su madre lo escuchó decir eso quedó horrorizada. -¡Sacrilegio…!!!. Mi hijo poseído por el diablo….!!!!.

Fue por eso que lo hizo ser alumno de un colegio religioso.

Y también fue por haber sido alumno de ese colegio católico que Enrique decidió ser sacerdote. Cura.

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