martes, 30 de diciembre de 2014

Carta de despedida a Joaquín

René Franco (Desde El Salvador. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



17/11/2001

Latitud
13°41′22″N
Longitud
89°11′14″W

Joaquín, ¿Cómo se escribe una carta? Y ¿Una carta de despedida?

Por lo general, comenzás con un “Estimado”, “Apreciable”, “Querido”, o buscás alguno de estos saludos prefabricados que nos enseñan en la escuela o el trabajo. Es difícil escribirte, no porque siga sintiendo algo por vos, la dificultad radica en poner un inicio a este asunto.

Pero bien, necesito escribirte por última vez, lo hice muchas veces, lo sabés, y sabés que mis poemarios, alguna vez se apilaron en el armario de tu habitación, en el armario porque la sirvienta chismosa, de quien te vivías quejando diario, podría darse cuenta que el hijo de la renombrada asesora gubernamental, el intelectualito de las ciencias sociales estaba recibiendo poemas de UN HOMBRE, explicaciones largas e incómodas, de esas que no se dan todos los días, el escándalo sería digno de una novela de terror… Pero claro, al final había que guardar las apariencias.

Hace algún tiempo decidí expulsarte de mi vida, tus malos tratos terminaron de hacerme entender que no era sano tenerte cerca, ni siquiera como amigos, porque esto implicaba seguir resolviéndote la vida y a cambio, recibir tu indiferencia; también me pediste que me alejara de vos, dejé de llamarte, de responder tus llamadas, de frecuentar las amistades en común.

¿Joaquín qué nos pasó? ¿Habrá sido esa mujer que te arrebató de mi lado? ¿Esa con la que quisiste darle un mensaje al mundo y aparentar lo que no eres? Por cierto, me enteré que terminaron, no me alegró, pero me dio alguna satisfacción saber que ya no está más a tu lado... Pedro, Violeta, Ramón; ¿Con quién más te fue infiel esa mujer?

Joaquín… Joaquín, de verdad que fue duro, intenté ahogar tu recuerdo en la burbujeante espuma cervecera, en aquel bar donde nos amamos intensamente, pero no lo conseguí.

Joaquín, a veces te echo de menos y te pienso, te pienso mucho, extraño al tipo irreverente que solía gesticular apasionadamente al contarme cada aventura, también al tipo con el que hicimos planes, de viajar por el mundo.

Joaquín, no te deseo la muerte porque no te odio, y si te odiara, la muerte no sería suficiente deseo para vos, sería un mal privilegio del que no serías digno recibir.

A veces subo a la terraza, a ver el atardecer y tomar café, inútilmente creo que un día aparecerás en la puerta de mi casa, que tocarás insistentemente, y al abrir la puerta te lanzarás sobre mí, y en un cálido abrazo, me dirás al oído, que todo está bien.

Pero eso no sucederá…

Ojalá hayas aprendido algo,

Roberto,

P.S. Agradecería mucho, si pasás al banco a depositarme lo que me debes, también tengo cosas que pagar.

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