miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cine: Lo que vi en Cinema Paradiso

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hay casi un primer plano de un recipiente colocado sobre una columneta de un balcón que da a un mar sereno, con un leve viento que mueve una cortina blanca, de la que se va alejando la cámara para introducirnos en una habitación en la que hay una mesa con una vasija de cristal en la que hay unos cítricos.

Sobre ese fondo, aparece el título de la película Novo Cinema Paradiso, en tubos de neón, todo con un fondo musical muy delicado, armónico con la finura de la toma.

Desde allí su madre llama a Salvatore desde Sicilia; pero es un hombre comprometido, que quién sabe dónde está y además es posible, que ya ni se acuerde, porque hace más de treinta años que no va por allá. La madre confía que recuerde; ella lo conoce más que su otra hija, la hermana de Salvatore.

La cámara nos traslada a Roma al monumento de Vittorio Emanuel, para mostrarnos a Salvatore conduciendo su flamante Mercedez Benz mientras fuma un cigarrillo.

Nos introducimos entonces a un elegante apartamento al que llega Salvatore muy tarde, donde lo espera una mujer, quien le transmite el reclamo materno de que no vaya a verla a Sicilia sino que, cuando ella quiere verlo, es ella la que tiene que ir a Roma.

También le anuncia de la muerte de Alfredo y de la celebración de sus funerales al día siguiente, noticia que alcanza a angustiar al protagonista.

Saltamos entonces a una misa, cuando Salvatore era un niño y servía de monaguillo y el sueño lo fatiga, al punto que no toca las campanillas en la elevación. El padre en la sacristía le riñe por su descuido, ya que el cura, sin el sonido de la campanilla no sabe continuar la celebración de la misa.

En la casa del pequeñín, ni siquiera al mediodía, se come; por eso, el veterinario le ha dicho a su madre que siempre tiene sueño.

El cura se dirige a la sala de cine del pueblo, a llamar a Alfredo para que empiece la proyección de las películas y ver qué es lo que como censor deja pasar.

Salvatore espía detrás de una cortina cuando pasan Verso la vita(1) con Jean Gabin, dirigida por Jean Renoir, en la que una rubia anuncia a su amante que van a irse a vivir juntos, por fin, para llevar una vida cómoda, adonde nadie sabrá de dónde han llegado y a la que el hombre replica que soñar no sirve de nada, lo que hace que la mujer le recrimine que ya no la ama como antes. El beso que sigue es censurado por la campanilla del cura, lo cual genera mucha risa a Salvatore, al observar al sacerdote como obsesionado por cortar escenas, que contengan, aunque sea, el más mínimo erotismo; lo que sí pareciera interesarles es el drama de los personajes. En la cabina desde donde proyecta Alfredo hay afiches de cine y entre ellos un de una película del Gordo y el Flaco.

Sigue otra cinta en la que un dandy fuma en un salón mientras una orquesta toca una melodía, que enternece al cura, hasta que un nuevo beso lo enfurece, como pasa siempre que ve que dos bocas se unen amorosamente.
 Las campanas de la iglesia tocan a rebato mientras, desde el campanario tenemos una panorámica del pueblo, con el humo que sale de las chimeneas.

El pregón vende ropa, mientras las mujeres recogen agua en la fuente del centro de la plaza, a donde tanto ellas la usan como las vacas que van a abrevar su sed a ella. El viento sopla, los muleros pasan.

Alfredo no quiere que el pequeño lo visite pues teme que pueda producirse un incendio y que el niño se carbonice.

De ello son testigos el Humphrey Bogart y la Ingrid Bergman de Casablanca, tanto como Laurel y Hardy.



Alfredo es rudo con el chiquillo, hasta le amenaza con cortarle la lengua, como lo hace, por orden del cura, con los trozos eróticos de las películas, cuyos recortes le pide el niño, para coleccionarlos; así Alfredo no se los regale pues él debe guardarlos para reempalmar las película cuando tenga que devolverlas. Salvatore le muestra que no ha empalmado cientos de trozos, que guarda el hombre guarda allí en la cabina. El viejo termina por prometerle que se los dará algún día pero que él será el guardián de los dichosos fragmentos.

Al ver los recortes en casa, que logra sonsacarle a Alfredo, el niño reproduce los diálogos de la escena.

Allí vive con su madre y su hermana. Allí ve las fotos de su primera comunión y de la pareja de sus padres. No entiende por qué su papá no ha vuelto, si la guerra ya ha terminado. La madre le promete que volverá. El niño no recuerda como era pero quiere saber dónde está Rusia. La madre le dice que se necesitan años para ir y años para volver, mientras ejerce sus labores de costurera.

Volvemos a una escena exterior, en la que vemos un gran edificio de piedra, posiblemente la escuela, para entrar a una clase con una maestra cruel y autoritaria, que hace que las tablas de multiplicar entren con sangre, regla y golpes de la cabeza contra el tablero, que dejan verdugones en la frente de los alumnos; es una mujer bastante regañona, que les amenaza con el desempleo futuro si no aprenden.

Pero Salvatore no deja de ir al Cinema Paradiso, con su título en piedra, para espiar la fascinante labor de Alfredo.

Ve los cortos de una película con John Wayne y Claire Trevor, una magnífica película que promete hacer vivir momentos inolvidables, que debe ser La diligencia de 1939, el western fundamental de John Ford, filme con una estructura perfecta que adapta el relato de Guy de Maupassant Bola de sebo, con sus secuencias antológicas.

El león, que sirve de canal de proyección, gracias a la fantasía de Salvatore adquiere movilidad y ruge como el león de la Metro Goldwyn Mayer.

Se presenta el episodio del mar de La terra trema de Luchino Visconti, interpretada por pescadores sicilianos, aunque los analfabetos no pueden leer los textos del filme, se dan cuenta que en ese drama social neorrealista, el trabajo no compensa; los niños fuman al abrigo de la oscuridad; en la pantalla, uno de los pescadores propone la unión entre ellos, y hasta se dan los primeros escarceos de un encuentro erótico entre los protagonistas, que excitan la imaginación del público, el cual se ve frustrado por el corte de los besos exigido por la censura del párroco. La gente protesta. Entonces aparece Buster Keaton en El boxeador (1926).

Afuera es de noche, allí está un explotador, quien, con un cinismo absoluto propone un ignominioso trabajo a los aldeanos; la madre espera al niño, al que ha buscado todo el día; el niño no ha comprado la leche; el niño miente cuando su mamá le pregunta por ella, lo que le merece un bofetón; la señora no es tonta y sabe que el dinero Totó (Salvatore) lo ha empleado en ir al cine.

Alfredo lo defiende, dice que lo ha dejado entrar gratis y hace que aparezcan las cincuenta liras, en una complicidad absoluta con el niño.

Entonces aparece el loco del pueblo, quien se siente el dueño de la plaza.

Se da una secuencia particular, la del entierro de un niño, con su ataúd blanco.

Alfredo pasa en bicicleta. Salvatore finge un calambre para que el viejo lo lleve en ella. En el camino, el pequeño le pregunta si conocía a su padre; el mayor le comenta que era alto, delgado, simpático, con un poco de bigote, que siempre reía y se parecía a Clark Gable.



El niño le propone que se hagan amigos.

Al volver a casa, Totó se encuentra que se han quemado sus películas y la fotografía del padre, por lo que la madre le da un castigo físico, porque al poner las películas cerca del brasero, la hermanita hubiera podido haber muerto.

La madre regaña también a Alfredo por jugar con el niño y darle trozos de película; le pide que le jure que no lo dejara entrar al cine nunca más.

Alfredo le da su palabra.

La madre amenaza al chico con el padre; pero, el niño sabe que no volverá porque ha muerto.

Sin embargo, el niño vuelve al cine con sus amiguitos.

El chiquillo insiste a Alfredo que lo deje entrar en la cabina.

Alfredo empezó en ese trabajo cuando tenía diez años, cuando aún no existían máquinas tan modernas, cuando las películas eran mudas y el proyector se hacía girar a mano, con una manivela; pero, si no le enseña su arte a Totó es porque no quiere, porque piensa que el chico no debe trabajar en eso, ya que se trata de un trabajo esclavizante y solitario, donde hay que ver cien veces la misma película, porque no hay más que hacer, mientras se habla con Greta Garbo o Tyrone Power como si uno fuera un tonto; no hay días de fiesta; sólo se deja de trabajar el viernes santo.

El niño le pregunta si la cosa es así por qué no cambia de trabajo; allí, en la cabina, en invierno se siente frío y uno se asa de calor en el verano, se respira humo y gas y todo para ganar una miseria.

Buster Keaton, la bruja y Blancanieves, junto a otros actores de otros fotogramas son testigos mudos de ese diálogo.
Pero hay un lado positivo en ser operador, Alfredo se alegra de que los demás se rían, al hacerles olvidar las desgracias.

Uno de los aldeanos ha ganado la lotería y la comunidad se llena de alegría. La vida transcurre en la aldea, la abuela hila en la rueca, el loco jode todo el día, los peluqueros cortan el pelo a mulas y muchachos piojosos, a los que medio rapan, para rociarlos con un insecticida.

La gente disfruta en cantidades en el cine.

Se ven los fotogramas de Lo que el viento se llevó (1939).

El uno toquetea a su mujer, la otra amamanta a su bebé y a otro chico de brazos le dan vino Chianti.

Ven Il pompieri di Viaggú, la película de Mario Mattoli de 1949, protagonizada por Totó, el gran actor italiano, una comedia musical; pero cuando el cura saca del teatro a una comunidad enardecida con el invento de los Lumiére, Alfredo utiliza la magia de sus conocimientos ópticos, para proyectar la película en una pared de una de las casas de la plaza, con la mala suerte de que se inicia un incendio en la cámara, que se extiende por la cabina, a pesar de todos los esfuerzos de Alfredo para evitarlo.



En el intento de apagar el fuego, sus ropas se prenden. Alfredo mismo se convierte en una tea ardiente.

Totó va a buscarlo para ayudarlo mientras Humphrey Bogart e Ingrid Bergman también arden, al igual Buster Keaton y todos los actores que habitan en los fotogramas colgados de las paredes de la cabina.

El niño rescata a un Alfredo inconsciente.

Salvatore adulto recuerda, ve las quemaduras de segundo grado y tercer grado de su amigo; la imagen de la virgen que arde.

El teatro queda totalmente quemado.

El cura lamenta que el pueblo se quede sin diversiones, sin nada.

Algún rico napolitano podrá ayudarlos a reconstruir el cine, que ahora llevará el nombre de Nuovo Cinema Paradiso, con un ostentoso aviso de neón, que se inaugura con toda la pompa, con alcalde incluido, una verdadera belleza de sala de cine, donde se ofrece una copa de champaña inaugural.

Totó será entonces el operador y se llevará el dinero, que se gane con su nuevo oficio, gracias a los conocimientos adquiridos a través de Alfredo.

Silvana Mangano canta el baion en Anna (1951) de Alberto Lattuada y hasta el escrupuloso cura lleva el ritmo de la erótica danza.

Las viejas se escandalizan con la sensualidad de la cinta; mientras, los hombres disfrutan de los apasionados besos, cosa que resulta increíble para la población.

Alfredo ciego llega al cine para preguntar al niño si hay un lugar para él en el nuevo paraíso.

El niño lo recibe lleno de afecto.

Alfredo se preocupa por saber cómo va Totó en la escuela. Le va bien; pero el niño piensa, que ahora que tiene un trabajo puede que no vuelva más.

Alfredo le desaconseja que haga eso, para que tarde o temprano no se encuentre con las manos vacías.

Quiere decirle que ese no es su verdadero trabajo. Ahora el Cinema Paradiso lo necesita y el niño también; pero, eso no durará; Alfredo le augura a Totó que, algún día tendrá otras cosas que hacer, otras cosas más importantes. Alfredo lo sabe porque ahora que ha perdido la vista, lo ve mejor, ve todo lo que no veía antes. Y al ponerle las manos sobre la cara, nos encontramos no ya con el rostro del niño sino con los de un apuesto joven.

Alfredo está muy agradecido de que le haya salvado la vida; es algo que jamás olvidará.

Ahora hay muchachos que van a masturbarse al cine, ante las imágenes de desnudos femeninos. Se ven películas de gángsters. Las cintas no son inflamables. Alfredo anota que el progreso siempre llega tarde.



Salvatore con su cámara amateur va al matadero a filmar el sacrificio del ganado y ve en la calle del pueblo a una chica, Elena; Alfredo le desalienta, al anotarle que será difícil por ser una jovencita de ojos azules.

Los aldeanos bailan en la sede del Partido Comunista.

En el Nuovo Cinema Paradiso se anuncia la película italiana Catene de Raffaello Matarazzo. La gente llora en el melodrama y hasta alguno sabe los diálogos antes de que los actores hablen.

Los rollos se llevan de un pueblo al otro.

La gente se desespera y protesta ante las dificultades para presentarla entera y a tiempo. Alguno se ofrece a contarla; pero casi se vuelve víctima del linchamiento por el público impaciente.

Vienen escenas de la Semana Santa.

Es Viernes Santo, Cristo va en una caja, en la procesión del Santo Sepulcro; Totó está con Alfredo en la iglesia cuando ve a Elena que va a confesarse. Como el cura se levanta, Salvatore pide a Alfredo, que entretenga al cura todo lo que pueda mientras el muchacho se hace en el lugar del sacerdote y aprovecha para tener un diálogo con ella y declararle su amor; pero ella no está enamorada de él.

Él la esperará y lo hace noche tras noche bajo la ventana como en un cuento, que le ha contado Alfredo, aún bajo los torrenciales aguaceros. Es 1954. Hasta la noche de año nuevo. Y cuando todo parece perdido, ella va a buscarlo a la cabina de la sala de cine para al fin darse un encuentro amoroso, que lo distrae tanto de su oficio, que una vez terminado el rollo, aún la pareja anda besándose en la trastienda, mientras el público reclama el mal servicio.

Los encuentros se repiten a campo traviesa con unos ricos y originales picnics; se festejan cumpleaños; se dan paseos en automóvil, así sea un pobre coche destartalado. Eso parece ser la felicidad hasta que los pilla el padre de la muchacha.

Se hacen programaciones de cine en la playa; pero los enamorados no podrán pasar el verano juntos porque ella debe pasarlo con su familia y, a finales de octubre, la familia de la chica se trasladará a Palermo, para asistir a la Universidad.

Se presenta el Ulises con Kirk Douglas, el primer filme en color. Es la escena de lucha contra Polifemo y comienza el temporal. Elena llega. Salvatore adulto lo recuerda.

Él hará el servicio militar en Roma, cosa que aburre al muchacho, lo que hace que pierda la pista de la chica.

Salvatore vuelve a su pueblo, donde va a visitar a Alfredo, quien yace enfermo en cama pero el viejo se anima a pasear con el joven a la orilla del mar.

Alfredo le da el último consejo:

- Cada uno tiene una estrella que debe seguir. Márchate. Esta tierra está maldita; mientras permaneces en ella, te sientes en el centro del mundo; te parece que nunca cambia nada; luego te vas, un año… dos… y cuando vuelves todo ha cambiado. Se rompe el hilo conductor. No encuentras a quien querías encontrar… tus cosas ya no están… hasta ausentarte mucho tiempo… muchos años… para encontrar a tu vuelta a tu gente… la tierra donde naciste… pero ahora no es posible… creo que estás más ciego que yo.

El muchacho pregunta:

- ¿Quién dijo eso? ¿Gary Cooper? ¿James Stewart? ¿Henry Fonda?

Alfredo responde:

- ¡Eso no lo dijo nadie!... Esto lo digo yo. La vida no es como lo has visto en el cine. La vida es más difícil. ¡Márchate! Regresa a Roma. Eres joven. El mundo es tuyo. Yo ya soy viejo. No quiero oírte más; sólo quiero oír hablar de tí.

En la noche, vemos a Salvatore sentado en unas escalinatas pensativo y dolorido para volver a verlo adulto en la misma actitud.

Vemos entonces la estación de Giancaldo, el pueblo, donde se despide de la madre, la hermana y Alfredo, quien le pide que no regrese, que no piense en ellos, que no telefonee, que se olvide de todos y le advierte que si vuelve no quiere que lo vea, le prohíbe entrar en su casa.

El muchacho le agradece todo lo que ha hecho por él.

Alfredo le pide que haga lo que ame.

El tren parte; el cura llega tarde para despedirse y es substituido por el avión de la compañía Aermediterránea.

El rostro envejecido de Totó se ve entre los reflejos del paisaje siciliano, hay autovías que lo conducen a la aldea.

La madre teje y el hijo llega; la casa está refaccionada y ella ha puesto todas sus cosas en la habitación que él tenía antes. En el escritorio están el proyector de cine y rollos de películas. En la pared, entre otras fotos, está la de la pareja de los padres, la de la primera comunión y de cuando era miliciano de la República italiana. También la de Totó con Alfredo, al frente del viejo Cinema Paradiso para pasar al carro mortuorio con el ataúd, que porta el cadáver del anciano maestro, mientras atrás se ve el cortejo funerario.

Giancaldo es otra cosa; está lleno de coches cuadrados junto a las aceras.

La mujer de Alfredo le dice que seguro que se alegrará de que Salvatore haya ido a sus funerales, ya que siempre el viejo hablaba de él hasta el último momento, ya que lo quería muchísimo y dejó dos cosas para él, que ella quiere entregarle antes de marcharse.

A pesar de todo el progreso y la contaminación publicitaria, el Paradiso es ahora una verdadera ruina. La sala de cine se cerró seis años antes porque ya no iba nadie a allí, por la crisis, por la televisión, los videos. El solar lo ha adquirido el ayuntamiento para hacer un aparcamiento. Al sábado siguiente lo derribarán. Lo que uno de los vecinos considera que es una verdadera lástima.

Después de la ceremonia religiosa y del entierro, la mujer de Alfredo le entrega las cosas, unos rollos de cine.

Salvatore va al teatro para entrar en él. Se ve que estaban presentando en sus últimos días cine pornográfico. Todo allí es una ruina. El león ya no está en su lugar. Está tirado en el suelo y lleno de telarañas.

Salvatore mira unas películas de Elena; se lo ve con la lágrima en el ojo.

La madre quisiera verlo acompañado, enamorado pero sabe que la vida de su hijo está en Roma, pues en Giancaldo sólo hay fantasmas.

Asistimos al bombardeo de Cinema Paradiso, con todo el dolor que para algunos viejos vecinos representa su derrumbamiento. El loco repite:

- La Piazza è mia. La Piazza è mia.

En los estudios de Roma, Salvatore acude a una sala de proyección donde le presentan el rollo legado por Alfredo.



Allí, en la pantalla, tras una cuenta regresiva ve aparecer los besos censurados por el cura de Giancaldo; se lo ve profundamente conmovido; no reconozco las cintas; sólo una de Charlot y el beso recortado de Terra trema, una con Clark Gable, otra con Greta Garbo, para finalizar con una de Rodolfo Valentino e Ingrid Bergman, entre otros, y con el fin del rollo de Alfredo, llegar al fine de Cinema Paradiso, la historia de dos almas gemelas, que se encontraron a través del cine, una historia inolvidable, basada en una extraordinaria amistad, historia de amor de un pequeño pueblo y su cine.

Nota
1) En español se tradujo como Los bajos fondos y es una adaptación de la famosa novela del escritor ruso Máximo Gorki, que como película ha sido muy valorada, como representativa de la filmografía de Jean Renoir, así no se considere de sus mejores obras, ya que no tiene el equilibrio de La gran ilusión, ni la sinceridad de El crimen del señor Lange, ni la poesía de Un día de campo, ni todas las cualidades de La regla del juego, como bien lo señalaría André Bazin. Renoir rehizo con gusto el argumento de Gorki y allí presentaría a Jean Gabin, a quien luego invitaría a participar en La gran ilusión, dado su estilo de actor susurrante. La película da cuenta del mundo de los seres marginados, en ella, un actor loco se suicida, una tuberculosa espera la muerte, un anciano muere de a poco, alguno da sus prédicas místicas, mientras el personaje representado por Gabin seduce a la mujer de un explotador, aunque a quien realmente ama es a su hermana. La película es fuerte, intensa, vigorosa, todo un despliegue de caracteres humanos, que se desarrolla en Francia de principios del siglo XX, aunque al cambiar el escenario y el momento histórico de la Rusia ochocentista a la Francia de principios del veinte, no se hace una traición al espíritu gorkiano, ya que el sentido trágico de la novela rusa permanece incólume, con toda una serie de personajes salvajes, desclasados, revolucionarios, que dan cuenta de la condición humana.

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