martes, 30 de diciembre de 2014

Conversando con un vigilante del metro

Adán Salgado Andrade (Desde México DF, México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Su presentación es impecable: fino traje, elegante corbata, cara camisa, cabello bien arreglado y peinado, ni corto, ni largo. Excepto por su radio y su celular, que emplea alternativamente -responde el radio y luego llama por el celular-, parece más un gerente bancario que vigilante, puesto que desempeña en el Sistema de Transporte Colectivo de la ciudad de México, mejor conocido como Metro.

Desde que a principios del año que está por terminar (2014) se incrementó, muy arbitrariamente, el precio del boleto del metro de tres a cinco pesos (66.7%), lesivo para la mayoría de los usuarios, se justificó que se hizo para ir mejorando el servicio que presta ese masivo transporte colectivo, el más empleado en esta caótica ciudad. Sin embargo, las fallas no han cesado, como se prometió. Apenas hubo una descarrilamiento en la estación el Rosario, el cual, dijeron, se debió a que, en una maniobra de cambio de vías, el conductor no se detuvo a tiempo y el tren se salió de aquéllas, el que quedó, literalmente, “volando” (ver: http://www.informador.com.mx/mexico/2014/565954/6/tren-del-metro-en-el-df-descarrila-en-el-rosario.htm).

La mayor irregularidad, presentada a pocas semanas del arbitrario incremento, se dio en la Línea Doce (la mal llamada “Línea Dorada”), que por cuestiones de corrupción, diseño defectuoso, equipo férreo inadecuado y otras increíbles anomalías, debió cerrarse al público (ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/09/09/capital/038n1cap). De haber seguido operando, habría provocado un accidente mayor, sobre todo en la parte elevada, que hubiera dejado muchos muertos.

Y a eso hay que sumar las frecuentes demoras e interrupciones en el servicio, sobre todo en las horas “pico”, que es cuando la gente lleva prisa por llegar.

Ni siquiera los vendedores ambulantes que operan tanto en pasillos de transbordo, como aquéllos que lo hacen en los vagones (conocidos ya como vagoneros), han desaparecido, como también se pretendió justificar que para eso serviría el arbitrario aumento (no es posible que, mientras se han comprado miles de nuevas patrullas, el presupuesto de ese importante transporte continúe prácticamente sin cambios), y siguen operando, sobre todo los últimos, casi en las “narices” de tanto policía bancario contratado para “vigilar” que no haya, precisamente, vagoneros y ambulantes trabajando en el Metro.

Los pasajeros del convoy en el que me encuentro muestran desesperadas, preocupadas caras ya, pues ha estado deteniéndose varios minutos en cada estación. Dos jovencitas uniformadas (de bachillerato, seguramente) comentan entre sí que ya llevan casi dos horas, de un trayecto que no toma más de cuarenta minutos. “¡Vamos a llegar bien tarde, mana!”, exclama una con resignada lamentación.

Justo el vigilante al que me refiero antes, quien acaba de subir al vagón, al escucharlas, les refiere que “una persona se bajó a las vías en Neza (estación Netzahualcóyotl) y por eso se está interrumpiendo la circulación de los trenes”. Y de allí, inicia una espontánea conversación.

“¿Cómo de que se bajó a las vías, se quería suicidar?”, pregunto. “No, parece que esa persona está mal de su cabeza, y se bajó y no se quería mover… nada más se quedó parado… y, pues tenemos que manejar con cuidado la situación, bajar y platicar con él… pero, mientras tanto, se detienen los trenes y por eso se interrumpe el servicio…”, nos explica, todos mirándolo atentamente. “¿Hombre o mujer?”, vuelvo a inquirir. “Un hombre… un indigente…”. Ya, hablando del tema de los suicidios, me platica que son comunes en el Metro, pues es seguro, al menos más que por otros métodos, quitarse allí la vida, aunque se arrepientan. “Mira, los trenes, aunque parece que están altos, tienen unas como láminas que les restan altura y quedan como a veinte centímetros del suelo, así que, aunque te acuestes, te aplasta”. Refiere que cuando llegan a mantenimiento los convoyes, los mecánicos encuentran restos humanos de los suicidas que han llegado al final de su vida lanzándose a las vías de los trenes. “¡Sí, encuentran cabello, pedazos de piel, de miembros… sí, muy grueso!”.

Pero si llegan a sobrevivir, que sí los hay, entonces, deben de enfrentar las consecuencias legales de su desesperada, precipitada acción. “Una vez un chavo se quiso aventar de un puente peatonal que da sobre la línea cinco (Pantitlán-Politécnico), pero calculó mal y cayó sobre el tren, no en las vías, y luego se rodó y pasó sobre el vidrio del conductor, que estaba bien espantado… hasta se enfermó de la impresión. Y ya fueron los rescatistas a ayudar al chavo. Allí hubiera sido mejor que se hubiera muerto, pues le salió carísimo, porque, ya que salió del hospital, lo demandó el gobierno, por daños a las vías de comunicación y al tren y a la integridad del conductor… ¡olvídate, le ha de haber salido carísimo! Me dice un licenciado que si te vas a aventar para suicidarte, mejor que te mueras”, agrega, con afirmativo gesto.

Y hay ciertos periodos en que tratan de reforzar la vigilancia, pues es cuando más se dan los suicidios. “Mira, cuando más se suicidan es cuando son las salidas de las escuelas, yo creo que por los que reprueban, me imagino. El catorce de febrero… a los que les rompen su corazoncito, ¿no? - plantea, irónico -, el diez de mayo… no sé por qué - me imagino que serán los que no tienen madre, en el buen sentido, o sufren los maternales desprecios, razono -, y en diciembre, sí, que es cuando, no sé, la gente se deprime porque no tiene dinero…”. En efecto, según las estadísticas, en la decembrina época, aumentan las depresiones y los suicidios, quizá porque muchos son incapaces de consumar el bombardeado consumismo, tanto por falta de dinero o porque están desempleados… y rezones por el estilo (ver: http://ferriz.com.mx/salud/14-de-mexicanos-se-deprime-en-temporada-navidena/).

Platica sobre otros problemas que enfrenta como vigilante, como el que debe de remitir a las autoridades a cualquier persona que haga algo indebido. “Por ejemplo, la otra vez, tuve que consignar a cinco personas que se metieron en la cabina del conductor. Eran dos hombres y tres mujeres… sí, fíjate, las mujeres son muy aventadas -precisa, viendo mi mirada de asombro-. Es que el tren iba hasta la madre -emplea esa popular expresión que denota demasía-, y como ya querían abordar, pues se les hizo fácil subirse a la cabina, porque luego los conductores no le echan llave y va abierta. Yo los hubiera dejado ir, pero como la cámara ya los había filmado, pues los tuve que consignar. Se les lleva a un juzgado civil y tienen que pagar una multa, porque son faltas administrativas”.

Otra situación es la de los vendedores ambulantes, que él comprende que es un problema social que va creciendo, por el desempleo, pero que debe evitar que laboren allí. “Los tienes que consignar, por violar el reglamento. No sé si has visto los operativos que se están haciendo en la línea uno (Pantitlán-Observatorio), que van dos policías en los vagones. Pues así vamos a hacer en esta línea (Ciudad Azteca-Garibaldi, que es en la que viajamos en ese momento)”. Sin embargo, le refiero que he visto como en las narices, literalmente, de los policías bancarios (contratados masivamente, luego de que se incrementó la tarifa), los llamados vagoneros siguen vendiendo su mercancía. Encoge los hombros y pone cara de qué-le-vamos-a-hacer. “Es que están muy organizados… luego, los tratas de quitar y se te van encima y te arriesgas a que te golpeen. A muchos compañeros los han golpeado muy feo… en serio”, justifica. De todos modos, es un problema que no se puede resolver prohibiéndolo, razono, si antes no se atacan las causas, como el creciente desempleo y los bajos salaros que ofrecen las pocas ocupaciones disponibles. La creciente informalidad es la única alternativa de vida para millones de personas, no sólo en México, sino en todo el planeta (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/12/economia-informal-la-verdadera.html).

Y los intentos por formalizar a los ambulantes que operan en el metro, han fracasado, pues pocos trataron de obtener una ocupación con la capacitación que se les dio, y los que no, adujeron que preferían seguir vendiendo en los vagones pues así ganaban más, que contando con un empleo formal (ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/capital/041n2cap).

“La otra vez, un colombiano estaba pidiendo dinero y le pedí que se moviera, que no podía hacerlo y me dijo que por favor lo dejara, que no tenía dinero ni para comer, pero, con todo el dolor de mi corazón, le dije que no podía estar allí, que yo lo entendía, que no era por mí, pero que tenía que moverse de allí, que era el reglamento… y pues tuvo que moverse. Se me quedó mirando bien feo, pero, ni modo, es mi trabajo. También el otro día un hombre que parecía chino estaba tocando la guitarra y le dije que se moviera y se me sonreía, yo creo que no me entendía… te pones a pensar ¿cómo se puede mover esa gente aquí, sin hablar el idioma, no? Y también te encuentras muchos centroamericanos… y así. Y yo entiendo que es un problema social, sí…”, agrega, pensativo. Qué bueno que tenga la sensibilidad para comprender el problema, pienso.

“Luego, hay gente que se queda a dormir en los pasillos y pues también los debo de sacar. Y te sientes mal, porque a veces está lloviendo o hace frío, ¿no?”, agrega, resignado.

Son frecuentes también los problemas de los acosadores sexuales. “Sí, y tienes que enfrentar a ese cuate que manoseó a una chava o que se le repegó. Nada más se hacen los que no y lo niegan, pero ahí está la chava, diciéndote que la manosearon, y pues los debes de consignar”. Cuando le comento que he sabido de casos en que ciertas chicas se prestan con cómplices para extorsionar a algunos, responde que también se dan esos casos. “Pero es muy raro. Normalmente sí las acosan, a las chavas solas, sobre todo.”

“Cuando se para el tren en una estación, la gente empieza a chiflar y a gritar que se mueva, y dicen que es el conductor que está cotorreando o no sé, pero no, es que hay un sistema automatizado, el CC (Control Central), y es el que coordina todo el movimiento de los trenes. Y si hay una falla, pues te debes de esperar a que se ponga el semáforo en verde. En realidad el trabajo del conductor es muy fácil, sólo sube o baja una palanca, pues está automatizada la conducción, como te digo, pero la gente no sabe eso y se desesperan y empiezan a gritar y a insultarlo”, agrega.

Igualmente, enfrenta la intolerancia de los usuarios, sobre todo cuando, simplemente, debe de hacer su labor. “A veces jalan la palanca (mecanismo que se corre hacia abajo y desactiva al tren), que porque alguien los empujó o por cualquier cosa y pues ya, la desactivas, y no dices nada (se supone que si alguien la activa sin razón alguna, deba de ser remitido, ya que el tren no avanza hasta que no se desactive). O se enojan porque les dices que se pasen para la zona de hombres, en las horas pico. La otra vez le dije a un señor que se moviera, que ésa era área sólo para mujeres y que me mienta la madre… y ni modo que te les pongas al tú por tú, no, ¡imagínate!, te va peor a ti si golpeas a un usuario que si te golpean, porque, entonces, alegas que te insultó y te agredió y lo remiten. Pero si tú lo golpeas, ¡no te la acabas! Te corren y además te demanda el usuario, que le pegaste y ¡te quieren sacar hasta los ojos!”.

Dice que tolerancia y paciencia es lo que más se requiere para que puedas trabajar allí. “Sí, porque, si no, pues es fácil que caigas en provocaciones. En esta chamba, debes de ser muy cauto, porque, si no, te comen”, comenta finalmente, al despedirme de él, ya cuando, habiendo tomado una hora más el trayecto acostumbrado, llego, por fortuna, a mi destino.

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