martes, 30 de diciembre de 2014

Cosas de mi consorte

Elizabeth Oliver



Para no olvidarme de ninguna, debí haber recopilado las anécdotas de mi marido desde cuando todavía no lo era... Relataré las más salientes, ésas que me quedaron grabadas sin necesidad de anotarlas en una libreta.

Estábamos en la oficina, año 80, más o menos. Teníamos una nueva Jefa, una diplomática macanuda, más o menos de nuestra edad, solterísima y muy chapada a la antigua. Trabajaba con el despacho a puertas abiertas, por lo que se escuchaba clarito lo que pasara adentro.

Una tarde se la oyó despotricar y quejarse, pero como estaba sola y a veces hablaba en voz alta con sus propios pensamientos, nadie se inmutó. De repente salió y dijo bien fuerte: "¡Necesito un hombre!" Ni corto ni perezoso, el "profesional de la cosa" se levantó al instante y le respondió: "Acá tiene uno incondicional, señora, para lo que guste mandar"... y con lo dicho se le metió en el despacho.

Las risas de todos fueron un coro, y el rostro de la Jefa se convirtió en un tomate. Miguel, por supuesto –conservando esa expresión impertérrita que lo caracterizaba cuando había desatado alguna situación como ésa–, luego de abrir la vieja ventana corrediza de hierro oxidado, volvió a su escritorio como si nada. La Jefa no se vio por un buen rato, hasta que el fresco de afuera le disimuló el rubor y hasta que se animó a mostrarse entre nosotros, segura de que ya nos habíamos reído bastante.

No mucho después, viviendo el destierro en Buenos Aires ya como pareja, hubo varias que tampoco olvidaré.

El primer hotel en que estuvimos fue en Constitución, el Río de la Plata de la Avda. Juan de Garay. Muy lindo pero muy caro, por lo que a las pocas semanas salimos a buscar otro. De los que vimos en la zona, nos gustó El Rosedal. La encargada era una gallega de mediana edad, vestida a la antigua, peinada de peluquería, muy secota y con poquísimas luces.

Nos dijo el número de la habitación disponible y Miguel quiso verla, requerimiento que denotó clara sorpresa en el rostro de la encargada, pero accedió a mostrarnos la pieza de al lado, porque eran iguales y la otra todavía no estaba desocupada.

¡Mirá vos a quién le ofrecían contratar algo que no había visto! Cordialmente, como siempre fue su costumbre, intentó explicarle a la señora que no era correcto dejar una seña en esas condiciones... No tuvo suerte, ella no entendía y se estaba poniendo molesta. "Pues que son todas iguales", repetía, y no había forma de sacarla de ahí.

Yo me mentenía al margen, porque ciertas situaciones me sacan de quicio demasiado rápido, y estábamos frente a una oportunidad que no convenía perder aunque costara llegar a un acuerdo, el que sin duda lograría Miguel muchísimo mejor que yo. Pero claro, también él tiene sus límites y le asestó la frase matadora: "Señora, usted me quiere vender un servicio y yo lo compraré cuando lo vea".

¡Ay...! La gallega se enojó. "Lo que yo le ofrezco es una habitación, señor, no me falte el respeto". Fue tan evidente que conocía la palabra "servicio" sólo como sinónimo de "escupidera", que tuve que contener la risa. No pasó a mayores porque mi marido, siempre listo, aplicó el plan B. Se las arregló para inventar una disculpa caballeresca piropeando discretamente a la gallega, la llamó "dama", y en un ratito consiguió lo que quería: en dos horas estaría vacía la pieza y podríamos verla. Hecho, esa misma tarde nos mudamos.

Otro día, uno de ésos en que todo sale mal predisponiendo al mal humor, aumentado por una inminente amenaza de lluvia, caminábamos por Corrientes casi sin hablar. Entre el gentío, vimos venir de frente un grupo de jóvenes con aspecto de estudiantes, jugueteando entre ellos, ajenos al tráfico de la vereda.

No había más que hacer que esquivarlos, pero no... Miguel se paró en seco, piernas abiertas y paraguas cerrado apuntando "al enemigo" y así los esperó. Miré para otro lado pero igual vi... ¡uno de los muchachos recibió la punta del paraguas en el ombligo...! Y ¿qué pasó?, ¡lo insólito! El gurí le dijo "Disculpe, señor, no lo vi"... Me dio vergüenza ajena y le hice ver que por esas "uruguayeces" nos llamaban "indios" en muchos lados del exterior... pero él salió bien parado, como siempre.

Otra por el estilo, ocurrió cuando ya vivíamos en el departamento de la calle Humberto Primo. Era el momento culminante de la carrera laboral de Miguel en el cabaret Queen, cuando a las relaciones públicas se le habían sumado tareas de adicionista y el horario de trabajo se extendía desde el mediodía de un día hasta el amanecer del otro.

Yo me había quedado sin empleo por carencia de documentos, por el mismo motivo no encontraba nada y para colmo, prácticamente lo veía despierto solamente unos minutos diarios. Eso me hacía sentir terrible y muchas veces discutía con él por anteponer el laburo a mi persona.

Esa noche la bronca fue grave, me fui de boca, le reproché lo de siempre y, como ya teníamos programado ir a lo de la flaca Beta, que nos esperaba con la cena pronta, lo dejé atrás y salí a la calle antes que él, conteniendo las lágrimas de bronca, derecho a la parada del colectivo en Entre Ríos y San Juan.

Media cuadra antes de llegar a la esquina, me crucé con un tipo que se entreparó para piropearme y sin más que eso, me dejó seguir y ahí terminó la cosa. Segundos después, oí la voz de Miguel, increpando un "¡¿Qué hacés, qué te creés?!" y me di vuelta a ver qué pasaba. Allá atrás, en Entre Ríos y Humberto Primo, lo vi tomando al tipo de la solapa y sacudiéndolo varias veces hasta que lo dio contra el cartel que indica el nombre de las calles.

El pobre hombre ni reaccionó, sólo lo eludió como pudo y se rajó de apuro. Y bueno... esa vez la reacción "a la uruguaya" no me molestó para nada, sino que le di un beso, me sentí feliz y se me fue la bronca. Miguel no entendió mi reacción pero no me dijo nada. Cuando se lo contó a Beta, la flaca le hizo la "traducción": "Pelotudo, le demostraste que te importa, ¡por más bestia que hayas sido!"

A la vuelta del departamento, en Solís y Humberto Primo, había un pequeño almacén donde yo me abastecía de lo necesario para cocinar y de la infaltable leche, que nos gustaba tanto a los dos y consumíamos casi con exageración. Dos cajas apenas nos daban para un día y la mayoría de las veces, el dueño de la despensa no quería venderme más que una, para que no le faltara para el resto de los vecinos.

Ante un contratiempo como ése, Miguel tomó cartas en el asunto. Fue al almacén y le hizo al hombre el verso triste de que teníamos seis hijos chicos cuyo alimento básico era la leche, pidiéndole por favor que hiciera una excepción por el bien de los gurises. Volvió con tres cajas de La Serenísima y la promesa del comerciante de que las tendríamos aseguradas. Tanto fue así, que muchas veces en que volví al almacén de tardecita, ya habiendo hecho la compra habitual en la mañana, el dueño me susurraba al oído para que no escucharan otros clientes: "Señora, le pongo en la bolsa una caja de Las Tres Niñas que le guardé especialmente; es más nutritiva para los pibes".

Ya de vuelta en el Uruguay y superado el tiempo de las vacas flacas ocasionado por los casi dos años de espera antes de recobrar nuestro trabajo en la Cancillería, viviendo en paz con los sueldos seguros, las anécdotas reaparecieron.

Después de mucho insistir inútilmente para que sacara una tarjeta de crédito, conseguí algo parecido: aceptó tener una extensión de la mía. Eso lo habilitó a efectuar algunos trámites en la oficina central de la empresa, evitándome el traslado cuando todavía las comodidades on line no existían.

Allá fue a OCA munido de mi cédula de identidad, a cambiar la fecha de cierre... y la simpática jovencita que lo atendió le empezó a complicar la vida: "No lo puede hacer usted, ¿cómo sabemos que el cambio es voluntad de la titular?, tiene que venir ella". Le faltó decirle que podía ser un cualquiera que encontró mi documento en la calle... Entonces él atacó con la conversa acostumbrada que termina convenciendo a quien lo escucha, sí o sí.

Al fin de la disertación, ya la chica se había dado por vencida y había aceptado llamarme por teléfono, tal como él, con buen tino, le había sugerido. Pero la muchacha cometió el error de pedirle mi número de teléfono a él...

La pelota quedó a sus pies pidiendo red y como en sus mejores tiempos, de un puntapié certero le hizo el gol: "Mi querida señorita, usted, que ha estado desconfiando de mí y necesita la anuencia de mi señora... ¿me pide a mí su número de teléfono?, ¿cómo sabe que no le daré un número cualquiera para que hable con alguna mujer que no sea ella?, ¡Vamos, sea coherente!, busque el teléfono, que obviamente lo tiene, y entonces la llama, sabiendo bien con quién va a hablar".

Cuando la joven me llamó, se notaba en su voz que estaba nerviosa, como pisando huevo... "Acá está su esposo, señora, y quiere..." No la dejé seguir. Imaginando lo que habría pasado, con unas ganas insanísimas de decirle que si él estaba ahí pasaba a ser problema de ella, me contuve porque me dio pena, y le di mi consentimiento de cambiar la fecha de cierre.

Me quedaron en el tintero algunas anécdotas muy jugosas de su trabajo en el Queen y el contacto con la gente de la noche; otras de cuando se largó a la calle como taxista; y no pocas de su actividad como empleado "multiuso" cuando trabajamos, aunque muy bien pagos, a rigor y a dúo en la casa de los ingleses. Pero eso será parte de otro relato, al que sin duda tendré que agregarle las que aún no han ocurrido, porque conociéndolo, sé que nunca faltarán.

Ésas son las cosas de mi consorte que lo hacen tan diferente para mí, tan especial.

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