martes, 30 de diciembre de 2014

Custodio

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Custodio guardaba con vigilancia y cuidado a su mujer Custodia “la Jerezana”, conocida así porque siempre se oía en su casa el Pasodoble “Custodia” cantado por Gracia de Triana. Ahora mismo se escucha. Oíd: “Era Custodia la Jerezana…”.

Ella dormita al frescor de un ventilador canicular, pensando él, que si moría, no la guardaría en depósito pues su tabernáculo era digno de la gusanera de la muerte.

En el dormitorio, y viéndola así echada sobre la cama, se sentía como el superior de una orden franciscana y a ella como cierta embarcación varada con velas al tercio y una cangreja en un palo chico hacia popa y varios foques en cruz.

Recordaba ahora más que nunca cuando con caricias y carantoñas le preguntaba:

-¿Siempre juntos, amada?

Y ella respondía:

-Sí, hasta que nos separe una puta.

Ella le llama a él “Algarrobo del Paraguay”; y él a ella “Lechuza del Perú”. Son dos cutrales, buey viejo y cansando Custodio, y vaca ya improductiva, Custodia. Viven en Curtis, en la provincia de la Coruña, ayuntamiento con tres parroquias.

Cuando fui a visitarles, lo primero que me dijo Custodio fue:

-¿Sabes? Cuando una mujer muere, el diablo mea.

Yo me quedé asombrado de tanta iconografía de la cruz., y de unos candiles de bronce que parecían de los primitivos cristianos por la suciedad que les envolvía, sobre la mesilla.

-Hay, me dice Custodio, una cruz de marfil dedicada por los reyes don Fernando I y Doña Sancha a la iglesia de san Juan Bautista de León, cristos de bronce esmaltados, de nácar, anagramas de Cristo esculpido en láminas, y en una piedra labrada, que dice que estaban en Santa Cruz de la Zarza, priorato premostratense en Toledo: Imágenes de Cristo de brazos caídos y medio en cueros de la época visigótica, que fueron de san Juan de la Cruz, carmelita y poeta erótico-místico.

-Ya será menos, le replico.

Un gesto raro envolvió el zoquete de su cabeza, haciéndome unas caricias o candongas como para engañarme, y dijo:

-Ya sé, amigo, la dignidad primero, y, después, el recto.

-Sí le respondí. Como me dijo una amiga argentina rascándose un ovario:

-Métete el orgullo en el medio del orto pelotud, majete.

Nos reímos como dos chiquillos con blancura extremada, sinceridad y pureza de intenciones

Con candor, voy y le digo:

-¿Tú crees que con todo este “cristolario” conseguirá tu esposa su parcelita en el cielo?

-De ningún modo, me responde. Y sigue: aunque se sabe el cristus, tan sólo congelará la orina por medio de la evaporación de su fe.

Ni el ¡Cuz, cuz!, interjección para llamar a su perro corriendo, llamado Cartago, dado por Custodio, despertó a “la Jerezana”, quien a mí me seguía pareciendo una mujer en caja o andas en que se llevan a enterrar a los difuntos.

-Vamos, dijo Custodio. Cada loco con su tema, que la gente no toma consciencia de su propio olor a chivo, y quieren que tomemos consciencia del calentamiento global.

Nos fuimos.



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