miércoles, 24 de diciembre de 2014

Da Vinci y la Gioconda

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Entre los genios polivalentes de la historia universal quizás no hay otro más grande, más luminoso, más portentoso que Leonardo Da Vinci. Tal vez un ejemplar más completo de talento enciclopédico y una más radiosa flor de humanidad no ha aparecido jamás bajo la mirada cariñosa del sol, estupefacto de ver tanta grandeza concentrada en un solo ser.

Río enorme de visiones sabias y profundas, corriendo por entre una selva de oscurantismos cavernarios contemporáneos. Genio múltiple, deslumbrante y sonoro, como los rayos de una tempestad, cada una de las facetas de ese astro sería bastante para hacer un sol; cada uno de los afluentes de ese río sería lo bastante caudaloso para formar un mar.

Sin embargo, sin subestimar su asombroso ingenio en sus numerosas obras artísticas y científicas, muy prematuras para su época, puede decirse que su genio, como pionero de grandes invenciones, es hoy anacrónico y no pertenece a la historia sino a la antropología.

Porque… ¿qué ha trascendido hasta hoy de la múltiple gama de sus obras? Creador de un bello estilo de ingeniería, ¿qué queda hoy de su medieval estilo florentino? Precursor de la aviación, ¿qué otra cosa que piezas de museo son hoy sus rústicos diseños primitivos ante las modernas aeronaves espaciales? Primer inventor de metrallas y cañones, ¿qué son hoy ante los modernos misiles teledirigidos? Escultor de estatuas del arte renacentista, ¿cuál nos dejó que nos sirva de modelo a nuestro arte abstracto y nuestro cubismo contemporáneo? Constructor de fortalezas, ¿cuáles han subsistido? ¿Dónde están? !Ni el polvo de una ruina atestigua su existencia!

¿Dónde, pues, está hoy la raíz, la fuerza y el esplendor de su genio?

¡En la pintura!

Es el autor de La última cena y de La Mona Lisa el que entró en la inmortalidad, por todas las cualidades que hacen excelso su arte: la delicadeza, unida a la fuerza; la sugestión y el ensueño, unidos a aquel soplo palpable de realismo, encadenado por las manos suaves de la más deliciosa idealidad.

Se me recordará tal vez como reproche la fama de sus otros cuadros, pero ningún erudito en la historia del arte se atrevería a apostar su cabeza sobre su fe en la autenticidad de esas obras. La anunciación figura entre los que se le atribuyen, pero fue obra de Verrocchio, que fue su maestro, y La virgen de las rocas fue pintado bajo su dirección, pero fue obra de Ambrogio de Predio, que fue su discípulo; La belle ferroniere, es de dudoso autor, tanto que ni Giorgio Vasari, que fue su biógrafo, quiso certificarla como de Da Vinci.

Pero, ¿es que acaso tiene necesidad de disputar cuadro alguno a las riquezas de alguna pictórica ni a las contingencias precarias del tiempo aquel artista único que inmortalizó el alma de la mujer en las facciones de La Gioconda y que captó todo el enigma femenino en aquellos labios de silencio pérfido?

¡Qué cuadro! ¡Qué obra! ¡Qué Maestro! ¡Qué armonía de paisaje síquico en ese fondo pictórico! ¡Aquellas montañas caóticas y volcánicas como el cerebro de una mujer en celo!!Y aquel horizonte de aguas y de nubes, movible, como el alma femenina!

¡Y la figura central de La Mona Lisa emergiendo del cuadro, llena de tinieblas interiores, tinieblas engañosas de placidez, como toda profundidad; sin ser bella, es ideal y sensual, soñadora y turbadora, el más enigmático rostro humano que haya surgido del cerebro de un hombre a la caricia de un pincel! Y aquellas manos largas y diáfanas, de un blanco azuloso de lirios, sin venas aparentes, cual si no sangre sino un licor de inmortalidad circulara por ellas, cruzadas, no sobre el pecho, como los santos extáticos, sino sobre el vientre, como si acariciara en él su propia lujuria, aprisionándola.

¿Es La mona Lisa sólo el retrato de una mujer? !No! !Es mucho más que eso! !Es el alma enigmática de la mujer, plasmada en un lienzo!

¡Qué rayo de pureza, y a la vez qué tiniebla de voluptuosidad; qué misticismo de ensueño… y qué hálito de calmado deseo bestial en el terciopelo felino de sus ojos abismales, y sin embargo serenos, serenos lagos de oro que el sol del misterio baña de irradiaciones indescifrables! El seno combado, y el cuello de una gracilidad azucénica, formando entre los dos una armonía de ánfora. Y los labios sinuosos, como la flor pálida de esa sonrisa silenciosa, elocuente y seductora, y a la vez irónica y pérfida, que es como el salterio del enigma, del misterio.

¡Haber aprisionado el alma de la mujer bajo su garra de león, y habérnosla revelado: he ahí la gloria de Da Vinci…, y ésa es su inmortalidad!

Cuando se ha producido una obra así, se tiene el derecho de pedir el olvido de todas las otras. Las obras disminuyen la obra. ¿Qué le importan a Da Vinci sus otros cuadros?

Al creador que ha creado un sol universal, ¿qué le puede importar haber creado efímeras estrellas?

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