miércoles, 3 de diciembre de 2014

Don Jorge

Alberto Pinzón Sánchez (Desde Colombia. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Jorge Eliecer, conocido por todo el pueblo de provincia como Don Jorge, ocultaba cuidadosamente su segundo nombre como una precaución familiar, o quizás, como un rencor personal. Había nacido casi a la misma hora, el mismo día aciago de aquel abril de 1948 en una clínica del centro de Bogotá, la misma ciudad grisosa y fría donde habían asesinado pocos minutos antes a Jorge Eliecer Gaitán. Su padre, un capitán del ejército adscrito al batallón guardia presidencial, había sido licenciado fulminantemente de las filas castrenses pocos días después de aquella explosión incontrolable y anárquica de ira popular conocida como el Bogotazo, por haberse negado a disparar contra la multitud enardecida y enfurecida que se había congregado a exigir la renuncia del presidente, frente a la vetusta y enrejada casona colonial, donde despachaba.

Degradado y sin trabajo, hastiado por lo que había visto aquellos días de horror en Bogotá, su padre decidió regresar a su pueblo natal Provincia, de donde había partido treinta años antes, para tratar de rehacer su vida en un sitio apacible y conocido, lo bastante alejado de Bogotá donde pudiera “sacar adelante a su familia”, su esposa Laura y sus dos pequeños hijos, Jorge Eliecer y Ricardo.

Estaba equivocado. Pronto, la mano larga de la desventura los volvió a alcanzar: golpearon con fuerza en la puerta de la modesta casita que había arrendado unas dos calles alejada del marco de la plaza de Provincia; toc, toc, toc; su padre alarmado por el estruendo en la puerta salió presto a abrirla y dos chasquidos secos y atronadores, seguidos por el golpe de un cuerpo que cayó sobre el piso cementado, seguido del grito desgarrador de su madre: “lo mataron, lo mataron esos chulavitas”, quedaron grabados para siempre en la memoria del niño Jorgito. En adelante la vida familiar y en especial la suya como huérfano, sería más que difícil.

La familia comenzó a depender de una pequeña e incierta ayuda que la familia del padre les daba para su sostén básico. Con su hermano Ricardo, debieron ir a la escuela pública del pueblo a aprender las primeras letras y números, soportando no solo la miseria que se cernía sobre toda la familia, sino todo el odio y el desprecio contra los “cachiporros nueveabrileños”, trasmitido intencionalmente por sus profesores a los demás compañeritos de escuela. La rueda del infortunio siguió girando y su hermano Ricardo, aun sin dejar de ser un niño, salió de la casa hacia la escuela (las últimas personas que lo vieron dijeron que lo habían visto cruzar el puente sobre el rio para tomar el camino hacia la selva) sin volverse a tener noticia suya. Jorge, con sus ojos negros, achinados y penetrantes, solamente miraba el sufrimiento silencioso de su madre.

Aceptó, por ella y como una forma de aligerar la carga de la casa, ir al seminario para niños que la Curia católica tenía en una ciudad cercana. Allí en lugar de aprender de memoria recitaciones bíblicas, historias milagrosas y sermones, dedicó todas sus energías a desarrollar una sorprendente intuición que se le estaba haciendo presente, la de conocer a las personas con solo mirarle los ojos. Los resultados no se hicieron esperar, fue devuelto a su madre tras tres años de imposible reducación con la sentencia eclesial de “incorregible”: -No tiene vocación de sacerdote”, fue todo lo que le dijo el cura del pueblo a su madre cuando lo entregó.

Ahora, en el pueblo de Provincia no había mucho que hacer. Un vecino de su casa de profesión gallero, al ver al impúber ocioso, le dijo que si le ayudaba a cuidar los gallos de riña que tenía para la próxima gallera, le daría el 10% de lo ganado. Jorge acepto inmediatamente ansioso de entrar ya mismo al mundo real de los adultos. Aprendió con una rapidez sorprendente, todos o casi todos los secretos para la cría, levante, entrenamiento y preparación de gallos de riña. También empezó a entender el viscoso y oscuro mundo de los negocios, apuestas, gabelas, deudas, cobros y pagos, ect, que se movía detrás de cada pelea de gallos, y a desarrollar aún más la forma para conocer a las personas con solo mirarle los ojos. Ganancioso, pasó de ser Jorgito a llamarse simplemente Jorge.

Hizo averiguaciones, todas ellas infructuosas, sobre la suerte de su hermano Ricardo, con los camioneros que iban y venían cargados de troncos de madera de la selva y con los negociantes o cacharreros que comerciaban cacharros y vituallas de urgencia por el rio en canoas adaptadas para la carga. Alguien le dijo que había visto un muchacho que coincidía con la descripción de su hermano en una ranchería indígena, varios días de navegación rio abajo. Se lo comentó a su madre y le expresó su deseo de ir a buscarlo. La madre lo miró con indiferencia dándole a entender que sus esperanzas estaban en otro mundo, no en este, y la rueda de la desventura dio otra vuelta: su madre, como le dijo el médico del pueblo cuando le entregó a Jorge el certificado de defunción necesario para el entierro, había muerto de “pena moral”.

Pasado el luto por su madre, Jorge curtido por el sufrimiento decidió seguir la pista oída sobre su hermano Ricardo y partió hacia la selva. Buscó el embarcadero del rio abajo y navegó varios días en una canoa de cacharros hasta el rancherío indígena que le habían mencionado. Allí le confirmaron que un muchacho bastante joven de esas características, en efecto había estado un tiempo pero se había ido hacia los pajonales áridos de los llanos que hay más al norte, contratado por un hombre que negociaba con ganado. Jorge siguió la pista hasta llegar a un pequeño poblado rojizo y terroso, asolado por el sol y el monzón llanero, rodeado por pajonales y palmeras enanas, con unas calles muy anchas tupidas de un pasto raquítico que rumiaba un rebaño de reses impasibles. Averiguó por su hermano describiéndolo minuciosamente y supo que había sido macheteado por otro poblador en una pelea de borrachos, disputándose la copera del sórdido expendio de guarapo que los atendía. Jorge consideró que la búsqueda había llegado a su fin y decidió regresar a Provincia. Pero está vez debió tomar otra ruta diferente a la que lo había traído: caminar hacia el occidente a través de los pajonales de la gran llanura, cruzando ríos inmensos de aguas terrosas y turbias y pidiendo posada para pasar la noche en la casa de algún hato ganadero encontrado en el camino, hasta llegar al piedemonte cordillerano y luego, buscar un carreteable que comunicara con Provincia.

Sin embargo algo sorprendente ocurrió durante el viaje: en uno de esos hatos ganaderos cercanos al piedemonte llanero en donde se detuvo un anochecer; el dueño, un mestizo llanero de apellido Riobueno, descalzo, chaparro y robusto, bastante aindiado, le mostró unas piedras verdes grandes y traslúcidas que había encontrado en una peña cercana desbarrancada por el agua y a la erosión. Jorge cerrando sus ojos negros aindiados inmediatamente tuvo en la mente los dos negocios: ganado y esmeraldas.

Hizo rápidamente un negocio con el llanero basado en la palabra de gallero, que este aceptó completamente. Jorge iría a Provincia en el mayor secreto, traería dinero y hombres de su absoluta confianza, todos del círculo de la gallera del pueblo, mineros y comparadores de ganado, incluyendo varios tinterillos provincianos para que se encargaran del papeleo y registro legal de la mina y de conformar la compañía comercial para desarrollar los dos negocios.

En efecto. Un mes más tarde el hato ganadero del llanero Riobueno se trasformó en un hervidillo de personas, mulas y caballos, aperos de carga, herramientas de minería, lupas y balanzas de precisión, bultos de provisiones y papeles sellados para hacer negocios; mientras en Bogotá los dos tinterillos contratados por Jorge adelantaban todos los trámites necesarios ante el gobierno del presidente Turbay Ayala y el Banco de la República, relacionados con la concesión minera y ganadera. Jorge tenía 22 años. Corría el año de 1970, y ahora todos se referían a él como Don Jorge. Un bigotico delgado y corto de pelos como cerdas creció en su labio superior para atestiguarlo.

Con los papeles legales sobre la mina de esmeraldas y de la compañía comercial establecida, decidió trasladarse a Bogotá donde centralizó sus actividades: todo tipo de compra legal o ilegal de tierras ganaderas situadas en los llanos orientales, negocio ganado para trasportar y vender en Bogotá. Venta de cueros para curtiembres, instalación de frigoríficos, exportación de carne de res en canal. Compra y venta de esmeraldas en bruto, talla y exportación. Visita a funcionarios del ministerio de minas y del Banco de la República para dejarles subrepticiamente el “sobrecito” con los miles de pesos del soborno. Y al ministerio de defensa para “cuadrar” el asunto de la seguridad oficial y extraoficial en las minas y de las haciendas ganaderas adquiridas o arrebatadas.

Ahora ya tenía participación en las minas de esmeraldas de Gachetá y Chivor en la cordillera oriental, desde donde podía mirar desde lo alto y a distancia sus 40 hatos ganaderos de los llanos, donde pastoreaban o pastaban cerca de 50 mil reses según la antigua norma llanera de dos hectáreas para cada vaca; mientras discutía con un consorcio estadounidense el aseguramiento de todo el cinturón esmeraldero que incluye en la cordillera de los Andes, un rectángulo de 250 km. de largo por 50 km. de ancho al nororiente de Bogotá, desde Gachalá en el oriente hasta Peñas Blancas en el occidente.- “ Miren señores; esos punticos blancos que se ven allá son mis reses”, solía decirles (sin muestras de soberbia) a los ingenieros americanos con quienes discutía lo del consorcio esmeraldero.

Pareciera que la rueda de la fortuna hubiera girado hacia atrás o por lo menos se hubiera detenido. La vida ahora y durante las tres décadas siguientes, sería la de un poderoso multimillonario en Bogotá: Adquirió en el norte de la ciudad varias casas en conjuntos residenciales cerrados y con extrema vigilancia; contrató 40 acuciosos guarda espaldas militares suministrados por una firma de seguridad privada, quienes le exigieron comprar varios vehículos tipo burbuja de alta seguridad, blindados y con vidrios negros, a la par que le daban todo tipo de instrucciones para repeler y sobrevivir cualquier ataque armado de adversarios o enemigos. Empezaron a llegarle invitaciones a fiestas, cocteles y reuniones sociales y políticas de todo tipo, para lo cual hubo de contratar un sastre modisto especializado, con el fin de que le mimetizara su robusta pero pequeña figura que ya insinuaba un abdomen globuloso, y una renombrada profesora de glamur bogotano de nombre Maria José, para que suavizara los modales plebeyos de 30 años anteriores de sufrimiento y miseria. Hasta que finalmente logró hacerse socio del club social más exquisito y refinado de la capital colombiana, donde una noche de suerte encontró la mujer con quien unir su vida.

Era una mujer no tan joven, de mediana estatura, regordeta de amplias caderas y piernas arqueadas, boca voluptuosa grande y ojos color café visibles entre sus pómulos protuberantes, hija de un importante y acaudalado político capitalino, dueño de la mayoría de urbanizaciones existentes en Bogotá y con un hermano como el eterno gerente del Banco de la República. Le sonrió al pasar haciéndole una mueca coqueta, pero la mirada de Jorge poco acostumbrada a tales mimos no alcanzó a descifrarlo. Hicieron buen contacto que corto tiempo evolucionó a un noviazgo formal y un poco más tarde al estruendoso y muy comentado matrimonio, con el cual se selló la unión de las dos riquezas; la de Jorge con la de los padres de la novia. Su vida social y de negocios políticos ahora era un torbellino vertiginoso y sin pausa de sucesos y éxitos.

Pronto la esposa quedó embarazada, pero con el nacimiento de su primogénito, nuevamente la rueda de la adversidad volvió a avanzar: el niño inexplicablemente nació con un sndróme de Down y, el matrimonio que no estaba preparado para dedicar todo el tiempo que tal calamidad exige, menos para aceptar la culpabilidad de tal enfermedad, se agrietó irreversiblemente hasta una amarga y muy triste ruptura.

Jorge buscó refugio en el whisky, las exclusivas distracciones y los excesos muy fáciles para su riqueza abundantes en Bogotá, pero antes que la saciedad o siquiera el hartazgo, sus socios, adversarios y enemigos, le hicieron saber que por ese camino estaba perdido. Entonces en una decisión, para muchos incomprensible, separó bienes con su esposa y elaboró un testamento declarando a su pequeño hijo enfermo como propietarios universal de todos sus bienes en este mundo, quedándose para sí con una pequeña renta. Cerró su oficina en Bogotá, licenció a los guardaespaldas dándoles excelentes propinas y se marchó de regreso a Provincia.

Allí compró una pequeña casa quinta llamada la Loma, situada en una colina suave a la salida del pueblo, contrató una mujer mayor para que le cocinara o le atendiera la casa y entre wisky, comilonas de asados y piquetes con sus antiguos amigos, pasó los primeros días.
Una semana después de haber llegado; Jorge fue a la plaza del pueblo a hacer limpiar y embetunar sus zapatos por el único lustrabotas del pueblo. Era un domingo luminoso, una brisa cálida movía suavemente las hojas de la frondosa ceiba del centro de la plaza y la actividad de los habitantes era la normal para un día así de apacible.

De repente el lustrabotas, en un descuido, embetunó uno de los calcetines de Jorge. Al darse cuenta, iracundo se levantó del puesto y con un zapatazo en la cara del lustrabotas lo tiró al suelo. El muchacho herido en la cara se recuperó rápidamente, se arrastró por el suelo hasta la caja de embetunar y en un abrir y cerrar de ojos sacó un cuchillo herrumbroso y sucio que tenía para quitar el barro a las botas de quienes venían a embetunarlas y con un movimiento casi invisible lo clavó en el cuello de Jorge, quien cayó de rodillas agarrándose la garganta mientras expiraba entre gorgoteos de sangre espumosa y muy roja.

El lustrabotas observando la escena teñida de tanta sangre derramada por el piso, dijo con énfasis: -“Podrá ser muy Don Jorge pero no tenía por qué patearme así”. Luego se sentó en su puesto a esperar el tumulto de gente alarmada que se empezó a formar a su alrededor.

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