jueves, 11 de diciembre de 2014

El juguetón

Gustavo Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Era un día transparente de Mayo. Fresco a la sombra, pero al solcito calentaba. En la plaza, los viejitos. Viejitos jubilados, sentados, fumando negros, leyendo el diario, hablando entre ellos, todos juntitos, con grandes relojes digitales o de bolsillo con cadena gruesa, con zapatones de suela agujereada. Pero todos bien vestiditos, eso sí. Con sus gorras, sus corbatas. Algunos hasta con chaleco, bien arreglados ellos.

Por ahí de pronto se ponían colorados y se amenazaban con el dedo. Después cada uno se metía en su diario hasta que se alborotaban otra vez, pero más despacio. Entonces llegaba un momento en que cambiaban de tema haciendo una broma algo triste, parecía.

Todo empezaba siempre por una palabra para otro, que entonces apuntaba con el dedo y gritaban: que Evita, que la UES, que las Malvinas, que los milicos, que los políticos, todo lo que pasó, que como está el mundo, que hoy en día, que la globalización, que los shoppings, que hoy con la internet, que todo es distinto, que hoy, porque en éste siglo, y hoy en día.

Ah, los viejitos. Van llegando de a uno, se saludan con la gorra y hablan de las mujeres, de las hemorroides y las várices y el reuma y el colesterol y las comidas naturales y saludables.

Son gnomitos gruñones pero buenos que a uno lo comprenden porque ellos, que han vivido mucho y con la sabiduría que dan los años conocen el fondo de la gente y saben que uno también es bueno.

A mí, por ejemplo, me gusta jugar de pronto con las personas, así nos damos cuenta que aunque parecíamos desconocidos nos conocemos desde mucho antes: todos una gran familia que se sorprenden y se asustan y después se ríen y dicen -”pero éste chico” haciéndose los enojados pero palmeándome la espalda y guiñando el ojo. Y así todos contentos.

Por eso me acerqué cuando vi otra vez a los viejitos, aquella linda mañanita de Mayo. Estaban juntitos y arregladitos como siempre, muy compuestos ellos, hablando lo de siempre.

Me senté al lado de unos que leían el diario. Enfrente otros fumaban los negros y hablaban. Me moví un poco, refregué los zapatos en el pedregullo, ras, ras, tosí, me soné fuerte la nariz. Debían ser medio sordos, por la edad. Los del banco de enfrente seguían hablando, todos al mismo tiempo, pero ya se empezaban a congestionar: uno decía que a la noche no iba a llover porque lo vio en la televisión. El otro le decía que si, que iba a llover porque le dolía la pierna, y la pierna del reuma era segura y los del Servicio Meteorológico siempre se equivocaban que esos satélites ni ellos los entienden.

Entonces yo les grité -”pero se levantó vientito, eh” (porque en realidad había empezado a soplar un poco de brisa).

Los de al lado dejaron de leer y se miraron en silencio. Los de enfrente se callaron y me miraron con cara de yestededondesalió. Yo les sonreí, pero todos seguían mirándome hasta que cada uno volvió a lo suyo.

No puedo aguantar las ganas de hacer bromas y que la gente se ría. Así que primero me quedé quietito, me hice el distraído, que miraba como los nenitos corrían por el pasto y las mamas y las niñeras los cuidaban, y las plantas y el solcito, y de todo un poco, miraba por todas partes, hasta que saqué despacito el encendedor del bolsillo y moviendo apenitas la mano lo encendí debajo del diario que leía el viejito, que no le podía ver ni la cara tan concentrado estaba.

Ah, los viejitos. El diario se empezó a quemar por la punta, primero una llamita chiquita, casi nada. El seguía leyendo. De pronto la llama le apareció por el medio de la página. Entonces pasó lo de siempre, el viejito pegó un salto, tiró el diario, los otros dejaron de hablar, pero nadie se rió. El viejito se puso a gritar asesino, delincuente, degenerado, los demás se acercaron a pegarme, uno me dio un bastonazo que esquivé (en ese momento siempre aparece uno con un bastón o un paraguas mal cerrado) y empezaron todos a gritar policía, policía.

Y otra vez igual. Quise acercarme, sonreírles, tirarles un montoncito de pedregullo, pero nada, seguían gritando y me amenazaban con el bastón. Así que cuando vi a los policías me fui corriendo.

Yo corro muy ligero. Sobre todo cuando quiero evitar malos entendidos. Yo no soy ningún asesino, ni delincuente ni degenerado. Solamente me gustan las bromitas.

Me puse a espiar el revuelo. Estaba toda la plaza alborotada: los viejitos hablaban al mismo tiempo, movían los brazos y se congestionaban más que nunca. Las niñeras y las mamás apretaban fuerte a sus nenitos. Pero a mí no me importaba. Yo los quiero y les voy a hacer muchas bromas.

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