jueves, 11 de diciembre de 2014

El neóptero, el perro resignado y los ixodoideos

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



O para decirlo claramente y sin rebusques: El perro y los Chupa Sangre. En una casita pobre en un barrio marginado donde la vida hostiga fuerte y los sueños se apoltronan acovachados al costado de las zanjas, esperando que alguna idea humanitaria fuera capaz de mejorar las condiciones de precariedad, vivía una familia compuesta por una pareja joven y sus seis hijos pequeños. Al verlos salir, en las mañanas, uno pensaba estar frente a los peldaños de una escalerita de carne envuelta en racimos de risas y travesuras. Aunque generalmente parecían invisibles.

Un perro flaco, hiperactivo y gruñón, pasaba sus días un poco echado, otro poco saltando por los contenedores donde se arrojaban los residuos, buscando lo que en la casa no podían proveerle. El animalito nunca andaba solo, una corte de pulgas y garrapatas lo obligaba a realizar contorsiones espasmódicas, capaces de provocar envidia a los mejores acróbatas circenses que a veces andaban por ahí.

Cómo donde reina la desigualdad social suelen aglutinarse seres diferentes, con necesidades idénticas, las pulgas convivían respetuosamente con garrapatas infladas, tanto, que parecían a punto de explotar en cualquier momento. Los chupa sangre logran saciar sus requerimientos con más facilidad que los que no lo son y lo más triste es que se reproducen con una rapidez increíble.

 Ambas especies, formadas en batallón demasiado molesto similar a un ejército muy bien organizado, sobrevivían sobre la famélica anatomía canina que dejaba las costillas a la vista, dando la impresión de que el animalito tuviera incorporada un arpa ososa, aunque átona, sosteniendo su morfología perruna.

Era impresionante la unidad de acción existente entre neópteros e ixodoideos; contemplando la imagen desde afuera de la pelambre canina, alguien pensante notaría qué tremenda coexistencia alcanzaron ciertas especies parasitarias, capaces de adueñarse de los recursos naturales, en este caso, del pobre perro que andaba por la vida gesticulando de una manera tal, que los dedos de quien pasara cerca suyo comenzaban, instantánea e involuntariamente, el baile de la rascada.

Además de ese despliegue de arte corporal, el animalito lograba que uno se mantuviera alerta, dado que las vértebras del pobre parecían querer escapar de la osamenta haciéndome “flashear” la idea de que en cualquier momento alguna pieza ósea podría salir disparada como certera piedra de Intifada, para terminar incrustada en algún lugar de mi propia anatomía.

Es ahora y mientras les cuento esta historia, que no me alcanzan las manos para rascarme y hasta tal vez logre que algún lector aburrido, que se detenga en este texto como para pasar un rato, se enganche en esa misma danza de manos y uñas incrustándose, sobre todo, en el cuero cabelludo.

Tanto bicho molesto que pululaba por entre esa madeja de rastas, también invadía a las personas que andaban cerca, lo que me hacía pensar que al menos algunos seres animados, aunque repugnantes, se atrevían a visitar aquella geografía olvidada por otros bichos erróneamente llamados humanos.

Los niños jugaban con el animalito despojados de prejuicios. Cuántas veces pensé, al recordarlos, en la pureza de aquella imagen adyacente entre latas oxidadas, botellas rotas sin capacidad de reciclaje o comida en estado de putrefacción. (Los días mueren resignados por entre tanta mugre).

Mientras el perrito se rascaba, siendo ya el suyo un movimiento comparable a un tic nervioso, los niños crecían con sus tripas trenzadas por la ausencia de alimentos y los grandes juntaban entre los deshechos algo rescatables como para ubicar en ollas casi desfondadas. El ejército de neópteros e ixodoideos, cerraba filas coordinando acciones futuras en las que tendrían la victoria asegurada. Matemáticamente ordenados seguían buscando perros y gente donde depositar nuevos huevos, logrando conformar nuevos batallones de parásitos adoctrinados para picar otros pedazos de carne en estado de negligencia absoluta.

Pasó el tiempo, los niños crecieron a tropezones, el perrito alzó vuelo hacia una nube tal vez mucho más aséptica. La pequeña población aumentó su densidad trenzando más tripas.

Creció, sobre todo, la conformada por aquellos ectoparásitos hematófagos que tan ordenadamente, como cuando los vi por primera vez, extremaban tareas para mantener sus nidos. Y lo hacían dando el mismo, aunque lamentable, ejemplo de coordinación para nutrirse de la sangre débil de quienes conformaban el espectro social de aquel lugar, que bien puede ser el sitio donde se encuentren aquellos que estén leyendo estas líneas, si los hay.

Seguirá el baile de la rascada por tiempo indeterminado porque realmente, no creo que sean tantos los que puedan resistir la alergia que produce la impunidad de esos parásitos multiplicados por miles, año a año.

Ilustración: “Parásitos” de Beatriz Palmieri, artista visual argentina,

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