jueves, 11 de diciembre de 2014

El Síndrome de Esquilo

Vicente Alfonso



Sentado en una mesa del café Mamma Roma, releo el arranque de uno de los cuentos más célebres de Borges: "La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita".

Estas frases, que captan la angustia y la impotencia que sentimos al perder a un ser querido, vienen al caso porque estamos aquí para evocar al escritor, al maestro, al amigo Federico Campbell. Como le ocurre al protagonista de El Aleph, nos duele comprobar que el mundo cambia, que a cada instante ocurren cosas que quisiéramos comentar con el amigo que se ha ido. Nos duele ver que, en el fondo, la muerte es una cuestión de tiempos y distancias. Para remediar esa verdad atroz, Borges imaginó que en un sótano de la Calle Garay, en Buenos Aires, existía un punto que permitía observar, al mismo tiempo, todos los puntos del universo.

No es casualidad que relea el cuento de Borges en una mesa del Mamma Roma, como tampoco lo es que en la invitación al homenaje que hoy le rendimos en la FIL de Guadalajara Campbell aparezca en un café, pues era tan asiduo a esos establecimientos que en más de una ocasión se definió como un "camarada de café". Más todavía: el 13 de noviembre de 2011 publicó en su columna La hora del lobo que "no hay más libertad de expresión que en el ámbito del café".

Ahora entiendo que no por azar nos conocimos en La Parroquia, en Veracruz; ni que la última vez que conversamos, hace once meses, bebiéramos un espresso en el Jekemir y en el Rococó. Pero desde hace años tengo claro que, entre tantos, su café favorito fue siempre este: el Mamma Roma. Solía mencionarlo en su columna, precisando que se trataba de uno de los mentideros políticos de la Condesa.

Leyendo la columna de Federico Campbell podía uno darse cuenta de que muchas cosas interesantes pasaban aquí, en el Mamma Roma. Por ejemplo, en un artículo publicado en diciembre de 2010, Campbell recordaba una conversación que tuvo con Juan Rulfo en una de estas mesas: el autor de Pedro Páramo le confió una terrible historia ocurrida en Jalisco, concretamente por el rumbo de Los Magueyes. Le habló de una familia de charros que se dedicaban a matar homosexuales. En otro artículo publicado en febrero de 2011 menciona que entonces el tema de moda entre los clientes era el caso Florence Cassez, y en mayo de 2012 escribió que por acá circulaban toda clase de rumores sobre las campañas por la presidencia. Una tarde, mientras escuchábamos a Mitsuko Uchida en su estudio, Campbell me preguntó si conocía este sitio. "Me suena", respondí. "Apuesto a que no has ido", dijo él.

Tan pronto admití que tenía razón, me reveló el secreto: el Mamma Roma no existía, al menos no en un plano físico. Era una invención suya. "El nombre te suena porque así se llama una película de Pasolini" dijo.

Si en El Aleph Borges propuso una solución fantástica al tema de la muerte, Campbell ideó un antídoto mucho más cotidiano: un café ajeno a la tiranía del tiempo y el espacio. Un café donde convergieran todos los cafés. Un sitio donde pudiese recrear sus conversaciones con Rulfo, sus debates con Leonardo Sciascia, donde pudiera incluso polemizar con el joven que él mismo había sido. Con esto no estoy diciendo que las conversaciones nunca ocurrieron. (Como se sabe, Rulfo y Campbell solían charlar en un café de Insurgentes). Quiero decir más bien que, al ubicar muchos de los sucesos importantes en su vida en el mismo contexto, Campbell abrió un espacio siempre disponible para los amigos, del mismo modo que él podía sentarse a conversar con Rulfo, con Arreola, con Sciascia. Desde entonces, y por invitación suya, yo también me hice cliente del Mamma Roma. Es decir, comencé a citar en mi columna mis versiones de algunas de nuestras charlas.

Hoy el Mamma Roma está aquí, en una pensión de Buenos Aires donde me senté a redactar estas líneas que comparto con ustedes y por qué no, con el maestro, a quien ya veo acercarse, sacándose su gorra de los Yankees, mientras murmura que no hay más libertad de expresión que en el ámbito del café.

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