jueves, 11 de diciembre de 2014

La primera impresión

José González (Desde Santiago de los Caballeros de La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El día tan esperado, finalmente había llegado. Impartir clases en la Universidad Nacional -¡y nada menos que en la escuela de Posgrado!-, había sido siempre mi deseo. El sueño de mi padre, quien había ejercido la docencia por muchos años, parecía que se materializaba, y mi familia, en general, sentía honda satisfacción por el indudable éxito académico que suponía que su ilustre hijo ocupara el cargo de catedrático universitario. Luego del posgrado, que había culminado en una universidad en el extranjero, tenía la convicción de que la reciente designación para tan alta investidura en el ámbito de los estudios formales, era francamente merecida y sentía un inmenso placer cuando leía -y lo hice innumerables veces en privado- mi nombre en la resolución administrativa que me nombraba como Profesor Titular, así como en la circular que para hoy me convocaba para dar inicio al ciclo lectivo.

Salí, pues, de mi casa con el mejor de los ánimos y con suficiente tiempo de antelación para evitar retrasos. Vestía, impecable, la indumentaria formal que mi grave condición de docente exigía y me encaminé a la Casa de Estudios Superiores. Al llegar, aparqué mi vehículo en el estacionamiento de la ciudad universitaria y sólo cuando me hube apeado, advertí un leve temblor en mis manos y que estaba transpirando profusamente. Me sentía nervioso. “¡Maldita sea! -pensé- parezco un escolar; de modo entonces -me reprendí con severidad- que esa es la impresión que querés causar”. Cerré los ojos, respiré profundamente y, recobrando como pude la calma, me sequé el sudor de las manos con mi pantalón, engallé el pecho y me enfilé con determinación a mi edificio.

En el tercer piso encontré a algunos de mis colegas reunidos en la entrada de la oficina del Director; pasé frente a ellos sin detener la marcha y los saludé con una mueca que parecía el amago de una sonrisa. Cuando entré al aula percibí que el pulso lo tenía acelerado y una vez sentado en la cátedra caí en la cuenta de que la camisa la tenía mojada de sudor; sin darme tiempo para pensar, saqué los libros de texto de mi portafolios, mis marcadores, los coloqué sobre mi escritorio y una vez instalado, levanté la cabeza y vi que estaban sentados, de lo más relajados, cinco alumnos, quienes apenas si percibieron mi ingreso al salón de clases, pues se reían de cualquier cosa por la conversación informal de amigos que entre ellos mantenían. Verifiqué la hora, con los primeros latidos de pánico, y vi que faltaban diez minutos para el inicio de la clase.

Como siempre había sido muy puntual, a la hora indicada me puse de pie. -Buenos días -dije con la voz temblorosa- ante la mirada de desconcierto de los alumnos. -Estimados compañeros -comencé mi alocución sin mediar más palabras- me siento muy complacido y muy honrado porque he sido llamado a este Templo Sagrado del Saber para retribuir con mis conocimientos el favor que recibí cuando, al igual que ustedes, fui estudiante de esta que es nuestra Alma Mater. Estoy dispuesto -dije sin mirar a mi audiencia y con la vista fija a la pared del fondo como me habían sugerido para no perder el control- a liderarlos para que juntos salgamos de la caverna en donde la ignorancia nos ha mantenido sumidos. Estoy seguro -seguí diciendo de memoria el discurso que tantas veces había practicado días anteriores- que sus mentes ávidas de conocimiento recibirán con beneplácito las enseñanzas que les traigo, pues sepan ustedes… -y en ese momento abruptamente fui interrumpido por el Director de la Escuela de Posgrado, quien entró al aula sin anunciarse-.

-Licenciado -me dijo el Director con tono severo- lo he estado esperando en mi oficina desde la hora indicada en la circular, para llevarlo a su aula en el segundo nivel y presentarlo ante sus alumnos. -Haga el favor de acompañarme -expresó imperativamente, sin darme tiempo a responder, mientras salía del salón-.

Me quedé de una sola pieza, ante la mirada apenada de mi escasa concurrencia. Tragué saliva y mientras recogía mis cosas, pensando que acaso no necesariamente la primera impresión es la que cuenta, les agradecí por haberme prestado deferentemente su atención.

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