viernes, 19 de diciembre de 2014

La razón y la sinrazón

José González (Desde La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El humano -ya lo sabemos- es un ser de razón que, conforme al pensamiento ilustrado, ilumina los sinsentidos de la vida con conceptos y explicaciones lógicas y abstractas; con la luz de sus ideas se resiste a ser engullido por la oscuridad profunda de su ignorancia y refrena su excesivo ímpetu en la vida con su racionalidad pura, que hace las veces de jinete. Este es, en suma, el mundo diurno. Sin embargo, -no lo olvidemos- el humano también es, como diría Cervantes, sinrazón: es un ser emocional, apasionado y acechado por pulsiones, que anda en la vida acompañado de símbolos y de sueños e interpreta su entorno con el uso de alegorías, metáforas y mitos. Es decir, el mundo nocturno de la irracionalidad y del desfogue.

Día y noche, juntos, comprenden la integralidad del ser humano; y no puede ser de otra forma, pues la naturaleza misma, a la cual pertenecemos, es un ecosistema en el que conviven armonía y caos; vida y muerte; fertilidad y devastación. ¿Por qué reprimir, entonces, la sinrazón en favor de la razón? La razón nos ha llevado a justificar nuestra existencia y a encontrarle un propósito optimista a nuestra vida, inclusive trascendental; en este mundo diurno se niega a la muerte, a la miseria, a los misterios y enigmas y a la realidad misma. Vivimos sólo durante el día como zombis sin podernos explicar nuestra propia vida, sin darnos cuenta que muchas de las causas de nuestras imperdonables “aberraciones” provienen de nuestros instintos reprimidos.

Ver la vida desde las perspectivas racional e irracional, y conocer las leyes de ambos mundos nos posibilitaría vivir a plenitud. El ser humano es tan capaz, a la vez, de iluminar intensamente la vida con las razones como de oscurecer profundamente con las pasiones. Ya lo decía Baise Pascal: “¡Qué quimera es, pues el hombre! ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas, pobre gusano, depositario de la verdad, sumidero de incertidumbre y error, gloria y escoria del universo.”

A diario pasamos de la vida a la muerte, del mundo onírico a la realidad más cruda y de la noche más oscura al día más luminoso. La razón y la sinrazón, juntas y en convivencia constante, acaso sólo se explican en el mundo de la poesía, mediante alegorías y metáforas, y mediante ideas y pensamientos. Para muestra, el siguiente poema de Wallace Stevens.

The Brave Man

The sun, that brave man,
Comes through boughs that lie in wait,
That brave man.

Green and gloomy eyes
In dark forms of the grass
Run away.

The good stars,
Pale helms and spiky spurs,
Run away.

Fears of my bed,
Fears of life and fears of death,
Run away.

That brave man comes up
From below and walks without meditation,
That brave man.

El hombre valiente

El sol, ese hombre valiente,
acude por las ramas tendidas a la espera,
ese hombre valiente.

Ojos verdes sombríos
bajo formas oscuras de la hierba
se dan a la fuga.

Las estrellas virtuosas, pálidas riendas y espuelas puntiagudas,
se dan a la fuga.

Temores de mi cama,
temores de vida y temores de muerte,
se dan a la fuga.

El hombre valiente asciende desde abajo
y camina sin meditación, ese hombre valiente.

La interpretación que hace Stephen Burt sobre este poema, a mi juicio, es acertada y refleja el movimiento perpetuo del péndulo de la vida, entre la vida y la muerte, entre la oscuridad y la luz, y para el tema que nos ocupa: entre la razón y la sinrazón. Veamos: “El sol en este poema de Wallace Stevens parece tan grave porque la persona del poema está aterrorizada. El sol asciende por la mañana a través de las ramas, dispersa el rocío, los ojos, sobre la hierba, y derrota a las estrellas, concebidas como ejércitos. ‘Valiente’ tiene el sentido antiguo de ‘ostentoso’ y el sentido moderno de ‘valor’. El sol no teme mostrar su rostro. Pero la persona en el poema está asustada. Quizás ha estado despierta toda la noche. Esa es la revelación que Stevens guarda para la cuarta estrofa, en la que la frase ‘se dan a la fuga’, se ha convertido en estribillo. Puede que esta persona quisiese huir, pero fortalecido por el ejemplo del sol, quizás decida levantarse. Stevens guarda para el final la palabra de sonido extraño ‘meditación’. A diferencia del sol, los seres humanos piensan. Meditamos sobre el pasado y el futuro, la vida y la muerte, lo que hay sobre y debajo de nosotros. Y puede asustarnos. Los poemas, los patrones en los poemas, nos muestran no sólo lo que alguien pensó, o lo que hizo, o lo que ocurrió, sino cómo era ser una persona así, estar tan ansioso, tan solo, ser tan inquisitivo, tan bobo, tan absurdo, tan valiente.”

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