miércoles, 24 de diciembre de 2014

Laura Antillano, titiritera que enseña a leer a la orilla del cielo

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



No se me ocurre mejor definición para ella que la de titiitera o maga que es capaz de sacar palabras como conejos del fondo de una luna que lleva al hombro. Ella es una militante amorosa que anda enseñando a leer y a querer leer sobre todo, como una manera tal vez de exorcizar prejuicios y otras sombras que habitan a los seres humanos, porque finalmente la lectura es uno de los más hondos haceres de los hombres y las mujeres que siempre tiene algo de conmoción y asombro.

Laura Antillano (Caracas, 1950) es una de las escritoras venezolanas contemporáneas que más libros publicados tiene, y entre ellos hay de cuentos, novelas, ensayos y de narrativa infantil. Como si fuera poco es poeta, crítica, guionista de cine y televisión, y docente universitaria.

Integrante del grupo literario La Mandrágora como reseña el Centro Nacional del Libro (Cenal) en su página web, Laura Antillano es profesora jubilada de la Universidad de Carabobo (UC,) donde también se desempeñó como Directora de Cultura entre los años 1998 y 2000.

Es una fervorosa promotora del libro y la lectura, y cuenta de ello lo dan la creación de la Fundación La Letra Voladora, la página de La Escuela Viva en el diario Notitarde, el programa radial La Palmera Luminosa de la Universidad de Carabobo y la realización del Encuentro internacional de literatura infantil y juvenil que organiza a través de la UC, entre otros.

Egresó de la Universidad del Zulia de la Escuela de Letras, como licenciada en Letras Hispánicas y además realizó estudios de especialización en Chile y Estados Unidos. Colaboró en distintas publicaciones periódicas como el Papel Literario de El Nacional, Zona Franca, Imagen y otras revistas literarias.

Según ella misma narra, su amor por los libros viene de antes, de una biblioteca que sus padres, dedicados a la docencia, le supieron ofrecer y en la que habían cientos de títulos por donde echarse a volar para ver el mundo desde todos los ángulos posibles y por qué no, los imposibles también.



Para escribir esta reseña me acordé del título de uno de sus libros, Leer a la orilla del cielo, una antología de cuentos venezolanos para niños, con una portada en tonos sepia ilustrada hermosamente por Richard León Leonice, publicado por la Editorial El Perro y La Rana. Es que probablemente a nadie más que a un hada se le hubiera ocurrido esa imagen que nos sitúa entre lo humano y lo divino del acto de la lectura. Pero todavía más, es precisamente eso de la imagen lo que hila la obra de Laura Antillano, ella sabe escribir para que podamos leer mirando no sólo las palabras, sino que su lenguaje es de vuelos y de tacto, que se inicia desde adentro, desde lo próximo y prójimo, pero que sabe ir encontrando la voz toda, la voz junta de las calles, la memoria, la tierra, las plazas y el viento. Ella sabe de nuestro canto común y su obra va desde su orilla hasta la nuestra en un largo abrazo que nos encuentra.

Entre sus novelas están La muerte del monstruo come-piedra (1971), Perfume de gardenia (1982), Solitaria Solidaria (1990) y Ciudad Abandonada (2012). Es autora de los libros de cuentos Un largo carro se llama tren (1975), Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir (1983), Cuentos de película (1985) y La luna no es de pan-de-horno y otros relatos (2005). En su largo andar por la creación de literatura infantil ha publicado ¿Cenan los tigres la noche de Navidad? (1991), Diana en tierra wayúu (1992, con reediciones) y La araña (2010). El verbo de la madre (2005), Álbum de fotos (2007) y Libro de amigo (2007), son algunos de sus poemarios. Y en el género ensayo Laura Antillano ha escrito los libros Literatura infantil e ideología. Análisis crítico de nuestra realidad (1987); Apuntes de literatura para jóvenes y niños (1997), Elogio a la comunidad (2004) y Crónicas desde una mirada conmovida (2011).

Las piernas del bluejeans (fragmento)

"La abuela quiere que le lleven una taza de leche caliente a la cama, mamá la prepara colocando la pequeña paila sobre la hornilla, vertiendo la leche con riguroso cuidado, y parece que acariciara la cuchara cuando la usa para dar vueltas al líquido.

Yo la miro desde aquí, sentada en el pretil, puedo divisar la cocina y a ella dentro en sus movimientos lentos, hasta que llena la taza, la coloca sobre el plato y se va al cuarto de la abuela, se acerca a la cama, se sienta, y con el plato sobre sus piernas acaricia los cabellos de la abuela que en estos momentos es una niña y no abuela ni mamá. Entonces, yo regreso mis ojos para posarlos sobre este cielo abierto, inmenso, en donde las piernas de mi blue-jeans siguen flotando con el viento de atardecer, y en medio de las nubes apretaditas creo encontrar los ojos de Roberto, reviviendo esta complicidad nueva, este salto secreto, que nos hace mirar el mundo desde la baranda de un balcón.

¿Por qué mamá habla como si fuera a morirme…?"

(De Cuentos de Película (1997), editado por la Fundación Cinemateca Nacional, Caracas).

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