martes, 30 de diciembre de 2014

Los años duros

Miguel Ábalos



Estábamos en dictadura. Esa mañana de enero pronosticaba un día muy caluroso ya al entrar a la Cancillería, mi lugar de trabajo desde el año 66. Llegaba más tarde que de costumbre. Pasé por entre los veinte compañeros que trabajaban en el Departamento percibiendo la atmósfera cargada de un extraño silencio. Muchos me miraron pasar como con preocupación, pero le resté importancia y ocupé mi lugar de rutina. En menos de un minuto se acercó Mabel Barindelli, la Jefa, parándose frente a mí con nerviosismo.

-Miguel... lamento decirte... en mi despacho están dos oficiales de las Fuerzas Conjuntas que quieren hablar contigo... están molestos porque llevan casi dos horas esperándote...

Por supuesto que fue una desagradable sorpresa. Tenía total conciencia de lo que el país estaba viviendo y el hecho de que militares quisieran conversar conmigo no era nada divertido. Me dirigí con ella al despacho. Ahí estaban dos hombres de 30 a 40 años. Uno alto, morocho y otro más bajo, rubio y fornido.

-Él es Miguel Ábalos -dijo la Jefa-

-¿Nos acompaña al Comando? -dijo el rubio- queremos hablar con usted.

Obviamente dije que sí. Salí con ellos ante la mirada de curiosidad de todos mis compañeros. Subimos a la camioneta de la Fuerza Aérea que estaba estacionada frente a la puerta de la calle Cuareim. Rumbo al Comando -bastante lejos del centro de la ciudad- iba sumido en mis pensamientos, tratando de serenarme para encontrar alguna razón que me llevara a comprender el porqué de la situación, mientras ellos hablaban de fútbol y se reían de trivialidades. En ningún momento del trayecto de casi una hora me dirigieron la palabra. Yo no existía, no era nada... un bulto más que ocupaba un lugar en la camioneta.

Tenía conocimiento de muchas historias de personas que habían sido llevadas como lo hacían conmigo en ese momento, y nunca más habían aparecido. Lo había escuchado de familiares y en el Ministerio leía las denuncias de Amnistía Internacional sobre los desaparecidos en Uruguay. Mi mente trabajaba atropelladamente sin orden ni razonamiento. Cuando alguien está metido en cosas como la subversión no se sorprende si lo llevan, pero no era mi caso. Trataba de bajarle revoluciones a mi cerebro y no lo lograba. De pronto, el vehículo se detuvo frente a un enorme portón de hierro donde un soldado nos dio paso. Un trecho más adelante, bajamos ante un edificio de tres plantas. Entré con los dos milicos y al final de un largo pasillo, el rubio le dijo a un soldado que estaba de guardia fusil al hombro:

-Páselo al calabozo y vigílelo.

-Sí, señor.

Caminando delante del soldado que me guiaba, llegamos a una puerta de hierro que tenía una pequeña abertura redonda de 10cm. de diámetro a una altura de 1m70 del piso. Me hizo entrar y cerró por fuera con un pasador. Luego de unos minutos, cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad, pude darme cuenta dónde estaba. Era un cubículo cuadrado de 2 x 2 con paredes de cemento rústico. En uno de los ángulos había un retrete en el piso y en el otro una especie de cama de cemento de pared a pared, de unos 60cm. de altura. Una tenue luz entraba por la rendija bajo la puerta y a través del orificio.

Haciendo un esfuerzo logré ver la hora, eran las 11:10 de la mañana. Ahí me di cuenta que no me habían quitado nada ni me habían revisado... ese detalle de alguna manera me tranquilizó... No soy muy importante -pensé-. Me senté en el camastro y traté una vez más de ordenar mis pensamientos. Hice un esfuerzo por recordar qué había hecho en las últimas semanas, con quién había salido, en qué lugares había estado, con qué desconocidos había conversado, qué había hecho, qué había dicho... algo que pudiera darme la pauta de entender mi situación. Mi memoria -contradiciendo a mis sentidos- no podía recordar lo cercano.

Sin saber por qué apareció en mi mente Belisario Carranza. Lo había conocido por el 69 en el boliche “Alhambra” de Sarandí y Juan Carlos Gómez. Era argentino y recién llegaba de Buenos Aires. Era alto, rubio, de barba y pelo largo, buena pinta. Vestía pantalón vaquero, botas y camisa colorida... un hippy. Nos hicimos muy compañeros a pesar que yo tenía doce años más que él. Solía visitarlo en su boulin, el taller de artesano donde hacía maravillas con la chapa: anillos, pulseras, portátiles y cualquier otra pieza, brotaban de sus manos como por arte de magia.

Era estudiante de Sicología, y como tal, un idealista. Soñaba con un mundo mejor donde los hombres que lo manejaran fueran más justos. Los políticos -decía- engendran violencia con sus injusticias y su corrupción, fabrican anarquistas. Ellos son los únicos culpables de que hoy estemos sufriendo una dictadura.

El político triunfa si no tiene corazón ni escrúpulos. Todo lo que tiene que hacer es conocer bien al ser humano para aprovechar sus debilidades y sus necesidades. Lo que cuenta es el éxito, a cualquier precio: traicionando, explotando, mintiendo. Si un político es honesto, ese grave defecto lo habrá de llevar al fracaso irremediable y a ganarse el odio de sus pares... y en algunos casos, hasta puede llegar a perder la vida misteriosamente.

Nos pide el voto para conseguir un empleo de abultadísimo sueldo. Ese simpático señor que sonríe permanentemente -nunca sabremos por qué- en las campañas políticas, se entrega en fuertes abrazos con todo quien se cruce en su camino sin importarle si es viejo o joven, negro o blanco, limpio o sucio, sano o enfermo, honesto o ladrón... todos son sus amigos, correligionarios o compañeros.

Una vez cada cinco años deja de lado su clacismo y su racismo para salir a la caza del poder, compitiendo con sus contrincantes de turno en la consabida batalla recíprocamente desleal... y el más hábil en su embuste, ganará. Una vez en el poder, quien prometiera ser honesto administrador de los bienes del contribuyente, se convierte en “dueño absoluto de la empresa” y comienza a repartir nuestro dinero de la forma más favorable a sus intereses... más o menos así funciona el sistema. A esa altura, a los pobres -impotentes y hambrientos- tanto les da vivir o morir. Las Naciones Unidas pregonan los derechos humanos y la mayoría de las personas en el mundo sólo tienen el derecho de ver, oír, callar... ¡y soñar...!

Hasta ese momento yo no sabía que Belisario formaba parte de un comando Tupamaro... fue mucho después, cuando una noche llegó hasta donde yo vivía:

"Mirá, veterano -me dijo- de ser posible quisiera quedarme esta noche en tu casa... hace dos días que no puedo ir a la mía porque está vigilada. A tres de mis compañeros los mataron... sé que es algo bastante pesado lo que te pido y tampoco voy a perder tu amistad si me decís que no, estás en tu derecho... lo voy a entender, el que está metido en esta bronca soy yo y vos nada tenés que ver. Recurro a vos porque hagas lo que hagas, sé que no me vas a traicionar".

Se quedó esa noche, y al día siguiente, después de darme un abrazo, me dijo:

“Gracias, veterano... no sé si nos volveremos a ver, espero que sí. Algún día, el sol saldrá para todos”, y se marchó. Cuatro años después me enteré que había muerto en Buenos Aires... tenía treinta años.

Después de memorizar la triste historia de Belisario comprendí que esa no era la causa de mi problema. Seguí buscando febrilmente en mi memoria, algo que me diera la razón de estar en ese calabozo. En ese entonces, otros compañeros del Ministerio y yo estábamos viajando como correo diplomático. Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú eran los países con que se había iniciado el sistema. Las sacas de cuero que transportábamos -de las que éramos responsables- además de la documentación de rutina de Cancillería, contenían información militar de las tres armas: material quemante para el momento que se vivía.

La semana anterior a mi detención me había tocado viajar a Buenos Aires. Al salir de nuestra Embajada en Las Heras y Ayacucho, me encontré sorpresivamente con una muy querida amiga. No sólo nos unía una gran amistad, sino que habíamos estado involucrados sentimentalmente. Ruth es una de esas personas que al distanciarse dejan un hermoso recuerdo difícil de olvidar.

Se alegró mucho de verme y la invité a tomar un café. Durante la conversación la noté nerviosa y quise saber... Haciendo confianza en mí, me contó que su hija estaba requerida por los milicos uruguayos y ahora estaba internada en un sanatorio de Lanús para someterse a una intervención de riesgo. Necesitaba urgentemente donantes de sangre y sin titubear me ofrecí. Tomamos un taxi y nos dirigimos al sanatorio.

Claro -pensé- ahí está la clave... haber dado sangre a una persona requerida por sedición debe ser mi delito. Las consecuencias que pudiera traer no me importaron, jamás me voy a arrepentir de haber ayudado a la hija de Ruth, pensaba sentado en la cama de cemento con la espalda recostada a la pared. Mis pensamientos giraban en círculos en torno a lo que estaba viviendo... quise pensar que estaba soñando, que era una pesadilla y sin duda iba a despertar en cualquier momento.

Pero no, irremediablemente era la cruda realidad y no podía siquiera imaginar cómo terminaría... Estaba a merced de los milicos que me veían como enemigo... toda mi falta consistía en haber dado un poco de sangre a alguien que podía morirse y no sabía si eran capaces de comprender esa actitud sin mezclarme con la subversión.

De pronto sentí el ruido del pasador, la puerta se abrió y el soldado que me custodiaba me dijo que lo acompañara. Me levanté. Al salir, la luz me lastimaba la vista y me obligaba a frotarme los ojos. Caminé otra vez a lo largo del pasillo, delante del soldado que me guiaba fusil en mano. Al final del corredor me hizo detener y golpeó una puerta a mi derecha. El oficial rubio me hizo entrar y se dirigió autoritariamente a mi custodio:

-Retírese, soldado.

-Sí, señor.

La habitación era grande. Cortinas muy gruesas tapaban las ventanas y la luz del día. Me ordenó pararme a dos metros de una pared. A mi izquierda había un escritorio con un grabador de cinta grande, algunos papeles y carpetas. A mi frente había seis milicos sentados -por sus uniformes, debían ser oficiales- que me miraban con firmeza. Muy cerca, delante de mí, el milico rubio me gritó:

-¡Párese firme y no me mire a los ojos! ¿Cuál es su nombre?
-Miguel Ábalos.
-¿Nacionalidad?
-Uruguayo.
-¿Estado civil?
-Divorciado.
-¿Tiene hijos?
-Dos hijos.
-¿Dónde viven?
-En Buenos Aires.
-¿Tiene propiedades?
-No.
-¡Conteste “no, señor”!
-No, señor.
-¿Tiene cuenta en algún banco?
-No, señor.
-¿Conoce a Zulema A...... ?
-Sí, señor.
-¿Qué relación tiene con ella?
-Somos amigos.
-¿Nada más que amistad?
-Fuimos amantes.
-¿Conoce a Mirtha V... ?
-Sí, señor.
-¿Qué tipo de relación tiene con ella?
-Vivimos juntos algunos años.
-¿Conoce a Ruth G..... ?
-Sí, señor.
-¿Dónde la conoció?
-Era funcionaria del Ministerio.
-¿Cuál fue su relación?
-Vivimos juntos un tiempo.
-Parece -dijo con una sonrisa burlona y mirando a los otros- que no ha perdido el tiempo con las mujeres. ¿Esta señora tiene hijos?
-Sí, señor, una hija.
-¿La conoce?
-Sí, señor.
-¿Cómo se llama?
-Ana.
-¿Dónde vive?
-En Buenos Aires.
-¿Hace mucho que no la ve?
-La vi la semana pasada.
-¿Por qué motivo?
-Encontré a la madre y me pidió que donara sangre, la iban a operar.
-¿Sabía que Ana está requerida por sedición?
-Sí, señor.
-¿Sabe que es un delito muy grave ayudar a un requerido?
-Sí, señor.
-Y aun así, lo hizo.
-Fue un acto humanitario.

Hubo una larga pausa, luego abrió la puerta y le ordenó al soldado que me llevara. De vuelta en el calabozo me senté en la cama de cemento. No tenía la menor idea de lo que iba a suceder conmigo, no podía hacer más nada que esperar, deseaba que lo que fuera, lo hicieran rápido. El calor era intenso en ese encierro, tenía la boca pastosa y los labios resecos.

Eran las 9 de la noche, me acerqué a la puerta y por la mirilla redonda le pedí al soldado un poco de agua. No hubo respuesta. Me senté en el piso, me quité los zapatos, las medias y los pantalones y estiré las piernas. El soldado entreabrió la puerta, deslizó una botella de plástico con agua y volvió a cerrar. Tomé sin descanso más de la mitad.

Se sentía el cemento húmedo. Los nervios me habían agotado y me quedé dormido con la espalda recostada a la pared. A las 2 de la mañana me desperté con frío, la humedad del ambiente había aumentado. Me puse las medias y los pantalones, bebí lo que quedaba de agua y me acosté. Despierto, me sentía mejor con los ojos abiertos en la oscuridad.

Ese encierro me recordaba mis seis ó siete años, cuando me encerraban en la miserable pieza de lata y piso de tierra durante horas en total soledad, y lloraba hasta quedarme dormido. Después de muchos encierros ya no lloraba, tal vez no tenía más lágrimas, o me había acostumbrado y ya no me importaba. De noche contaba las estrellas que alcanzaba a divisar entre las chircas que hacían de techo, de día jugaba con las hormigas y bichitos de la tierra.

Estaba -sin saber, como ahora- impotente ante la injusticia de los que tienen el poder y necesitan usarlo para sentirse bien. Sin saber que el mayor poder es perdonar, colmando el ego y sintiéndose superior.

Por los ruidos que me llegaban me di cuenta que había amanecido, eran las 6. Pocas esperanzas tenía de que la situación pudiera cambiar, me sentía una cosa inexistente. Para el único que importaba era para el soldado que custodiaba mi celda. Me entretuve tratando de reconocer los ruidos del exterior. Era una forma de ocupar la mente para no pensar en cosas negativas. Me paré en la mitad de la celda a hacer ejercicios para desentumecer mis músculos rígidos y hacer circular la sangre.

A las 2 de la tarde del día siguiente a mi detención oí el cerrojo y al soldado ordenándome salir. Me llevó a la misma habitación del interrogatorio, pero estaba sólo el rubio sentado frente al escritorio y su semblante parecía más humano.

-Sentate -me dijo con tono tranquilo-

Así lo hice. Me acercó una hoja de papel escrita a máquina y una lapicera.

-Leéla y después la firmás.

La firmé sin leer.

-¿No querés enterarte lo que estás firmando?
-No, señor, está bien así.
-Me doy cuenta que estás muy nervioso. Lo más importante de lo que firmaste, es que estás en libertad. Y que en siete días tenés que dejar el país definitivamente... si entrás al país te encerramos de por vida. Sabemos que lo que hiciste fue una gilada, por eso te damos la oportunidad de que te vayas, ¿está claro?
-Sí, señor.
-Voy a pasar cerca de tu casa, te llevo en la camioneta.
-No, señor, no se moleste, me voy en el ómnibus.
-Te digo que voy para ese lado, vení conmigo.
-Sí, señor.

Me hicieron subir atrás. Adelante iban los mismos que me habían sacado del Ministerio. Durante el trayecto se me ocurrió que me llevaban a algún otro lado, pero a los 40 minutos me di cuenta que se acercaban a mi barrio. Se detuvieron a tres cuadras de mi casa.

-Bajá -me dijo el rubio- te dejamos por acá.
-Gracias -dije- bajé y me alejé sin darme vuelta.

Alquilaba una modesta casita de un dormitorio en el barrio Palermo. Nunca me había sentido tan sucio. Me di una ducha bien caliente, que me hizo sentir mucho mejor. Me di cuenta que tenía hambre, lo que era un buen síntoma... empezaba a normalizarme... Abrí la vieja y querida heladera que me acompañaba desde hacía años buscando algo, y encontré con alegría los tallarines con estofado que me habían quedado del día anterior a mi detención. Puse la ollita sobre la mesa y me los devoré de allí mismo, sin calentarlos, con un trozo de pan ya duro, pero todo me pareció sabroso.

Encendí la radio y me quedé sentado frente a la mesa. Ángel Vargas cantaba “Caricias” con la orquesta de D’Agostino. La vecina del fondo le gritaba a su marido, como de costumbre. Los gurises en la calle armaban el conocido griterío jugando a la pelota. La vida estaba ahí, en las pequeñas grandes cosas de siempre. Me volví a sentir vivo, con ganas de seguir luchando.

Más de una vez los imponderables que me ha tocado vivir me habían puesto a prueba y varias veces había “salvado con buena nota”. Se le puede a la vida cuando se pone toda la fuerza interior... lo imposible cuesta un poco más... Lo triste es que ya no iba a poder luchar en mi medio, en esta querida ciudad.

Tendría que irme a Buenos Aires, porque más lejos no quería. Linda ciudad, pero no como la nuestra. Su gente tiene costumbres parecidas, pero somos distintos, es otra forma de vida. Creo que la diferencia es la cantidad de habitantes, ¡un millón y medio contra diez...! A las 8 de la noche, cansado y con sueño me tiré en la cama... ¡sentí que era la más cómoda del mundo!

La luz del día entraba por la ventana cuando me desperté. Me vestí, tomé un vaso de leche y salí para el Ministerio. Mis compañeros querían saber qué había pasado con curiosidad morbosa, pero no quise contar... dije que todo había quedado bien con los milicos y que el día anterior había faltado por motivos personales. La que realmente estaba preocupada era Eliza.

Había llegado hacía tres años al Departamento y en seguida nos hicimos compinches. Eso no era extraño para ella, es una mujer que tiene la virtud de hacer amigos con facilidad por su simpatía y su generosidad para ayudar al que tenga algún problema. Pero para mí, que mi desconfianza no solía permitirme más que un trato superficial, sobre todo con las mujeres... por supuesto que lo fue. Y fue una sorpresa para todos los que trabajaban en la oficina, por los “antecedentes” de los dos.

Ella tenía una silla al costado de su escritorio, y la llamaba “la silla de mis visitas”. Rara vez estaba vacía, dando la pauta de cuánto la estimaba la gente del Ministerio y sus amigos personales, que cuando iban al Centro por algo, no dejaban de entrar a saludarla. En su silla de visitas solía sentarme cuando el trabajo nos lo permitía. Conversábamos mucho, nos contábamos cosas de nuestra vida particular, no teníamos temas tabú. Casi sin darme cuenta, Eliza se había convertido en mucho más que una buena compañera, era una verdadera amiga... un amigo. Llevábamos más de dos años de buena amistad.

Unos meses antes de mi problema con los milicos, Eliza me había entregado un sobre con una carta... no cabía en mi sorpresa cuando la leí. Me decía que hacía tiempo que venía conteniendo un profundo amor por mí, que había intentado controlarlo, y al comprender que no podía se decidió a confesármelo, aunque fuera para poner fin a una carga que ya no podía llevar sola.

Tenía 40 años, ojos grandes y expresivos, hermosa boca, pelo corto a lo “pillete”, cintura fina y espléndidas piernas: una hermosa mujer. Hoy lo sigue siendo, dieciocho años después. Aunque parezca extraño, nunca la había mirado con el fin de una conquista, tal vez porque para mí era más importante, era mi amiga, y como tal la trataba y la quería.

La carta fue algo totalmente inesperado y me conmovió. Yo tenía 50 años, y hasta ese momento nadie me había escrito algo tan hermoso, no sólo su amor, sino lo que yo significaba como ser humano para ella... Intenté mirarme y no me pude encontrar los valores que ella me veía. ¿Estaría equivocada?, la sabía inteligente como para no ver méritos inexistentes a través de un sentimiento. Me tomé unos días para serenarme... trataba de descubrir qué había detrás del sentir de esa mujer y no encontraba nada diferente a lo que me había dicho.

El instinto me aconsejó no dejarla pasar... pero me llevó años darme cuenta que estaba frente a “la mujer”, la que nunca había conocido, que había sido un elegido del destino que la puso en mi vida sin que yo hubiera hecho nada más que -providencialmente- estar en su camino. Eliza no andaba por la vida pidiendo permiso ni por favor. Es una mujer que cuando quiere algo se la juega sin medir las consecuencias, si logra su objetivo lo disfruta y si pierde asume la derrota sin derramar una lágrima. Son muy pocos ejemplares así los que van quedando en el mundo, es de una especie en extinción.

A ella le dije toda la verdad sobre mi arresto. Cuando supo que en siete días tenía que irme del país quiso ayudarme a cargar la consecuencia de mi “acto subversivo” y acompañarme en mi exilio. Pidió seis meses de licencia sin goce de sueldo, y desaparecimos del Ministerio sin decir nada. El 14 de julio, volábamos a Buenos Aires en el avión de “Arco”.

__________

Nos hospedamos en el hotel Río de la Plata de la Avda. Juan de Garay, a dos cuadras de Plaza Constitución. A los quince días nos cambiamos al Rosedal, en el mismo barrio, de tarifa más en precio. Nuestros recursos económicos no eran muchos, pero yo tenía documentos argentinos y eso me iba a ayudar a encontrar trabajo.

Lilián Camps -en esa época Ministro de nuestra Embajada- movió sus contactos para ubicar a Eliza a la altura de sus conocimientos, consiguiéndole una entrevista en una empresa importante en el Centro -Industrias Metalúrgicas Pescarmona S. A.- donde entró como secretaria de uno de los Ingenieros, con la condición de tramitar urgentemente su documento de radicación.

El trabajo era exigente, sobre todo por las diferencias de terminología dentro del mismo idioma, pero se sobraba para adaptarse. Trabajaba de lunes a viernes, de las 8 de la mañana a las 7 de la tarde, con una hora a mediodía para almorzar. Mientras tanto, nuestro Cónsul de Distrito Carlos Trianón, se ocupaba personalmente de agilizarle la radicación.

Daniel Latorre -que trabajaba de maître en el cabaret Queen- me contactó con su gerente, que estaba necesitando alguien para relaciones públicas. Había que visitar hoteles, restaurantes, conversar con taxistas, remiseros y todas las personas que tienen contacto con turistas, y entregarles invitaciones para tomar una copa en el cabaret. De lo que el cliente pudiera llegar a consumir aparte de la invitación, había un 20% para quien lo hubiera mandado y un 5% para el promotor.

Germán -más conocido por “el ruso”- era el gerente del cabaret más bonito y prestigioso de la noche porteña. Era un judío rubio, de baja estatura, de unos 42 años. Al principio de la entrevista se mostró un poco reacio a contratarme por mi falta de experiencia en ese tipo de trabajo. Tenía que convencerlo, así que le dije que renunciaba al sueldo hasta que él creyera que yo estaba rindiendo lo suficiente, mientras tanto sólo tendría que pagarme la comisión por los clientes que llegaran por mi intermedio. Ese mismo día me largué a la calle a hacer mi trabajo.

Fue una lucha ardua y tenaz porque los conserjes, maîtres y demás, se resistían. Habían sido estafados por otros que hicieron ese trabajo antes que yo: mandaron clientes que gastaron bastante y nunca recibieron su comisión. Les pedí una oportunidad de probarles mi sinceridad, ellos representaban mi único capital y no los defraudaría. Tenía la imperiosa necesidad de que me enviaran clientes para demostrarles mi honestidad.

Los primeros días caminé mucho y conversé más. Todavía no llegaba nadie al boliche con mis tarjetas, pero sentía que no podía fracasar y seguía empecinado en mi siembra.

Eliza y yo nos veíamos poco, ella volvía del trabajo cuando yo me estaba yendo y se iba apenas dos horas después de mi regreso. La situación funcional se le estaba complicando, a pesar de los esfuerzos de los diplomáticos amigos no terminaba de concretarse su radicación y eso podía costarle el empleo.

Conseguimos una habitación en el hotel Odeón de la calle Esmeralda, entre Corrientes y Sarmiento (hoy Gral. Perón), el corazón del Centro. Viejo, pero a una cuadra y media del boliche.

El Queen estaba en Esmeralda, entre Lavalle y Tucumán. Tenía su entrada muy bien iluminada y custodiada por dos porteros con físico de luchador, elegantemente vestidos. Hacia abajo, había una escalera alfombrada, bordeada de tenues luces de colores (nunca sabré por qué en la mayoría de los cabarets la entrada es hacia abajo). Al final de la escalera, los maîtres de smoking recibían a los clientes y los ubicaban donde prefirieran.

El enorme salón estaba cubierto por una mullida moquette roja. En los dos extremos, largas barras de madera color caoba con posapiés de bronce. En el centro, el escenario circular hidráulico -de unos 12 metros de diámetro- se elevaba hasta unos 2 metros del piso. Menguadamente iluminado y decorado por expertos, todo estaba envuelto en música seleccionada, proporcionada por equipos de primera calidad.

Había un plantel de 80 “chicas” -todas con “nombre artístico” y ataviadas para su función- 20 de ellas muy bonitas, 30 no tanto, y las restantes -ayudadas por la penumbra multicolor, la música y el champagne- aceptables.

Se presentaba un excelente show con figuras de primera línea. Una orquesta estable acompañaba a los cantantes y al espectacular cuerpo de baile. Desde la gerencia, al fondo del salón, se controlaba por monitores de circuito cerrado la puerta y cada rincón del lugar.

A la semana, mi esfuerzo comenzó a dar frutos, llegaban los primeros clientes de mi cosecha, y en forma progresiva se fue incrementando. Cada semana entregaba rigurosamente su porcentaje a quienes habían enviado clientes con mis tarjetas, y me fui ganando su confianza.

En IMPSA se complicaron las cosas, el asedio de los inspectores rastreando empleados fuera de planilla era muy difícil de evadir, la radicación no salía, y Eliza perdió el empleo. Eso la preocupó muchísimo porque estaba acostumbrada a mantenerse sola.
Ella se sentía mal porque yo la mantenía, y yo me sentía feliz e importante por poder hacerlo. Por otra parte -para bien de los dos- el desencuentro de horarios de trabajo ya no existía y podíamos compartir un poco más de tiempo juntos.

La condición económica siguió mejorando, y por intermedio de Beatriz Durante (la flaca Beta) alquilamos un departamento amueblado que traspasaban en Humberto Primo, a dos cuadras de Entre Ríos y San Juan, nuevamente en Constitución.

Era un edificio de principios de siglo, que había sido convento de monjas. A pesar de sus años estaba muy bien conservado y ahora, subdividido en departamentos chicos pero confortables.

Tenía una habitación grande con baño. Ese ambiente daba a un pasillo techado de 4 x 2 que daba a la cocina. Un muro alto con puerta, comunicaba con el corredor del edificio y permitía la entrada de aire y luz.

La suerte nos acompañaba, habíamos conseguido en Buenos Aires un departamento con alquiler bajo y teléfono, lo que no era fácil. Teníamos colectivos y subte a dos cuadras para llegar al Centro en 10 minutos.

Nuestra vida estaba cambiando en toda su dimensión. Los dos -que jamás habíamos imaginado que podíamos vivir en otra ciudad que no fuera Montevideo- nos encontrábamos ya injertados en Buenos Aires, hermosa ciudad poblada de buena gente recibiendo a dos extraños... otra de las sorpresas que nos mostraba la vida.

Yo no me sentía tanto como extranjero, pero estaba en un mundo distinto al nuestro tratando de ganarme un lugar -la historia no habla de débiles ni de tímidos y es en la adversidad donde el hombre mejor se conoce- lejos del elogio y la adulonería, dependía de mí.

Estaba conociendo una ciudad en la que antes había estado sólo de paso, y ahora, viviendo en ella, descubría la realidad de su gente, esa gente que es la que hace lindo o feo un lugar.

El recelo de mis compañeros de trabajo de los primeros días, poco a poco se fue atenuando en la medida en que mi tarea avanzaba.

Si a mí me iba bien, ellos ganaban más dinero: más gente en el boliche es igual a más comisión y propinas, desde el que cuida los autos en el estacionamiento hasta el gerente.

Pero lo que a mí más me importaba era saber que podía. Aunque suene un poco ególatra, va respaldado por la voluntad de triunfar hasta en las cosas más sencillas que pudiera emprender.

Los primeros meses en un trabajo que jamás había realizado, tan distinto a todo lo que había hecho en mis 50 años, sumado a que ese no era mi lugar de origen, me hacía “dar exámenes” diariamente, para mí mismo. Entonces me exigía al máximo. No era cuestión de usar fuerza física ni de aplicar conocimientos de universidad. Se trataba de unir el sentido común al ingenio que se adquiere con los años vividos en distintos ambientes, si es que se han aprovechado.

Para persuadir a los que han sido engañados de que uno es distinto hay que esmerarse, actuar según el personaje que se tenga delante, y sobre todas las cosas, autoconvencerse de que se es el mejor... una nueva experiencia cada día. Después, logrado el objetivo, la mayor recompensa será la fidelidad de quienes apostaron a nuestra honestidad.

A los cuatro meses ya estábamos viviendo sin ningún apremio económico.

Germán -“el ruso”- ya estaba convencido que mi trabajo como promotor iba a más, y sabía que mis contactos crecían. Un día, en una de nuestras charlas diarias, me dijo:

-Miguel, quiero hablarle de algo que le puede interesar, porque me doy cuenta que se ha tomado su actividad muy en serio.

-En serio y con toda la voluntad puesta en eso, es el único camino para alcanzar el éxito y hacer un mango.

-Sí, sí. Los resultados lo confirman. Lo que quiero decirle -dijo sacando del cajón un mazo de boletas- es que tengo un montón de cuentas viejas de clientes que venían asiduamente, y que un día desaparecieron dejándome estos papeles firmados que nunca pude cobrar. Ya varios lo intentaron sin suerte... como verá, no es algo fácil... si quiere probar, la empresa le da el 20% de cada cuenta que cobre.

-Es buena plata, vale la pena intentarlo.

-Bueno, le voy a dar estas cinco -las eligió del montón con una sonrisa burlona- y le deseo suerte, que es lo que más va a necesitar.

Miré las cuentas detenidamente. En cada una estaba la fecha, el nombre y la dirección del cliente, el detalle de la consumición y la firma al pie.

-Dígame, Germán, ¿a usted le interesa conservar estos clientes o le da igual?
-¿Por qué me lo pregunta?
-Porque de su respuesta depende la forma en que puedo encarar la cobranza.
-Hágalo como quiera, esta gente dejó de venir hace mucho tiempo y no creo que vuelvan más, así que me da igual.
-Muy bien, eso me facilita las cosas -me miró como sorprendido pero no dijo nada- algo más, Germán... ¿estas direcciones de dónde son?, ¿no serán de sus casas? ¡las cuentas son de champagne con chicas de cabaret...!
-¡Claro que no!, son de sus lugares de trabajo... la mayoría son profesionales o ejecutivos de gran nivel económico.

Le agradecí y salí a la calle. Eran las 4 de la tarde y las direcciones de las boletas que tenía, estaban cerca del Queen. Saqué fotocopias de todas y me encaminé a la más próxima, en Suipacha y Córdoba. Estaba -como siempre que iba a trabajar- impecablemente vestido, creo que el buen aspecto es importante. Llegué a un elegante edificio de oficinas, consultorios médicos y demás. Busqué en los nombres del portero eléctrico, encontré “Dr. Lavisky, Cirujano Plástico” y llamé.

-Sí... ¿diga...?
-Tengo un documento para el doctor.
-Por favor -dijo la voz de mujer con total seguridad- déjelo en la portería.
-Perdón, señorita... tengo orden de entregarlo en el consultorio, es importante.
-Está bien, suba -me abrió- 4to. piso, puerta B.

Arriba me recibió una recepcionista y me hizo pasar a un despacho. Todo el ambiente era de un lujo asiático. Me atendió una hermosa y elegante mujer de unos 35 años.

-Sí, dígame.
-Señorita, tengo que entregarle un documento al Dr. Lavinky... personalmente.
-Imposible -dijo con arrogancia- el Dr. está muy ocupado. Yo soy su secretaria personal... entréguemelo y le firmo lo que sea.
-Es un documento confidencial...
-No se haga problema -sonrió con suficiencia- está bien.
-Bueno... si es así...

Saqué del bolsillo del saco la fotocopia de la cuenta y una tarjeta de presentación con mi nombre, “Queen, Relaciones Públicas” y mi teléfono, mirando fijamente a los ojos a la presuntuosa mujer.

-Por favor, entréguele al doctor esta fotocopia de la boleta original firmada por él. Es del Queen, el cabaret que está en Esmeralda y Lavalle... según el detalle, consumió varias botellas de champagne con una de las chicas y nunca pagó. Y si es tan amable, hágale saber de mi parte que lo esperamos a pagar esta semana, de lo contrario dejaré fotocopias como ésta en cada una de las oficinas de este edificio. Muchas gracias.

Mientras le hablé, ella fue cambiando la expresión de su rostro, y al retirarme, quedó parada en medio del hall, muda e inmóvil.

Con las cuatro boletas que me quedaban, las situaciones fueron muy similares. Profesionales y ejecutivos imposibles de contactar personalmente, con secretarias tan bonitas que hacía suponer que otras actividades mucho más personalizadas complementaban su labor... destinatarias excelentes para mis cuentas a cobrar.

Tenía conciencia que había dejado una bomba de tiempo en cada caso. Lo que no sabía era qué tanto podía alcanzarme la onda expansiva cuando explotaran.

La mejor forma que encontré para lograr mi objetivo fue cortar por lo sano, evitando cuentos y evasivas, en una actitud inconsciente que no medía consecuencias. Ahora tenía que esperar que la próxima ficha la movieran ellos.

Años atrás había muchos cabarets como el Queen. Estaba el King, el Pussy Cat, el Karin, el Play Boy. Todos trabajaban mejor los viernes, los sábados un poco menos, y los domingos cerraban, porque los clientes lo dedicaban a sus familias. De a poco, las casas de masajes los fueron haciendo desaparecer. Hoy, al final del siglo, son un recuerdo lleno de nostalgias y anécdotas ya poco creíbles... dentro de poco serán leyenda.

Mozos, adicionistas, maîtres, músicos, chicas y demás empleados, empezaban a llegar a partir de las 8 de la noche, a poner el “circo” a punto para las 11. Yo no tenía hora de llegada ni de salida porque mi trabajo se desarrollaba casi totalmente en la calle.

Ese viernes llegué a las 0:30. El boliche estaba casi lleno, la nube de humo de los cigarrillos colgaba entre el techo y el piso, cubriendo el salón. Esa espesa niebla y lo tenue de las luces no dejaba ver con claridad hasta después de varios minutos de adaptación. Una de las chicas, al pie de la escalera, me saludó.

-¿Qué te pasó, Miguel, que llegás tan tarde?
-Tuve problemas con mi marido -le dije muy serio- se puso un poco pesado y discutimos.
-al oír eso vinieron otras que estaban cerca-
-No sabíamos que tenías marido -dijo una muy sonriente- y bueno... tenés todo el derecho de vivir con quien se te cante.

Era una forma de mantener con ellas nada más que la amistad de compañeros. Yo había ido a Buenos Aires a otras cosas mucho más sólidas que la aventura con una minita de cabaret. Además, en casa tenía alguien que me importaba mucho, no sólo porque se la había jugado por mí, sino que me demostraba en todo momento cuánto me quería.

-Miguel -dijo Jorge, uno de los maîtres- “el ruso” preguntó por vos... creo que quiere hablar contigo.

Le agradecí y atravesé el salón. Todas las mesas con botellas de champagne pronosticaban una buena noche. Toqué timbre en la puerta de la gerencia y Germán -al verme por el monitor- me abrió.

-¿Qué tal, Germán?, Jorge me avisó que quería verme.
-Hola, Miguel, siéntese.

Lo noté distinto, como preocupado. Dejó lo que estaba haciendo, se tiró hacia atrás en su sillón como preguntando algo que yo no entendía... hubo un silencio que yo interrumpí.

-¿Qué pasa, Germán?, ¿hice algo mal?
-Estoy sorprendido... y a la vez preocupado... de las cinco boletas que le di esta tarde, cuatro ya fueron pagas. Dijeron que les dio las cuentas a las secretarias y amenazó con repartir fotocopias en las oficinas contiguas si no pagaban en una semana... estaban como locos... querían saber “quién era la bestia que les mandé”...
-No pude contener la risa... al “ruso” no le gustó.
-¿De qué se ríe?
-Lo que menos quiero es discutir con usted, pero... antes de salir a cobrar le pregunté si le importaba o no conservar los clientes... ¿no es así?
-Sí... es cierto... pero nunca me imaginé que iba a hacer algo así... -sacudiendo la cabeza esbozó una sonrisa- ustedes los uruguayos... ¡siempre con la “garra charrúa”...!
-Créame, Germán, era la única forma de cobrar... pagaron, ¿qué otra cosa importa?
-A esta gente no le gusta este tipo de quilombo porque todos están involucrados con sus secretarias...
-Lo lamento mucho pero es problema de ellos y no mío. Me está confirmando que acerté, les encontré el talón de Aquiles: vienen al cabaret a escondidas de la mujer y de la secretaria... ¿y pretenden hacerlo gratis? No, si yo tengo parte de esa plata... pero, si usted quiere, nos detenemos acá. Eso sí, yo salgo a cobrar sólo con mi sistema, de lo contrario es al santo botón.
-La verdad, Miguel, que no salgo de mi asombro... siempre lo he visto tan amable, con modales de caballero... cuando los clientes me contaban no lo podía creer...
-Sólo aplico el sentido común. Soy cordial y amable con usted, con las chicas y los empleados, con el cliente que llega con el mejor ánimo de pasarla bien y reparte propina cuando se va... ninguno me molesta sino que me ofrecen muy buen trato... pero a estos “notables” que tienen la guita loca, se divierten bien caro y se borran descaradamente, hay que hacerles sentir el rigor... ¡el sabroso 20% que me toca es más que estimulante!
-Sí, tiene razón.
-¿Entonces?... ¿seguimos o no?
-Vamos a seguir... a la empresa y a mí nos interesa cobrar... y es evidente que así se cobra.
-Muy bien, cuando quiera me da unas cuentas más. Hasta luego.

Salí de su oficina y me fui a la calle. Volvía a casa contento con los resultados del día, donde me esperaba Eliza, mi compañera, mi amiga, mi compinche -si dijera solamente “mi mujer” sería muy poco- la mujer “de ley” que me apoyaba incondicionalmente.

Yo tenía conciencia de su noble actitud. Por suerte, mis 50 años me habían enseñado a reconocer el valor que tenía a mi lado y a cuidarlo como tal. Ella también había vivido lo suficiente como para sacar provecho de experiencias anteriores. Vivíamos en pareja -pasada la fase de los encuentros como amantes en que cada minuto es aprovechable- afrontando el desafío de vivir juntos.

Es común al dar ese paso que el amor de muchos quede por el camino devorado por la convivencia, y se entreguen al hastío, que es la antesala del fin. Pero, aunque nos estábamos conociendo de una forma distinta y teníamos nuestras discrepancias, nuestro sentimiento tenía la fuerza de la madurez y estábamos llenos de sueños y esperanzas.

Yo estaba sumergido en mi trabajo, buscando nuevas actividades en el boliche para ganar más, sin darme cuenta que Eliza esperaba otra cosa de mí... deseaba estar conmigo el mayor tiempo posible. No era necesario para ella que yo “salvara exámenes” de superación económica. Había abandonado por mí cosas muy queridas, como su Montevideo, sus amigos. Añoraba su ciudad, las tertulias en algún boliche con su gente. Estaba conmigo porque en la balanza, yo había pesado más en el momento de decidir, pero no por eso dejó de extrañar sus cosas.

Le di la razón mucho después, cuando realmente lo comprendí... por suerte para mí, pudo esperar que yo me despertara. Hoy, después de muchos años, reconozco que fui un afortunado porque el amor que siempre sintió por mí, es de los que no mueren jamás.

No quiero decir que haya hecho algo importante para lastimar ese amor, ¡no!... ella tampoco me lo hubiera permitido, sin duda alguna se habría marchado llevándose su amor a cuestas. Nunca tuvimos de “esas” discrepancias fundamentales de las que las parejas no pueden salir. Compartimos todas nuestras inquietudes y el tiempo nunca fue suficiente para nuestras charlas. Jamás hicimos ese silencio que indica que una pareja ya está en el “C.T.I.”.

Algunas noches ella también salía a hacer promoción para el boliche visitando conserjes de hoteles. Otras, escribía invitaciones a máquina para empresas y Embajadas. Era una forma muy positiva de ayuda, muchos clientes llegaron por esa vía y Eliza recibió sus buenas comisiones.

Yo llegaba a las 4 o las 5 de la mañana con bizcochos calentitos de la panadería que estaba frente al Queen. Me esperaba despierta para cenar y conversar hasta que nos venciera el sueño... después dormíamos hasta las 2 o 3 de la tarde.

Otras veces, me iba a esperar al bar del uruguayo Polo, un lugar muy simpático en la calle Uruguay entre Corrientes y Lavalle. Nos tomábamos unos “Criadores” y luego íbamos a cenar a “Pepito”, en Montevideo y Corrientes. “Pepito” siempre fue la cita obligada de los trasnochadores, allí se podía cenar a la hora del desayuno y ver en las mesas grupos de cantantes, actores y todo aquél que formara parte de la farándula nocturna.

Una vez, mientras cenábamos, entró al restorán un grupo de compañeros del Queen y unas cuantas chicas. Uno de los muchachos me saludó con la mano desde la otra punta del salón y noté que hubo comentarios, las chicas miraron hacia nuestra mesa... ¡era de suponer que si yo estaba acompañado, tendría que ser con “mi marido”...!

Eliza estaba de espaldas a ellos, con su pelo cortito y su pantalón vaquero. Antes de irnos, se levantó y fue al baño, al fondo del salón todavía repleto. No había nadie adentro. De repente, oyó desde el box que había irrumpido un montón de mujeres en tremenda jarana, que al verla salir, la miraron sorprendidas e hicieron silencio... eran las chicas, que corrieron al baño a ver de cerca a “mi marido”... y comprobaron que no había sido más que una artimaña del veterano mañoso. Les dijo “hola!” y volvió a la mesa muerta de risa.

De allí, con las primeras luces, salíamos a la ciudad que lentamente se ponía en movimiento para su gente diurna. Comenzaba un nuevo día... para muchos, la esperanza de algo mejor, para otros, una jornada más.

A las 7 u 8 de la mañana, nosotros nos íbamos a dormir. Encontrábamos a la señora encargada de la limpieza del edificio en plena tarea, que nos saludaba con un “buenos días”, al que Eliza contestaba “buenas noches” mal disimulando la gracia que le causaba esa situación.

Vivir en la noche tiene su encanto, la bohemia de los noctámbulos está llena de romanticismo, la penumbra nos identifica. No en vano tanto artista ha creado su gran obra en la noche. Tal vez nos despoja de las mezquindades dando paso a otros valores que no exhibimos a la luz del sol.

En diciembre, Eliza viajó a Montevideo a ver a su madre. Al descender en la Plaza Libertad del coche de “ONDA” que la había traído desde Colonia, se le acercaron dos hombres con identificación militar, que la invitaron a subir a una camioneta parada al costado del ómnibus.

Sabían de dónde venía, a dónde iba y a qué. La llevarían a su destino para conversar algo importante en el viaje. Optó por acceder y subió al vehículo. El tema era que estaban por vencer los 6 meses de licencia que había tomado. Le advirtieron que si volvía, la iban a detener. El hecho de estar conmigo fue suficiente para que la consideraran involucrada.

Llegaron a Rivera y Simón Bolívar, la ayudaron a bajar, le entregaron su valija, se despidieron amablemente y le reiteraron mantenerse en Buenos Aires al regresar de su visita. De esa forma, cortaron el cordón umbilical que la unía fuertemente a su ciudad.

De vuelta en Buenos Aires, asumió con mucha calma la situación, creo que íntimamente complacida de seguir acompañándome en mi aventura obligada... quemadas las naves, sólo quedaba continuar sobreviviendo del otro lado del río.

El que se sentía mal era yo, me pesaba la culpa de que Eliza hubiera perdido su trabajo, y el contacto con todos sus afectos de Montevideo. Nada de eso impidió que continuáramos ensamblándonos como pareja. Más allá de nuestra formación tan distinta, nuestro vínculo se iba fortaleciendo en la adversidad, que es donde se solidifican los sentimientos verdaderos.

Mi actividad en el cabaret seguía en auge, cada día llegaban más clientes por mi intermedio y el 20% de las “cuentas especiales” incrementaba mis entradas.

De Alberto Contini tenía solamente un número de teléfono. Siempre atendía una mujer que me decía que Alberto estaba en el campo. Insistí, hasta que un día lo encontré.

-¿Está el señor Alberto Contini?
-Con él habla.
-Qué bien, hace 15 días que trato de comunicarme con usted. Tengo una cuenta del Queen que me dio Germán... ¿cuándo puedo pasar a cobrarle?
-¿Cuenta del Queen?...yo no le debo nada a Germán.
-Perdón... tengo en mi poder el original con su firma.
-Puede ser, pero por ahora no pienso pagar nada.
-Está bien, tiene una semana para pasar por el boliche a pagar. Si no lo hace, le voy a entregar la cuenta a su mujer.
-¿Vos estás loco? -me gritó- si hacés eso te puede ir muy mal, ¿sabés?

Colgó el teléfono de un tubazo. Era evidente que no tenía intención de pagar ni me creía capaz de cumplir mi amenaza. Tenía que conseguir la dirección de su casa. Como la guía telefónica bonaerense no me servía para eso, había que ingeniárselas...

Al día siguiente, Eliza llamó a lo de Contini. Hábilmente, se hizo pasar por funcionaria de la compañía telefónica, le dijo a la señora que había una conexión cruzada con otro abonado, que las llamadas de ambos se estaban acumulando en las dos facturas y que para corregirlo necesitaba el domicilio. Logró su cometido.

Dirección en mano, a los pocos días la fui a ver. Era un hermoso edificio en Barrio Norte, una de las zonas más elegantes de la capital. En la timbrera de bronce reluciente figuraba “Alberto Contini” en el piso 7. Una voz de mujer atendió mi llamado.

-Traigo un sobre para el señor Contini.
-Por favor -me dijo- déjelo en la portería.
-Perdón, señora, debo entregarlo en su casa.

Me hizo subir. Me estaba esperando al pie del ascensor. Le entregué un sobre abierto con la fotocopia de la cuenta y una de mis tarjetas, por si el señor Contini quería hablar conmigo a su regreso. Le agradecí y me retiré. Una semana después, a las 8 de la noche, sonó el teléfono en casa.

-Quiero hablar con Miguel Ábalos -dijo una voz de hombre con tono agresivo-
-Soy yo, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
-Le dejaste la cuenta del Queen a mi mujer, nomás...
-Sí -opté por tutearlo también- te lo advertí si no ibas a pagar...
-Bueno, vas a “tener el gusto” de verme -dijo amenazante- te espero en casa, ¡ahora!
-Salgo para ahí.

La verdad es que nunca había sido “matón”... había defendido mis derechos “echando el resto”, pero esto era distinto. No me gustaba nada la situación, pero ya había ido muy lejos para volver atrás. Tenía que seguir hasta el final para que todo el respeto y el lugar logrado en el boliche no se me fuera por el caño.

Le conté la conversación a Eliza y me miró como diciendo “¿y ahora?” Me vestí lo más elegantemente posible y antes de irme le dije: “No sé lo que podrá pasar. Si no estoy de vuelta en 2 horas, buscame por las comisarías o los hospitales...”, le di un beso y me fui.

Todos los edificios de Barrio Norte estaban iluminados. Toqué timbre en el piso 7.

-Aquí Miguel Ábalos -me anuncié-
-Subí -dijo Contini haciendo sonar el timbre del portero eléctrico- te espero arriba.

Empujé la puerta, entré y llamé el ascensor. Esperé 3 ó 4 minutos, volví a apretar el botón, pero no bajaba. Volví a la timbrera de la puerta.

-Soy yo -dije-
-¿Qué? ¿tenés miedo de subir?
-¿De qué miedo me estás hablando? -retruqué con firmeza- ¡el ascensor está atascado!
-Está bien, bajo yo.

Me quedé contra la puerta, de espaldas a la calle. Sabía que no bajaría por el ascensor que no funcionaba, pero no tenía idea de dónde podía estar el de servicio.

En pocos minutos tuve a Alberto ante mi vista, no podía ser otro a pesar de que no lo conocía... su forma de mirarme no dejaba dudas. Era un hombre joven, muy alto y fornido, quemado del sol.

-No subí porque el ascensor no funciona, no por otra cosa -me adelanté a decirle mientras lo miraba fijo, tratando sicológicamente de darle impresión de seguridad, mientras pensaba que si ese tipo me empezaba a pegar no quedaría nada de mí-
-Se está trabando con frecuencia -me dijo- en cuanto a la cuenta, te voy a dar un cheque por el total, y decile a Germán que lo creía un amigo, que nunca me imaginé que le podía mandar la cuenta a mi mujer... que nunca más le piso el boliche.

Tomé el cheque, me despedí y salí lo más rápido que pude. Mientras caminaba a tomar el colectivo no podía creer que todo hubiera ocurrido de forma tan pacífica, no salía de mi asombro... esperaba otra reacción. En Montevideo nunca hubiera salido a cobrar ese tipo de cuentas, la respuesta del uruguayo podía ser cualquier cosa menos pacífica... más bien que me habrían roto los huesos.

Otro deudor fue Julio Larraín, un tipo pintoresco. Después de rastrearlo por varios lugares que solía frecuentar, fui a su casa en “La Lucila”, Provincia de Buenos Aires, a unos 35 Kms. de la Capital Federal. A mitad del camino se desató la fuerte tormenta que amenazaba desde temprano.

A las 9 de la noche, cuando llegué al coqueto y pequeño chalet adornado con un lindo jardín, la lluvia era torrencial y el viento bastante fuerte.

Llamé a la puerta totalmente empapado a pesar del paraguas. Se encendió la luz del porche y me abrió un hombre de unos 45 años, de estatura media, grueso, de cabeza grande y calvicie incipiente, de barba renegrida y espesa: Julio Larraín.

-Buenas noches -dijo- aunque no sean tan buenas...
-Buenas noches, mi nombre es Miguel Ábalos... vengo por la cuenta del Queen.
-Ah, sí... mi señora me habló de usted... pero, pase, que no está para conversar en la puerta.

Agradecí, cerré el paraguas y lo recosté a una de las paredes del porche. Adentro, la estufa a leña encendida daba al ambiente una tibieza acogedora. Dos chicos de entre 7 y 9 años jugaban sobre una alfombra con un enorme perro que se prestaba a sus travesuras.

-Tome asiento.
-Gracias, mejor no... estoy empapado y voy a mojar el sillón.
-Por favor, hombre, no se haga problema... ¡Marta! -llamó- él es Miguel, el que habló algunas veces contigo -dijo sonriendo a la mujer de unos 30 años, delgada, bastante bonita- por favor, traele una toalla para poner en el sofá, ¡si no, se va a quedar parado!

Le extendí la mano. Ella me saludó con una sonrisa, enseguida cubrió el sofá con una toalla y se llevó los chicos con el pretexto de darles de comer.

-Le agradezco la gentileza de hacerme pasar a su casa.

-¿Y por qué no?, el hecho de que me venga a cobrar una cuenta no quiere decir que sea mi enemigo... además, soy conciente de que le debo dinero a Germán... lo que pasa es que he tenido algunos problemas económicos.
-Yo sé que mi tarea es bastante ingrata -le dije- pero es una forma de ganarme la vida.
-¿Sabés una cosa? -dijo tuteándome- me caés bien. Me consta que hace tiempo que andás en mi busca... y además, te largaste desde la capital con esta lluvia de locos -sonrió- es evidente que estoy ante alguien muy persistente.
-Es verdad. Pongo toda mi voluntad y mis fuerzas en las cosas que hago... es una forma de estar conforme conmigo mismo.
-¿Sos de provincia?
-No, soy uruguayo.
-¡Ah!, ¡ahora tengo un panorama más claro!, son simpáticos los uruguayos, generalmente vehementes y con gran voluntad para vencer adversidades.
-Tal vez somos así porque un país tan chico nos obliga a superarnos...
-Miguel, ¿te tomás un whisky?
-Bueno, te agradezco.
-¿Tenés la cuenta ahí?, la verdad, no me acuerdo la última vez que fui al boliche.

Saqué del bolsillo el sobre con la fotocopia y se la entregué.

-¡Uy!, ¡son unos cuantos pesos!... en esa fecha estaba peleado con mi mujer y mi distracción era ir al Queen... por suerte superamos los problemas, ahora estoy haciendo una vida tranquila.
-Por lo que veo, acá se respira un ambiente muy agradable... una linda señora, dos hermosos hijos, todo ese conjunto se conjuga con felicidad.
-No te equivocás, somos felices. Si en algún momento estuvimos mal fue únicamente por mi culpa... pero es cosa del pasado. En cuanto a la cuenta, te la voy a ir pagando en la medida de mis posibilidades... hoy no te puedo dar nada, pero la semana que viene te entrego una parte.
-Está bien, Julio, el asunto es que estás dispuesto a pagar.
-Te voy a dar un teléfono donde me podés encontrar todas las tardes, ¿de acuerdo?
-Muy bien. Muchas gracias por tu atención, ahora me voy, dejo un saludo para tu señora.
-Chau, Miguel.

Me fui pensando en que Julio Larraín era totalmente distinto a todos los que había visitado por las deudas, a mí también me había caído bien.

Los primeros meses del año 84 ya se vislumbraba que iba a haber grandes cambios en el cabaret. Se comentaba que el propietario estaba pasando por un mal momento económico y quería vender la mitad del boliche. Se decía también que el posible comprador iba a traer a su propia gente.

Ante esa eventualidad, gestioné la libreta de conductor profesional, que me permitiera manejar cualquier tipo de vehículo.

Al poco tiempo, el rumor se hizo realidad. Sorpresivamente, fue cortada la cúpula que administraba el Queen: el gerente Germán y Fernández, el “segundo de a bordo”. También a los dos maîtres y a mí, nos llegó el telegrama colacionado con el cese.

A esa altura ya tenía total conocimiento de cómo funcionaba la cosa en ese tipo de lugares: llamé a Larraín para darle la noticia de que Germán no pertenecía más al Queen ni yo tampoco, así que... ¡el saldo de su deuda estaba cancelado!
__________

Tomamos mi despido con calma. Teníamos algún dinero ahorrado como para no enloquecerse mientras salía otro trabajo.

Disfrutamos unos días de total libertad y pude dedicarle a Eliza todo el tiempo que mucho se merecía y que tanto deseaba.

Diez días después, en Turismo, me ofrecieron la suplencia de un taxi por la semana. No era mucho lo que conocía de esa enorme ciudad pero me las arreglé para que el pasaje me indicara el camino, y a la vuelta, si me había alejado mucho del Centro, buscaba las avenidas importantes para orientarme.

No queríamos que el horario de trabajo volviera a separarnos, por lo que teníamos en mente emplearnos juntos. Con ese fin, fuimos a una de las tantas agencias de empleos.

La encargada quedó muy bien impresionada con nosotros por nuestra buena presencia, la forma de expresarnos, los conocimientos que teníamos. Le pareció excepcional que personas con nuestro nivel quisieran realizar ese tipo de tareas. Se informó de lo necesario y publicó un aviso en la prensa, un poco especial por la variedad de lo que ofrecía.

Al día siguiente lo vimos: “Se ofrece matrimonio para trabajar en casa de familia. Muy buena presencia y amplia cultura. Él para chofer, mayordomo, jardinero y mantenimiento. Ella para institutriz, cocinera y demás quehaceres.”

A los dos días la agencia nos comunicó que había interesados, a los que entrevistaría para elegir al más conveniente. Nos llamaría luego de finalizar los trámites.

Una semana más tarde, el 1ro. de mayo del 84, nos dirigíamos al 6to. piso de un lujoso edificio en Martínez, zona norte del Gran Buenos Aires, residencia de nuestros posibles empleadores. Eran ingleses que se decían escoceses por temor a las represalias, ya que estaba muy fresca la trágica guerra de las Malvinas.

Nos recibió el matrimonio, de aproximadamente 45 años. Hubo una charla de media hora, en la que el hombre se limitó a formular las preguntas de su interés. Dijo que de concretarse nuestro contrato, trabajaríamos en la casa que habían comprado en Vicente López (también en la zona norte pero más cerca del Centro) donde se estaban haciendo algunas reformas. El sueldo sería el equivalente a 600 dólares, más vivienda y alimentación.

Todo había quedado resuelto y ambas partes estábamos de acuerdo, entonces, al final de la entrevista le dije -en tono divertido- que ya que habían recabado información sobre la clase de personas que éramos, no estaría mal que tratáramos de buscar información similar sobre ellos. “Nunca sabemos qué clase de personas son nuestros empleadores -dije- sería bueno hacerlo aunque no se estila ya que se corre el mismo riesgo de ambas partes”.

El hombre sonrió y miró a su esposa, tomando mi discurso como una simpática broma. Cuál no habrá sido nuestra sorpresa -a muchos años ya de estar viviendo en Montevideo- cuando nos enteramos por unos amigos porteños que el inglés ¡estaba preso por tráfico de armas...!

La familia estaba integrada por el matrimonio y sus cuatro hijos -dos mujeres y dos varones- entre los 20 y los 12 años.

Poseían miles de hectáreas de campo en Córdoba, una empresa de importación y exportación y acciones en varias compañías; dos coches alemanes, uno nacional para los chicos y una avioneta en Don Torcuato para sus viajes a Córdoba.

Los 600 dólares pagaban nuestro trabajo ininterrumpido de 16 horas como mínimo, con los domingos libres para descansar y recuperar energías para comenzar el lunes en condiciones razonables. De todas formas era buen dinero que se ahorraba todo porque no disponíamos de tiempo para gastarlo.

Al comenzar nuestro trabajo en esa mansión, acordamos con Eliza que nos quedaríamos 8 ó 9 meses, hasta ahorrar una suma suficiente para movernos en Montevideo conforme pudiéramos volver.

La situación política en Uruguay mejoraba. Los milicos habían liquidado la sedición. Los que no estaban bajo tierra estaban presos, por lo tanto, habían llegado órdenes del exterior de llamar a elecciones.

Los políticos afilaban sus uñas para entrar con todo, ya que habían estado más de 10 años fuera del poder y así mermado sus patrimonios. Estaba todo dispuesto para que en noviembre del 84 hubiera elecciones.

Nos levantábamos a las 6 de la mañana y tomábamos mate en una habitación contigua a nuestro dormitorio. Eliza comenzaba con el desayuno de la familia para luego, mientras yo llevaba a dos de los hijos al colegio, ocuparse de los 5 baños de la casona antes de preparar el almuerzo.

A mi regreso, yo pasaba la aspiradora por las dos plantas. Al mediodía servía el almuerzo que Eliza había preparado para los comensales anunciados por la dueña de casa, levantaba la mesa y comíamos... siempre que no hubieran traído uno o más “convidados de piedra”. En ese caso, como las fuentes volvían vacías, tomábamos leche y galletas, no podía pretender que Eliza cocinara otra cosa para nosotros atrasando sus siguientes tareas en la casa.

Por la tarde trabajaba en el parque: el césped, las flores, los árboles. A las 6 iba a traer los chicos del colegio, me daba un baño y me preparaba para servir la cena.

A todo esto, Eliza había terminado con la limpieza y la ropa, horneado algo dulce para el té de la familia y encaminado el menú de la noche. En días comunes, nos íbamos a dormir después de las 11.

A una de las tantas reuniones acostumbradas, una noche concurrieron 20 invitados. Era una cena de altos ejecutivos y políticos de los que venden influencias. Preparé dos enormes mesas en el comedor grande y conduje los 25 Kms. hasta el Centro en busca de un invitado que se alojaba en el hotel Plaza, de Florida y Santa Fe. Era un profesor canadiense muy amable y simpático que hablaba correctamente el castellano.

En el viaje de regreso a Vicente López conversamos cordialmente de historia, de filosofía, de fútbol. Le llamó la atención por el nivel de mis conocimientos que trabajara de chofer. Lo dejé en la puerta principal, donde lo esperaban los anfitriones y se despidió de mí con un apretón de manos.

Entré el coche y fui al dormitorio corriendo, quitándome por el camino el uniforme de chofer para disfrazarme de mozo, la hora de la cena estaba muy próxima. Pantalón, zapatos y moñita negros, camisa y saco blancos, me ponían en condiciones de entrar al comedor a dar los últimos toques a las dos mesas finamente tendidas.

A todo esto, Eliza había horneado un enorme pavo relleno, cocinado una variedad de platos para guarnición y preparado dos postres diferentes, ayudada únicamente por sus conocimientos de matemáticas que le permitían cocinar para 6, para 20 o los que fueran sin que sobre y sin que falte, jactándose orgullosa con un “sólo es cuestión de regla de tres”. Ya estaba maquillada y había cambiado su indumentaria de cocina por el “traje de sierva fina” -como le llamaba al uniforme negro con ribetes y delantal de broderie blanco- para ayudarme a servir.

En pocos minutos, convoqué a los dueños de casa y sus invitados a cenar. La señora con una seña me ordenó servir. Mientras lo hacía, el profesor me observaba con curiosidad y sorpresa, con expresión algo interrogante. Me di cuenta que el canadiense me veía cara conocida y no lograba admitir que el chofer y el mozo fueran el mismo hombre. Ya al final de la cena, cuando todos pasaban al living, nos acercamos a ofrecerle café.

-Gracias -me dijo- ¿nos conocemos de algún lugar?
-Sí -le sonreí- lo traje desde el hotel Plaza hace unas horas.
-Claro... su cara me era familiar... su ropa en este momento me confundió -parecía contento de haber resuelto el gran dilema- ¡el chofer...!

En ese momento pensé en decirle que la señora que me asistía competentemente con la bandeja del azúcar y la crema era la misma que había preparado la cena que tanto habían ponderado... pero opté por no complicarle más la vida.

La gente del primer mundo ha calificado a través de la historia a los latinoamericanos como de muy baja categoría. Para ellos seguimos siendo los indígenas que sometieron en tiempos pasados. La mayoría sigue siendo racista y clasista ante cualquier hombre de tez morocha, nos subestiman en la creencia de que nacimos para ser sus sirvientes.

Esa situación sicológica más de una vez creó inconvenientes en el tratamiento empleado-empleador. En cada oportunidad que se hizo necesario -ante una orden dada con cierta agresividad despreciativa- les dejábamos muy en claro que les estábamos vendiendo nuestro trabajo. Cuando decidieran dejar de comprarlo, todo lo que debían hacer era decírnoslo, y contrato concluido. Esa transacción de compra-venta de servicios no incluía malos tratos ni implicaba el servilismo de la esclavitud.

Esa forma de enfrentamiento osado no era de su agrado, pero era la manera de mantenerlos en su lugar de empleadores, sin pasarse a propietarios de nuestras vidas. Si bien aceptaban nuestro argumento, era más fuerte que ellos, estaban habituados de toda la vida a tratar a sus empleados de esa forma, y de tanto en tanto, reincidían.

Un día, una actitud similar tuvo la hija mayor, e inmediatamente juntamos nuestras pertenencias y nos marchamos sin explicaciones inútiles, dejando atrás a la familia de los ingleses.

Por ese motivo volvimos a casa antes de lo previsto, fue en los primeros días de noviembre del 84. Sabíamos por la prensa argentina que Uruguay se estaba tranquilizando y muchos exiliados como nosotros estaban regresando al país.

El corto viaje de vuelta se hizo interminable, no veíamos la hora de pisar el suelo de nuestra querida Montevideo.
__________

De vuelta en casa, empezamos los trámites para nuestro reingreso a la Cancillería, amparados en la recién votada “Ley de destituidos”.

Con el rótulo de “Renuncia compulsiva” se inició el expediente que, con las declaraciones de los testigos citados -especialmente la del Consejero Mabel Barindelli -la Jefa cuando mi detención- culminó satisfactoriamente sin salir del Ministerio.

El tiempo que duró el papeleo, vivimos -de lo ahorrado en Buenos Aires y alguna changa- en la casita de la Barra de Carrasco, que don Julio Oliver había comprado hacía muchos años “p’a la gurisa”.

Los primeros días de febrero del 86, ya estábamos trabajando.

Aquí siguió nuestra vida, en esta casa que la memoria de don Julio -a quien lamentablemente no alcancé a conocer- ilumina todos los días.

17 años después, con el aval de todo lo vivido, los proyectos de futuro y el sentimiento que nos une, somos felices.
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Mi más profundo agradecimiento a la gente de la hermosa ciudad de Buenos Aires, que me brindó su solidaridad y amistad en un momento muy difícil de mi vida, sin importarle que no fuera de los suyos.

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