jueves, 11 de diciembre de 2014

Los extraterrestres que nos habitan

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Siempre vamos tras de lo incierto, ingenuo e inseguro. La mayoría de la gente piensa en el más allá olvidando el más acá, mirando el espacio sideral no dándose cuenta de esa caca que está pisando y de todas esas toneladas de mierda con que inundamos los océanos y la tierra con miles de onzas de basura y cientos de barriles de contaminación mortal.

Nos encanta mirar al cielo a través del pico del pájaro o del espolón del barco. Otros, atolondrados, miran las columnas que sostienen las catedrales y palacios que tienen el fuste adornado con rostros o espolones y, también, la corona real que se da al primer pirata porque saltó a bordo de la nave pirata enemiga.

“Hay como un rostrillo, adorno de cara que se pone a las imágenes, en el espacio sideral” dicen que dijo J.B. Rossi, profesor de lenguas orientales en Burgos, siglo XVIII.

Un espacio sideral, que es el trasero del Planisferio en banco de arena en el fondo del mar, cual masa carnosa del feto astral a que está unida la semilla de la Vida en pizzicato o trozo musical que se ejecuta pellizcando las nalgas a uno u a otra en terreno de aluvión donde se hallan pajuelas o pepitas de oro.

El Universo todo es una rueca de cinco o seis mazorcas hiladas junto a si, para que parezca terrenal. El cielo toma la postura del gimnasta teniendo el aire en sentido horizontal, siendo su único apoyo el que le dan las estrellas o uno de los cualquiera planetas que cual madero redondo en rollo de tres a ocho varas de largo y nueve o quince pulgadas de grueso le sostienen en andamio que se cuelga del costado de Luna para que se sitúen las constelaciones en cada uno de los peldaños cuando tienen que trabajar para el arreglo de la Tierra.

“Los extraterrestres nos habitan” que ya lo dijo estando en Toledo el infante don Alfonso, huido de su hermano el rey don Sancho, que saliendo una vez a caballo con el rey moro Alimaimón, uno de los moros que siempre le iba detrás, hablando de la gentileza y buena postura del infante, le vio una guedeja levantada en la cabeza y agarrándole del pene erecto dijo al que iba a su lado:

-Este ha de ser un gran rey extraterrestre, pues quien tuviere remolino en la testa y la picha tiesa siempre irá y vendrá de la guerra de fiesta.

Y así lo fue, pues ganó Toledo días después.

Sin embargo, los extraterrestres son eternos aburridos y sus mujeres siempre hablan para casar una hija. A los extraterrestres, en el baile, siempre les falta pareja, y planchan el cielo haciendo alarde de valientes o de aventajados en algo. Por eso, y debido a nuestras carencias, pensamos que los extraterrestres son más guapos y más listos que nosotros que no tenemos luz propia, pero ellos sí pues la reciben de la Banca, las Cámaras o los templos, cagándose en el Sol.

Un abad, que tenía amores con la mujer de un cencerro, dice que los extraterrestres viven en Júpiter, en Saturno o Neptuno, en Urano, Venus, Marte o Mercurio, Y es mentira, pues en la noche, cuando salía a los trigos el cencerro, que era agricultor y ganadero, siempre veía como dos culos que sonaban como bueyes haciendo el amor y, oyéndoles, se decía a sí mismo:

-Esos son extraterrestres, no hay duda.

Y se volvía a casa contento, pareciéndole el trigal como el plano de una iglesia cantando de plano, atravesando él su atrio, la puerta de la fachada, la nave principal, el crucero y las capillas absidiales donde los dos extraterrestres en siete vaciaban una barreña y en siete la hinchaban por la noche hasta el amanecer del día.

-La traza o diseño de los extraterrestres yo me lo sé, me dijo en París y en su Barrio Latino visitando librerías de español traspuestas que como las plantas ni crecen ni medran, un amigo hijo de exiliado.

-¿Cómo es eso?, le pregunté yo.

Me respondió:

-Cuando las aguas turbulentas del levantamiento nazi-o- naa volvieron a su cauce,, volví a casa de mis padres en Ontiñena, un pueblecito de Huesca, en Aragón. Cuando entré en el zaguán, primera pieza de la casa en que está la puerta que da a la calle o al campo, un palomo que tenía el buche pequeño y alto voló desde una vasija Neolítica de arcilla, ejemplar muy curioso, rodeada de fragmentos de loza ornamentados con grabados o incisiones de líneas y puntos, restos, sin duda, de otras tinajas, vasijas y tazas rotas adrede.

Hizo una pausa, y siguió:

-Miré por dentro la vasija y cual fue mi sorpresa que vi una mierda enchorizada hilada de días de guerra en cruzada y cagada de meses. Debajo estaban los chorizos y costillas aceitados de la última matanza descolorida. Ni el rey de Inglaterra, ni el duque de Normandía, ni el conde de Beane, ni el mismo Napoleón hubieran hecho esto, pero sí el rey Alfonso de Castilla y todos sus secuaces, como los generales asesinos postreros, que lo hicieron por humillar aún más al pueblo, pues me cuentan que lo hicieron igualmente en otras muchas casas de otros pueblos.

-También, prosigue, me encontré en un papel de estraza unas letrillas que cantan:

“Soy Caca nazi-o-naa, cual cerco o uña de solípedo extraterrestre que circula entre fluidos orgánicos vegetales o animales que nos habitan, y podéis probarlo pasándole la lengua de nuestras comunidades que ya lo hicieron Vasco de Gama, Vasco Núñez de Balboa, Vasco Pérez de Meira, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, Prim y el General Esparteros, y muchos otros más”.

-Entonces, le pregunto yo, ¿Quiénes son, dónde están los extraterrestres?

-Los extraterrestres, responde, están en este cuerpo, el tuyo y el mío, que nos habita.

Se atusó el remolino de la testa, pero yo no le agarré del rabo, ¡no faltaría más!

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