viernes, 19 de diciembre de 2014

Sofía: Una inmigrante rusa

Rodolfo Bassarsky

En alguna ciudad occidental de Ucrania o quizás de Bielorrusia se encontraron los alemanes Bassarsky, apellido de origen ruso y los rusos Fucks, apellido de origen alemán. No era raro que por entonces se dieran estas situaciones curiosas en razón del activo tráfico entre Alemania, Polonia, Lituania y Rusia. Corría el año 1901.

Los Bassarsky tenían un hijo, Rodolfo, de 34 años y los Fucks tenían 2 hijas, Ruth de 17 y Sofía de 14 años. Hubo desde el principio una buena sintonía entre ambas familias tanto entre los mayores como entre los jóvenes. Pasaban momentos muy agradables en encuentros familiares, generalmente en casa de los Bassarsky.

Ruth era menuda, de cara redonda, ojos risueños, sumisa y delicada. Sofía, de facciones indudablemente semitas, tenía ojos vivaces, cuello más bien largo y elegante, labios gruesos y una belleza poco común. De temperamento notablemente más fuerte que el de su hermana mayor. Hablaba poco y lo necesario, con gran firmeza y talante persuasivo.

Rodolfo, moreno, alto, delgado, de pelo renegrido y grandes ojos oscuros, tenía una mirada serena y hablaba pausadamente. Inspiraba confianza y derrochaba simpatía. Era un tipo extrovertido, un gran conversador.

La casa de los Bassarsky, de amplias galerías, interminables corredores y múltiples rincones, era una vivienda acogedora que se prestaba magníficamente para encuentros íntimos y gratos. Se hacía evidente que entre Rodolfo y Ruth había cierto acercamiento especial, con toda seguridad inducido y estimulado por los padres de ambos. Los mayores veían con simpatía una posible alianza entre ambas familias. La mamá de las chicas solía llevar leikaj para el postre y la mamá de Rodolfo cocinaba gefilte fish, varenikes, borsch y varios otros platos típicos de la cocina judía askenazi tradicional.

Sofía era hábil para las labores manuales. Aprendió desde muy pequeña a bordar y sus trabajos eran apreciados por todos. Entrelazaba finas hebras con destreza, buen gusto y delicadeza. Se podía adivinar una cierta envidia de Ruth por tales condiciones de su hermana. Ruth era caprichosa y de llanto fácil, en cambio a su hermana menor pocas veces se le caía alguna lágrima.

Rodolfo percibía que Sofía, silenciosamente pero con actitudes elocuentes, lo admiraba, lo respetaba y muy probablemente, lo amaba. Un buen día la encontró en algún rincón de la casa y sorpresivamente la besó en la nuca. Sofía se volvió, lo miró fijamente y sonrió. De esta manera se concretó la traición a Ruth y se dio formal comienzo a un amor que acabó dando frutos. Sofía ya tenía 16 años.

Finalmente los padres cedieron ante la contundencia de los deseos de Sofía y Rodolfo. Se celebró una boda de clase media acomodada en el marco de un típico ritual judío.

Él era un buen comerciante y había aprendido el oficio de sastre militar. Ella, que había completado un curso en una escuela de corte, costura y confección, ya podía considerarse una buena modista. No faltaba el dinero en casa de los Bassarsky Fucks, tampoco sobraba. Un buen día surgió una oportunidad tentadora que colmó la ilusión del matrimonio. Por intermedio de un amigo viajante, Rodolfo se enteró de la posibilidad de instalar una sastrería militar en Harbin, una muy lejana ciudad en la Manchuria china. Tendría en la zona un mercado casi cautivo y de un alto poder adquisitivo. La demanda era importante debido a los frecuentes conflictos bélicos regionales entre China, Japón y Rusia por aquellos años convulsos. No fue fácil la decisión. Sofía y Rodolfo armaron el equipaje, vendieron su casa e invitaron a la ya “solterona” Ruth a que los acompañara.

Instalados cómodamente en Harbin, les resultó sencillo montar la sastrería y comenzar a fabricar y vender desde el primer momento. El negocio prosperó rápidamente. Poco tiempo después de haber llegado a Harbin, nacieron los dos primeros hijos del matrimonio, David y Jaime.

Sofía trabajaba de manera más bien independiente en la sastrería y su producción era de calidad y muy ponderada por su marido. Asumió con seriedad y firmeza el manejo de la casa. Era ordenada y obsesiva. Sus indicaciones a la criada del servicio doméstico eran tajantes y en tono autoritario. Tenía también sometida a su hermana a quien no le permitía disentir ni tomar ninguna iniciativa. Todo lo escrutaba con la lupa de su criterio y hablaba con la firmeza de una seguridad infalible. La mantelería y la vajilla fina, las copas y los cubiertos, eran su obsesión especial. Exigía un cuidado minucioso de cada uno de los objetos de cristal, porcelana o plata y a veces los contemplaba relucientes, durante varios minutos. Con sus hijos era más bien benévola y tolerante. Los solía mirar y escuchar desde el ventanal de su habitación mientras retozaban y jugaban en un jardincito interior de la casa. El contacto físico cercano con ellos no era frecuente pero cuando los tenía con ella, los abrazaba y besaba con cariño y a veces se dormían en su regazo.

David era un chico endeble que padecía resfríos muy a menudo. El clima frío de Harbin, la capital del hielo, no era el más apropiado y su mamá, consciente de ello, trataba de abrigarlo bien y ponía especial atención en su alimentación. El médico de la familia les había advertido a los padres sobre la vulnerabilidad de la salud del niño.

Una mañana Sofía escuchó un grito ahogado cercano. Salió al jardín y encontró a Jaime tendido en el suelo, babéandose y convulsionando, inconsciente. El médico acudió rápidamente y al ver una lesión en la piel del tobillo, diagnosticó rabia por mordedura de una rata. Jaime murió en el trayecto, durante el viaje en tren a una ciudad cercana donde había vacuna. Por entonces no era habitual que los centros médicos contaran con esta vacuna cuya primera aplicación había sido en París en 1885. Sofía desconsolada, estuvo a punto de perder el control.

Unos días después, una vez realizado el trámite para el traslado del cuerpo, volvieron a Harbin en donde les esperaba una terrible sorpresa. David había muerto, víctima de una neumonía fulminante. A pesar de la celeridad con que tía y criada habían actuado, fueron inútiles los esfuerzos de los médicos por salvar la vida de la criatura.

El dolor y la tragedia habían golpeado con inusitada crueldad a una familia feliz.

Rodolfo pudo conservar la calma y se dedicó amorosamente a contener a su mujer quien deliraba de a ratos y caía súbitamente en períodos de letargo y ausencia.

Sofía estaba embarazada de 4 meses. Un embarazo que cursó con angustia, miedos y frecuentes vigilias.

El 15 de noviembre de 1908 nació León de parto normal. Sofía pudo de a poco sobreponerse a la inmensa tristeza que la invadía y se dedicó a cuidar a su tercer hijo con especial cariño y seguramente con actitud sobreprotectora. Su marido, comprensivo, la acompañaba y se solidarizaba con ella. La sastrería seguía viento en popa y aunque la modista trabajaba menos que al principio, colaboraba de manera muy eficiente.

Dos años después, tras un embarazo tranquilo, nació una niña, Sarita.

La salud de Rodolfo comenzó a resentirse severamente debido a problemas pulmonares y cardíacos, consecuencia de su larga adicción al tabaco. Era un fumador empedernido desde muy joven y a pesar de reiterados pedidos de su mujer, jamás pudo abandonar el hábito. Un año después del nacimiento de Sarita, murió Rodolfo debido a un cáncer de pulmón.

La muerte, implacable, se había ensañado con Sofía.

El negocio creció considerablemente y estaba bien gerenciado por un ex empleado de Rodolfo quien cumplía debidamente con los pagos de las ganancias que le correspondían a la viuda.

No era fácil penetrar en el corazón atribulado de Sofía. Los ratos de buen semblante eran más simulados que reales y siempre ante sus hijos. Cuando ellos no estaban, su mirada sombría y su profunda tristeza, eran la manifestación de una inexistente resignación y una actitud de sublevada rebeldía contra la mala fortuna.

Sin embargo todo el dolor se convirtió en fortaleza.

Comenzó a interesarse por la marcha de la sastrería y a veces hacía sugerencias útiles y hasta colaboraba en algún trabajo delicado, tenía experiencia y habilidad. Conservaba una buena relación con el gerente. El respeto era mutuo y se diría que el Sr. Podolsky sentía admiración por aquella sufrida mujer.

Una tarde de invierno se incendió la sastrería que quedó totalmente destruida. La fatalidad no le daba tregua a Sofía. Una calamidad tras otra y la catástrofe sobrevino súbitamente, como la muerte absurda de sus hijos. La pérdida era irrecuperable y el quebranto, terminal. Aquella tarde Sofía, acompañada por sus hijos, contemplaban atónitos el espectáculo de la nueva tragedia: el acto final de un drama inconcebible. Humo y cenizas eran el testimonio miserable de años de esfuerzos e ilusiones. El fuego había devorado todo. Una desaparición tras otra, una saga tenebrosa convertida en dramática realidad.

Los ancianos padres de Soñe (sobrenombre de Sofía), desconsolados, trataron de consolar a la hija lejana. Se sucedieron las cartas que le pedían serenidad y le sugerían la vuelta al hogar. En un tono similar se manifestaron también los ancianos Bassarsky.

Ambos matrimonios pretendieron hacerse cargo del infortunio de Soñe y de los nietos.

Sofía tenía un espíritu independiente y conservaba aún un amor propio inclaudicable, exacerbado, quizás, por la desgraciada circunstancia. Orgullosa y altiva, comenzó a pensar en el desafío que tenía por delante. Un reto descomunal que debería afrontar con los magros recursos que aún tenía. Ponerse de pie y luchar.

Un amigo de Rodolfo le habló de un lejano y prometedor país cuya prosperidad comenzaba a ser conocida en el mundo. Argentina podría ser una opción. Un destino apto para una vida nueva. Nacía la idea de emigrar como la de millones de europeos por aquella época, aunque la situación de Sofía, radicada en el extremo oriente, no fuera exactamente la misma que la de esas gentes.

No lo pensó mucho. Pero tuvo que tomar una dificilísima determinación. Decidió dejar a Sarita al cuidado de su tía Ruth, convencida de que en cuanto pudiera, la tendría otra vez junto a ella. Es probable que para Ruth el cuidado de su sobrina, que se parecía mucho a su papá, tuviera el sabor de una especie de tardía venganza.

Después de una larguísima e incómoda travesía interoceánica, desde el hemisferio norte hasta el sur del hemisferio sur, la joven rusa Sofía Fucks y León con sus tres añitos, llegaron a Buenos Aires. En un papel estaba escrita la dirección de un pariente del amigo que le había hablado de la Argentina. Era su único y precioso contacto. Nada más sabía del país ni de sus habitantes. Aduana, intérpretes, firmas y explicaciones. Después de dos noches en el flamante Hotel de Inmigrantes, los agentes les ayudaron a encontrar a los Vigoda.

Buenos Aires olía raro y en verano la ropa se pegaba al cuerpo. Los hombres, en general, parecían soberbios. Sin embargo, una vez roto el hielo, ofrecían su ayuda y protección. Las mujeres parecían humildes y sometidas.

Los Vigoda vivían en un típico conventillo, bastante céntrico. Con el tiempo, el hijo de Vigoda, Leo,

http://leovigodaklezmer.blogspot.com.es/2009/12/reivindicacion-del-tate.html

fue ahijado de León. Hubo, desde el inicio, una buena relación entre los recién llegados y los Vigoda. Sofía alquiló una habitación en la casa de Gregorio Silberberg, compró una máquina de coser y comenzó a recibir encargos de costuras y bordados. En pocos meses ya pudo mantenerse y alimentar y vestir a su hijo. Cuando León cumplió 6 años comenzó la escuela primaria. Durante los primeros años el trabajo fue arduo y sacrificado. Muchas madrugadas el resplandor del sol la sorprendía inclinada ante su máquina de coser, rodeada de telas y prendas. Su clientela fue paulatinamente cambiando y al cabo de un tiempo se acercaban a casa de la modista rusa, numerosas damas de la sociedad porteña. Trabajaba incansablemente no solamente para atender sus propias necesidades y las de su hijo, sino también para reunir el dinero que hacía falta para traer a Sarita. Ya había estallado la primera guerra mundial y todo se volvía más dificultoso. Sofía no tenía amigas y aún después de varios años, le resultaba algo difícil y complicado el idioma del país. Buscaba relacionarse con judíos que hablaran yidish pero no le resultó fácil aunque mantuvo cierta amistad con una vecina, Esther, con la que charlaba esporádicamente. Los padres de Esther invitaban a la amiga de su hija a casa cuando celebraban las festividades judías. Sofía nunca fue muy religiosa pero sí respetuosa de la tradición. Las prendas que lucía en esas ocasiones tenían casi siempre unas pequeñas mostacillas púrpuras en el cuello. El púrpura es el color de las peonias, las flores de su casa natal. La relación con los Vigoda se mantuvo durante años.

Sofía cosía para la mujer de Gregorio, Juana, y para Amalia, su cuñada. Amalia estaba casada con Shulem (Salomón), hermano de Gregorio.

El tiempo transcurría lentamente y Sofía comenzó a sentir dolores de espalda y frecuentes dolores de cabeza. Un día le contó a Esther que había soñado con Rodolfo y con Sara, un sueño que se convirtió en pesadilla. El relato se acompañó de un llanto contenido. Quería ver a Sarita.

Paseando una tarde por la calle Florida, Sofía se compró una hermosa muñeca. Desde ese día, la muñeca durmió a su lado y de vez en cuando la abrazaba pretendiendo que abrazaba a su hija ausente.

Nunca se supo cómo Sofía conoció al señor Donn, bastante mayor que ella, un empleado jerárquico de Dreyfus, la empresa exportadora de cereales más importante del país. Donn, que se desempeñaba como recibidor, comenzó a cortejarla. La mujer se mostraba indiferente y aunque su rechazo no era explícito, solía dirigir una mirada fría y altanera a su pretendiente. Él interpretaba esas miradas como de tristeza y añoranza. El caballero no era apuesto, más bien todo lo contrario, pero era simpático y paciente. Durante uno de los frecuentes lances amorosos de Donn, Sofía lo miró fijamente y habló con firmeza. Ella accedería a la propuesta de casamiento con la condición de que él se hiciera cargo inmediatamente de los gastos necesarios para traer a Sara. Se abrazaron casi formalmente y quedó sellado el pacto. No hubo muchos invitados en la boda. Donn cumplió con su palabra y al cabo de unos pocos meses Sarita, adolescente, estaba en Buenos Aires.

Sara hablaba yidish, inglés y chino pero pronto aprendió el castellano y aunque extrañaba a su tía y al país donde había nacido, perdió totalmente la memoria del idioma chino. Para ella Ruth era su mamá adoptiva y tenía un sentimiento ambivalente respecto de su madre biológica.

Luego de unos años de convivencia, Donn se enfermó y fue necesario ingresarlo en el Hospital Israelita de Buenos Aires. La enfermedad era terminal y murió 3 meses después en el mismo hospital. Durante ese tiempo Sofía fue a verlo solamente una vez, 7 días antes del fallecimiento, a pesar de que el enfermo la reclamaba con insistencia. Aun considerando que hacía un tiempo se habían separado, Sofía se comportó despiadadamente y mostró una crueldad extrema, un mal ejemplo para sus hijos. Otra muerte más para la colección histórica de Sofía. Y una experiencia conflictiva, frustrante, profundamente ingrata.

Sarita a los 18 años conoció a Samuel Birnbach, un comerciante vendedor de telas que había comenzado como “cuentenik”. Era un polaco (poilishe) bajito, escuálido y poco simpático. Por eso cuando Sofía se enteró de que su hija había accedido a los requerimientos amorosos de Samuel, montó en cólera y amenazó a Sara con echarla de casa. A León tampoco le gustó la noticia. Sofía se sintió, de alguna manera, traicionada por su hija, quien, a su entender, no le devolvía con la misma moneda todos sus desvelos para traerla, mantenerla y protegerla.

Sarita literalmente huyó del hogar materno y se fue a vivir con Samuel con quien se casó en la semi clandestinidad. Tuvieron dos hijos, Juana y Rodolfo. En casa eran Chicha y Toto.

Esos nietos ablandaron un poco a la abuela inflexible y se reanudó una difícil relación entre madre e hija. Probablemente León tuvo mucho que ver en esta reconciliación.

En 1936 León, de 28 años, conoció a Juanita Silberberg, de 16 años, hija de Amalia y Shulem. El encuentro fue en Carhué en donde veraneaban las familias de ambos. El 3 de junio de 1939 se casaron. León, era jefe de la oficina de licitaciones en Bromberg, una empresa del grupo Staudt, importadora de máquinas-herramientas. Tenía una buena posición económica y pudo comprar un departamento en la calle Belgrano, muy cerca de su lugar de trabajo, adonde fue a vivir con su joven esposa y su mamá. La célebre vedette Mistinguett animó las fiestas del crucero a Río de Janeiro y los días de luna de miel transcurridos en esa bella ciudad fueron para Juanita un comienzo muy placentero pleno de felices augurios.

Sofía estaba por entonces bastante deteriorada físicamente y era también muy notable su brusco cambio de carácter que se volvió más hosco y amargo. Avejentada, vivía con el ceño fruncido y era una queja permanente. Su hijo conocía ya estos rasgos temperamentales de su madre pero su flamante nuera ni siquiera lo sospechaba. Desde el primer día la joven Juanita se sintió incómoda, observada durante todo el día, criticada, subestimada y con frecuencia, francamente menospreciada.

León no se había imaginado de ninguna manera que se llegaría a estos extremos. La convivencia se tornó sumamente conflictiva y por las noches Juanita lloraba en soledad. Es muy probable que Sofía sintiera celos patológicos de esa intrusa que se había interpuesto entre ella y su hijo.

Pronto comenzaron síntomas incipientes de una clara enfermedad mental que estaba afectando a quien ya parecía una anciana en el tramo final de su vida, a pesar de sus pocos más de cincuenta años.

Sofía por momentos daba la impresión de ser una estatua: inmóvil, aletargada, pasaba mucho tiempo sentada con la mirada perdida, muchas veces en la semi penumbra.

La suegra de Juanita era de las peores suegras imaginables. Dominante, severa, mala, burlona, arbitraria y caprichosa. Y a pesar de todo, gozaba de cierta protección de su hijo quien le pedía a su joven e inexperta mujer, comprensión, paciencia y más comprensión.

La concepción del primer hijo de la pareja se produjo en Brasil. La noticia pareció alegrar a Sofía. A propuesta del padre, con el beneplácito de la abuela y el consentimiento de la mamá, si resultara varón, ese primer vástago se llamaría Rodolfo. El destino así lo quiso: ese Rodolfo es quien escribe esta historia.

Una tarde León escuchó hablar a Sofía encerrada en su habitación. Nadie había llegado a casa y allí no estaba el teléfono. Al abrir la puerta encontró a su mamá en actitud de estar charlando con alguien inexistente, una charla animada y relajada. Soñe le respondió a su hijo que había invitado a tomar el te a una amiga. Se sucedieron otros episodios similares durante las siguientes semanas. Una noche, al volver del cine, León y Juanita encontraron a Sofía trepada en la mesa del comedor, debajo de la gran araña metálica con hermosos elementos de alabastro, acurrucada y muerta de miedo porque los alemanes la estaban persiguiendo y querían matarla. Sofía ingresó en el Instituto Frenopático Modelo por recomendación del Dr. Cohn Tebner, el médico de la familia, después de varios intentos de agresión, delirios e incoherencias. Uno podría imaginar que durante los paseos por los jardines del hospicio, Sofía paseaba plácidamente por un parque cercano a la sastrería, el cielo de Buenos Aires en los días claros y soleados de invierno, le evocaba el frío penetrante y la blancura de la nieve de Harbin. Probablemente, también, sintiera el impacto de una memoria extremadamente dolorosa salpicada por unos pocos momentos de felicidad.

Culminaba una serie interminable de desgracias y calamidades que habían signado dramáticamente la vida de esta mujer incansablemente luchadora. Las circunstancias y seguramente un importante factor genético convirtieron a mi abuela en una mala mujer, por lo menos según la opinión de su principal víctima: su nuera, mi madre.

EPÍLOGO: Mi babe, una inmigrante

Tengo una memoria borrosa y poco agradable de mi “babe” (*) que, con seguridad, está muy influida por las referencias de mi madre. Recuerdo claramente, sin embargo, su máquina de coser Singer, la cabecera metálica de su cama con figuras caladas, un angosto placard empotrado con ropas viejas de vieja (¿un chal calado?), una cortina beige y una dudosa mesita de luz. Creo que yo le tenía miedo a mi abuela, a la que consideraba poco menos que una bruja malvada.

La vida de Sofía fue una tragedia capaz de desestabilizar a cualquiera y sin embargo, en buena medida, esa mujer supo sobreponerse, luchar y rehacerse. Su hijo, papá, era un tipo bueno. Estos dos hechos no sincronizaban racionalmente con el reiterado relato de mamá sobre las infinitas maldades de su suegra. Esta sutil incongruencia, que pude comprender ya de adolescente, me persiguió toda la vida. Es difícil que una mala persona críe un hijo bueno. También con el tiempo pude entender que una psicopatía tiene el antecedente de una larga y progresiva historia. Nadie enloquece de la noche a la mañana. Por eso concebí la idea de que la proclamada maldad de Sofía era más bien una fatal consecuencia de su infortunio y de sus genes.

La historia de la inmigrante rusa que acaban de leer, con referencias de ficción, pretende dar sustento a esta concepción y reivindicar tanto la memoria de Sofía como el aguante estoico y generoso de mamá.

Esta historia es, en esencia, similar a la de millones de inmigrantes españoles, italianos y de Europa central que vinieron a América por aquellos años. Especialmente a EE.UU., México, Venezuela, Brasil y Argentina. Venían huyendo de condiciones de vida muy dolorosas, a veces de pobreza extrema, a la que se agregaba, con frecuencia, situaciones conflictivas, consecuencia de enfrentamientos bélicos locales que surgían por todos lados en una Europa convulsionada y por supuesto, al estallido de la Gran Guerra. Eran comerciantes, técnicos, profesionales, algunos intelectuales, generalmente de clase media pauperizada. Venían con una mano atrás y otra adelante, dispuestos a trabajar incansablemente para “progresar” y - lo que es muy importante y seguramente un amplio denominador común - pensaban en sus hijos y en un futuro para ellos que percibían próspero y dichoso. Estos heroicos inmigrantes perfilaron en buena medida, las características sociales de Argentina, fueron el ingrediente principal del “ser nacional”.

Por eso, esta historia, como cualquier relato que refiera la epopeya individual de la gran mayoría de esos inmigrantes, constituye un homenaje a todas aquellas generaciones de jóvenes europeos que dejaron sus huesos y su sangre en suelo americano.

(*) Babe era mi abuela paterna, Sofía. La materna, Amalia, era mi bobe. La diferencia se debía a la variante del yidish que se hablaba en el lugar de origen de cada una.

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