martes, 30 de diciembre de 2014

Unas pocas palabras innecesarias

Guillermo Almeyra



Prólogo a “Europa: la hora de las alternativas. Solidaridad y autogestión en Grecia”, de Antonio Cuesta Marín, Editorial Metrópolis, Buenos Aires, 2014

Quienes han asumido la importantísima tarea de reproducir este excelente y utilísimo libro militante me pidieron un prólogo para su edición en Argentina pero, a mi juicio, tal presentación es innecesaria pues esta breve obra, con su denso contenido en experiencias y en ideas, habla por sí sola.

Quiero destacar sin embargo algunas cosas: sobre todo, la gran importancia de conocer cómo los trabajadores griegos hacen frente hoy, en un país europeo con gran tradición de lucha social, a una crisis tan profunda como la que vivió Argentina en los años 2001-2003 (y como la que podría volver a vivir si los planes del juez neoyorquino y de los fondos buitres llegasen a concretarse).

En efecto, es fundamental comprender que el desarrollo histórico prueba que en toda gran crisis surge y muchas veces se desarrolla una alternativa autogestionaria y solidaria a los desastres económicos, políticos, sociales y ecológicos causados por el capitalismo, sus agentes y servidores. Así resultó no sólo en Argentina sino también en Aragón, en la Revolución Española a mediados de los años 30, en la generalización de la economía autogestionaria en 1948 en Yugoslavia donde la lucha armada de los trabajadores y el pueblo acababa de expulsar a los nazis, los fascistas italianos y croatas y a la monarquía y los capitalistas serbios, cuando Stalin intentó acabar con la independencia nacional quitándole toda ayuda y saboteándola en los comienzos de su reconstrucción tras haber sido diezmada por la lucha contra los invasores. Se desarrollaron igualmente experiencias de autogestión en Argelia, inmediatamente de conquistada su independencia.

Como un río cársico, oculto bajo tierra, en los quiebres del régimen capitalista reaparecen siempre los intentos autogestionarios. Porque la base de éstos está escondida y reprimida en el doble carácter de los trabajadores que, por un lado, son productores-consumidores de mercancías y en el mercado venden en competencia con los demás su fuerza de trabajo pero, al mismo tiempo, son miembros de una clase explotada obligada a una respuesta solidaria y colectiva para poder liberarse.

En el caso argentino[1] hemos presenciado el funcionamiento democrático y asambleario de las empresas ocupadas, la producción para responder a la necesidad de asegurar el trabajo sin patrones y a las necesidades de los trabajadores, las experiencias de trueque, de mercados solidarios, la sustitución de la circulación de la moneda nacional en quiebra por unidades contables ad hoc, el desarrollo pleno de la creatividad y todo eso, en distintas escalas, reaparece en Grecia.

Sería importante estudiar más de cerca cuáles son los elementos comunes en la formación de la subjetividad de los trabajadores de ambos países a lo largo de medio siglo de historia reciente para analizar mejor por qué ellos -y no los españoles o los italianos, por ejemplo- reaccionaron con esas ideas, métodos e iniciativas. Arriesgo aquí la sugerencia de que la historia de la independencia griega de Turquía y de las guerrillas antinazis de los kapetanios así como el enorme peso en el movimiento obrero de la Oposición de Izquierda comunista (el partido Archeomarxista, de Pantelis Poliopoulos), o sea, la iniciativa y participación popular y el escaso peso de los frenos burocráticos partidarios o sindicales, explican la creatividad masiva y la amplitud de la movilización, tal como sucedió en Argentina, donde la masiva Resistencia Peronista obrera se realizó venciendo los frenos burocráticos y superando los intentos de control por la dirección oficial peronista.

Para empezar a construir las bases del socialismo no basta con la expropiación de los expropiadores, con la estatización de los medios de producción. Hay que imponer en ellos la autogestión obrera, planificada y coordinada a escala nacional no por el aparato estatal ni por una casta de funcionarios sino por los productores mismos, con la ayuda de técnicos especializados, de modo tal de cambiar el objetivo de la producción, qué se produce y cómo se produce. Hay que suprimir el régimen asalariado, para que los trabajadores no creen plusvalor para un patrón -sea éste privado o estatal- y alimenten una frondosa burocracia y para que ese plusvalor financie en cambio la renovación de las industrias, la satisfacción de las necesidades de los productores-consumidores-ciudadanos organizados mediante la autogestión social generalizada, hay que dar rienda libre a la creatividad, a la innovación, a los sentimientos solidarios de modo de crear paulatinamente una nueva subjetividad, ajena al egoísmo y al individualismo, que den la base para un funcionamiento colectivo sin privilegiados de ningún tipo.

Las experiencias de autogestión o de auto-organización popular, impuestas inicialmente por la necesidad de preservar las fuentes de trabajo, preparan en cierta medida las bases políticas, culturales y morales de este aprendizaje, que será largo y difícil, de la reorganización autogestionaria de la sociedad. Al mismo tiempo, en todas sus formas, aún las más limitadas, como los intentos de autonomía zapatista indígena o las policías comunitarias y los grupos de autodefensa en México, los intentos de autogestión y de auto-organización son ejercicios que aumentan la seguridad y la autoestima de quienes no se resignan a la pasividad y son igualmente gérmenes de construcción de nuevas relaciones paraestatales desde la base de la sociedad frente a los capitalistas y su Estado.

De ahí su importancia y la de este libro que aporta a ese aprendizaje político. De ahí también la necesidad de hacerlo conocer y de difundirlo como instrumento organizativo.

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