viernes, 19 de diciembre de 2014

Viaje caprichoso

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Me he venido a Logroño en un viaje publicitario y caprichoso de esos que te salen a pedo puta, pero tienes la obligación de aguantar una “chapa” insoportable en la que charlatanes vendedores de colchones y almohadas, que te quitan todo dolor del cuerpo y la cabeza, te ofrecen estos productos a precios asequibles y con un regalo, que puede ser un juego de platos o una paletilla de jamón ibérico, como reclamo para vender sus productos.

Acabo de enviar una carta de amor en la que digo a mi hija que hemos llegado bien, y que ya estamos en el lugar su madre y yo y, con la excusa de dejarla en recepción, nos hemos salido de la sala comedor, que parece un cóncavo como el del vientre de un animal haciendo ruido.

Hemos pasado, andando, el puente de Sagasta. En la Colegiata, el Rebuzno que escuchamos no es igual que en Santa María de la Piscina, pero dice lo mismo que en la iglesia de san Bartolomé. Queremos marchar de Logroño y cogemos un taxi, saliendo por el puente de Tómalos con dirección a Calahorra, ciudad con obispado, cuyos naturales son calagurritanos, cuyo obispo, hijo de confesión, tiene fama, pues dicen que al término de la confesión manda al confesante adonde se fue don Álvaro de Luna, condestable de Castilla, maestre de Santiago y ministro omnipotente del rey de Castilla Juan II, que perdió la vida en público cadalso por su privanza, primer lugar en la gracia y confianza del rey, de quien fue mancebo, a hacer puñetas.

A mí me gusta salir, pasear y ver ermitas; humilladeros, lugar de devoción que suele haber a las entradas o salidas de los pueblos con una cruz o imagen; iglesias, catedrales, abadías y monasterios, “todo y todos, si te has fijado, le digo a mi mujer, erigidos en terrenos robados y saqueados al pueblo con beneplácito del rey de turno. Erectos sobre cimientos con cientos de cadáveres, la mayoría esclavos o prisioneros conseguidos como botín de guerra. Si nos fijamos bien, las iglesias y más las catedrales despiden de sus cimientos humo de los muertos. Despiden de si vaho o vapor de reliquias de alborotos, disturbios, enemistades, o como diría el cura párroco: “esa materia volátil que se desprende de los cuerpos que arden en el infierno””.

-Lo que yo si sé, dice mi mujer, es que la mayoría de estos edificios fueron antes castillos o baluartes de defensa robados al moro enemigo y, para darles mayor aspersorio, construyeron allí, rehabilitaron o reformaron contra su voluntad, colocando la pezuña cristiana y quedándose el nuevo asperges. Así vemos, todavía, en muchas de ellas, aspilleras o huecos en forma de ventana muy estrecha, practicados en el muro para disparar o defenderse del enemigo; o troneras, cada una de las aberturas practicadas en el parapeto de una muralla o en el espaldón de una batería por donde asoman las bocas de los cañones.

-A mi me gusta, le digo yo, como tú bien sabes, visitar las iglesias y las catedrales, los monasterios, abadías o cartujas en tiempo de Rebuzno en Oficios mozárabe, románico o gótico, ver las bocas de los curas y troncharme de risa al verles escupir el mismo Rebuzno de siempre, aunque sé que la mayoría de las gentes viene a ver las piedras y su Arte. Unos miran los capiteles, las criptas, la bóveda curva de piedra o mampostería sustentada sobre pilares o muros; las bichas, figuras de animales fantásticos usada como adorno; , a otros se les abre la boca contemplando los cobres esmaltados; a otros les seduce el contemplar las sepulturas y sepulcros de hidalgos y las estatuas de sus putas amantes; otros dirigen los ojos al imafronte de la puerta de entrada, otros se embelesan con la torre de la arciprestal, el frente de altar en bronce esmaltado, la sillería del coro, los sitiales de roble tallados, los sarcófagos, los braseros en plata cincelada y repujada, los retablos, los cálices y patenas en los que se opera el milagro de cambiarse la hostia en carne y el vino en sangre; los capiteles románicos y ménsulas, verjas de los altares y capillas, las lápidas sepulcrales, las pilas de abluciones estilo almohade. ¡La rehostia, tía!

-Sí, desde luego, me responde. Y otros, sigue, se llevarían con gusto, y porque no les pertenece a los curas, los relicarios de plata, las lucernas oblicuas para alumbrar. Otros, los tapetes persas o joyas que se exhiben: cofres estilo persa árabe, de marfil, tallados; cálices, candelabros, copones, báculos, cerrajería artística en aldabones, o llamadores con cabezas de clavos y herrajes de gran gusto artístico; cómodas de sacristía con gabelas superpuestas donde guardan los curas su vestimenta; bronces y fragmentos de ornamentación árabe; baldaquinos que cubren los sepulcros, cruces procesionales de plata, custodias de plata dorada, estilo ojival; ostensores guarnecidos de piedras preciosas, misales, candelabros romanos en bronce, tapices, y las hermosas arquetas árabes de madera cubiertas con placas de marfil, grabadas y caladas sobre fondo de cuero, robadas, también, por nuestros piratas en naves muy versadas en la piratería.

Mientras íbamos de templo en templo, un Rebuzno salido de esta obra de teatro abominable, corría de bóveda en bóveda, de tono campanudo, con presunción y arrogancia, saltando altares de blanquísimo alabastro, púlpitos de hierro repujado y dorado, pilas bautismales, sillerías de coro.

Nosotros nos encontramos, ahora, en el claustro cubierto desde donde veíamos el claustro descubierto. Desde ahí escuchamos las campanas del campanario que repican y vuelven a repicar castigando las horas de un reloj de sol, cuyos segundos eran más fuertes que los cuartos, y las medias más que las horas.

Con enfado, me dirigí a unos visitantes, diciéndoles:

-Aquí aprieta el buen Asno, allí, allá, acullá, se esmeran en sus altos y bajos instintos de robar y apropiarse de lo ajeno, pues son maestros fulleros de la fe, y en sus Rebuznos no faltan quebrados, que en sus formas demuestran tal talento que boquiabiertos dejan a Jumentas y Jumentos que saben de seguro que no hay remedio, porque si no a qué, por su divino rabo, le han puesto precio a los inmuebles como la Mezquita de Córdoba, como antaño hicieron en tiempos diferentes, y en climas variados, bien diversos, poniendo una maza inquisitorial en los rabos del pueblo, para no poder decir “lo mío mío y lo tuyo de entrambos” , convirtiendo, por ejemplo, el palacio de Medina Azahara en Córdoba, en Museo Provincial; el templo romano de Marte en Badajoz, en ermita de santa Eulalia; el templo de Hércules en Barcelona, en Centro Excursionista”, y muchos casos más, que un gran talento despliega esta ciencia infusa y confusa de los Asnos que, por mi parte digo que el pueblo no es digno de tales experimentos sacrófagos, a no ser que crea, que cree, a pie juntillas, que el rabo de los Asnos puso la primera piedra.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.