jueves, 30 de enero de 2014

Un médico rural

Franz Kafka

Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.



Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.

-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?

Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.

Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.

-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.

-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.

-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.

-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

-Doctor, déjeme morir.

Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.

"Sí" pienso indignado, "en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo..."

En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.

-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber.

La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación.

Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo.

Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.

-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.

Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?

Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza, canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:

Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico...

Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.

-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.

-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.

-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.

-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?

-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.

Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.

-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, de nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:

Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama.

A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

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En algún lugar…Del desamor y los objetos

Laura M. López Murillo (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En algún lugar recóndito, en lo más profundo del sentimiento yacen los vestigios del dolor: flagelos obsoletos pero latentes…



Los seres humanos solemos deambular en un plano intermedio entre la realidad concreta y un mundo intangible, y es por eso que intentamos materializar los eventos indescifrables o trascendentes. Así surgieron los rituales, la creencia en el poder de los talismanes y amuletos y una inexplicable transferencia de atributos sentimentales a toda clase de objetos que se atesoran por la evocación que desencadenan.

Prendados de un sentimiento conservamos toda clase de objetos en un hábito que admite un sinfín de cursilerías inexplicables: los pétalos de una rosa entre las páginas de un libro, un rizo de cabello, un boleto de metro, una carta perfumada y toda clase de prendas. Pero lo único perdurable en este mundo es el cambio y los vínculos emocionales que alguna vez fueron vitalicios y hasta perpetuos son ahora frágiles y fugaces aunque el corazón sea tan vulnerable como siempre y se rompa con la misma facilidad.

Atendiendo al comportamiento emocional de los habitantes de la Posmodernidad, Olinka Vistica y Drazen Grubisic, quienes alguna vez vivieron un romántico y feliz idilio en Croacia, han creado el ritual del desprendimiento al recaudar todos los objetos que evocan una relación fallida para exhibirlos en el Museo de las Relaciones Rotas. OlinkaVištica y Dražen Grubišić, explican que “a diferencia de métodos destructivos de auto-ayuda para la recuperación de amores fallidos, el Museo ofrece la oportunidad de superar un colapso emocional a través de la creación: contribuyendo a su colección”.

El ritual del desprendimiento tuvo una gran aceptación y el Museo de la Relaciones Rotas recibió en el 2011 el Premio Kenneth Hudson del European Museum Forum (EMF), “para algún museo, persona o grupo de personas que desafíe, a través de algo inusual y atrevido, el papel que tienen los museos en la actualidad.” La expansión global del ritual implica el “reconocimiento formal de la desaparición de una relación, a pesar de su fuerte efecto emocional” en una época donde los vínculos afectivos son cada vez más frágiles; por ese motivo, el Museo de las Relaciones Rotas salió de Zagreb y recorre el mundo. En México, el museo inició la recepción el 8 de enero y ese mismo día, México rompió el récord de donaciones. La recolección del objetos concluirá el 16 de Febrero y la exposición “Déjalo ir” iniciará el 12 marzo en el Museo del Objeto del Objeto (MODO) de la Ciudad de México.

La exposición internacional de las relaciones rotas se integra con una extensa colección con los objetos donados en Sudáfrica, Filipinas, Irlanda, Singapur, Estados Unidos, Gran Bretaña, Taiwán, París, Brasil, Francia, Alemania y más. “La colección reúne objetos de todo tipo, como la prótesis de una pierna donada por un veterano enamorado de su terapeuta física.” Otro ejemplo es una cédula de identificación francesa donada por un nativo de Eslovenia porque “lo único que quedó de un gran amor fue la ciudadanía.” Y así, el Museo de las Relaciones Rotas materializa los sentimientos para evaporar las melancolías y los vestigios del dolor, recolectando los flagelos obsoletos pero latentes…

Fuentes:
- Animal Político. (10 Enero 2014). Llegó el momento de llevar tu “amor roto” a un museo. Animal Político. Recuperado el 23 de Enero de 2014, de http://www.animalpolitico.com/2014/01/llego-el-momento-de-llevar-tu-amor-roto-un-museo/#axzz2qD29qWmH
- Bauman,Zygmunt. (2004). Modernidad Líquida. México: Fondo de Cultura Económica.
- Bécquer, Gustavo Adolfo. (1997). Rima XXXIII. Poesías. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://www.poesi.as/gabrim33.htm
- DPA. (10 Enero 2014). México recibe récord de donaciones para museo de los corazones rotos. Vanguardia. Cultura. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://www.vanguardia.com.mx/mexicoreciberecorddedonacionesparamuseodeloscorazonesrotos-1921416.html
- Escalada, Paula. (23 Enero 2014). México recoge objetos para eternidad que buscan dejar atrás relaciones rotas. Nuevo día. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://www.elnuevodia.com/mexicorecogeobjetosparaeternidadquebuscandejaratrasrelacionesrotas-1695257.html
- Museo MODO. (19 Diciembre 2013). Las relaciones rotas llegan al MODO. Museo del objeto del objeto. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://elmodo.mx/el-modo-del-modo/las-relaciones-rotas-llegan-al-modo/
- QUO. (23 Enero 2014). Tu corazón roto al museo. Quo. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://quo.mx/2013/12/20/pragmatas/tu-corazon-roto-al-museo
- Torres, María Dolores. (2014). Los vínculos en el contexto de la posmodernidad. Instituto de Filosofía UNNE. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://hum.unne.edu.ar/investigacion/filosofia/instituto/filosofia/06.pdf
- Valerio, María. (9 Enero 2014). Un pegamento para corazones rotos. El Mundo. Salud. Recuperado el 23 de Enero del 2014, de http://www.elmundo.es/salud/2014/01/09/52cd5152ca47412a338b457b.html

* “Es cuestión de palabras y, no obstante, / ni tú ni yo jamás,/después de lo pasado, convendremos / en quién la culpa está./ ¡Lástima que el Amor un diccionario / no tenga donde hallar / cuándo el orgullo es simplemente orgullo / y cuándo es dignidad!” - Gustavo Adolfo Bécquer. Rima XXXIII

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Cine clásico: “El nacimiento de una nación”, de David Wark Griffith (Estados Unidos, 1915)

Joaquín Vallet

David Wark Griffith (1875-1948) es uno de los grandes pioneros del cine y es considerado el creador del lenguaje cinematográfico tal y como lo entendemos en la actualidad, debido a la instauración de elementos como el montaje simultáneo profundidad de campo (exponer diferentes niveles en un mismo encuadre; según su posicionamiento -más cerca o más lejos de la cámara- se dividirán en primeros términos, segundos, terceros, etc.), o la combinación de escenarios naturales con los interiores en estudios. Cabe decir que la gran mayoría de los recursos narrativos empleados por Griffith no aparecen por vez primera en sus obras. El montaje simultáneo, que se convertiría en una seña de identidad en su estilo desde que lo utilizara en The Lonely Villa (1909), tiene su origen en The Great Train Robbery (1903) dirigido por Edwin S. Porter; de igual manera, el cambio del tamaño de los encuadres en una misma unidad secuencial (pasar de plano general a planos más cortos) ya fue utilizado por el cineasta inglés George Albert Smith en su cortometraje de 1903 Mary Jean´s Mishaps. Aún así, el talento de Griffith consiste en otorgar verdadera entidad dramática a todos estos dispositivos. Apartarlos del constreñido estatismo en el que se hallaban y situarlos en su exacto lugar dentro de la incipiente sintaxis fílmica. Si hay algo de lo que Griffith es el auténtico creador, es del montaje narrativo (también denominado “invisible”), una combinación de los elementos previamente citados, cuya única finalidad es hacer avanzar la narración de manera estrictamente lógica, prestando especial atención a la continuidad de la acción. Los cimientos, en definitiva, sobre los que se sostienen las maneras cinematográficas y que se deben, enteramente, al cineasta. Desde su primer cortometraje como director, The Adventures of Dollie, fechado en 1908, Griffith construye unas estructuras rítmicas y expresivas profundamente personales que, asimismo, irá transformando convenientemente a lo largo de sus más de quinientas películas alcanzando, sin duda, uno de sus mayores logros con la realización en 1915 de El nacimiento de una nación.

De más de tres horas de duración, la película es una obra capital y representa el más apasionado paradigma de la épica en el cine. La influencia posterior del film es determinante. Su fusión entre la poética y el realismo será clave en el estilo de John Ford, quien debutará en el cine apenas dos años después. De igual manera, su idea del montaje condicionará a los cineastas soviéticos (con Eisenstein y Pudovkin a la cabeza) los cuales, a partir de la década siguiente, revolucionarán el concepto de la edición cinematográfica con la mirada puesta en los hallazgos de ésta película. El nacimiento de una nación se divide en tres grandes bloques de similar construcción. Su primera parte, expone la historia central de dos familias, los Cameron (sececionistas) y los Stoneman (unionistas) en los meses previos al estallido de la Guerra Civil.El segmento central, muestra la barbarie de la contienda (con notorio espíritu crítico) y el tercer bloque (el más extenso en duración) incide en la humillación del Sur y el triunfo del Ku Klux Klan. Las características del montaje alterno se repiten en las tres partes, constituyendo la base sobre la que se sostiene el film y lo que, en definitiva, le otorga su máximo valor. Hasta cuatro acciones simultáneas se desarrollan sin que ninguna prevalezca sobre la otra, llegando a su máximo nivel en el apoteósico final donde Griffith asienta, definitivamente, su idea del cine como espectáculo emotivo (el “rescate en el último minuto” que también llevaría a cabo en otras producciones como Las dos tormentas -1920- o Las dos huerfanitas -1921). Ello, en definitiva, es la constatación de la plena madurez de un estilo que tiene, asimismo, en el gusto por el detalle otra de sus características básicas. Son constantes los planos cortos en la película con el fin de subrayar emociones, no únicamente en lo que respecta al rostro de los actores sino, incluso, en partes de sus cuerpos (pies, manos) u objetos (el retrato de Elsie), sirviéndose de la manipulación del tiempo y el espacio de manera harto compleja (dilatando las acciones hasta el límite –el asedio final a la cabaña), aunque convenientemente revestido de una admirable sensación de sencillez y naturalidad que no hace más que ocultar a los ojos del espectador su complicado proceso de construcción. La línea que unifica toda la película, por tanto, se plantea mediante la decisiva importancia de los niveles emocionales, apartándose por completo de factores racionales. Un aspecto arraigado en la filmografía de Griffith desde sus inicios.

Pese a todo ello, El nacimiento de una nación, es una de las películas más controvertidas de toda la Historia del Cine. La película deviene una apología del racismo tan visceral que incluso en el período de filmación obtuvo serias críticas de varios sectores a favor de la igualdad, provocando que muy pocos actores negros quisieran intervenir en el rodaje (los papeles de peso que requerían intérpretes de color fueron incorporados por blancos convenientemente maquillados para la ocasión). El hecho de que Griffith fuera hijo de un soldado confederado puede, en parte, explicar el carácter que impregna la producción y su apasionada defensa de los métodos del Ku Klux Klan, organización que fue creada una vez finalizada la Guerra de Secesión por varios veteranos sudistas. Sin embargo, al igual que sucede con los documentales de Leni Riefenstahl, la soberanía cinematográfica acaba imponiéndose sobre su peligroso trasfondo ideológico. Y, en este caso, El nacimiento de una nación, no se debe entender como un panfleto racista, sino como la construcción de un modelo de sintaxis cinematográfica que ha marcado un punto y aparte en el transcurso del Séptimo Arte.



Fuente: http://www.artecreha.com/Miradas_de_cine/dw-griffith-qel-nacimiento-de-una-nacionq.html

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Perú 1958 - 1967: Las revoluciones en América

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Después de cincuenta años, aparecen en América Latina emergen nuevas situaciones que enriquecen la memoria de sus ciudadanos, respecto a la necesidad de promover cambios integrales de los Estados democráticos para evitar que el olvido y la indiferencia sigan dominando la vida futura.



A lo largo de once largos capítulos, Jan Lust, economista holandés, egresado de la Universidad de Amsterdam y profesor en centros académicos de Perú y México, presenta un amplio estudio sobre los movimientos revolucionarios, a partir de la experiencia de Cuba y los avances especialmente en Sudamérica.

El libro de Lust, Lucha revolucionaria 1958 – 1967, constituye un valioso recuento y análisis enriquecido con testimonios de líderes en plena actividad pública. En lo que va del nuevo milenio, se aprecia la presencia de presidentes en Uruguay y Brasil, José Mujica y Dilma Rousseff, militantes en los movimientos guerrilleros Tupamaros y Vanguardia Revolucionaria Palmares, respectivamente. En Argentina, una vertiente del peronismo, con los esposos Kirchner, y Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, en la conducción de Venezuela, Bolivia y Ecuador, intentado modelos de renovación del Estado tradicional.

Vive aún en el recuerdo popular el asesinato del Che, del poeta Javier Heraud, militante del Ejército de Liberación Nacional; de Luis de la Puente Uceda, fundador, junto con Gonzalo Fernández Gasco, del Movimiento de Izquierda Revolucionaria - MIR, entre otras expresiones de necesario cambio en la historia del Perú.

También se advierte que en cincuenta años, son escasos los cambios en el Perú, de manera estructural, a favor de los explotados y oprimidos. El gobierno de Velasco, solo fue capaz de suspender por siete años, los pasos del neoliberalismo.

Del gobierno de Ollanta Humala se analiza la expectativa que despertó su programa inicial, y que al ganar las elecciones, en lo económico ha seguido la orientación de sus predecesores, rescatando, por cierto, el énfasis de la gestión en los programas sociales para aliviar la pobreza.

De los diversos testimonios de las guerrillas peruanas, Lust, enfatiza el rol del MIR, movimiento que surge como respuesta a la conciliadora alianza popular revolucionaria americana que fundó Haya de la Torre, en México de 1917.

Entre los diversos testimonios que publica Lust, cabe mencionar el de Julio Rojas Julca, quien formó parte del MIR, y explica el rol de los campesinos (por ejemplo de la emblemática Comunidad de Catacaos de Piura) en la lucha por sus tierras, pero que sus líderes tenían poca experiencia política. La selección para viajar a China o Cuba no necesariamente fue rigurosa y tampoco la revolución china puso énfasis en la formación militar sino ideológica de sus cuadros. La gente que apoyó el MIR fueron los amigos y familiares de los guerrilleros. Al estallar el movimiento guerrillero, la represión fue intensa en Piura y se extendió a varias regiones del país…

En suma, la acción guerrillera fue simiente para la izquierda democrática, que en 1985, alcanzó una candidatura presidencial, la de Alfonso Barrantes, pero no ha logrado aún un proyecto de unidad, en tanto las fuerzas del mercado consolidan el país mono exportador de materias primas y un ejército de consumidores con bajos salarios.

El balance político de los años sesenta, facilita la comprensión de los problemas y las condiciones económicas, sociales y políticas que llevaron a la insurgencia de los movimientos guerrilleros peruanos, y “descubre las causas de la derrota desde las concepciones estratégicas y tácticas de la misma guerrilla”.

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Toda una relación

Paula Orellana (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aprender a bailar fue aprender a amar. Nunca la vida me dio mejor lección sobre la vida misma. Entrar a un salón lleno de gente, pero tú ya sabes son quién vas. Con quién vas a probar el arte de volar.



Piensas que debe de ser de dos. Tomas su mano, toma la tuya. Empieza la música, empieza la aventura. Te das cuenta que podrías estar bailando solo, pero no, tú elijes bailar con el otro, con tu otro.

Te toma de la cintura, le tomas por el cuello. Sientes como disfruta de tu movimiento. Tú disfrutas el momento. Son uno. Sale una respiración profunda, no sabes si de ti o de tu acompañante. La humedad del sudor se hace presente. Las caderas se mueven al mismo tiempo. Ambos saben que la canción no es para siempre. Siempre es mucho tiempo, muy aburrido. Aún así, deciden bailar la misma canción al mismo tiempo. Antes como un no rotundo, ahora como un "si" que no sale.

De eso se trató todo; de bailar, de amar en libertad. Solo así es de verdad.

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Amar sin ser querido

Manuel González Prada

Un dolor jamás dormido,
una gloria nunca cierta,
una llaga siempre abierta,
es amar sin ser querido.

Corazón que siempre fuiste
bendecido y adorado,
tú no sabes, ¡ay!, lo triste
de querer no siendo amado.

A la puerta del olvido
llama en vano el pecho herido:
Muda y sorda está la puerta;
que una llaga siempre abierta
es amar sin ser querido.

Manuel González Prada (1844-1918), escritor peruano considerado el más alto exponente del realismo de su país, así como el "Precursor del Modernismo americano" por sus innovaciones poéticas.

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Historia de un muerto

Marcelo Colussi (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Fue por la avenida Ayacucho. Eran alrededor de las seis de la tarde, la hora en que sale todo el mundo de sus trabajos. La calle era un río torrentoso de gente por lo que, en un primer momento, nadie se dio cuenta que había sido él. Se escuchó el disparo -luego se supo que era un policía privado repeliendo un atraco en una agencia de seguros- pero nadie pudo precisar más detalles. La bala perdida le dio en la cabeza.



En un momento la ambulancia ya estaba recogiéndolo. Los curiosos agolpados en torno al cuerpo ensangrentado molestaron un poco a los paramédicos aunque, muy profesionales, en cuestión de segundos lograron cargarlo. Inmediatamente, a las pocas cuadras de comenzar el recorrido, lo dijeron sin temor a equivocarse: estaba muerto. El balazo le había destrozado el cerebro. Ya no valía la pena seguir con la sirena activada.

Al día siguiente lo estaban recogiendo en la morgue municipal. Viendo que no regresaba a su casa a la hora habitual -era sumamente puntual, rutinario- la familia se inquietó y comenzó las averiguaciones del caso. En poco tiempo pudieron localizarlo. La esposa y el hijo mayor -doce años- fueron a retirar el cuerpo. La hija menor esperó con unos familiares mientras se cumplían todos los trámites.

Julián se alegró mucho cuando reconoció las voces de su mujer y de su hijo. Quería hablarles, quería decirles todo lo que los quería… pero no le salía una palabra. Viendo que no lograba comunicarse así, trató de moverse… pero el cuerpo no le respondía. No entendía qué pasaba. Recién ahora comenzaba a salir del aturdimiento y se había sorprendido -y asustado- al verse en el medio de todos esos cadáveres. Sentía un poco de frío en esa cámara congelada. No entendía bien qué había pasado. Recordaba vagamente la calle llena de gente por donde caminaba y, de pronto, un dolor en la cabeza. Después: más nada. Y esta cámara fría de ahora…

Cuando lo preparaban para su velorio sintió una gran impotencia y mucha ira. Quería decirles que no lo hicieran, que lo dejaran levantarse y salir. Quería agitar los brazos, gritar, mover las piernas… Pero no podía. Le pareció, en un momento, que podía levantar una ceja. Se puso contento cuando creyó notar que eso le era posible. Aunque evidentemente no lo era, pues nadie respondía a su gesto. Contra su pesar tuvo que aceptar sombrío la situación: estaba muerto.

Pero ¿cómo era posible? Si él no había hecho nunca mal a nadie, si todavía se sentía una persona muy joven -tenía 38 años-, si jamás había dado que hablar con conductas reprobables…. Si era casi un modelo de perfección como padre, como empleado, como hijo, como ciudadano (bueno, recordó que una vez se había atrasado dos meses en el pago de la tarjeta de crédito, ¡pero luego se puso al día, por supuesto!)… si todo eso era así: ¿cómo esta injusticia ahora? ¿Por qué morirse por culpa de una bala perdida con la que nada tenía que ver?

Quiso enterarse de más detalles, por lo que aguzó el oído cuando alguien -parece que era su primo, el gordo, ese con el que iba a pescar cuando adolescente- contaba los pormenores de su muerte. No había muchas vueltas que darle al asunto: una bala perdida le había destrozado la cabeza y estaba muerto, bien muerto. Mañana iba a ser el entierro.

Recordó eso que había visto en la televisión vez pasada, ese estado raro, medio anormal por el que una persona parece muerta pero no lo está. No tenía presente el nombre, y tampoco podía preguntarlo a nadie. O, por más que intentara hacerlo, nadie le respondía. Le venía en mente la palabra "cataplasma", aunque sabía que no era esa. "Cata… cata… ¡cataclismo!", se dijo emocionado. Pero no era así. Además de la angustia de la situación, se le sumaba ahora la que le producía no poder recordar la palabra. De todos modos, enseguida dejó eso. No importaba el nombre. Debía ser esa cosa de nombre raro, ese estado extraño, pensó, sin importar cómo se llamara. Y según había visto en la televisión, la gente que sufría ese estado, después de un rato, unas horas, despertaba. "Y… ¿si lo enterraban vivo?", se preguntó consternado.

Al velorio llegó una regular cantidad de gente. Pocos lo lloraron con convicción: su esposa, sus dos hijos, sus tres hermanos. La mayoría repetía las consabidas frases de ocasión, las mismas que él decía cuando iba a otros velorios. Lo que no podía entender es cómo era eso de sentirse vivo sabiendo que estaba muerto. Aunque, "¡no, no estaba muerto!", se decía para sí. "Si tengo plena conciencia de todo lo que está pasando… ¿O así será estar muerto?"

Pensó con honda consternación que si eso era estar muerto… era horrible. No podía decir ahora: "entonces: mejor muerto", porque efectivamente, estaba muerto. Se había imaginado la muerte de otra manera. No era un tema que le preocupara especialmente éste, pero tenía otra idea del asunto. Las pocas veces que le dedicaba algún tiempo a pensar esto, esperaba que la muerte lo encontrara en una cama, sin sufrimientos, descansando. Era, según creía, un sueño largo del que uno ya no despierta más. ¡Pero nunca hubiera imaginado que podía sobrevenirle en plena calle y en un horario pico, rodeado de gente desconocida, entre los gritos de la muchedumbre y el ruido del tráfico! No, no era eso lo que deseaba…

"Pero, claro… las cosas no son siempre como uno las desea", reflexionaba con amargura. "¿Y qué pasará luego, cuando cierren la tapa del ataúd?". Eso lo tenía desesperado. "¿La noche eterna?... Pero, si yo puedo pensar aún… ¿qué voy a hacer todo el tiempo aquí, encerrado, con las manos cruzadas sobre el pecho sin poder moverme pero pensando y sintiendo todo?... ¡Es un espanto!"

Recordaba haber visto que la gente que sufría de esos raros estados que ahora no podía recordar cómo se llamaban -"cata…. cata…. ¡catapulta!... No, no era catapulta… ¿Pero cómo era?"-, bueno, recordaba que a veces, inmóviles como estaban en su féretro, antes que los enterraran daban a entender que seguían vivos… llorando. Así vio una vez en una documental por televisión.

Decidió llorar entonces. Pero no podía. Primero, no le salían lágrimas. Y, además, no tenía ningún motivo que lo hiciera sentirse con ganas de llorar. Lo que le estaba sucediendo más bien le producía terror. Pero no tristeza.

Intentó serenarse y pensar en cosas tristes de su vida, a ver si de esa manera lograba llorar. Pensó en la muerte de sus padres. Esos habían sido momentos feos; recordaba que en ambos casos había llorado. No mucho, pero sí lo suficiente para que nadie dijera que no quería a sus progenitores. Con su madre lloró un poco más; la quería mucho, sin dudas. Pero ahora, al evocar aquel momento, no le venían las lágrimas. Pensó en otras circunstancias tristes….pero nada: las lágrimas no venían.

Cuando comenzó a escuchar las palabras del cura diciendo el responso, se desesperó. "¡¿Pero cómo nadie se da cuenta que no estoy muerto?!... ¿O así es estar muerto?" Julián no sabía cuál de las dos cosas lo trastornaba más. Pensó que sería terrible pasar toda su vida así, en un cajón… bueno, hasta le resultaba cómico descubrirse pensando eso. Si era un difunto, lo que le tocaba de ahora en más no era "seguir pasando la vida". Era ¡hacer de muerto!

Pero nunca se imaginó que los muertos pensaban, sentían, podían tener todas las sensaciones que él ahora experimentaba.

"La vida será una porquería… pero es más lindo que estar muerto", se dijo con aflicción. "¿Qué hacer entonces? ¿Resignarse?"

La tapa fue colocada entre el llanto de los más allegados. Al menos antes Julián podía ver y escuchar a la gente; ahora no. Eso le llamó poderosamente la atención: si tenía los ojos cerrados, ¿cómo era posible que viera a los asistentes a su velorio? Porque de ello no le quedaban dudas: ¡estaba viendo a las personas! Ahí estaba su hijita Viviana, de ocho años, con el vestido azul que le habían comprado hacía no más de un mes. Y su hijo Omar, con muchos granitos en la cara -cosa que al jovencito lo tenía sumamente preocupado y sobre lo cual Julián le hablaba siempre diciéndole que eso ya le iba a pasar, que no era nada grave-. Ahí lo podía ver perfectamente, no era una alucinación. Cada vez entendía menos la situación.

Ahora, cerrado ya el féretro, no podía ver nada; e incluso escuchaba con mucha dificultad. Lo incomodaron los barquinazos cuando el ataúd era trasladado. "¡Esto no es vida!", se permitió bromear. Tuvo, por otro lado, la sensación que sonreía por la humorada. Pero no podía compartir el chiste con nadie, lo cual lo afligió. "¿Le crecería la barba ahora?", siguió cavilando. Algo inexplicable lo forzaba a reírse de la situación. No podía ser cierto todo eso que estaba atravesando. "¿Cómo voy a estar muerto si estoy pensando estas cosas? Los muertos no piensan, ¿verdad? No, no…no estoy muerto. Esto es todo un chiste que me están haciendo".

Las paladas de tierra que iban tapando el cajón lo convencieron que allí no se trataba de ningún chiste. Por otro lado, si fuera un chiste…no entendía cómo podría ser posible. ¿Quién iba a estar haciéndole un chiste de esa naturaleza?

Muy a lo lejos escuchó los últimos llantos de sus familiares directos. Escuchó la voz de su hija que lo llamaba desconsoladamente. Y eso lo paralizó. Nunca en su vida había sentido tantas ganas de gritar. Ahora lo intentaba con desesperación, pero la voz no salía. "¡Aquí estoy, Vivianita del alma! Hija mía: no estoy muerto, no. Hay un error. Diles a todos que me saquen. ¡No estoy muerto!" Sintió que todos iban retirándose. Le pareció escuchar, incluso, muy a lo lejos, motores de automóviles que se ponían en marcha y se alejaban.

"¿Y qué hacer ahora?"

La sensación que tuvo fue horrible, espantosa. Si lo que le estaba pasando era un ataque de esa enfermedad -"¡catalepsia!", por fin la recordó- ¿cuándo despertaría? Y cuando despertara, ¿qué haría? ¿Cómo salir de ahí?

Perdió la noción del tiempo. No podría decir cuánto pasó encerrado en el cajón, y mucho menos de qué manera había sucedido, lo cierto es que en algún momento se encontró en un lugar conocido. No lo podía creer, no era posible. Enseguida reconoció el sitio: ¡estaba en su barrio!

No le importó mucho saber los por qué. Lo primero -¡y único!- que pensó fue en cómo llegar a su casa. No estaba nada lejos, sólo un par de calles. Encontró todo igual, y sin pensarlo dos veces, caminó apresuradamente. En realidad, no era caminar; era una carrera atropellada, aparatosa. Pero algo sentía que estaba mal: sus pasos no hacían ruido. Se detuvo un momento en su alocada marcha y miró sus pies. Llevaba puestos los mismos zapatos que aquel día en que había recibido el balazo fatal.

No entendía bien qué sucedía. ¿Por qué no hacía ruido? ¿Qué estaba pasando? Luego de un pequeño instante de cavilación, siguió su loca carrera. A los pocos metros se encontró con un vecino conocido de años, don Ricardo, que venía caminando. Quiso ver cuál era la reacción de este buen hombre, anciano ya, a quien había visto en su funeral. Pensó también que el pobre se podría morir de un paro cardíaco al verlo vivo nuevamente, pero después de todo no era tan fea la muerte, porque él ya la había conocido, y en realidad, más allá de la soledad, no se sufría tanto.

Se acercó hasta el buen hombre y lo saludó efusivo. "¡Hola, don Ricardo! ¿Se acuerda de mí todavía?" El interpelado siguió su marcha cansina sin prestarle la más mínima atención. "¡Eh, don Ricardo. Soy Julián, su vecino. ¿No se acuerda? ¡El que se murió de una bala perdida en la cabeza!". Don Ricardo continuó inmutable. Le pareció verlo más avejentado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde su muerte? El envejecimiento del vecino lo asustó. "¿Habrán sido varios años?"

Siguió su marcha. Le quedaba como argumento pensar que don Ricardo, muy avejentado, estaba ya muy sordo, deteriorado por la edad, con demencia senil quizá, y por eso no lo reconocía. De todos modos ahora no continuó corriendo. Iba caminando con tranquilidad observando atentamente cada detalle del sector. Era una sensación grata. No recordaba haber caminado por su barrio anteriormente de esa manera, disfrutando cada cosa, cada esquina, cada casa que veía, cada árbol. El corazón le palpitaba, lo cual lo hizo sentir vivo, bien vivo. Había llegado frente a la puerta de su casa.

Se detuvo un momento. Había muchos detalles cambiados. Eso le hizo suponer que había pasado ya un tiempo considerable desde su entierro. El frente de la casa tenía otro color ahora, y las cortinas de la cocina que alcanzaba a ver era nuevas.

Así estuvo por espacio de unos minutos, pensando qué iba a decirle a su familia. ¿Lo reconocerían? ¿Se morirían de miedo al verlo nuevamente? ¿Cómo reaccionarían?

Además de preocupado, estaba contento. Muy contento, rebosante de alegría. ¡Estaba volviendo a su casa! ¡Ya no estaba muerto! ¡Ahora sí se iba a terminar el equívoco! Aunque todos los cambios que veía le hicieron pensar en un mal presagio. "¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Y si ya no me recuerdan?"

De pronto vio salir a su esposa. Bueno… su ex esposa. "¿Cómo tendría que decirle: esposa o ex esposa?" Poco importaba eso. Lo cierto que ahí estaba Marta, bonita como siempre.

Pero su sorpresa fue mayúscula. Casi muere de la impresión -por decirlo de alguna manera- cuando vio que ella estaba embarazada. "¿Será mío?" Inmediatamente recordó que antes de recibir el balazo en la cabeza aquella tarde, Marta nunca le había hablado de un nuevo embarazo. O podría ser que no se lo había querido contar aún y le iba a dar una sorpresa…. Claro, eso tenía que ser. ¡Una sorpresa! Le iba a dar una sorpresa y la muerte lo sorprendió antes… Eso era. "¿O sería de otro?..."

Julián quedó sin palabras. Vio cómo ella salía lentamente de la casa, algo más avejentada, y caminaba con la misma parsimonia de siempre. La miró alejarse. Quería decirle algo pero no podía. Además, ella había pasado a no más de dos metros de donde él estaba parado y no le había dirigido la palabra. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? ¡No, no, eso es imposible! "¿No me habrá querido saludar? Pero… ¿por qué?"

Cuando Marta se alejaba, Julián la llamó. Sintió que pronunciaba su nombre claramente, pero no escuchó su propia voz. ¿Cómo era posible eso? Insistió. Gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Pero nada… No se escuchaban sus gritos. Justo en ese momento pasaba por la acera una vecina de años: doña Leonor (también recordaba que había estado en su funeral). En forma precipitada, aún sabiendo que la pobre mujer podría no entender nada, sorprenderse de verlo de nuevo ahí parado frente a la puerta de su casa, aún a riesgo de todo eso decidió hacerla participar en la escena. Acaloradamente, casi gritando, se dirigió a la mujer: "¡¡Doña Leonor, no se asuste: soy yo, Julián!! Ya le voy a explicar cómo es posible todo esto, pero ahora, por favor, por diosito lindo, ¡¡llámela a Marta!! Por favor, doña Leonor: dígale que volví".

Pero doña Leonor siguió caminando ajena a todo.

"¡Doña Leonor! ¿No me escucha? ¿No me ve, doña Leonor? Soy yo, ¡Julián!"

La mujer siguió su camino imperturbable y dobló la esquina.

A Julián lo ganó la desazón, la desesperanza. No entendía lo que estaba sucediendo. "Pero, ¿estoy o muerto o no? ¿Esto es estar muerto? O sea que uno puede hablar, pensar, sentir, ver y escuchar a los demás… pero nadie puede verlo ni escucharlo a uno. ¡Qué cosa tan rara esto de estar muerto! Yo pensaba que era distinto: que uno se quedaba dormido para siempre, ya no sentía nada…"

Estaba atormentado con todas sus cavilaciones. En realidad no sabía bien qué hacer, si valía la pena seguir insistiendo con los vivos, llamarlos, intentar presentarse ante ellos.

Empezaba ya a resignarse a que su actual existencia era eso: un estar sin estar, cuando de pronto le pareció ver venir a su hija Viviana. Estaba irreconocible: era ya una muchachita y no la niña que él había dejado cuando murió. "¡Cómo nos cambia la vida!... Bueno, pero más aún la muerte, ¿no?", reflexionaba con amargura.

Viviana no venía sola; iba con su tío, el hermano menor de Julián. A una prudente distancia él los observaba. No se decidía aún a presentarse ante ellos a ver qué pasaba esta vez, cuando por la misma acera, pero en sentido contrario, venía caminando Marta. Seguramente había ido de compras. Traía un par de bolsas repletas con productos del mercado, ante lo cual el hermano menor de Julián, Luis -"Luisito, para todos… ¡cuántos recuerdos!..."- solícito salió hacia ella. Se saludaron con un beso en la boca, beso que no podía ser de cuñados.

Julián quedó estupefacto. No lo podía procesar. "¿Eran pareja entonces? Pero, ¿ese embarazo?... ¿Será de Luisito?" Por varios minutos quedó atontado. En ese instante tanto Marta como Luis y Viviana entraron en la casa. Julián quedó en la puerta, parado, trastabillando por la emoción de lo visto.

Un momento después vio llegar a su hijo, Omar, todo un muchachón ya. Venía en bicicleta. La incipiente barba se le dibujaba en el rostro serio, ya sin granitos. Sin pensarlo dos veces Julián corrió hacia él y lo tomó de un brazo mientras le gritaba desesperadamente: "¡Hijo, hijito mío! ¡Soy yo: tu padre! ¿No me escuchas?" Omar sintió algo en el brazo, y con un rápido movimiento de su mano izquierda pareció espantar algún insecto. Eso fue todo. No contestó a los gritos de su padre. No vio nada, no sintió más nada en el brazo. Tomó la bicicleta y entró en la casa.

Desconsolado, Julián ni siquiera quiso llamar a la puerta. ¿Para qué? Así permaneció un buen rato. Lo desesperaba, además de todo lo que acaba de ver, pensar en su futuro. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde dirigirse? No existía, nadie lo reconocía… ¿Volver al cajón? Pero… ¿cómo? Ni siquiera sabía cómo había salido de ahí, cómo había llegado hasta su viejo barrio.

Con una congoja que lo hacía sentir que se moría -bueno, es una forma de decir-, sin saber por qué, optó por tocar el timbre de la que había sido su casa. Un instante después salió a la puerta su hermano Luis. Julián no cabía en sí de la alegría. Corrió hacia él, lo abrazó, quiso besarlo, todo envuelto en expresiones de alegría. "¡Luisito, Luisito querido! ¡Al final me escuchan. Hace una hora que estoy llamándolos, gritándoles, y nadie me contesta. ¡Volví, Luis! ¡Volví!" Pero Luis lo único que dijo, contestando a Marta que desde dentro de la casa le pregunta quién tocaba, fue, no sin cierto desagrado: "nadie".

Julián no salía de su asombro. Pero… si habían escuchado el timbre, ¿cómo era posible? Insistió. Ahora tocó con más vehemencia, varias veces seguidas. Luis salió con cara de pocos amigos, miró hacia todos lados, y no viendo a nadie, malhumorado cerró dando un portazo.

"¿No existo entonces? ¿Y el timbre?... ¿Cómo es posible?"

Nadie sabe con exactitud cómo fue tejiéndose el mito popular. Hoy, incluso, hay varios estudios antropológicos sobre el asunto. La habladuría repite siempre lo mismo: que a cualquier hora, cualquier día de la semana, también por las noches, tocan desaforadamente el timbre de cualquier casa, y nunca hay nadie cuando los moradores salen a contestar. Hubo quienes se tomaron la molestia de dejar cámaras de video filmando por un buen tiempo, y hasta desde la universidad vinieron a hacer esa investigación. Pero quedó claro que no son travesuras infantiles. De hecho, a todos los niños del vecindario se les tiene terminantemente prohibido tocar los timbres. Cuenta la historia que Viviana, la solterona loca del barrio, una vez tuvo una sorpresa tan grande cuando abrió la puerta a la que habían llamado que prácticamente nunca más quiso salir de su casa, y ahí envejeció, solitaria, casi sin volver a hablar nunca más con nadie. Y si escucha tocar el timbre, entra en pánico.

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Urbanística: Los estadios del Mundial de Qatar en 2022

En el año 2022, la XXII edición de la Copa Mundial de Fútbol, organizada por la FIFA, será en Qatar. Ya desde ahora se están preparando los estadios que albergarán este moderno pan y circo.

Veamos de qué se trata.



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La colaboración artística entre Juan Gelman y Juan (el Tata) Cedrón

Alejandro Teitelbaum (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Juan Gelman y el Tata Cedrón colaboraron en obras magníficas. Gelman con la letra de sus poesías y Cedrón con la música. Obras que Juan Cedrón ejecutaba en los años 70 en Francia con su cuarteto formado por el mismo, Jorge Sarraute, CésarStroscio (un bandoneonista “fuera de serie”) y Miguel Praino.



Cabe recordar La cantata del gallo cantor (en francés Le chant du coq) que estrenaron en Francia en 1976, cuando en Argentina gobernaba la dictadura militar. Y La Balada del hombre que se calló la boca.

Un fragmento de La cantata del gallo cantor:

Esos pasos ¿lo buscan a él?
ese coche ¿para en su puerta?
esos hombres en la calle ¿acechan?
ruidos diversos hay en la noche

sobre esos ruidos se alza el día
nadie detiene al sol
nadie detiene al gallo cantor
nadie detiene al día

habrá noches y días aunque él no los vea
nadie detiene a la revolución
nada detiene a la revolución
ruidos diversos hay en la noche

esos pasos ¿lo buscan a él?
ese coche ¿para en su puerta?
esos hombres en la calle ¿acechan?
ruidos diversos hay en la noche

sobre esos ruidos se alza el día
nadie detiene al día
nadie detiene al sol
nadie detiene al gallo cantor

La Balada del hombre que se calló la boca:

El sol sale todos los días
cantan los pájaros o llueve
alguien nace, alguien muere, alguien sufre
un hombre se calló la boca.

Lo ricos cada vez más pobres,
sus armas cada vez más grandes,
sus miedos cada vez más chicos,
un hombre se calló la boca.

¿Qué espera para hablar?
¿Acaso es una copa no colmada?
Las copas pierden con el tiempo
un hombre se calló la boca.

¿Qué espera? ¿Tiene miedo?
¿No sabe? ¿Es un mártir?
¿Le sacaron la lengua? ¿Es sordo? ¿Ciego? ¿Qué es?
un hombre se calló la boca.

No quiere callar,
no quiere darle pedazos a la rabia.
¿Qué espera? ¿Esperaba? ¿Espera?
un hombre se calló la boca.

Pasaron años y vinieron
los que organizan la victoria
todos hablaron, pero antes
un hombre se calló la boca.

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Plástica: Rafael Sanzio, un clásico

(Raffaello Santi o Sanzio; Urbino, actual Italia, 1483 - Roma, 1520) Pintor y arquitecto italiano. Sus obras representan el paradigma del Renacimiento por su clasicismo equilibrado y sereno basado en la perfección de la luz, la composición y la perspectiva.



Su padre, que fue el pintor y humanista Giovanni Santi, lo introdujo pronto en las ideas filosóficas de la época y en el arte de la pintura, pero falleció cuando Rafael contaba once años; para ganarse la vida, a los diecisiete años trabajaba ya como artista independiente.

No se conoce con exactitud qué tipo de relación mantuvo Rafael con Perugino, del que unos lo consideran discípulo y otros socio o colaborador. Sea como fuere, lo cierto es que superó rápidamente a Perugino, como se desprende de la comparación de sus Desposorios de la Virgen con los de este último. Desde 1504 hasta 1508, trabajó fundamentalmente en Florencia, en donde recibió la influencia del arte de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel.

De entre sus obras de este período (El sueño del caballero, Las tres Gracias), las más celebradas son sus variaciones sobre el tema de la Virgen y la Sagrada Familia. Los personajes sagrados, dotados de cautivadores toques de gracia, nobleza y ternura, están situados en un marco de paisajes sencillos y tranquilos, intemporales. En estas telas, Rafael da muestras de su inigualable talento para traducir a un lenguaje sencillo y asequible los temas religiosos. Su maestría en la composición y la expresión y la característica serenidad de su arte se despliegan ya en plenitud en la Madona del gran duque, La bella jardinera o La Madona del jilguero, entre otras obras.

En 1508, el papa Julio II lo llamó a Roma para que decorara sus aposentos en el Vaticano. Aunque contaba sólo veinticinco años, era ya un pintor de enorme reputación. En las habitaciones de Julio II, conocidas en la actualidad como Estancias del Vaticano, Rafael pintó uno de los ciclos de frescos más famosos de la historia de la pintura.

Entre 1509 y 1511 decoró la Estancia de la Signatura, donde pintó las figuras de la Teología, la Filosofía, la Poesía y la Justicia en los cuatro medallones de la bóveda, para desarrollar de forma alegórica estos mismos temas en cinco grandes composiciones sobre las paredes: El triunfo de la Eucaristía, La escuela de Atenas, El Parnaso, Gregorio IX promulgando las Decretales y Triboniano remitiendo las pandectas a Justiniano, estas dos últimas alusivas a la justicia. En un espacio de gran amplitud, organizado con un perfecto sentido de la perspectiva, Rafael dispone una serie de grupos y figuras, con un absoluto equilibrio de fuerzas y una sublime elegancia de líneas. No se puede pedir mayor rigor compositivo ni un uso más magistral de la perspectiva lineal.

En la Estancia de Heliodoro, decorada de 1511 a 1514, Rafael desarrolló cuatro temas históricos, acentuando en cada uno de ellos un rasgo plástico determinado: el claroscuro en La liberación de San Pedro, la riqueza del colorido en la Misa de Bolsena, etc. En la estancia del Incendio del Borgo (1514-1517) predomina ya la aportación de los discípulos sobre la del maestro, lo mismo que en la Estancia de Constantino, donde sólo la concepción del conjunto corresponde a Rafael.

El pintor simultaneó la decoración de las Estancias del Vaticano con la realización de otras obras, como los frescos de El triunfo de Galatea para la Villa Farnesina. A este período corresponden también numerosos cuadros de la Virgen con el Niño, algo más solemnes y menos cautivadores que los de la etapa florentina. Los retratos romanos, en cambio, superan en veracidad y penetración psicológica a los florentinos. En ambos casos, el dibujo es de una calidad inigualable y el colorido, discreto, servidor de la forma.

A partir de 1518, Rafael se ocupó de la decoración de las Logias del Vaticano con pequeñas escenas del Antiguo Testamento envueltas en paneles de grutescos. La Transfiguración, última obra del artista, es considerada por algunos el compendio perfecto de su arte. Sus trabajos arquitectónicos, de menor importancia que los pictóricos, incluyeron la dirección de las obras de San Pedro del Vaticano.

Ver su obra aquí: http://www.mystudios.com/artgallery/R/Raphael/Raphael-oil-paintings-1.html

Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rafael.htm

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Música: Pink Floyd, un clásico del rock

Pink Floyd no tiene una historia accesible, su camino se confunde entre laberintos de espejos, su marcha nunca fue explosiva. Sin embargo, su presencia en los pasillos de la música fue contundente, tal es así, que decir Pink Floyd, es remitirse directamente a uno de los aportes más notables que produjo la generación musical de los 70, una de las mil corrientes que simplificamos y englobamos bajo el término de rock: un río cuyos innumerables afluentes simbolizan gran parte de la cultura occidental de los últimos cincuenta años.



Para los gustosos de visiones materialistas podríamos remarcar todos los progresos que en términos de grabación y tecnología influyeron en la distinción del sonido de Pink Floyd. Para los más románticos está bien pensar que el propio experimentalismo sónico de algunos artistas fue ampliando el horizonte. Lo cierto es que la música, por entonces, parecía alcanzar una nueva dimensión, una profundidad diversa, una métrica más introspectiva que las galopantes canciones clásicas de ritmo fijo y estribillo.

Pink Floyd no sobrevivió como muchos hubieran deseado, para muchos cuesta creer que el Pink Floyd de los mega recitales exultantes de luces y efectos de todo tipo sean, casi casi, los mismo de ayer. Y la verdad es que no lo son. Como un enorme arrayán petrificado, hoy son la mueca monumental de lo que fueron.

Intentando un breve recorrido por su historia debemos reconocer que la corriente psicodélica, que a partir de mediados de los 60 partió de California, encontró rápido eco en algunos sectores universitarios de Inglaterra. La adopción de esa pulsión artística tomo revistes localistas en las islas británicas y para 1967 ya podía hablarse de una psicodélia inglesa. Pink Floyd fue parte de esos receptores psicodélicos que darían, a su vez, características personales a la percepción de los sonidos. Como aislados de algunas otras corrientes que iban tomando fuerza, su sonido persiguió otro cielo y cuando los críticos tuvieron que definirlos de alguna manera, el término Rock Sinfónico pareció ser el más ajustado.

Mientras grupos como Génesis (con Gabriel) o Yes (de aquellos tiempos) se dedicaban a escalas interminables de virtuosismo y climas casi barrocos envueltos en sonidos etéreos, Pink Floyd daba vuelta cintas, buscaba los límites, rompía para armar, jugaba con los extremos como si el fluir de la sangre o el flotar de una pluma pudiese musicalizarse.

Para 1966 Syd Barret, Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason llevaban seis meses juntos. Para entonces ya sorprendían dándole a sus conciertos un toque distintivo no sólo a través de la música, sino también proyectando diapositivas y cintas de colores vivos haciendo entrar a la psicodélia por los oídos y los ojos. Relacionar aquellas puestas con los efectos del ácido lisérgico es algo demasiado obvio para ser remarcado, pero cabe destacar que aquellos experimentos habían abierto los brazos a una significativa manera de percepción: colores brillantes, formas sin formas, sonoridad sublimada, tiempos variables.

Waters, Wrigth y Manson habían intentado diferentes combinaciones hasta que el primero de ellos decidió invitar a un ex compañero de colegio que por entonces estaba en Londres: Syd Barret.

Syd había viajado a la capital a estudiar pintura, sin embargo nada de lo que hace a la expresión le era ajeno y termino tocando la guitarra. La llegada de Barret para conformar el cuarteto terminó de marcar el camino; él componía la mayoría de los temas, diseñaba las portadas de los discos y entre sesiones de LSD y viajes introspectivos daba personalidad a los primeros años de la que se transformaría en una banda mítica para la historia del rock.

A partir de entonces comienza a tomar forma la leyenda. El deterioro psíquico de Barret era notorio y el resto del grupo decide incluir a David Gilmour (que había tocado en dúo folk con Barret) pensando que esto ayudaría a contener al desequilibrado Syd. Gilmour y Barret pasaron dos meses juntos en Pink Floyd. La idea no dio resultado, Barret dejaría la banda en 1968 para recibir tratamiento médico. Después de grabar dos LP's terminaría encerrádonse en el domicilio materno en Cambridge.

Hasta allí el hundimiento de Pink Floyd parecía inminente, pero el talento de Roger Waters demostró condiciones para tomar el timón de los náufragos. Waters sabría manejar la nave en los tiempos cambiantes que transcurrían. Acepto grabar algunas bandas sonoras y supo aprovechar la experiencia de los años complicados. Saldría el doble Ummagumma de largas y climáticas canciones grabadas en vivo. Este disco, teniendo en cuenta que estamos en 1969, pasaría de ser un proyecto curioso a un disco mítico. Atmósfera densa, espacial, hipnótica, un fluido sensorial.

Comercialmente, Ummagumma no merece el menor comentario, pero sería la entrada de Floyd a la década. Atom Heart Mother y Meddle mostrarían al grupo totalmente consolidado. Es allí donde aparece el Pink Floyd exagerado, el monumental, el de la desmesura y ampulosidad de los conciertos con que hoy en día se los sigue asociando.

Luego de aquella gran vaca que ilustrara la portada de Atom... y la súper oreja que hiciera otro tanto con Middle, apareció lo impensado. Explota la experiencia y con la colaboración del ingeniero Alan Parsons (un peso pesado de la década para los que recuerdanThe Alan Parson Proyect), dan luz a 12 canciones de altísimo nivel, pop comercial del que deja huella, uno de los discos más vendidos de todos los tiempos: The Dark Side Of The Moon. El lado oscuro de la luna rescataba la música entre sonido de despertadores, un helicóptero, el latido del corazón y la caja registradora que asociaremos con Money. El resultado: más de 300 semanas ininterrumpidas en el hit Parade de la Billboard y el tema Money, por primera vez desde el 67, conseguía para Floyd un éxito elocuente en formato simple.

Pink Floyd también inauguraría los largos recesos que por entonces no eran tan comunes. Casi tres años tardó en salir el sucesor de The Dark... Septiembre de 1975 aparecía Wish You Where Here, sorprendente, aunque nada le haría sombra al éxito alcanzado con el disco anterior, Pink Floyd demostraba que gozaba de una salud compositiva envidiable.

El arribo del Punk golpeó todo los estamentos y el que más el que menos, debió adaptarse. Animals es un ejemplo de esto (no imaginar que Floyd se volcó a la nueva tendencia, pero es notable cierto giro en busca de una economía menos sofisticada).

Superado el momento en que los gigs (conciertos punks) amenazaban con escupir estrellas a la velocidad de un volcán en erupción, Pink Floyd hace una especie de maniobra riesgosa para recuperar su senda. The Wall, quizás el disco más célebre de la historia del grupo, y mucho más aún asociado con la película que protagonizada por Bob Geldof y dirigida por Alan Parker llevaría a la banda a ser reconocida en el mundo entero. Millones, entonces, conocerían a Floyd, a Syd y hasta accederían al pasado discográfico del grupo gracias a The Wall. El LP doble que luego daría lugar a la película, daría sendos dividendos. Toda una generación recuerda aquella vez que fue al cine para sorprenderse con la visión sombría de un Waters que había basado sus composiciones en la soledad, el desconsuelo, la locura, la crítica social y la poesía a ese muro que levantamos para aislarnos del entorno. ¿La historia de Barret? Lo cierto es que musicalmente The Wall es impecable.Another Brick In The Wall se transforma en el himno crítico del sistema educativo: "Nosotros no necesitamos educación, nosotros no necesitamos ese control" fue bienvenido para transformarse en un clásico de la música de todos los tiempos más allá de la prohibición que sobre ella pesó en algunas emisoras.

The Wall, sin duda, merece un capítulo aparte. Conjunción magnifica entre música e imágenes, una estética destacable, aquellos dibujos que quedarían por siempre asociados a la banda y por qué no, a la historia del rock.

A comienzos del 83 aparece The Final Cut, la esencia está, pero hacer un disco después de The Wall, no puede ser una tarea fácil para nadie. Los deseos de Waters de que Pink Floyd descanse en paz no llegan a buen término (con pleitos incluidos por la propiedad del nombre). Sus trabajos solistas no le quitaron a los fanáticos los deseos de volver a ver a Pink Floyd nuevamente, como antaño. Mientras tanto Gilmour y el resto siguen enrolados bajo un Pink Floyd que apoyado sobre sus cenizas continúa sorprendiendo por sus mega shows, por sus luces infinitas, por sus terribles efectos, por sus chanchos voladores y sus pantallas gigantes. Pero eso no alcanza, Pink Floyd no fue lo que es por su gigantesca apariencia, sino por su gigantesca capacidad compositiva.

De su larga producción presentamos aquí una pequeña muestra significativa:

- Learning To Fly


- Wish You Were Here


- The dark side of the moon


Fuente: http://www.canaltrans.com/musica/pinkfloyd.html

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Gerardo Bavio recuerda la militancia de Juan Gelman: “Compartimos las mismas críticas a la Conducción Nacional de Montoneros”

Mario Hernández

Mario Hernández (MH): Escuchando al “Tata” Cedrón en el tema “El caballo de la calesita”, letra de Juan Gelman, para recibir a Gerardo Bavio. Puse este tema porque Gelman fue tu compañero de lucha, de militancia y me gustaría que nos hablaras de esta faceta de su personalidad.

Gerardo Bavio (GB): Con Juan militábamos en la misma corriente de lo que llamamos el peronismo de izquierda, en la organización Montoneros. Lo conocí personalmente en Madrid, recién en 1978, cuando tuve oportunidad de salir de Argentina, residí un tiempo en México y después en España. Ahí nos conocimos y nos vimos varias veces. En gran medida participábamos de la misma opinión con respecto a las críticas que se le formulaban a la Conducción Nacional de Montoneros desde algunos ámbitos.

Al respecto quería mencionar lo que fue la ruptura de Juan con la Conducción Nacional junto a varios compañeros, entre los cuales estaban Pablo Fernández Long, Arnaldo Lizaso y Rodolfo Galimberti, que plantearon una serie de críticas en un acto que se desarrolló en febrero de 1979, previo a la denominada Contraofensiva.

Todos estos compañeros eran críticos a la posición de la Conducción Nacional de Montoneros y los criterios que se manejaban. Los acusaban de una concepción militarista, de elitismo, de ausencia total de democracia interna, una serie de críticas que nosotros también compartíamos. No participamos porque podríamos decir que nos sorprendió hasta cierto punto la Declaración de París.

Para aclarar, quiero leer brevemente unos conceptos que Gelman le dirige a Rodolfo Puigróss en una carta de mayo de 1979. Leo textual:

“Nuestro referente son las masas en el país y no el aparato al cual renunciamos porque está equivocado. Hay que empezar por reconocer humildemente quiénes y cuántos somos. Hay que empezar por reorganizar nuestro espacio en el país. El peronismo montonero, con toda humildad repito, con paciencia, sin cortoplacismos, sin soberbia, reconociendo verdaderamente nuestros errores, el militarismo foquista es el principal, empujando la unidad del peronismo pero por las bases, por las conducciones naturales reconocidas por la gente, que hoy lucha contra la dictadura, procurando articular sin sectarismos, sin voluntad controlista ni falsamente hegemónica, todo el enorme espacio de esa resistencia hoy debilitado por su falta de articulación y carencia de conducción”. Y agrega: “vos sabés que la lucha interna de este llamado Partido dura hace años y se viene manifestando de diferentes maneras. Rodolfo Walsh fue uno de los nuestros, de los más lúcidos, también Sergio (quien era hijo de Puigróss y fue detenido y desaparecido por la dictadura militar) y esto no es demagogia barata, no la puede hacer quien como yo también ha perdido un hijo muy querido en esta lucha. Lo que nos duele son tantos muertos para ver que esto se termina en un suicidio del proyecto a menos que reaccionemos, a menos que hagamos algo para que siga vivo como debe seguir”.

Estos eran los conceptos que Juan Gelman le decía a Rodolfo Puigróss quien se mantuvo en la misma línea hasta el final de sus días.

Nosotros rescatamos todas esas palabras y cuando rompimos en diciembre de ese mismo 1979, esos conceptos también estaban presentes. Lamentablemente, se tradujo en la derrota de un proyecto revolucionario, nacional. Ahora pensamos en el socialismo del siglo XXI como seguramente pensaba el querido compañero Juan Gelman a quien debemos hacer también un elogio a su poesía, a su literatura, a todas esas virtudes que tenía.
Para terminar este homenaje podría leer un epitafio escrito por Juan:

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.
Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín).

Este es el “Epitafio” escrito por Juan Gelman y le rendimos un sentido homenaje a este compañero tan querido que estuvo acá, en Tucumán, en 2004, 2005, no recuerdo exactamente. Visitamos el Parque de la Memoria en el cerro San Javier y después Juan nos deleitó con su poesía en un acto que tuvimos. Vino junto con su compañera, Mara Lamadrid. Fue la última vez que lo vi, pero seguimos manteniendo un cierto contacto mientras vivió y que todavía está vivo entre nosotros, en nuestro corazón.

MH: Sentidas palabras. Te agradezco porque al igual que el miércoles pasado lo hiciera Guillermo Almeyra, cuando recién conocíamos el fallecimiento de Juan Gelman, has reivindicado su militancia, sin duda de uno de los más grandes poetas en lengua castellana, pero también una persona que supo poner su cuerpo y su espíritu al servicio de un proyecto político revolucionario, socialista como acabás de mencionar.

Gerardo Bavio. Nacido en Salta el 23 de febrero de 1926. Se recibió de Ingeniero Civil en la Universidad de Córdoba. En 1962 fue contratado por el Ministerio de Industrias de Cuba, a cargo de Ernesto Che Guevara. A principios de los ´70 milita en la organización Montoneros. El 25 de mayo de 1973 es designado Intendente de la ciudad de Salta. Fue detenido durante la gestión de Isabel Perón. Liberado en febrero de 1975 constituye la Junta Promotora del Partido Peronista Auténtico. Dado el golpe genocida permanece en Argentina hasta mayo de 1978. Parte al exilio en México, allí suscribe un documento crítico a la conducción de Montoneros junto a Jaime Dri y Miguel Bonasso, entre otros. En 1990 regresa a Argentina. En 2008 es nombrado Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Salta. Actualmente reside en Tucumán y está próximo a publicar junto a Mario Hernández El peronismo que no fue. La (otra) otra historia.

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En buenas manos está el pandero

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Manifestaciones, y más manifestaciones, cada uno se escoge para sí la protesta de la vida, y sus mandamases, conforme a la fábula del que está hasta los cojones de ver vivir a los zánganos, gente de mal vivir, facineroso y rufianes, que proceden con poca honradez y delicadeza, aprovechando el cargo que se desempeña para lucrarse ilegalmente a mansalva; y al trabajador morir de hambre, aunque se sienta feliz, “entre comillas”, con un trabajo, y sea perseguido y escarmentado hasta callarle la boca para que no se le escuche este refrán: “España, la rucia, cuánto bellaco te busca, y después de haberte hallado, que feliz de haberte violado, estafado”.



Montejo, de la Vega de la Serrezuela, en la provincia de Segovia, marcha con Jorge, de Montemayor, en la provincia de Córdoba, a una manifestación manilarga a favor de la Escuela Pública, la Libertad de Abortar y el Laicismo Ateo. A pesar de la información dada por una puta maniquí manipuladora del sistema de que han ido unos pocos, han sido miles los que han asistido. Otra cosa será la resolución que se tome por el gobierno, que, sin duda será la misma que tomó Luis de Godoy, corregidor de Murcia, persiguiendo y escarmentando al pueblo en lucha.

- A estas manifestaciones de la izquierda roja, asisten hombres y mujeres caracterizados, distinguidos por su calidad y empleo; dice Montejo.

También, a los dos compañeros, algunos dicen que se pierden, se malbaratan, les gusta ir a manifestaciones blancas, la derecha blanca, como el caracú, tuétano de los huesos de patas de cuadrúpedo, en honor de la Familia, la Secta de Roma, la vida de los fetos, el fundamentalismo religioso, etc., por ver los caretos meapilas que admiten a los curas por su mejor comer, cenar y beber, por su bien follar, y su bien manosear a los niños y a las niñas.

- Ellos son como pulpos negros de tinta negra, que no pueden tener quietas las manos ni el morcillo, dice Jorge.

- Son buenos pájaros en buena fe, replica Montejo; prosiguiendo: a estos tontos de capirote, carachochos, santificamuertos, muy pesados e indigestos, que creen una patraña, cantando en la mano por la fuerza que le da la autoridad, pero nunca la razón ni el derecho, ven el cielo pelado detrás de la albarda, y les encanta que el poder use la mandarria, palo largo y fuerte que sirve de brazo de palanca a que se enganchan bestias o se uncen bueyes para poner en movimiento la embustera paz social sostenida por las armas, o la porra para arrear a los manolos.

El de Montemayor no se queda corto, y dice:

- Yo, como la gran mayoría, me siento estafado. La trompa del elefante, en cardas unidas y aparejadas, nos guía para cardarnos en cada una de las vueltas que nos hacen dar por las calles obligadas.

- En buenas manos está el pandero, canta el de Vega de la Serrezuela.

Atado y bien atado, el pueblo, contesta Jorge.

Manos blancas no ofenden, matan. Que quien a mano ajena espera, mal yanta y peor cena, termina Montejo.

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Las certezas de una época

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era una época en que todo era muy claro y evidente: habría un foco que se extendería por toda América Latina.



Y ayudados por el foco la clase obrera tomaría el poder.

Los obreros eran buenos. Y si en la dirección del sindicato se volvían flojos y traidores a su clase era porque dejaron de ser obreros y pasaron a ser burócratas sindicales. No más obreros.

Y los burgueses eran malos. Y los militares eran el brazo armado del imperialismo.

Y nada de elecciones. Eran siempre fraudulentas, con el resultado adecuado a los intereses de las clases dominantes de cada país.

El Capital, de Marx, era la nueva biblia.

Aquel anciano recordaba siempre todo eso cuando por la Internet escuchaba y veía discursos de Cristina Kirschner, Dilma Roussef, Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Época en que gente así gobernando era ininmaginable. Solamente Fidel, cuyo desembarco fue un foco que se extendió por toda Cuba.

Recordaba también sus amigos y conocidos torturados y muertos. Todos ellos con la certeza de lo inevitable de la revolución por la lucha armada.
 
Hasta que se dio cuenta que el marxismo había pasado a ser una nueva religión.

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Atenas underground

Gregorio Echeverría (Desde Ricardo Rojas, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Lejos de la Acrópolis de espaldas al sol
que ilumina la frente de los sabios
y alegra la jornada de los ciudadanos
campean las madrigueras y unas cuevas
donde las ratas entretejen su malévola
cocción de dividendos y tasas punitorias
aventando inflaciones y susurros
que aviesos pasquineros desparraman
aviados de ventiladores y malicia
a través de sus túneles y aguantaderos
hediondos de avaricia bajo sus arcoiris
de barros nauseabundos y de grises.

Amador alucina que entre un hedor
de cloacas y el siseo de lenguas bífidas
y monedas de oro putrefacto yacen los restos
de la Grecia heroica a unas cuadras del río
de la Plata (¡…!) en Buenos Aires hoy.

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Cuando Yemayá dejó de parir

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Durante sus visitas a los asentamientos tribales africanos, los Griot reúnen a los habitantes de las aldeas bajo un inmenso Iroko, (Ceiba) para narrarles con sus cantos sagrados hermosas historias sobre el nacimiento del universo.

Cuentan que cuando el mundo era una infinita masa de agua, se reunieron Olofi, Olodumare y Olorun para poblar el universo con personas diseñadas a su imagen y semejanza a los que los Orishas llamaron humanos.

Olofi mandó varias gallinas a escarbar las profundidades del océano para formar islas y tierra firme con el lodo del lecho marino. Consumado esto y habiéndose secado la tierra, las aves llenaron de semillas los campos, los inmensos eriales se llenaron de bosques y los verdes pastizales de espiga.

La trilogía sagrada del Olimpo yoruba escogió a Yemayá para que fuera la gestora del mundo y madre de la humanidad.

Sembraron en su vientre los primeros diez y seis humanos que dispersaron en los cuatro vientos para poblar la tierra. Yemayá debía elegir entre los varones de esos puntos cardinales a los guerreros más destacados por su nobleza, hidalguía, fuerza, valor y destreza, para que los hijos gestados en esa unión, habitaran el universo multiplicando la especie.

De cada parto de la diosa nacían siete hijos e hijas perfectos, tenían esa condición especial que los iniciados yoruba llaman Iwá Pelé. Eran personas espirituales valientes, sabios y fuertes, cuya piel teñía desde el perfecto ebanáceo y el más puro negro núbico, a la mulatez broncínea y la caucásica melanina.

La dueña de los mares y corales después de cada parto, reemplazaba al elegido por otro hombre perfecto para continuar la cópula divina y multiplicar la especie humana.

Cuando dos guerreros aspiraban al amor de la diosa y tenían las mismas condiciones de varonía, debían competir entre sí para que la dueña del infinito azul y el impoluto blanco del oleaje, escogiera al que superara las pruebas a las que eran sometidos, el ganador se quedaba con la dueña de los corales hasta que esta pariera sus siete hijos y el perdedor esperaba su oportunidad en el momento en que la diosa desembarazara.

Yemayá tenía su morada en la cueva mayor del acantilado, donde el azul del mar y el blanco de las olas al romper contra las rocosas paredes arrullaban su sueño. Diariamente se sumergía en el infinito azul turquesa del mar, para que las olas y corrientes marinas asearan y acariciaran su cuerpo con su ondulante menequeo. Su lecho era una gigantesca almeja cuya irisada y cóncava techumbre de nácar, iluminaba permanente el espacio de la cueva, la inmensa valva se abría y cerraba refrescándola en los momentos en que la canícula del mediodía se hacía más inclemente o abrigándola cuando la intensidad del frío invernal la hacía tiritar.

Una mañana cuando tomaba su baño en la pequeña rada protegida de las corrientes de las aguas continentales y los vientos ciclónicos, fue descubierta por un pescador que arponeaba peces en el lugar; admirando la perfección de ese magnífico cuerpo color ónix, la belleza de ese rostro y la armonía de esa figura, se abalanzó para poseerla desesperado por el incontenible acceso de pasión que provocaba la hermosura y donaire de la reina de los mares y corales.

Trató de someter a la reina de las olas en ese solitario paraje ubicado en la orilla de los acantilados y ante la imposibilidad de consensuar una cópula, le dio un fuerte golpe de macana en la frente y la diosa de las aguas quedó exánime en la cálida arena.

El pescador que había cometido esta vejación, quería poseer a Yemayá, no sabía que las Orishas tienen una reacción orgánica que repele cualquier agresión sexual cuando están vulnerables, son defensas otorgadas por Olofi.

Cuando arranca con brusquedad las blanco azulosas y delicadas gasas tejidas con hilos lunares que cubrían el cuerpo de la diosa, en el órgano reproductivo de la bella Orisha aparecen como por ensalmo, dos hileras de serrados dientes que al sembrarse en ese lugar, arrancan de cuajo el órgano del africano que murió desangrado en cuestión de segundos.

Olofi al percatarse del evento desarrollado en esa orilla, envió un suave sereno que despertó a Yemayá libre de toda mácula ultrajante y sin ninguna huella de la agresión. Los cangrejos arrastraron en cuerpo del yacente agresor hacia el agua donde fue devorado por los tiburones.

Cuando la diosa marina se percató de su cambio orgánico, se sumió en un estado de dolor y tristeza. Muchos guerreros desafiaban el peligro de la filosa dentadura en la región reproductora de Yemayá y se acercaban al lecho marino donde reposaba la diosa pero al tratar de poseerla, así fuera de manera consensuada, los aserrados y cortantes dientes de esos labios, emasculaban a los valientes que luego eran arrastrados al mar por los crustáceos y devorados por los escualos.

Al no poder embarazarse y procrear, decrecieron los humanos. Los mas valientes varones de la tierra fallecían cuando desafiaban el peligro de copular con la dueña de los mares, las mujeres no parían porque la mente universal que germinaba en sus vientres la semilla fecunda, estaba sumida en una melancolía profunda; la gente moría y la población carente de relevos, se reducía ostensiblemente.

Olokun, un poderoso Orisha que vive en las profundidades del mar, preocupado por la situación de Yemayá y dispuesto a hacer lo que fuere para repoblar tierra y los humanos rindieran tributo a los Orishas, consultó a Orula a través de la tabla de Ifá para que anunciara como despojar a la diosa de los dientes sembrados en su zona reproductora y hacerla feliz.

Después de hacer un ebbó a Elegguá para que abriera todos los caminos del mar y toda encrucijada, le dieron el secreto para liberarla del obstáculo que impedía crecer la población del mundo. Como esta tenía siete caminos debía sacarle un diente cada siete días a partir de la primera extracción hasta completar 112 días del día que desaparecieran todos. Yemayá se marchitaba, los apretados rizos de su cabellera de un profundo turquí, perdían su luminosidad, el brillo enceguecedor de sus ojos se opacaba, la rotundez de su silueta se desdibujaba y sus lagrimas azulosas hacían subir las mareas inundando los litorales, la risa de la dueña de los corales había desaparecido y la tersura ebanácea de su piel se ajaba.
Olokun tomó la forma de pez de los bajos y cuando Yemayá salía a tomar su baño diario, raudo como una saeta mandinga, nadó hacia la zona reproductiva de la afligida reina de los mares y aprisionó uno de los dientes sembrados en ese sitio arrancándolo de cuajo.

Cada siete días Olokun convertido en pez, arrancaba con sus colmillos un diente de la zona gestora de la diosa, está en la medida que Olokun los extraía, recuperaba su forma habitual, retornó el brillo a sus rizados cabellos, la luminosidad de sus ojos alcanzó su esplendor, su cuerpo perfecto recobró su brío, volvió la sonrisa que hacía saltar de alegría los peces en sus cerrados cardúmenes y a las aves detener su vuelo, su piel nubia y ebanácea volvió a su tersura.

Siete días después de haberle sido extraído el último diente de la zona gestora y reproductiva de la diosa por parte del Orisha Olokun, se presentó este ante la reina del mar que lo recibió en un amoroso y agradecido abrazo diciéndole: Estaremos juntos hasta que se produzca el parto.

Yemayá vivió con Olokun nueve meses y al momento de su desembarazo tuvo diez y seis hijos, ocho de los cuales nacieron normales y los ocho restantes tenían cola de pez y cuerpo humano, era el nacimiento de la raza de los sirénidos que andan dispersos por los mares del mundo especialmente en el rosario de islas de Cartagena de Indias donde tienen muchas moradas y en las noches de luna llena emiten sus canciones de mar que ensalman de amor a los pescadores furtivos de los bajos arrecifales.

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