miércoles, 19 de marzo de 2014

Música: Desde Cuba, Silvio Rodríguez

Silvio Rodríguez Cárdenas; San Antonio de los Baños, Cuba, 1946. Cantautor cubano. Figura capital, junto a Pablo Milanés y Noel Nicola, de la Nueva Trova cubana, en sus composiciones se puede apreciar la influencia del blues y una inteligente mezcla de lirismo y compromiso social, aunque sin caer en una excesiva politización.



Nacido en el seno de una familia humilde (su padre era campesino y su madre peluquera) en 1951 se trasladó con su familia a La Habana, donde empezaría a tocar el piano. En 1963 compuso sus primeras canciones, y cuatro años más tarde participó en el programa televisivo “Música y Estrellas”. Debutó como intérprete en el Museo de Bellas Artes y en 1975, cuando llevaba ocho años como profesional y había compuesto cientos de canciones, grabó su primer disco en solitario. Además de desplegar su amplia actividad musical, trabajó la televisión cubana y con el grupo de experimentación sonora del ICAIC (Instituto Cubano de las Artes y de la Industria Cinematográfica). A lo largo de su carrera colaboró con numerosos cantantes y músicos latinoamericanos y españoles en discos y giras.

En su constante intento de renovarse experimentó con el jazz y sus raíces en las viejas baladas de la música negra, al igual que con el son de la cultura musical cubana. Más tarde, Rodríguez volvería a apostar por la fórmula del cantautor típico, acompañándose tan sólo de su peculiar voz y de su guitarra. Como ejemplos de sus diversos giros se cuentan los trabajos Te doy una canción (1975), Al final de este viaje (1978), Tríptico (1984), uno de sus más reconocidos discos, el recopilatorio Clásicos cubanos 1975-1984 (1991) y Cita con ángeles (2003).

Surgida a finales de los años sesenta e inspirada por la revolución castrista, la influencia de la Nueva Trova cubana y de Silvio Rodríguez como su máximo exponente sobre toda una generación ha sido reconocida en todo el mundo, incluso por quienes no están de acuerdo con sus ideas políticas. Fiel a los principios de la revolución cubana, el cantante ha mostrado siempre su adhesión incondicional a Fidel Castro, reclamando el levantamiento del bloqueo estadounidense a su país y la devolución de la base naval de Guantánamo.

Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rodriguez_silvio.htm

De su larga y siempre muy celebrada producción, presentamos aquí:

1. Unicornio

2. Mujeres

3. La maza

4. Ángel para un final

5. Óleo de una mujer con sombrero


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Luis de Góngora y Argote: Noble desengaño



Noble desengaño,
Gracias doy al cielo
Que rompiste el lazo
Que me tenía preso.

Por tan gran milagro
Colgaré en tu templo
Las graves cadenas
De mis graves yerros.

Las fuertes coyundas
Del yugo de acero,
Que con tu favor
Sacudí del cuello,

Las húmidas velas
Y los rotos remos
Que escapé del mar
Y ofrecí en el puerto,

Ya de tus paredes
Serán ornamento,
Gloria de tu nombre,
Y de Amor descuento.

Y así, pues que triunfas
Del rapaz arquero,
Tiren de tu carro
Y sean tu trofeo

Locas esperanzas,
Vanos pensamientos,
Pasos esparcidos,
Livianos deseos,

Rabiosos cuidados,
Ponzoñosos celos,
Infernales glorias,
Gloriosos infiernos.

Compóngante himnos,
Y digan sus versos
Que libras cautivos
Y das vista a ciegos.

Ante tu deidad
Hónrense mil fuegos
Del sudor precioso
Del árbol sabeo.

Pero ¿quién me mete
En cosas de seso,
Y en hablar de veras
En aquestos tiempos,

Donde el que más trata
De burlas y juegos,
Ese es quien se viste
Más a lo moderno?

Ingrata señora
De tus aposentos,
Más dulce y sabrosa
Que nabo en Adviento,

Aplícame un rato
El oído atento,
Que quiero hacer auto
De mis devaneos.

¡Qué de noches frías
Que me tuvo el hielo
Tal, que por esquina
Me juzgó tu perro,

Y alzando la pierna,
Con gentil denuedo,
Me argentó de plata
Los zapatos negros!

¡Qué de noches de éstas,
Señora, me acuerdo
Que andando a buscar
Chinas por el suelo,

Para hacer la seña
Por el agujero,
Al tomar la china
Me ensucié los dedos!

¡Qué de días anduve
Cargado de acero
Con harto trabajo,
Porque estaba enfermo!

Como estaba flaco
Parecía cencerro:
Hierro por de fuera,
Por de dentro hueso.

¡Qué de meses y años
Que viví muriendo
En la Peña Pobre
Sin ser Beltenebros,

Donde me acaeció
Mil días enteros
No comer sino uñas,
Haciendo sonetos!

¡Qué de necedades
Escribí en mil pliegos,
Que las ríes tú ahora,
Y yo las confieso!

Aunque las tuvimos
Ambos, en un tiempo,
Yo por discreciones
Y tú por requiebros.

¡Qué de medias noches
Canté en mi instrumento:
«Socorred, señora,
Con agua a mi fuego!»

Donde, aunque tú no
Socorriste luego,
Socorrió el vecino
Con un gran caldero.

Adiós, mi señora,
Porque me es tu gesto
Chimenea en verano
Y nieve en invierno,

Y el bazo me tienes
De guijarros lleno,
Porque creo que bastan
Seis años de necio.

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es uno de los grandes maestros españoles del Barroco. Su estilo único e inconfundible sigue siendo hoy día fuente de inspiración para muchos literatos.

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El Hotel Damasco de Provincia

Alberto Pinzón Sánchez (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Feisal Kemal Paschá, el hijo de Pacho-el-Turco, había heredado de su padre el Hotel Damasco en Provincia. Era de la tercera generación de sirio-libaneses venidos a Colombia a comienzos del siglo XX, y si bien tenía algunos contactos remotos con familiares en el cercano oriente, se consideraba más colombiano que cualquiera. Ese día 13 de septiembre de 1993, un sol brillante empezaba a calentar las calles que forman el marco de la plaza de Provincia, y un viento suave, algo frio y cordillerano que traía el olor del páramo, movía ligeramente las hojas de los arboles circundantes, acompañando el comienzo de la ruidosa actividad diaria en el pueblo.



Feisal de unos 50 años y rasgos semíticos, tenía una mirada inquieta pero trasparente. Había llegado al café de Pedrito hacía un rato y se había sentado con unos copartidarios suyos en una mesa grande casi a la entrada del salón a tomar con ellos el café tinto de la mañana. De pronto miró hacia la puerta de la entrada del café, cuando vio en el vano a un muchacho joven que tapaba la cabeza con una cachucha y entraba agitado, con los ojos desorbitados y la mano derecha en el bolsillo de la chompa. Debió haberlo reconocido o haberlo intuido, porque cerró los ojos un tanto estremecido y unas gotas de sudor empaparon su frente escurriéndole hacia los párpados. El muchacho de la gorra de tela, sacó la mano de la chaqueta y con el cañón de una pistola apuntó a la frente de Feisal.

En ese instante todos los recuerdos de su vida vinieron atropellados a su mente pujando por salirle a los ojos: Recordó los preparativos que su madre, una muy devota cristiana, hizo cuando él tenía 8 años para comprarle y organizarle el equipo obligatorio que debería llevar a la escuela apostólica de Zapatoca a iniciar, por sugerencia del cura párroco de Provincia, sus estudios primarios y hacer el tránsito a la secundaria hasta convertirse, dentro de 10 años, en sacerdote.

Luego pasaron rápidamente por sus ojos cerrados los recuerdos en aquella casona envejecida y descascarada de estudios religiosos para niños, la disciplina para adultos impartida por seminaristas diligentes, silencioso, de mirada gacha y taciturna; la alimentación de hambre física, compensada con la lectura, casi a todo momento, del librito negro y rojo de Tomas de Kempis, con el que satisfacía el hambre espiritual.

Fueron muchos los años tediosos e interminables en esa clausura de estudios básicos que debió soportar, interrumpidos solamente a mediados de cada año, para ir a visitar a sus padres y hermanos en la casa del Hotel en Provincia. Hasta cuando ya hecho un hombre hecho y derecho y le faltaban unos pocos meses para su ordenación sacerdotal, pidió con carácter urgente una cita con el rector del seminario mayor para explicarle que no se sentía seguro de ser un sacerdote porque su vocación no era la de ser un cura provinciano, sino la política y los negocios.

El vacío social inmenso y la amargura de su madre, fue el precio que esa decisión le causó. Buscó poner tierra de por medio y viajó a Bogotá en donde un amigo del seminario, no todo era negativo, lo alojó en su casa y le aconsejó visitar al cura rector de la universidad pontificia y exponerle su caso. El rector de la universidad interesado en su caso, en respuesta le dio un trabajo no remunerado en la biblioteca, pero en compensación le permitiría asistir a los cursos de derecho canónigo que empezaban en esa época. Oportunidad única que Feisal con la disciplina adquirida en los largos años de clausura apostólica supo aprovechar, y al cabo de dos años pudo obtener un papel certificado de la universidad que lo acreditaba como experto en derecho canónico, con el cual volvió a Provincia.

Coincidió su llegada a su casa con la de un prestigioso senador del Partido conservador que estaba de gira política en Provincia y quien siempre se alojaba en el Hotel de Pacho-el-Turco. Se conocieron, conversaron largamente durante las comidas y después a la hora del café tinto. Pronto una afinidad de pensamiento, o de ideología o tal vez una posibilidad de utilización mutua, le hizo aceptar el cargo de asistente de viaje que el senador le ofreció. En lo sucesivo iría con él y lo acompañaría en sus giras políticas; conocería sus apoyos en toda la región e incluso más allá en la capital del departamento y de la república. La asiduidad, organización mental y la disciplina de Feisal para manejarle la agenda al senador, le hicieron muy pronto indispensable. En pocos años fue su suplente y más pronto de lo esperado su remplazo total. Ahora Feisal había llegado a ser senador de la república de Colombia y su pasado sacerdotal era cosa de un pasado ya nublado.

Un día de actividad parlamentaria, en la oficina de senador que tenía asignada en el edificio del congreso en Bogotá, fue visitado por una pequeña delegación que se presentó como parte de la organización para la Liberación de su país. Tres paisanos de la tierra de sus padres, le expresaron admiración por sus logros políticos y personales, le explicaron las razones de la lucha civil del pueblo de sus padres por constituirse en un país independiente y laico, y le conmovieron sus sentimientos ancestrales. Siguieron visitándolo e invitándolo a reuniones y cenas en restaurantes elegantes, hasta que finalmente le hicieron la propuesta que a todas luces resultaba irresistible: eran intermediarios de una oficina de venta de armamento liviano, ubicada en la ciudad de Miami, y por cada venta o negocio realizado en Colombia le darían el 30% del total vendido.

Feisal aplicó todos sus contactos, políticos, sociales, militares, e incluso religiosos a buscar clientes para el negocio que en Colombia era de gran proyección y futuro, y, pronto obtuvo importantes porcentajes. Los primeros barcos cargados con toda esa panoplia para la guerra irregular, empezaron a llegar discretamente a los pequeños puertos ubicados en el Urabá y mar Pacífico colombiano, en donde descargados en la oscuridad nocturna, su carga mortífera se trasladaba a camiones normales que se dispersaban sigilosamente por toda la geografía colombiana.

Pero un azar, como casi siempre sucede, volteó la larga secuencia de éxitos comerciales de Feisal: Timoteo Rueda, alcalde del Carmen de San Vicente, su amigo político, en un juicio que se seguía en su contra por venta ilegal de armas y paramilitarismo, dejó ver cobardemente la fuente del negocio, y como el asunto trascendió más allá del juzgado municipal; Feisal comenzó a vivir la corrosiva preocupación que da la incertidumbre. Entonces se hizo la firme promesa, ante un espejo, de no continuar más con esta actividad. Realmente había tenido bastante suerte y era hora de retirarse.

Ese pensamiento duró ante sus ojos cerrados, el mismo tiempo eterno que demoró la bala de una pistola disparada por un muchacho colombiano camuflado en una cachucha, en llegar hasta su frente sudorosa, aquel 13 de septiembre de 1993, en Provincia.

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El Humor no pasa de moda

ARGENPRESS CULTURAL

La Revista Humor, cuyo nombre comercial realmente era Hum®, marcó una época en Argentina. Hoy, años después de su cierre, vale la pena recordar algunas de sus publicaciones, ya legendarias.



Con consentimiento de la autora, nos permitimos entonces reproducir algunas notas que por aquellos años publicara Meriem Choukroun, hoy colaboradora de Argenpress Cultural.

Para quienes no la conocieron, valga decir que “Hum® (abreviatura de Humor Registrado) fue una revista quincenal editada en Argentina desde 1978 hasta 1999 por Ediciones de la Urraca. Su director era Andrés Cascioli, quien además solía ser el responsable de la caricatura de la tapa. Se caracterizó por presentar notas de actualidad y cultura escritas por periodistas e intelectuales respetados, ilustradas con caricaturas y dibujos de numerosos humoristas.

Fundada en 1978, el uso del humor y la sátira para denunciar a la dictadura la convirtió rápidamente en un éxito de ventas. Quebró en 1999, tras perder dos juicios iniciados por el gobierno de Carlos Menem. Comenzó su andadura en los años más duros de la última dictadura militar de Argentina, durante la presidencia de facto del teniente general Jorge Rafael Videla, el cual, siguiendo una política que tuvo vigencia hasta el último de los gobiernos de las distintas “juntas de gobierno” que se sucedieron por esos años, llevaba una política muy estricta de censura hacia los medios de comunicación. La revista Hum® fue prácticamente la única publicación argentina que pudo escapar con relativo éxito a la misma.”

¡Feliz -y divertida- lectura!



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Cine clásico: “Atrapado sin salida”, de Milos Forman (Estados Unidos, 1975), con Jack Nicholson

Argenpress Cultural



La historia que nos narra esta película es una historia que a mi entender es atemporal, ya que si bien nos hace vislumbrar una época en particular, ella trasciende los años 70; entrar a la dimensión de esta película es ver una analogía contra el sistema, contra una sociedad que oprime, en este caso representada por un genial Jack Nicholson como McMurphy, personaje principal de esta adaptación de la obra de Ken Kesey, enfrentado a la enfermera Ratched, símbolo de autoridad interpretada de forma magistral por Louise Fletcher. El orden y las restricciones que operan en el hospital nos recuerdan las líneas de muchas sociedades. La individualidad de cada “enfermo” se vuelve conjunta y representa a aquella que busca por momentos adaptarse y sentirse parte de la sociedad y que por otros momentos se resiste y solo pide tolerancia. A través de los pasillos de un hospital psiquiátrico esta película cuestiona el sistema psiquiátrico norteamericano en tiempos donde los derechos humanos eran invisibles ante el avance tecnológico de los nuevos aparatos neurológicos.

Randall McMurphy cometió ciertos delitos por los que fue enviado a prisión. Una vez dentro, y a través de un comportamiento fuera de lo normal, consigue a cambio que lo envíen por un tiempo a un manicomio. McMurphy sospechaba que un encierro en un loquero sería más leve que el que podría sufrir en la cárcel. Sin embargo, no hay peor prisión que aquella que limita la capacidad de soñar. Su contagioso sentido anárquico pone en peligro la rutina del lugar y les da a los pacientes una bocanada de libertad. Se transforma en una especie de antihéroe que integra a los enfermos mentales y logra que el grupo comparta una causa, más allá de que cada uno parezca perdido bailando en su propio mundo.

La película tiene bastante que ver con la psiquiatría o más bien con el movimiento que surgió en Inglaterra, en manos del Dr. Cooper, llamado: la anti psiquiatría, la cual quiere romper con el statu quo de los enfermos mentales y, así mismo, con las atrocidades que suceden en los hospitales. Podemos definir la anti psiquiatría como un movimiento que se cuestiona las prácticas psiquiátricas tradicionales y la noción de enfermedad mental que se apoya desde mediados del siglo XIX. La anti psiquiatría es subversiva con respecto al represivo orden social burgués. Quienes se encuentran en este movimiento consideran que la enfermedad mental tiene una génesis fundamentalmente social y que la psiquiatría tradicional ha sido la culpable, a través de su doctrina y de sus actuaciones prácticas, de la perpetuación de un estado de represión ante el paciente psíquico. Una pieza clave en el desarrollo de este movimiento es la publicación en 1961 de Historia de la locura en la época clásica, de M. Foucault. Historia de la locura es una fuerte y desmitificadora obra contra la psicología y psiquiatría hegemónicas, pero su crítica transciende esta esfera: es un ataque a la racionalidad occidental.

Todas las autoridades de la sociedad, comenzaron a predicar desde finales de siglo 19 entorno a nuevos dioses: trabajo, ahorro, disciplina, puntualidad, orden, y salud e higiene del cuerpo. A la vez fueron diabolizados el ocio, el lujo, el juego, la suciedad y la casi ingobernable sexualidad.

El trabajo era el único medio de enriquecerse, todo se mide por la fuerza del mismo, había que honrarlo y era considerado la ley de la humanidad en aquella época. En una de las primeras escenas, se nos muestra la llegada de McMurphy al hospital en el que en primer lugar tiene una reunión con el Director del lugar. Allí comienzan a dialogar acerca de los motivos por los que McMurphy fue llevado al hospital. Entre lo mencionado, vale destacar que uno de los indicadores que podría ser síntoma de su locura es que se lo acusa de vago, esto se corresponde con parte del discurso civilizado de la época que consideraba que no había cosa más miserable que un hombre holgazán. Otros de los motivos por los cuales McMurphy iba a ser diagnosticado era porque se peleaba, dicho de otra forma: irrumpía contra el orden. En esta misma charla con el Director, mientras que conversaban acerca de la relación que McMurphy había entablado con una menor, en un tono de broma, el protagonista le pregunta “¿hay que ser piedra para no ser loco?”, lo curioso es que considero que esta frase, que en cuanto la escuché me hizo esbozar una sonrisa, es la clave de toda la película y de la lógica burguesa. Esta última impulsó la necesidad de una redefinición jurídica del loco para poder justificar su internamiento en un régimen que había proclamado la Declaración de los Derechos del Hombre. Y el discurso médico-psiquiátrico constituye esta justificación, que consiste en decir que se recluye a los locos no como una forma de impedir sus desórdenes y mantener la paz social sino por su propio bien, esto es, como una medida terapéutica indispensable. La medicina aparece en la película como la solucionadora de los problemas bajo un tratamiento de la enfermedad con mucha cientificidad y estructuración, en vez de permitir que los pacientes hagan lo que les hace feliz. De hecho en un momento dado de la película, cuando un personaje se encuentra muy inquieto una enfermera le dice:”se trata sólo de medicina, te va a hacer bien”, esta afirmación evidentemente responde a una realidad en la que prima la lógica positivista como forma de entender al mundo, aquello que postula el discurso medicinal se adopta como las normas válidas ya que es la episteme, la opinión hegemónica existente. Pero McMurphy no estaba loco y los doctores eran conscientes de ello pero no hacían nada al respecto. Por el contrario, cada vez que desobedecía las reglas le aplicaban técnicas médicas en contra de su voluntad.

La subjetivación es el proceso por el que, mediante los discursos institucionalizados, se determina lo que debe ser el sujeto, a qué condiciones está sometido, qué estatuto debe tener, qué posición debe ocupar en el complejo de relaciones de poder para llegar a ser sujeto legítimo de algún conocimiento. Es el proceso por el que se determinan las formas aceptadas de entenderse a uno mismo y al mundo, las formas legítimas de conciencia. En la episteme de esta época se cataloga de enfermo a aquello que al sistema le sirve para preservar el orden. A la vez que se construye la subjetivación del individuo también se califica la anormalidad y se trata de que ella sea visible, ya que si uno sabe que es lo que no debe ser, está más cerca de saber qué es lo que debe ser. Esta visibilidad también va a ser discursiva, el criminal es objeto de debate y será la ciencia la que establecerá un rol fundamental en la construcción del yo normal y el otro anormal: se va a comenzar a medicalizar lo funcional y lo disfuncional. La medicina va a ser aliada del poder, buscando cuestiones fisiológicas para justificar cuestiones sociales, convirtiendo de esa forma al cuerpo como una cuestión que no es inocente. Es así que se entiende al criminal como algo patológico, como que está loco, enfermo y que hay que ayudarlo; como éste se sale de la norma se prefiere creer que está loco antes que aceptar que hay gente que escapa de la norma.

Si bien la primera imagen que se nos muestra del hospital es hombres de tez negra limpiando, lo cual es una típica construcción social que dictamina que aquellos que son distintos son inferiores, a lo largo de la película vamos a dar cuenta que serán ellos junto con medicas y enfermeras mujeres los cuales van a ejercer autoridad en los pacientes. Considero que este hecho no es menor, lamentablemente las mujeres y las personas de piel oscura han sido colocados socialmente en términos de desprivilegio… y el hecho de que sean ellos quienes ejercen poder sobre los “enfermos” connota el grado de importancia social tan pequeño que se les da a aquellos que están encerrados en aquel hospital.

Según la cultura griega, el ámbito privado es aquel en que los individuos viven juntos llevados por sus necesidades y exigencias. Consideraban que los hombres debían controlar las necesidades vitales en el ámbito privado para luego poder adquirir la libertad en el espacio público. Por tanto, “ser pobre o estar enfermo significaba verse sometido a la necesidad física” (Arendt, La condición humana, p.44), lo que justificaría este recluimiento que sufren estos “enfermos” en el hospital. Respetando todos los clichés del modelo panóptico de control del que nos habla Foucault, la institución donde se encuentran internados mantiene la rigidez de las normas con precisión. El hospital en su funcionamiento puede resultar similar a una cárcel, el hecho de que haya rejas significa que hay una clara limitación de la libertad. Se busca mantenerlos adentro ya que el interior es un lugar de protección y seguridad, mientras que el afuera podría ser un lugar de amenaza.

La enfermera Ratched representa a la médica y a la psicóloga a la vez, posee una mente cristiana y puritana y no permite excesos en su pabellón. Propone como método de redención la terapia de grupo; “el examen de conciencia y la confesión se presentan como las dos condiciones capitales de la salvación” (Aries, Philippe y Duby, Georges. Historia de la vida privada. “Sociedad burguesa: aspectos concretos de la vida privada”. p.205), pero si prestamos atención en este mecanismo, habiendo estudiado las críticas que Foucault lanza hacia el psicoanálisis podemos deducir que al exteriorizar sus sentimientos uno los estructura a través del lenguaje por lo tanto es una forma de controlarlos; más aún cuando la terapia es en grupo, estás ante la mirada de TODOS, te están monitoreando y ante esa presión uno culmina por auto disciplinarse. No es solo el control que el otro ejerce sobre uno sino el control que uno ejerce sobre sí mismo por reflejo de las voces ajenas. En la terapia ellos se confiesan pero al enunciarlo lo visualizan y se castigan a sí mismos. Arendt entiende que no todo puede ser visto u oído por todos: hacerse público; hay cosas que no deben ser domesticas por el discurso ya que al ser propias del instinto deben quedar en el ámbito privado de cada uno.

En la primera oportunidad que la película nos muestra a los personajes haciendo terapia en grupo vemos la resistencia que ellos ponen en hablar, algunos incluso se esfuerzan por hacerlo pero culminan por desistir. El único que sí lo hace es Harding, el paciente que a lo largo de la película se nos muestra como más estructurado, en busca de responder a los parámetros que impone la sociedad, y el menos querido por sus compañeros. Al expresarse lo hace con un discurso muy rebuscado, discursivisado, repleto de palabras complejas que parecen embellecer su discurso pero lo único que generan es el rechazo de sus compañeros que no logran captar lo que éste quiere decir. El empleo de palabras sofisticadas por parte de éste puede deberse ya sea a: mostrar superioridad ante sus compañeros o, por el contrario o a consecuencia, a no querer asumir que al igual que ellos él tampoco quiere hablar y esconde detrás de las bellas palabras lo que realmente siente porque una parte de sí mismo no está tan segura de querer hacerlo.

En la terapia la enfermera Ratched propone hablar desde el corazón, estimula a los pacientes a que racionalicen todo aquello que sienten, sin comprender, como bien dice la banda argentina La Renga en su canción: El final es donde partí, “el corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá”; quizás no tiene sentido controlar lo irracional a través del discurso porque la propia persona prefiere permanecer con ello en su interior. De hecho un “enfermo” resulta mucho más coherente que la propia doctora cuando al ver que uno de sus compañeros se encontraba muy incomodo ante las preguntas que ella le lanzaba le pregunta “¿por qué hay que forzarlo a hablar?”. Pero ésta no es la única vez en que un “enfermo” parece reaccionar de forma más cuerda que la propia doctora; es memorable el momento en que uno de los pacientes reacciona ante la doctora y le cuestiona: “¿es de enfermo querer estar solo?”… por supuesto que no, el problema consiste en que la privacidad carece de visibilidad, por tanto al estar solo uno se podría librar del control. Como se puede apreciar en la película, el hospital no da cabida a la individualidad, todos los espacios allí son compartidos y de veras dudo mucho que ello sea algo inocente. Con respecto a esto, podemos deducir que tampoco los pacientes tienen la oportunidad de experimentar el placer solitario. Tanto Echeverría como Roman Gubern dan cuenta que cada vez resulta más irreal pensar al espacio privado y al público en términos oposicionales ya que discursos tales como el tecnológico son territorios públicos que comienzan a inmiscuirse en la esfera privada. Por tanto, el hospital es un espacio con grandes referencias públicas y privadas a la vez, ya que a la vez que desde ese espacio se los mantiene aislados de la sociedad, también son privados de su intimidad que es uno de los atributos por excelencia del espacio privado.

Henry Bergson considera que en el siglo 19 se la espacialización o geografización del tiempo: el reloj se relaciona con la visibilidad y nos disciplina ya que al ocupar un espacio y poder ser mirado nos volvemos objeto de él. A lo largo de la película se puede apreciar la estructuración horaria que hay dentro del hospital. La vida allí es una rutina con horarios que deben ser respetados a rajatablas, esto lo podemos apreciar desde un principio cuando marcan la hora de tomar la medicina. Aún así será en las reuniones de terapia cuando la obsesión por el horario va a quedar más traslucida; la enfermera Ratched va a hacer especial hincapié en ello: cuando McMurphy propone hacer un cambio en los horarios para poder ver un partido deportivo en la televisión, la enfermera Ratched se muestra muy resistente porque ello desordenaría los horarios ya establecidos. Así es que los pacientes impulsados por McMurphy comienzan a revelarse con argumentos validos que la enfermera hubiera preferido no escuchar: un poco de cambio no le hace mal a nadie. Finalmente la enfermera Ratched accederá a la posibilidad de cambio, pero no de otra forma que a través de una votación “democrática”. Finalmente, tras diversas trabas que la enfermera intenta ponerle a McMurphy, éste logra conseguir los votos necesarios, pero aún así la enfermera Ratched se excusará de permitirlo al argumentar que lo consiguió fuera del horario de la reunión (la reunión había terminado hacía segundos). El hecho de que la enfermera se muestre tan insistente en no permitir que los pacientes miren la televisión responde claramente al rol que Echeverría halla en medios tecnológicos, tales como la televisión: “se está produciendo una revolución doméstica (…) ello da lugar a que los hogares se conviertan en ámbitos de representación de la actividad pública, por una parte, pero también en focos de acción social” (Echeverría, Cosmopolitas Domésticos, p.62). Este hospital era el hogar de sus pacientes a los que básicamente se los tenía recluidos allí sin tener la menor conexión con el exterior para tenerlos absolutamente controlados, abcentos de cualquier tipo de libertad, ya que como manifiesta Hannah Arendt, basándose en la sociedad griega, es el espacio público en donde el individuo puede ser libre y encontrar la eudaimonia (felicidad) ya que allí, entre otras cosas, uno no está bajo el mando ni manda a nadie… contrariamente a lo que ocurría en el hospital. La televisión por tanto es un vinculo con el afuera que es reprimido.

Ya que no los dejan hacer lo que quieren ellos van a hacerlo a través de su imaginación; así será que McMurphy reproducirá un relato de un partido televisivo imaginario que les da una cuota de alegría a todos. ¿Se puede juzgar esto como anormal? Quizás son aquellos que no creen en los sueños los que no son realistas. McMurphy al tener una experiencia cercana con los “enfermos”, compartir con ellos, adentrarse a su mundo y ver qué es lo que reciben desde las autoridades del hospital, comprende que no se trata de enfermos ni de locos, simplemente de personas… ya que de cerca nadie es normal y desde lejos (como era el tratamiento que se les proporcionaba: frío y desarraigado) no se ve. Es así que en un momento dado de una terapia en grupo el protagonista le dice a sus compañeros: “¡No están más locos que cualquier imbécil que camina por la calle!”

La salida que McMurphy improvisa a los barcos nos hace constatar que ese era realmente el primer día libre que habían tenido sus compañeros. Hasta entonces, sus días libres respondían a la lógica de disciplinamiento: se planificaban, se estructuraban en horarios y los limitaban como personas. McMurphy aparece en esta escena como aquel que le da una dosis de emoción, aventura y credibilidad en sus capacidades a aquellos que siempre eran tratados como incapaces.

“El jefe”, un verdadero indígena nativo –cliché de la sociedad norteamericana-, se hace pasar por mudo, hace décadas que no emite palabra alguna y aparece como un personaje que se encuentra de cierta forma aislado del resto de los compañeros. Considero que el jefe tomó una decisión muy sabia.

Para Foucault el discurso existe para establecer control en la sociedad, en la medida en que uno empieza a hablar de cosas, las convierte en objeto de debate que es controlable. Quizás para resistir al control es conveniente resistir a la visibilidad por lo asociados que están estos conceptos. Cuando algo aparece visible la cultura lo captura por lo que hay poder en el anonimato, si uno se visibiliza su identidad pasa a ser un objeto más del mundo capitalista. Nosotros tendemos a creer que al hablar de nuestros problemas estamos evolucionando pero en realidad el hablar tanto culmina por reprimirnos.
La enfermedad y la suciedad se incluyeron en la esfera del “mal”. La sensibilidad “civilizada” se horrorizó ante la suciedad corporal y endiosó a la higiene y a la salud. La “higiene” fue mostrada por la ideologizada Medicina como la condición previa de la salud. La higiene física aparece en esta época como una metáfora de la higiene social: el que es sucio corporalmente, lo es también moralmente. Con limpieza del cuerpo me refiero tanto a los rituales de limpieza personal, como también a la limpieza del cuerpo a través de la actividad física y la relación con el placer sanitario. Una de las primeras imágenes que McMurphy ve cuando entra en contacto con sus compañeros del hospital es a los mismos imitando a la dura enfermera hacer gimnasia y disciplinar su respiración.

El hospital se presenta a lo largo de toda la película como un lugar pulcro, absolutamente limpio, prolijo, blanco. Sin embargo este orden queda desvanecido cuando McMurphy invita a sus dos amigas que vienen acompañadas de bebidas alcohólicas. Las amigas de McMurphy no representan el modelo de mujer proclamado por la burguesía ya que no eran recatadas ni obedientes, por el contrario representaban lo que ellos asocian con las prostitutas: solo cuerpo. En pocos segundos, los “prisioneros” al poder liberarse y excederse, convirtieron el lugar en un caos. Al otro día cuando la enfermera Ratched aparece y da cuenta de lo que ocurrió la noche anterior, simultáneamente las cámaras nos muestran su gorra de enfermera en el suelo pisoteado y sucio, símbolo que explica que fue lo que sucedió la noche anterior: se revelaron a la ley, a la autoridad, al disciplinamiento, al orden, a lo moderado.

Por más de que las leyes que operan en el hospital son exitosas porque aparecen naturalizadas, debemos dar cuenta que ellas son absolutamente construidas y forzadas, la demostración de ello queda constatada en la imagen del hombre de seguridad que estaba supuestamente controlando el orden del hospital la noche en que McMurphy lo torno en un boliche. Allí vemos como no se puede ser juez y parte, este hombre no se pudo mantener al margen de sus tentaciones (ni sexuales, ni con la bebida), y por ello tiro todo el orden por la borda.

McMurphy parece muy sorprendido al enterarse que la mayoría de sus compañeros están allí encerrados por propia voluntad. Pero si lo analizamos lentamente y pensamos en la presentación que nos hace la película de los personajes ello no resulta tan descabellado. Tomemos el caso del personaje de Billy Bibbit, todo indicaría que este joven muchacho optó por estar en el hospital para no ser visible ante su madre y de esa forma evitar su control. Tras haber desobedecido la norma y, en aquella noche de descontrol, tener sexo con aquella mujer que le resultaba tan atractiva, Billy se sentía muy feliz. Sin embargo, abruptamente esa satisfacción desapareció, la amenaza antipedagógica que le hizo la enfermera Ratched acerca de contarle el episodio a su mama va producir en Billy una vuelta a la norma. Pero la conciencia es aquello que duele cuando todas las otras partes de tu cuerpo se sienten muy bien; Billy no soportó esa carga, si lo que había vivido con esa mujer aquella noche era un sueño, no quería que nadie lo volviera a despertar, así que optó por el suicidio. El centro no hace más que omitir su función: ayudarlos a progresar. En las instituciones psiquiátricas clásicas como lo es esta, el sujeto internado es concebido siempre como “objeto” y no como “sujeto activo”.

El grado de racionalidad de la enfermera Ratched es tan extremo que llega a la irracionalidad misma. Parece increíble que tras el suicidio de Billy y el clima emocionalmente tenso que había en el hospital lo único que se dignara a decir fue: “que los hombres estén limpios y listos para la jornada; lo mejor que podemos hacer es seguir con la rutina normal”. Me pregunto qué se entiende por normal en este punto, qué se entiende por locura. La película nos permite cuestionarnos realmente qué es lo normal y qué es lo anormal a tal punto que cuando el Jefe mata a McMurphy, lo cual descontextualizadamente podría resultar terrorífico, nos da la sensación de que le está haciendo un favor, le agradecemos internamente por liberarlo de ese mundo.

“One flew over the cuckoo’s nest” es el verdadero título de esta gran película de Milos Forman que significa algo así como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, frase que solo comprenderemos al ver el final de esta película. Cuando el Jefe se escapa lo hace arrancando el bebedero del suelo, lo cual parecía prácticamente imposible; el salir de ese lugar en donde parecía atrapado sin salida queda simbolizado con ese suceso. Cuando lo hace, empieza a correr fuertemente un volcán de agua el cual representa claramente la libertad, finalmente podría escapar de ese encierro, finalmente podría vivir con sus propias reglas. Con todo ese ímpetu el Jefe atravesó esa ventana hacia el exterior que en realidad era una vuelta hacia sí mismo.

Más que mostrar la locura mental de las personas, ésta película nos permite percibir la normalidad de ellas… considero que nadie es muy diferente a otro, ninguno está enfermo, simplemente no responden modelo de cordura creado por la cultura hegemónica de la época.

Comentario de Evelyn Einhorn (CINEFILOS Y CINEFILAS)

Referencias:
Arendt, Hannah. (1998). La condición humana. Editorial: Paidós. Barcelona, BS.AS, México.
Aries, Philippe y Duby, Georges. (1990). Historia de la vida privada. “Sociedad burguesa: aspectos concretos de la vida privada”. Editorial: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A. BS. AS.
Echeverría, Javier. (1995). Cosmopolitas Domésticos. Editorial: Anagrama.
Forman, Milos. (1975). Atrapado sin salida.
Foucault, Michel. (1961). Historia de la locura en la época clásica.
Gubern, Román. (1987). El simio informatizado. “Claustrofilia versus agorafilia en la sociedad postindstrial”. Editorial: Fundesco, Madrid.

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No mintió el comisario

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Unas veces por el norte, otras desde el sur, muchísimas por el oeste, las noticias daban cuenta de una fuerte oleada de hechos delictivos que alteraba los ánimos convirtiendo al país en un caldero. Nadie quisiera pensar que salir rumbo al trabajo o regresar al hogar, luego de arduas jornadas, pudiera convertirse en una especie de juego de azar.



El miedo causa estragos, muchos se aprovechan de las situaciones difíciles tratando de obtener réditos de esas, como las agencias de seguridad privadas, las empresas de cámaras, alarmas, iluminación disuasiva. En ese maremágnum de terror tampoco faltan los que prometen tener la solución en sus manos, previo voto de confianza expresado en urnas que terminan emitiendo la misma melodía. Cuando mucho, a veces, modifican tibiamente algún acorde.

La historia electoral suele ser apenas modificada previa utilización de elementos cosméticos que no hacen sino permitir el avance de la putrefacción.

Una tarde convulsionada por el intento de robo que concluyó con el asesinato a mansalva de un joven, el comisario de la zona, gentilmente, se hizo presente a una de las tantas auto-convocatorias de vecinos preocupados que masivamente se lanzaron a la avenida principal. Llevaban pancartas con la foto del muchacho que parecían blasones de luto, mientras las lágrimas contorsionaban dejando surcos de sal sobre rostros jóvenes, maduros y viejos; femeninos o masculinos. Y no era para menos.

El comisario dio la cara y fue muy sincero, de hecho dijo lo que quería decir. Tanto fue así que terminó desnudando su verdadera ideología aunque pasara por alto para más de uno. Con voz que pretendió ser amistosa, sumándose a la preocupación vecinal, el tipo descargó su diatriba con una seguridad que espantó, y que a otros su razonamiento preocupó muchísimo más que la situación caótica que estaban atravesando.

-Desgraciadamente, dijo, estamos como México y en esto no hay vuelta atrás, agregó, haciendo uso de un desconocimiento absoluto de la realidad de casi todos los países de América Latina que están padeciendo el mismo flagelo y no por casualidad.

Pero claro, esto sucedió en Argentina, de la situación en México habla actualmente toda la prensa oficial sin ahondar en aquella realidad. De última y estando tan lejos ¿a quién puede interesarle acá lo que sucede también en Guatemala, Honduras, El Salvador, Colombia? ¿Y por qué sucede?

¿A quién puede ocurrírsele que el mundo está en llamas y que la exclusión todavía existe en este patio trasero que está haciendo esfuerzos sobre humanos para salir de históricos hostigamientos?

¿Y que el narcotráfico sentó bases creando metástasis que van contaminando pueblo por pueblo, región por región y que para que esa metástasis se extienda hubo, primeramente, que inocular el mal para mantener a las sociedades en vilo y a las juventudes hechas pedazos?

-Las fuerzas policiales no podemos hacer nada, no tenemos gente, no alcanzan los patrulleros, no tenemos presupuesto ni para cargar combustible, comentó el comisario frente a la multitud. Y remató (a mi juicio literalmente re mató) con una conclusión categórica: lo único que podría parar todo esto, sería la formación de grupos de seguridad que salgan a cazar a los delincuentes que están haciendo lo que quieren y ya vemos como va todo. Nosotros estamos con las manos atadas, dijo cerrando el discurso causando una preocupación mayor.

-Si ellos no pueden hacer nada, comentaba una señora mayor, esto irá de mal en peor.

Esa conclusión desafortunada, lanzada como escupitajo impactando en el centro del sentido común, provocó cabezazos de aprobación de algunos presentes miopes, penetrados por la reiteración de un discurso que manifiesta la perversidad de un sistema que hace uso de imbéciles capaces de convencerse, para convencer, que el fuego puede ser apagado con combustible. La invitación a futuras acciones pergeñadas para impartir orden, fue lanzada como al descuido, pero no fue una frase descuidada sino demasiado llamativa. Uno escucha hablar de grupos armados actuando ilegalmente por fuera de estructuras legales y siente un escalofrío recorriendo la espalda.

Aunque sepamos que ambas estructuras son parte indivisible de un cerebro bicéfalo.

Fue entonces cuando pensé que no mintió el comisario. Es cierto que están con las manos atadas y no pueden hacer nada. Mucho menos teniendo en cuenta la concomitancia existente entre la delincuencia y las propias fuerzas policiales.

Entre la delincuencia y el poder político.

Entre el delito y la justicia corrupta.

Sin esa coexistencia no existiría la necesidad de auto convocatorias vecinales, ni veríamos la tristísima escena de ojos convertidos en factorías de lágrimas derramadas sobre rostros jóvenes, maduros, viejos; femeninos o masculinos.

No mintió el comisario, simplemente omitió decir que están auto-maniatados. Reconocer que prefirieron formar un nudo gordiano y ahora piensan que la solución radicaría en formar bolas de fuego listas para incendiar nuevamente la historia presente y la futura.

Ilustración: “Comisario”, obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

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Una cosa es decir..., soy negro y otra…, soy africano o afro descendiente

Antonio José Guevara Y Brunilde Palacios (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS
CULTURAL)

“Si inicia el texto con esta frase: -Se ha tratado de ocultar o de invisibilizar que las culturas africanas cazaban y vendían sus congéneres a los europeos...-. Nadie ha tratado de ocultar esto, al menos en España, en donde siempre estuvo claro en la historia que la esclavitud no habría sido posible sin la colaboración de numerosos pueblos africanos, fundamentalmente árabes, que, en connivencia con los europeos, se encargaban de la captura de los lotes de individuos de raza negra en el número que se les encomendaba, que luego eran cargados en los barcos y conducidos a América. A menudo eran retenidos durante un tiempo en Cádiz, en sucias ergástulas, a la espera de poder embarcar para América”

Domingo Machado

En Venezuela, en el Censo 2.011 el pueblo se reconoció como moreno con un 48.9 por ciento, negros con 2. 8 por ciento, blanco con 42.6 y afro descendientes con un 0.7 por ciento, es decir que si juntamos o asociamos a los negros y morenos aproximadamente sería más de la mitad de la población venezolana (51.7 por ciento del total de la población venezolana), representando que cada día nuestra identidad se está haciendo transparente.

Por ello, creemos que en muchos países donde existe la presencia de los estratos negros, no se ha profundizado, acerca de la importancia que tiene, la participación de los africanos en el negocio negrero, lo cual originó un tiempo histórico que permitió la consolidación del capitalismo en el mundo, en donde diferentes fuentes revelan que fueron expropiados en contra de su voluntad, aproximadamente, más de 120 millones de personas que fueron desarraigadas del continente africano, a los cuales se les impuso el apelativo de negro para diferenciarlos de quienes eran africanos y es lo que nos llevó afirmar que…, “Una cosa es decir..., soy Negro y otra…, soy africano o afro descendiente”, donde las diferencias se hacen muy notables, convirtiéndose una herramienta para ese sistema de castas creada por los africanos y europeos para controlar a su interior las distintas culturas africanas, en el que no existió un gesto de humanidad, porque eran considerada por el europeo, como culturas muy híbridas y con un conocimiento muy pobre, acerca de la importancia de la vida.

Por ello, a través de la mezcla los europeos, impusieron que los africanos se dedicaran a cazar, vender a su propia gente1 y permitir que los europeos hicieran en sus tierras lo que quisieran y es tanto la trascendencia de tal dinámica…, que nos les importó cazarlos como animales y venderlos a los barcos negreros europeos (En esto hay que profundizar Mucho) y creemos que no se quiere hacerlo, para asumir una cultura que no nos pertenece y que echa por el suelo que los negros se convirtieron en sujetos creadores de cultura y originarios de los nuevos estado nación que se crearon en el mundo para seguir imponiendo el cliché de la africanidad, lo cual no les permite entender, que los estratos negros hicieron aporte importante al mundo (que no lo hicieron los africanos que fueron utilizados como tontos útiles para fortalecer el sistema feudal en tránsito hacia el capitalismo liberal). Como tampoco se quieren entender el papel jugado por el tiempo histórico, el cual cambia los hechos y los conceptos.

Nosotros hemos notado que los países donde existe la presencia de los estratos negros, no hemos visto que sean tratado en condiciones de igualdad jurídica, económica y política, donde se exprese que los negros y negras son muy inteligentes y que gracias a esa inteligencia, lograron superar ese escenario de discriminación, marginalidad, crueldad y xenofobia instaurada por el sistema tribual africano y los europeos.

Cuestión que no podemos olvidar tan fácilmente y que nos demuestra que los desarraigado que les impusieron el apelativo de negro y negra, renegaron de su condición de africanos y asumieron la cultura de los países donde se les dio el estatus de esclavos y fueron tan, tan inteligentes que se dieron el lujo de hacer una revolución…, primero que la francesa y al estilo de los negros, en donde el modelo que se impuso era el europeo porque fue la cultura asimilada. Esto quiere decir, que tenemos que comprender que los negros y negras alcanzaron un nivel muy alto en cuanto al manejo de los grandes enciclopedistas de la época (Cuestión que nunca les perdonaron los europeos a Haití).

Demostrándose que hay que hacer trasparente la historiografía, donde los negros jugaron un papel tan importante que originó la liberación de los nuevos estados nación de los imperios de la época. Por ello no podemos aceptar que no vengan a decir ahora…, que somos afro descendientes, y menos que vengan con un discurso que no guarda una relación con lo que paso en los nuevos países conquistados por los europeos e independizados por los negros y negras , en el que tenemos que tomar en cuenta, que por encima de la situación impía, cruel, inhumana y xenofóbica que vivieron, irrumpieron contra los patrones impuestos por la premisas impuesta por el positivismo en el mundo.

Tiene toda la razón. De África salieron simplemente negros, una mercancía humana que vino a fortalecer las haciendas que producían materia prima para el capitalismo europeo. La patria de esos negros es Nuestra América, no el Congo, Dahomey, Guinea...Esa patria la hicieron los negros con su sangre y su sudor. En el caso venezolano, esos negros son barloventeños, guaireños, tuyeros, sur del Lago, Carupaneros, Cumaneses. Monaguenses, guayaneses, etc., cuya cultura y cuya herencia genética se encuentra representada directamente en el 80% de la actual población venezolana. (Prof. Saludos. Mario Sanoja).

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El Foro ASPA de la Mujer: Sud América y el mundo árabe

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La actual pareja presidencial del Uruguay -cuyo pasado juvenil transcurrió en las guerrillas de los sesenta y la prisión en cárceles del Estado- cuando acabe el período gubernamental se trasladará del palacio de Montevideo a una pequeña propiedad rural, compartida con otra familia, donde cultivan y comercializan flores, y organizará una escuela para enseñar oficios agrícolas a los niños, anuncia Lucía Topolansky, esposa de José (Pepe) Mujica.



Esta noticia de la senadora Topolansky, contribuye a destacar el cambio de paradigmas en el mundo. El próximo Foro Internacional de Mujeres Líderes de ASPA, que se realizará en Lima entre el 7 y 9 de abril, incluye precisamente el tema del futuro de la mujer rural.

ASPA, que agrupa a representantes de 22 países que integran la Liga de Estados Árabes y los 12 países que conforman UNASUR, alienta la cooperación en la economía, la cultura, educación, ciencia y tecnología, preservación del medio ambiente, el turismo y otros temas relevantes para contribuir a la paz mundial.

Según el programaque publica el Ministerio de la Mujer, en la Cita de ASPA se abordarán entre los aspectos fundamentales de la participación política de la mujer, su educación para el empoderamiento, la inversión en la niñez, la paz y seguridad para el desarrollo, su rol en los desafíos económico, liderazgo en empresa y la mujer rural y el desarrollo.

Considerar el mundo rural, nos lleva a revisar la crisis de las ciudades, debido al crecimiento acelerado de la población, por ausencia de la planificación del territorio y la confusión ideológica. El resultado real: urbes saturadas de caminantes y vendedores de baratijas, muchas veces de contrabando. Son el destino manifiesto de la deformación del emprendimiento y expresión más evidente del erróneo modelo citadino del siglo XXI.

Los latinoamericanos y árabes tienen horizontes comunes en cuanto a la urgencia de cambiar el viejo estigma de la dependencia cuasi natural de la mujer a vivir en condiciones de marginalidad política, económica y social.

El sector rural tendrá que ser retomado desde sus raíces si queremos innovar y corregir esa telaraña humana, que confunde y tergiversa el futuro de la madre – niño, atrapados entre el caos del trasporte, falta de empleo y aulas de calidad.

Las estadísticas revelan los altísimos gastos que utiliza la mujer en el cuidado de su salud y sus consecuencias en la economía familiar. Recogiendo lo mejor de esos hábitos, Inácio Lula, incorporó en programas sociales, el rescate de la autoestima de la mujer y el reconocimiento del inmensurable rol de ella en la cohesión de la familia y sociedad. ASPA encuentra en sus mujeres, los mejores derroteros por donde fortalecer las relaciones birregionales.

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Plástica - Desde México, un clásico del muralismo: José Clemente Orozco

(Zapotlán, actual Ciudad Guzmán, 1883 - México, 1949) Muralista mexicano. Unido por vínculos de afinidad ideológica y por la propia naturaleza de su trabajo artístico a las controvertidas personalidades de Rivera, Siqueiros y Tamayo, José Clemente Orozco fue uno de los creadores que, en el fértil período de entreguerras, hizo florecer el arte pictórico mexicano gracias a sus originales creaciones, marcadas por las tendencias artísticas que surgían al otro lado del Atlántico, en la vieja Europa.

Orozco colaboró al acceso a la modernidad estética de toda Latinoamérica, aunque la afirmación tenga sólo un valor relativo y deban considerarse las peculiares características del arte que practicaba, poderosamente influido, como es natural, por la vocación pedagógica y el aliento político y social que informó el trabajo de los muralistas mexicanos. Empeñados éstos en llevar a cabo una tarea de educación de las masas populares, con objeto de incitarlas a la toma de conciencia revolucionaria y nacional, debieron buscar un lenguaje plástico directo, sencillo y poderoso, sin demasiadas concesiones al experimentalismo vanguardista.

A los veintitrés años ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Carlos para completar su formación académica, puesto que su familia había decidido que aprovechara sus innegables condiciones para el dibujo en "unos estudios que le aseguraran el porvenir y que, además, pudieran servir para administrar sus tierras", por lo que el muchacho inició la carrera de ingeniero agrónomo. El destino profesional que el entorno familiar le reservaba no satisfacía en absoluto las aspiraciones de Orozco, que muy pronto tuvo que afrontar las consecuencias de un combate interior en el que su talento artístico se rebelaba ante unos estudios que no le interesaban. Y ya en 1909 decidió consagrarse por completo a la pintura.

Durante cinco años, de 1911 a 1916, para conseguir los ingresos económicos que le permitieran dedicarse a su vocación, colaboró como caricaturista en algunas publicaciones, entre ellas El Hijo del Ahuizote y La Vanguardia, y realizó una notable serie de acuarelas ambientadas en los barrios bajos de la capital mexicana, con especial presencia de unos antros nocturnos, muchas veces sórdidos, demostrando en ambas facetas, la del caricaturista de actualidad y la del pintor, una originalidad muy influida por las tendencias expresionistas.

De esa época es, también, su primer cuadro de grandes dimensiones, Las últimas fuerzas españolas evacuando con honor el castillo de San Juan de Ulúa(1915) y su primera exposición pública, en 1916, en la librería Biblos de Ciudad de México, constituida por un centenar de pinturas, acuarelas y dibujos que, con el título de La Casa de las Lágrimas, estaban consagrados a las prostitutas y revelaban una originalidad en la concepción, una búsqueda de lo "diferente" que no excluía la compasión y optaba, decididamente, por la crítica social.

Puede hallarse en las pinturas de esta primera época una evidente conexión, aunque no una visible influencia, con las del gran pintor francés Toulouse-Lautrec, ya que el mexicano realizó también en sus lienzos una pintura para "la gente de la calle", lo que se ha denominado "el gran público", y ambos eligieron como tema y plasmaron en sus telas el ambiente de los cafés, los cabarets y las casas de mala nota.

Orozco consiguió dar a sus obras un cálido clima afectivo, una violencia incluso, que le valió el calificativo de "Goya mexicano", porque conseguía reflejar en el lienzo algo más que la realidad física del modelo elegido, de modo que en su pintura (especialmente la de caballete) puede captarse una oscura vibración humana a la que no son ajenas las circunstancias del modelo. Conservó este sobrenombre para dar testimonio de la Revolución Mexicana con sus caricaturas en La Vanguardia, uniéndose de ese modo a la tradición satírica inaugurada, a finales del siglo XIX, por Escalante y Villanuesa.

Un año decisivo

Una fecha significativa en la trayectoria pictórica de José Clemente Orozco es el año 1922. Por ese entonces se unió a Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y otros artistas para iniciar el movimiento muralista mexicano, que tan gran predicamento internacional llegó a tener y que llenó de monumentales obras las ciudades del país. De tendencia nacionalista, didáctica y popular, el movimiento pretendía poner en práctica la concepción del "arte de la calle" que los pintores defendían, poniéndolo al servicio de una ideología claramente izquierdista.

Desde el punto de vista formal, la principal característica de los colosales frescos que realizaba el grupo era su abandono de las pautas y directrices académicas, pero sin someterse a las "recetas" artísticas y a las innovaciones procedentes de Europa: sus creaciones preferían volverse hacia lo que consideraban las fuentes del arte precolombino y las raíces populares mexicanas. Los artistas crearon así un estilo que se adaptaba a la tarea que se habían asignado, a sus preocupaciones políticas y sociales y su voluntad didáctica; más tarde (junto a Rivera y Siqueiros) actuó en el Sindicato de Pintores y Escultores, decorando con vastos murales numerosos monumentos públicos y exigiendo para su trabajo, en un claro gesto que se quería ejemplarizante y reivindicativo, una remuneración equivalente al salario de cualquier obrero.

Orozco era pues un artista que optó por el "compromiso político", un artista cuyos temas referentes a la Revolución reflejan, con atormentado vigor e insuperable maestría, la tragedia y el heroísmo que llenan la historia mexicana, pero que dan fe también de una notable penetración cuando capta los tipos culturales o retrata el gran mosaico étnico de su país.

Embajador artístico e incansable viajero

En 1928 el artista decide realizar un viaje por el extranjero. Se dirigió a Nueva York para presentar una exposición de sus Dibujos de la Revolución; inició de ese modo una actividad que le permitirá cubrir sus necesidades, pues Orozco se financia a partir de entonces gracias a sus numerosas exposiciones en distintos países. Su exposición neoyorquina tuvo un éxito notable, que fructificó dos años después, en 1930, en un encargo para realizar las decoraciones murales para el Pomona College de California, de las que merece ser destacado un grandilocuente y poderoso Prometeo; en 1931 decoró, también, la New School for Social Research de Nueva York.

Pero pese a haber roto con los moldes academicistas y a su rechazo a las innovaciones estéticas de la vieja Europa, el pintor sentía una ardiente curiosidad, un casi incontenible deseo de conocer un continente en el que habían florecido tantas civilizaciones. Los beneficios obtenidos con su trabajo en Nueva York y California le permitieron llevar a cabo el soñado viaje. Permaneció en España e Italia, dedicado a visitar museos y estudiar las obras de sus más destacados pintores.

Se interesó por el arte barroco y, desde entonces, puede observarse cierta influencia de estas obras en sus posteriores realizaciones, sobre todo en la organización compositiva de los grupos humanos, en la que son evidentes las grandes diagonales, así como en la utilización de los teatrales efectos del claroscuro, que descubrió al estudiar las obras de Velázquez y Caravaggio, que le permitió conseguir en sus creaciones un poderoso efecto dramático del que hasta entonces carecía, gracias al contraste entre luces y sombras y a las mesuradas gradaciones del negro en perspectivas aéreas.

Se dirigió luego a Inglaterra pero el carácter inglés, que le parecía "frío y poco apasionado", no le gustó en absoluto y, tras permanecer breve tiempo en París, para tomar contacto con "las últimas tendencias del momento", decidió emprender el regreso a su tierra natal. Allí inició de nuevo la realización de grandes pinturas murales para los edificios públicos.

Con la clara voluntad de ser un intérprete plástico de la Revolución, José Clemente Orozco puso en pie una obra monumental, profundamente dramática por su contenido y sus temas referidos a los acontecimientos históricos, sociales y políticos que había vivido el país, contemplado siempre desde el desencanto y desde una perspectiva de izquierdas, extremadamente crítica, pero también por su estilo y su forma, por el trazo, la paleta y la composición de sus pinturas, puestas al servicio de una expresividad violenta y desgarradora.

Su obra podría enmarcarse en un realismo ferozmente expresionista, fruto tal vez de su contacto con las vanguardias parisinas, a pesar de su consciente rechazo de las influencias estéticas del Viejo Mundo; el suyo es un expresionismo que se manifiesta en grandes composiciones, las cuales, por su rigor geométrico y el hieratismo de sus robustos personajes, nos hacen pensar, hasta cierto punto, en algunos ejemplos de la escultura precolombina. Hay que recordar al respecto que Orozco, Rivera y Siqueiros, el "grupo de los tres" como les gustaba llamarse, defendían el regreso a los orígenes, a la pureza de las formas mayas y aztecas, como principal característica de su trabajo artístico.

Una vastísima obra monumental

Cuando, en 1945, publicó su autobiografía, el cansancio por una lucha política muchas veces traicionada, el desencanto por las experiencias vividas en los últimos años y, tal vez, también el inevitable paso de los años, se concretan en unas páginas de evidente cinismo de las que brota un aura desengañada y pesimista. Europa nunca llegó a comprenderle, porque sus inquietudes estaban muy alejadas de las preocupaciones que agitaban, en su época, al continente, y porque no entendía, tampoco, el contexto social en el que Orozco se movía.

Su gigantismo, sus llamativos colores, aquella figuración narrativa que caía, de vez en cuando, en lo anecdótico, respondían a unas necesidades objetivas, a una lucha en definitiva, que parecieron exóticas en el contexto europeo. Era un arte que pretendía servir al pueblo, ponerse al servicio de cierta interpretación de la historia, en unos murales de convincente fuerza expresiva.

Hay que poner de relieve, como muestra del trabajo y las líneas creativas del pintor, las obras que realizó, entre 1922 y 1926, para la Escuela Nacional Preparatoria de México D. F., entre las que hay un Cortés y la Malinche, cuyo tema pone de relieve un momento crucial en la historia de México, en trazos transidos de luces y sombras. De 1932 a 1934, realizó para la Biblioteca Baker del Darmouth College, Hannover, New Hampshire, Estados Unidos, una serie de seis frescos monumentales, uno de los cuales, La enseñanza libresca genera monstruos, además de aludir oscuramente a su maestro Goya, supone una sarcástica advertencia en un edificio destinado, precisamente, a albergar la biblioteca de una institución docente.

Para la Suprema Corte de Justicia de México D. F., Orozco realizó dos murales que son un compendio de las obsesiones de su vida: La justicia y Luchas proletarias, pintados durante 1940 y 1941. Por fin, en 1948 y para el Castillo de Chapultepec, en México D. F., Orozco llevó a cabo el que debía ser su último gran mural, como homenaje a uno de los políticos que, por sus orígenes indígenas y su talante liberal, más cerca estaban del artista: Benito Juárez.

Miembro fundador de El Colegio Nacional y Premio Nacional de Artes en 1946, practicó también el grabado y la litografía. Dejó, además, una abundante obra de caballete, caracterizada por la soltura de su técnica y sus pinceladas amplias y prolongadas; sus lienzos parecen a veces una sinfonía de tonos oscuros y sombríos, mientras en otras ocasiones su paleta opta por un colorido brillante y casi explosivo.

Entre sus cuadros más significativos hay que mencionar La hora del chulo, de 1913, buena muestra de su primer interés por los ambientes sórdidos de la capital; Combate, de 1920, y Cristo destruye su cruz, pintado en 1943, obra de revelador título que pone de manifiesto la actitud vital e ideológica que informó toda la vida del artista. De entre sus últimas producciones en caballete, el Museo de Arte Carrillo, en México D. F., alberga una Resurrección de Lázaro, pintada en 1947, casi al final de su vida.

En la producción de sus años postreros puede advertirse un afán innovador, un deseo de experimentar con nuevas técnicas, que se refleja en el mural La Alegoría nacional, en cuya realización utilizó fragmentos metálicos incrustados en el hormigón. Su aportación a la pintura nacional y la importancia de su figura artística decidieron al presidente Miguel Alemán ordenar que sus restos recibieran sepultura en el Panteón de los Hombres Ilustres.

Puede verse su obra aquí

Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/o/orozco.htm

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Historia de un mago

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cada vez que abría el diario Clarín ofrecido por la aerolínea un rato antes del descenso en el aeropuerto de Ezeiza se prometía lo mismo: que ése sería el retorno definitivo, que ya no más viajes, que suficiente de andar por el mundo. Y siempre, irremediablemente siempre después de las presentaciones y del ya rutinario paseo por el centro de la ciudad de Buenos Aires terminado el trabajo, siempre volvía a salir al extranjero.

Secretamente Eduardo sabía que no se iba a quedar nunca en Argentina. Hacía ya más de veinte años que vivía fuera de su país natal y la desconexión era demasiado grande. Además, la fama y el éxito cosechados fuera eran irrepetibles en su tierra. Aunque no se atrevía a hacerlo manifiesto, eso era en definitiva lo que más lo fascinaba. La tía solterona que tenía en Avellaneda no era suficiente aliciente como para hacerlo retornar. Y su soltería era igualmente llevadera en cualquier parte del mundo.

Cuando días atrás desde su casa en New York había hablado por teléfono con Alberto Berrini -el presentador televisivo más famoso del momento en toda Argentina- para arreglar la entrevista, en forma discreta le sugirió que con alguna pregunta hiciera hincapié en ese "nuevo gran truco" que estaba preparando.

La fama de Eduardo Barrera había crecido estos últimos tiempos en forma impresionante. Por tres años consecutivos la Confederación Internacional de Magos le había conferido el premio al truco más logrado. Sin dudas su magia era fascinante como ninguna.

No abundaba en grandes despliegues tecnológicos, al menos en apariencia. Su principal virtud consistía en la espectacularidad "modesta", como solía decir. De hecho, contrariando lo que era común entre casi todos los magos, trabaja con una simple camiseta blanca de mangas cortas, y en pantalón vaquero. Su magia estaba en la destreza fenomenal que mostraba, y en lo novedoso de cada truco.

Desde hacía años, cuando ya había logrado bastante fama en Estados Unidos, cuando ya vendía videos en el mercado europeo e incluso en el chino, había ido cambiando su imagen; ahora ya no necesitaba el saco de lentejuelas y el moñito que siempre le había parecido tan ridículo. Sólo importaba la calidad de los trucos. Y en eso Mr. X -tal era su nombre artístico- era insuperable.

Con su cara obstinadamente lampiña, su humilde vestimenta de joven trabajador y su logrado aspecto juvenil pese a los 58 años, dejaba atónitos a todos cuando, por ejemplo, se engullía una serpiente cascabel de un metro y medio de larga, viva, y luego iba sacando de la boca… un elefante, también vivo. O cuando sacaba de su mano cerrada un helicóptero con el motor en funcionamiento, que luego se iba volando (esto, por razones obvias, lo hacía en escenarios sin techo, en general en estadios monumentales).

A Eduardo -él mismo lo decía siempre- la prueba que más lo fascinaba era la de los disparos. Cada vez le agregaba un toque de mayor espectacularidad, por eso mismo, a mucha gente la aterraba -y por eso mismo, también, a muchísimos fascinaba-. No era fácil conseguir el voluntario del público que se prestara a participar, y en varias ocasiones había resultado que al momento mismo en que iba a comenzar el espectáculo, los ocasionales colaboradores se horrorizaban y pedían a gritos detener el truco. No era para menos: todo consistía en poner al partenaire contra una pared y fusilarlo, balearlo, matarlo lisa y llanamente. La primera vez que lo hizo -cuatro años atrás- utilizó una pistola calibre 22; luego subió a 38, después a 45. Las últimas funciones lo había hecho con un fusil-ametralladora de asalto, descargando media tolva sobre el fusilado.

El efecto era impresionante: la sangre brotaba a chorros, y en más de una ocasión debía utilizar una pala para recoger los órganos dispersos por el suelo. Todo junto: cadáver sangrante y vísceras esparcidas, eran luego colocados en una bolsa, y después de las palabras mágicas -que en todos los casos, invariablemente para cualquier truco, eran "winchi pirinchi"- el "muerto" recién baleado salía caminando muy campante. Cuando luego se le preguntaba a los voluntarios qué habían sentido, ninguno recordaba nada, más allá del miedo de verse apuntados por un arma de fuego.

Si bien el alarde tecnológico no era ostentoso, la espectacularidad conseguida dejaba entrever que había un fenomenal apoyo en esa materia. De todos modos Mr. X ponía todo el peso del éxito no tanto en la presentación y los efectos pomposos del espectáculo, sino en lo incomparablemente bello que tenía cada truco. No usaba juegos de luces, humo ni ningún otro artificio escénico. Sólo hacía acompañar cada presentación con tangos de Astor Piazzola como único fondo musical. Como dato interesante, cuando niño había estudiado bandoneón con el maestro argentino, de quien toda su vida fue ferviente admirador.

La pulcritud en cada movimiento de manos, el hecho de jamás cometer un error ante el público, lo electrizante de cada prueba presentada, todo ello se atribuía a sofisticados mecanismos: hologramas, tecnología láser, hipnosis colectiva. También hizo decir en más de un caso -había quien decía que era parte del mercadeo de su imagen, pero otros lo creían- que su divina perfección, al igual que en el caso de Paganini, se debía a un pacto con el demonio.

La entrevista con Alberto Berrini se preparó un lunes por la tarde, para ser difundida el miércoles a la noche, en el momento de mayor audiencia. Mr. X, si bien hacía años que no vivía en Argentina, era ampliamente conocido en su país; había ya pasado a ser un símbolo nacional, sin dudas no tan conocido como Gardel, como Maradona, como Borges, pero por cierto gozaba de un gran afecto popular.

Con estudiado interés el presentador preguntó sobre el "nuevo gran truco" que se traía entre manos. Casi con desdén -seguramente, también estudiado- Eduardo dijo que eso era algo que estaba preparando desde hacía algún tiempo, y que había pensado estrenarlo en Buenos Aires, en un show en vivo en el Luna Park transmitido por televisión para varios países del mundo.

El presentador, en verdad, no sabía de qué se trataba ese nuevo número, por lo que con ingenua curiosidad trató de indagar más al respecto. Eduardo, sin dudas jugando con mucha sutileza a partir de las preguntas, no hizo sino acrecentar la expectativa. Dentro de dos meses sería la presentación… "si no muere antes el presidente", agregó.

Ese pequeño agregado hizo subir por los cielos su popularidad. Pero más aún subió cuando dos semanas después de la entrevista, el presidente Palmieri murió de un paro cardíaco.

Las conjeturas se sucedieron de forma imparable. De un mago de su talento -se decía- todo se puede esperar. No sólo mago, sino también vidente. "El nuevo Nostradamus" llegó a titular algún periódico su primera página. De todos modos, la fecha no se movió.

No faltó en esferas oficiales quien albergara alguna duda sobre esa muerte, o más aún: sobre las declaraciones previas de quien a partir de ese momento fuera bautizado "el Brujo". No se podía concebir que la muerte del presidente fuera parte del montaje mediático, por lo que la predicción demostraba un talento sobrenatural.

La vida nacional siguió sin mayores sobresaltos de todos modos; el vicepresidente Juan Carlos Camarero asumió el cargo vacante, y luego de los correspondientes honores de Estado rendidos al muerto, nada cambió en lo sustancial.

Así las cosas, fue llegando el día de la esperada presentación de Mr. X; claro que su fama, no sólo en Argentina sino a nivel internacional, había subido como nunca antes.

Dada esta aura de "embrujamiento" con que se venía rodeando, Eduardo vio rápidamente en ello la posibilidad de un rédito inesperado. Un mago vidente no es algo común, cosa de todos los días; y por cierto había que explotar eso.

Conocedor a la perfección de montajes escénicos, de climas hipnóticos, Eduardo supo sacar provecho de esta coyuntura que se le presentaba.

El día mismo de la función -un sábado de agosto, por la noche- el estadio estaba repleto, con todas las entradas agotadas y revendidas mil veces desde hacía dos semanas. El nuevo presidente también asistió, y hasta se permitió hacer un chiste diciendo que esperaba que Mr. no le vaticinara ninguna tragedia.

La campaña publicitaria con que se había preparado la gala resultó muy efectiva; sencilla pero contundente: "Gran espectáculo de magia. Mr. X desaparecerá". La incógnita que abrió produjo una curiosidad mayúscula. Nadie sabía que significaba esa "desaparición", por lo que el recurso propagandístico funcionó a la perfección. Todos querían verlo "desaparecer", aunque no supieran exactamente de qué se trataba.

Igual que sucedía en las presentaciones de Niccolò Paganini, su sola presencia fascinaba. Pero más aún embelezaba el acto mismo, el violín para aquél, la destreza mágica en Eduardo. Siempre con la música de Piazzola como fondo, comenzó con algunos pequeños trucos para ir subiendo paulatinamente la emoción.

Y llegó el momento.

Todo el mundo quería verlo, pero más aún: todos esperaban ese famoso "gran nuevo truco" tan publicitado. Se habían tejido las más diversas hipótesis al respecto, desde simpáticas hasta truculentas. La expectativa era muy alta.

Con una sonrisa cómplice y una guiñada de ojo, presentó el número:

-"Bueno, me imagino que muchos de ustedes esperaban esto, ¿no? ¡El nuevo gran truco! Pues bien, aquí está"-, dicho lo cual la asistente descorrió un terciopelo negro dejando ver una caja fuerte. En pocas palabras explicó en qué consistía: se metería dentro, y de inmediato, pronunciadas las palabras mágicas "winchi pirinchi" por la secretaria -una despampanante rubia con pechos de silicona- desaparecería.

En realidad eso no era muy novedoso. Infinidad de magos hacían algo por el estilo, desparecían, mostraban luego la caja vacía, y al momento volvían a aparecer. ¿Dónde estaba la novedad entonces?

Con "Adiós Nonino" de fondo, entró en la caja fuerte. Jamás le explicaba los trucos a sus asistentes; de hecho, no tenía asistentes fijas, sino que para cada espectáculo, o según el país donde actuaba, conseguía una. Siempre llamativas, lo único que esperaba de ellas era su presencia; a lo sumo les hacía saber lo que iba a suceder, qué debían tomar, mostrar u ocultar, pero sin saber más que eso.

Este caso no fue la excepción; Griselda -nombre artístico, por supuesto- debía limitarse a decir el pase mágico y luego abrir la puerta de la caja. Eduardo sólo le había explicado que desaparecería, y que para la continuidad del truco ella no debía preocuparse. Debía, luego, volver a cerrar la caja fuerte, y al cabo de un instante volver a abrirla.

Sin importarle entonces mucho más que eso, la exhuberante joven cumplió a cabalidad lo indicado. Pronunció las palabras con afectado encanto, y luego abrió la puerta del receptáculo donde había entrado Mr. X.

Naturalmente, el mago no estaba en su interior. Era espectacular, pero en cierta forma era lo esperable. La cuestión ahora era ver con qué disparatada genialidad se salía: ¿aparecería flotando por el aire, o sentado en una butaca entre el público? ¿Quizá con la piel negra? ¿O transformado en sirena, mitad pez y mitad hombre?

Pasados unos diez segundos, luego de pronunciar una vez más la mágica fórmula, Griselda volvió a abrir la puerta. Pero Eduardo no estaba ahí.

Como ella no sabía con exactitud en qué consistía exactamente la prueba, quedó sorprendida. No supo qué debía hacer, por lo que se le ocurrió sonreír y volver a repetir la operación.

En verdad nadie sabía cómo era el truco. Desde hacía ya varios años, el mecanismo de cada prueba que realizaba era secretamente guardado. Jamás nadie, ni siquiera la gente más cercana de su entorno -ayudantes de escena, promotores empresariales- conocía con qué se iba a salir. La tecnología que utilizaba jamás requería de alguien a quien le compartiese secretos. Por eso fue que en este caso nadie sabía cómo reaccionar.

Ante el segundo intento, nuevamente la caja fuerte apareció vacía. Dado que Griselda no era nada tonta, rápidamente tomó la palabra para salir de la embarazosa situación:

-"Como pueden ver, el gran Mr. X dijo que iba a desaparecer… y desapareció. Ahora cuesta un poco volver a hacerlo aparecer, pero entre todos lo vamos a lograr. Les pido que todos juntos repitamos el pase mágico. Al número de tres, entonces, todos, con fuerza, digamos: "¡winchi pirinchi!"-.

Eso despertó más expectativa aún entre el público; todo parecía bien montado, era parte del mismo espectáculo. Nadie dejó de repetir a los gritos las famosas palabras.

Y la puerta volvió a abrirse… pero Mr. X no apareció.

La asistente, sin perder la calma, volvió a repetir el recurso.

-"Señoras y señores: el gran Mr. X desapareció tanto que ahora cuesta un poco volver a hacerlo aparecer. Pero si entre todos lo intentamos con más fuerza, seguro lo lograremos. Así que, entonces: uno, dos, tres"-, y miles de voces corearon al unísono el estribillo…

Pero nuevamente sin suerte.

Algunos sonreían y veían en la caja vacía un toque de humor perfecto; después de varios intentos infructuosos tendría que aparecer con algo espectacular: quizá partido por la mitad, las piernas por un lado y el cuerpo por otro para luego unirse, o alguna otra cosa igualmente impactante.

El recurso de pedir la participación al público, que en un par de oportunidades dio buen efecto, se agotó a la tercera vez. Griselda ya no sabía qué hacer.

Intentó no perder la calma, no dejar ver la angustia que la iba ganando. Con aire jocoso decidió llamarlo. Golpeó varias veces la caja, preguntando con gracia:

-"¿Está usted por ahí, Mr. X? Bueno, ya puede aparecer".

Por unos minutos estas primeras reacciones de la asistente lograron buen efecto; parecían parte del espectáculo, e incluso resultaban simpáticas. Pero luego de varios infructuosos intentos, la pobre muchacha empezó a perder las formas.

Miró con aire desesperado hacia los otros asistentes que permanecían junto al escenario buscando indicación de qué hacer. El gesto de desconcierto de ellos la terminó de vencer. Viendo que la situación se salía de control, el presentador del Luna Park entró en escena.

Micrófono en mano y con fingida tranquilidad trató de balbucear algo coherente para la ocasión.

-"Damas y caballeros: una vez más el gran, el fabuloso, el incomparable Mr. X nos deja estupefactos. Dijo que iba a desaparecer, y lo cumplió. Pero ahora no lo podemos hacer aparecer. De todos modos, estemos tranquilos: ya va a aparecer".

Estas palabras fueron las necesarias para desencadenar la desesperación entre el público. Era obvio que algo había salido mal. Pero, ¿cómo arreglarlo ahora? Nadie sabía qué hacer.

Algunos colaboradores corrieron hacia la caja fuerte para intentar actuar de algún modo.

Cuando subieron tres bomberos al escenario, el pánico se apoderó de más de una persona. Era evidente que había alto riesgo, que algo había salido mal y que nadie sabía cómo reaccionar.

Luego de unas cuantas palabras del anunciador, inconexas, que transmitían más terror que tranquilidad, también el público asistente fue entrando en una confusa situación de miedo, asombro, sorpresa. Se dieron distintas reacciones: hubo quien rió; no faltó quien pidió la devolución del dinero de las entradas. Otro grupo comenzó a corear canciones de apoyo: como ídolo que era, Eduardo era amado y el trance actual lo reafirmaba.

-"¡Mister équis, salí, te quéremos aquí!"-

Pero Eduardo Barrera no aparecía.

Ni apareció.

No hubo forma de incriminar judicialmente a nadie porque nadie fue el responsable de lo acontecido. Alguien habló de homicidio preterintencional por parte de los organizadores; pero no pasó de algún comentario hecho a la pasada en algún canal de televisión. Nadie podía hacerse responsable del producto de un truco.

Si bien fue obvio que la desaparición del cuerpo se debía a algún error técnico del que nadie podía dar cuenta y que sólo el desaparecido conocía, las características del hecho no dejaron de envolverse en cierto ámbito de esoterismo. O, al menos, así lo quiso la manipulación de los medios de comunicación, que tuvieron comidilla para varias semanas con el asunto.

Pero más la tuvieron con lo que se supo sucedió un mes más tarde.

Al día de hoy -ya pasaron siete años del hecho- ni la policía de la provincia de Buenos Aires ni los investigadores de la empresa de seguros de Estados Unidos que llegaron a investigar, han podido saber qué sucedió con la desaparición de Adelaida, la tía solterona que figuraba como la única beneficiaria de la póliza por un millón de dólares que Eduardo había tomado dos años atrás en New York.

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Plástica: El Museo Hermitage, en San Petersburgo, Rusia

ARGENPRESS CULTURAL

El Museo Hermitage está considerado entre los diez más famosos e importantes del mundo, junto a la Galería Nacional (Londres), el Museo del Prado (Madrid), el Museo del Louvre (París), el Museo del Vaticano, la Galería Nacional de Arte (Washington), la Galería de los Ufizzi (Roma), el Museo Metropolitano de Arte (Nueva York), entre otros de gran valía.



Estos grandes Museos acostumbran prestarse entre sí por algún tiempo algunas de las obras que atesoran, en una interesante práctica de desarrollo y expansión de la cultura, para que estas grandes creaciones puedan ser disfrutadas por la mayor cantidad de público posible.

Este Museo está situado en la ciudad de San Petersburgo (al Noreste del territorio ruso), ciudad que durante la mayor parte del Siglo XX cambió su nombre a "Leningrado" en honor al gran líder de la Revolución Rusa, Vladimir Ilich Ulianov, más conocido por su pseudónimo Lenin.

El Museo Hermitage es la mejor galería de arte de Rusia, uno de los más destacados museos del mundo y, definitivamente, la principal atracción turística de San Petersburgo. El principal edificio del Museo Hermitage es el Palacio de Invierno, de Rastrelli (1754-1762), en estilo barroco, la obra más notable de la época y residencia principal de los Zares Rusos durante cierto tempo. Su primera ocupante fue Catalina la Grande, que mandó construir el primer Hermitage, adyacente a la residencia imperial. Veinte años después fue ampliado para acoger su extraordinaria colección de arte. Ampliado nuevamente por los sucesores de Catalina, todo el conjunto y el Palacio de Invierno pasaron a formar el Museo Hermitage.

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La imperfección inevitable de la justicia

Franklin Bassarsky

La imperfección inevitable de la justicia se debe, en parte, a la imperfección inevitable de la ley y la imperfección de la ley es un caso particular de la imperfección inevitable de toda generalización en ciencias fácticas.



Lo que tienen de bueno las ciencias formales, como la matemática, es que permiten construir entidades mediante la enumeración de unas cuantas propiedades, liberándonos así de las infinitas propiedades que tienen los objetos "reales", por lo que éstos son mucho menos manejables que los abstractos construidos.

En cuanto al grado de libertad que debe tener un juez para interpretar la ley, es difícil cuantificarlo, pero sí se puede decir que es preferible tener buenos jueces con cuerpos legales no tan buenos, a tener jueces incapaces o "inmorales" o con mentalidades cerradas y rígidas, con cuerpos legales excelentes. Seguramente así se haría más justicia.

 Es notable cómo mentes racionales y abiertas se transforman en extremistas, dogmáticas y cerradas, frente a la inseguridad que genera el carecer de una referencia externa que nos proteja. Protección que da respuestas a todas las preguntas dentro de un ámbito y que constituye una referencia externa endiosada, a la que llamamos LEY.

Parecería que la seguridad se transforma en un valor que prevalece sobre el valor justicia. El intento de satisfacer esta necesidad de seguridad es en gran parte lo que explica la creación de doctrinas, textos sagrados y “manuales del buen...”.

Enfrentarse a la complejidad de las circunstancias propias de cada caso genera temor y haraganería intelectual, típicos generadores de actitudes simplificadoras y totalitarias. Un ejemplo es la interpretación literal de la Biblia, que ha dado lugar a tantos horrores. Otros hijos de este desafío ante la complejidad, son el autoritarismo que consiste en abusar y gozar del poder que da el ser juez, con el pretexto de hacer cumplir la letra de la ley en forma estricta, sustituyendo la culpa de actuar así, con el orgullo, la intolerancia, que a veces se confunde con firmeza y es natural que los que no son suficientemente maduros busquen padres firmes y seguros, estrictos , que sepan qué es lo bueno y qué es lo malo y que eso sea simple, la deshumanización, es decir que mando al cadalso a un tipo quizás injustamente pero cumplo con mi deber, me debo a la LEY- léase PATRIA en otros ámbitos y el fanatismo: no admito NINGUNA excepción, la ley es SAGRADA. La proclamada muerte de las ideologías tiene aspectos indeseables, pero es una reacción frente a esas posturas que elevan la obediencia a la doctrina (por ejemplo la doctrina legal) por sobre todos los valores, incluyendo la vida y la libertad.

Lo anterior contiene interpretaciones psicológicas, así que es discutible, pero un indicio confirmatorio es eso de "en el momento protesto porque no me gusta, pero luego agradezco al juez, o director del torneo (léase a mi papá) que fue severo conmigo y me hizo marchar derechito". La intolerancia ejercida por el padre, se transforma curiosamente en una virtud, porque le da seguridad y lo justifica en su tendencia a actuar así con sus subordinados. Escuché muchas veces "es un hombre exigente", a modo de elogio, pero no porque se trata de un profesor que exige que sus alumnos sepan para aprobarlos, sino porque rechaza el vino si no es de muy alta calidad. Se elogia la estrictez, el cumplimiento y la obediencia, por sobre la tolerancia, la comprensión del congénere y la humildad. En el profesor que reprueba a un alumno por no haber cumplido con alguna obligación meramente formal (esa es la ley), aunque le conste que sabe mucho, veo también soberbia.

A veces le llamamos "vueltas y más vueltas" a los intentos por comprender más profundamente algo. No toda reflexión compleja y extensa es vueltera, en el sentido de complicar algo simple. Por supuesto, el complicar artificialmente las cosas para disfrazarlas de vuelo intelectual, me parece tan repudiable como el simplificarlas por los motivos que ya mencioné.

Perderse en discusiones vacías en las que predomina la intención del lucimiento personal, puede ser cosa típica de algunos petulantes, pero no creo que sea ese el caso en el planteo del problema general de los límites o líneas rojas o el más particular de los criterios con los que un juez debería manejarse. Estos problemas son cosas, así que si vamos a ellos, vamos a las cosas. Si discutiéramos problemas abstractos, mal definidos, dando más peso a las palabras que a sus significados, sería adecuada la recomendación de ir a las cosas.

La filosofía, ejercida seria y honestamente, concebida como una búsqueda cooperativa de sentidos y verdades, es una actividad tan legítima como la investigación científica y ciertamente más importante, en mi opinión, que especular en la Bolsa. Pero a un broker argentino nadie le diría "argentino, a las cosas" (**). Nada más natural (aunque infrecuente y no muy bien visto en esta época materialista, pragmatista y utilitaria), que dialogar sobre asuntos como la verdad, la belleza, la comunicación y....la justicia. Claro que para ver en eso algo natural, hay que liberarse de prejuicios dominantes. Uno de ellos es hacernos confundir lo útil con lo valioso.

Esta moda utilitaria también se refleja en planteos como "¿Para qué discutir o plantear situaciones hipotéticas?". A veces es útil, como herramienta de análisis, plantear situaciones imposibles. Y mucho más, si esas situaciones hipotéticas son posibles, como ha sido el caso del juez que no recibe una prueba decisiva porque se ha presentado dos minutos fuera de término. Después de todo, el conocimiento avanza en gran parte gracias a preguntas del tipo ¿qué sucedería si...?" En este caso, ¿cómo creemos que debería actuarse si...? Lo que sigue al "si" son hipótesis.

Sería muy bueno que la ley fuera menos imprecisa en muchos casos. Pero por más que la redacten matemáticos, suponiendo que así se alcance la máxima precisión posible (lo que es muy dudoso), no alcanza para resolver el problema general que estamos discutiendo. En ese caso sólo se reduciría el conjunto de situaciones en las que este problema se podría presentar.

A quienes advierten del peligro de buscar/encontrar interminables pretextos para no cumplir con las reglas, tanto por parte del acusado como por parte del juez, les respondo que ese es, efectivamente, un peligro, porque hacer cumplir las reglas, pero sin fanatismo, es mucho más difícil, arriesgado y comprometido que transferir toda la responsabilidad de las decisiones a algo externo a uno, como es el reglamento. Me parece más importante la calidad del juez que la calidad del cuerpo legal. En una comunidad con buenos jueces, prefiero arriesgar, cosa que no significa que el accionar de un juez no deba estar limitado por lo que la ley establece. Está claro que un juez no debe legislar.

Esto es análogo a los casos en los que el miedo a escuchar pretextos cierra la mente para escuchar buenas razones. Y también a dogmatismos como el de algunos psicoanalistas que interpretan todo razonamiento como racionalización, toda admiración como envidia, toda llegada tarde a sesión como resistencia al tratamiento y hasta todo cuchillo soñado como símbolo del pene. Esta cerrazón de la mente, esta inflexibilidad, está reforzada por el hecho de que a veces (pero no siempre), se comprueba que esas interpretaciones son correctas y además significaron un importante descubrimiento que deslumbró, quizás exageradamente.

*) Matemático. Jugador y docente de go. Este ensayo se publica con carácter póstumo.
**) Referencia a la célebre exhortación del pensador español José Ortega y Gasset al pueblo argentino: “¡Argentinos, a las cosas!”

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