viernes, 11 de abril de 2014

Para escuchar y ver: versión interesante del Himno a la Alegría, de van Beethoven

ARGENPRESS CULTURAL



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jueves, 10 de abril de 2014

La estupidez que nos consume

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El sistema capitalista ha perfeccionado su escudo invisible de defensa. Las protestas que se realizan en Europa en contra de los recortes sociales no están cambiando los objetivos del poder. La movilización siempre será necesaria, no obstante, el modelo de explotación global se ha blindado para desgastar los objetivos. Y aparecen piedras que pocas veces se saben de dónde vienen. Ocurre que las piedras siempre regresan en contra de la seriedad que requiere contradecir los abusos capitalistas. La televisión se encargará de ponerle música de circo al guión de víctimas y victimarios. Es de tomar en cuenta que el principal escudo que hoy utiliza el sistema contra el fondo del problema es la instauración de la estupidez como norma global. Ya en el siglo XIX el escritor Gustave Flaubert describió con magistral ironía su plan de realizar un monumental diccionario sobre la estupidez: “Sería la glorificación histórica de todo lo que se aprueba. Demostraré en él que las mayorías siempre han tenido la razón y las minorías no. Sacrificaré a los grandes hombres en aras de todos los imbéciles, a los mártires en aras de todos los verdugos. Así, para la literatura establecida, lo que es fácil, que lo mediocre estando al alcance de todos es lo único legítimo y que hay que deshonrar toda forma de originalidad como peligrosa, idiota, etc.” La palabra sigue ocupando su lugar en el laberinto de los contenidos, lo que está en crisis es la capacidad de interpretación (se consolida la formación de un ruido interior que nos divide). La confusión popular es la principal ganancia del poder.

En el siglo XXI la norma es la frivolización del todo. Con frivolidad España discute el tema de la llegada de africanos a Melilla y con frivolidad responde Bruselas. Bastaría con ver las palabras que se utilizan: asalto, invasión, etc. para hacer un manual de la frivolización de una tragedia que representa la vergüenza del planeta. Con frivolidad se habla de crisis, de paro, de desahucio, de aborto, de abuso de niños, de violencia machista, de mala educación, del otro (el supuesto extranjero) y de justicia. Con frivolidad se ignora la raíz del problema: el tempo del ser humano ha sido cambiado para dominar su capacidad de entendimiento. La prisa actual no nos pertenece, sin embargo los jueces de las olimpíadas nos quitaron las otras opciones de carrera. Que la tecnología avance a una velocidad mayor que la educación del hombre dice mucho del campo de fracaso donde estamos metidos (y aún así nos divertimos). El alcance de la explotación total, la que no reconoce el explotado. Todo un manual de conductas del entretenimiento ha vomitado Hollywood para que el mundo vacíe la utilización de la inteligencia. La estupidez ha llegado al extremo de que hoy lo normal es ignorar la profundización de los contenidos. Por igual nos montan la parodia de una primavera árabe que un golpe de estado en Honduras. Con la misma intensidad nos promovieron la riqueza como un valor absoluto y ahora nos imponen la pobreza como la última carta disponible. También por igual (y aquí cabe discutir el tema Venezuela) gobierno y oposición utilizan el circo del ruido y de los no contenidos. No tiene sentido que la izquierda asuma como vía de participación popular el mismo circo propio del capitalismo. Mucho se dice que una revolución es un proceso largo y complejo; el capitalismo es una forma de destrucción rápida y sencilla. ¿Por qué no atreverse a buscar una tercera lógica? Estamos maleados, como decía Arthur Rimbaud, maleados o paralizados. Desvivimos como actores mediocres de nuestra propia tragedia.

¿Qué hacer? Sin duda el tema es complejo, de ahí que no se pueda enfrentar desde la estupidez. La izquierda no ha sabido ser oposición del capitalismo. A un sector del pensamiento alternativo le pesa el sagrado respeto a los dogmas. Se teme que una nueva propuesta no cumpla con los parámetros diseñados por algún estudioso comunista. Y se frena la creatividad individual y colectiva, con todo y los riesgos, se castra el surgimiento de teorías y prácticas que interpreten la nueva realidad capitalista. Es un asunto de espacio-tiempo, es un proceso de destrucción y construcción de realidades, es un tema de estudio y ofensiva de todos los procesos que desencadenaron el actual escenario. El absolutismo del capitalismo del siglo XXI viene de muchos laboratorios del pasado. El sistema se alimentó tanto de la Unión Soviética como de dictaduras locales. Lo que nos entregan como democracia es la aceptación de que sólo puede quien más tiene. Hoy, con el invento de la crisis financiera, arribamos a la uniformidad de los miserables. Ya no estamos en los años 60 del siglo XX, he ahí donde quedaron las intenciones de la izquierda. El capitalismo no es el mismo de entonces, ha tecnificado su fondo y sus formas. La izquierda no ha estado a la altura para detener la debacle del mundo. Capitalismo y humanidad no podrán coexistir en el formato salvaje que está en práctica. La humanidad tendrá que conseguir una nueva vía de respuesta. Habrá que atreverse desde los contenidos, habrá que convocar (en uno mismo) una rebelión de la inteligencia. Habrá que faltarle un poco el respeto a los maestros. O subvertimos el modelo que llevamos en nuestra (no) conciencia, o aplaudimos como estúpidos la puesta en escena de nuestra derrota.

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La religión marxista

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Andrés quería, necesitaba, creer en dios. Alguien, para él, tendría que haber querido -y hecho- que todo sea. El espacio, las estrellas, los planetas, la Tierra, él.

A dios le rezaba todas las noches antes de dormir. Le pedía que su padre y su madre no mueran nunca.

Pero una vez murieron.

Y después dictaduras, torturas, matanzas.

Y las guerras a través de los siglos.

Hasta que empezó a preguntarse: ¿por qué dios hace o permite que pase todo eso?

Así que, poco a poco dios lo fue decepcionando.

Aunque finalmente se reconoció como ateo, también continuaba necesitando creer en algo. Si no era en dios, ¿en qué?

Fue así que descubrió el marxismo, y empezó a creer en la inevitable y buena lucha de clases. Los explotados contra sus explotadores. Y el inevitable triunfo de la clase obrera que tomaría el poder y vendría el buen Hombre Nuevo. Y ahí todo sería mejor, porque siempre los obreros son buenos. Los obreros que, dirigiendo los sindicatos, no se comportan adecuadamente y decepcionan, no son más obreros. Son burócratas sindicales.

Así es que, a través del marxismo, Andrés pasó otra vez a creer en algo. A no dudar que, si bien no hay dios, hay algo más que esperanza: certeza de que -inevitablemente- habrá seres humanos buenos y que acabarán las continuas guerras en el planeta.

Entonces el marxismo pasó a ser su nueva religión.

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Alternativas para la coca: Girasoles para la Amazonia

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los girasoles, uno de los temas favoritos de van Gogh, se han convertido en un símbolo de la relación entre él y Gauguin. Cuando se conocieron en París, y compartieron la llamada Casa Amarilla, Gauguin le pidió intercambiar el cuadro Dos girasoles por uno de los suyos. Hablamos de mitad del siglo XIX.

Los Girasoles de Rusia -película de Vittorio de Sica con la actuación de Sophia Loren y Marcelo Mastroianni- narra la historia de una pareja que se disolvió por la guerra. Ella no se resigna a creer que su esposo estaba muerto y decidió ir a buscarlo. Cuando la llevaron al lugar donde fue la guerra se encontró con un campo lleno de girasoles y cada girasol representaba un soldado que quedaba muerto allí. En el fondo, ella sentía que su compañero estaba vivo, porque una niña latía en su vientre.

El arte, en sus diversas manifestaciones, encuentra los orígenes de la realidad y abre espacios a la imaginación. Veamos cuan factible es reemplazar la coca por los girasoles como parte de una política pública del desarrollo local a partir de su riqueza natural.

En los territorios semitropicales y tropicales de Sud América, Centro América, México, Texas y el norte de Arizona, crecen girasoles de varias especies. Abunda la Stevia, hierba y arbusto de la familia del girasol o Asteraceae, estudiada por primera vez por el médico y botánico español Petrus Jacobus Stevus (Pedro Jaime Esteve, 1500-1556),en cuyo honor este género de plantas se denominó “stevia”.



La Stevia rebaudiana es la especie más difundida y es originaria de Sudamérica. Ha sido cultivada y utilizada como edulcorante y como planta medicinal por el pueblo guaraní y otras poblaciones de Brasil y Paraguay.Sus hojas endulzan con mayor intensidad que la sacarosa o componente principal del azúcar, y pueden ser consumidas frescas, en infusión o como ingrediente de la comida.

La stevia, señala la bibliografía médica, es buena en el tratamiento de la obesidad y la hipertensión arterial y como edulcorantes naturales. La Stevia peruana contiene “esteviósidos” hasta un 50% mayor la planta China.

Los estudios de mercado hablan de su descomunal producción, y que el Perú podría ocupar un espacio. La planta tiene una vida media de hasta 14 años, es muy resistente a los insectos.

Los campesinos del Valle de Apurímac, Ene y Mantaro - VRAEM, que suman medio millón de habitantes, en su mayoría jóvenes y desplazados de sus comarca, ven con expectativa la acción multisectorial del Estado para acabar con el narcotráfico, una red que con los remantes de Sendero Luminoso, mantiene la producción de coca en 20 mil de las 60 mil hectáreas que existen en trece regiones del país como Loreto, enpoblaciones limítrofes con Brasil, Colombia y Ecuador.

La Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria (Sunat) anuncia la instalación de casetas de control de ingreso de insumos químicos en el territorio del VRAEM, medida que debió darse hace tres décadas atrás.

Las elevadas reservas internacionales, los bajos niveles de endeudamiento público, la solidez del sistema financiero, la mayor capacidad adquisitiva de uncreciente sector de la población, son activos del actual crecimiento de la economía peruana.La recaudación representa ya un 16% del PBI, la mayor tasa en la historia republicana.

En educación se ha logrado la incorporación de un cuarto de millón de docentes con formación continua, mejores remuneraciones y se ha ampliado el acceso a la escuela a 2,000 comunidades, entre otros pasos.



Se espera del Congreso una Ley que autorice la muerte civil a deudores por corrupción, la imprescriptibilidad de estos delitos; así como todas aquellas iniciativas encaminadas a sancionar drásticamente a los corruptos.Las acciones militares se han reiniciado con una nueva estrategia, a base de la inteligencia y bajo un comando y control unificado.

El narcotráfico es un crimen global. El consumo de la droga de origen andino se ha en los EEUU y ha crecido en Asia y Europa.Alrededor de 300 españoles cumplen condena en Perú por tráfico de drogas, porque España es la ventana de ingreso de América Latina al viejo mundo.

En diversos distritos como Ciudad de Dios, y Mazamari, en la provincia de Satipo, donde funciona la Aldea Beato Junípero Serra, dirigida por el sacerdote Joaquín Ferrer, ahora acoge a niños huérfanos y familias económicamente pobres, en un territorio donde el terrorismo afectó a los colonos y las comunidades nativas Ashánincas y no Machiguengas.

El 80% de los pobladores de esa zona posee entre una y tres hectáreas de tierra, la mayoría dedicada al sembrado de hoja de coca. Para que una familia pueda vivir de la agricultura debe tener seis hectáreas o más de tierra con una serie de incentivos para promover la agricultura y ganadería. No esperemos que la inversión transnacional arrase con la cultura y la vida de estas poblaciones nativas.

Los girasoles, junto con las bananas, las naranjas, paltas, café, cacao y múltiples especies, pueden y deben ser una fuente económica para crear el nuevo hábitat de la Amazonía, empezando por su niñez y adolescencia, aseguranviejas y nuevas investigaciones y políticos innovadores.

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El avance de la Sombra

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Es sorprendente notar qué tipo de amalgama existe entre la degradación y la tristeza. Esa tristeza que nos hace pensar de qué manera se regresa indemne a los momentos previos a tanta decadencia si es que hay, realmente, pasaje de regreso.

Había una vez un pueblo como tantos pueblos que comenzó a alterarse cuando una Sombra apareció tan sigilosamente como ameritaba la situación del momento. Esa cosa considerada espantosa porque de verdad lo era, daba señales de un renacimiento inminente, ya para ser sinceros, nunca había desaparecido del todo, apenas se encontraba replegada. Solía aparecer con distintas formas, utilizando disfraces varios, cosa posible gracias a la ignorancia promovida y asumida, nutriente principal para su pervivencia.

En etapas anteriores del mundo, siendo persona inclasificable por no poder insertarse dentro de especie alguna, la que se convirtió en figura espectral con el transcurso de los años, tuvo en jaque a la humanidad cumpliendo una tarea aberrante pero necesaria para quienes pensaban que era imprescindible demorar el avance de escuadrones de los justos.

Como entonces, la presencia llegaba acompañada por su amiga inseparable, una masa opaca, esquelética, desgarbada, que también trascendía el límite del espanto. Ambas se introducían en cerebros proclives a la descomposición. La dupla, instalada allí, ejercía un control del que ya no se liberaría fácilmente quien en definitiva no era sino una víctima concreta más allá de asumir o no ese papel. Víctima reproductora de victimarios. Xenófoba, persecutoria, deseosa de alcanzar sus dos segundos de fama a costa de su propio desbarranque ético y moral.

Sus acciones trascendentes, propias de un infierno mitológico donde los hijos eran deglutidos por sus propios padres, lograron quedar estampadas en las vísceras de un planeta donde el odio se entronizaba presto a reinar un reinado de miseria humana rayano con la locura.

Celebraban su paso brazos derechos en alto, manos y dedos rígidos, fríos reclutando nuevas almas para continuar el linchamiento de la vida y sus manifestaciones, especialmente todo lo concerniente a la humanidad.

Los espectros reaparecían buscando adeptos reproductores de sus hedores y por supuesto comenzaron a encontrarlos, en todo conglomerado humano pululan timoratos, amorales, gente sometida ante los poderes superiores capaces de desnudar su baja calaña despedazando a los inferiores.

El pueblo donde la Sombra de antaño dejara semillas germinando comenzó su proceso de fragmentación más exhaustivamente que nunca.

Unos aplaudían la resurrección, otros no la aceptaban por respeto a la vida.

A la distancia cuando el sol se desliza sobre el horizonte combo donde no se distinguen ni los cráteres del alma, la noche va poniéndose de pie sacudiendo la resaca.

La Sombra repta zigzagueante, estira sus brazos con articulaciones rotas por el esfuerzo de acarrear a su amiga de hueso, mientras el tejido social, desgarrado, hace ingentes esfuerzos por mantener una calma que se escapa una vez abiertas las puertas a otras figuras aliadas a su mismo infierno, donde se corrompe nada más ni nada menos que la vida.

Ilustración: “Pueblo muerto” de la artista plástica argentina Beatriz Palmieri

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Egipto: El arte de la eternidad

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El Egipto clásico no deja de sorprendernos por su esplendor. Para muestra, veamos estas bellezas.

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Paseo submarino

Bellezas incomparables del fondo del mar



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Europa en una urna

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Ya es tiempo de entrar en campaña. Va a ser como ver caer del castaño las pilongas en su evolución de tres tiempos. Puestos a decir, diremos muy animosos y contentos:

Que el tiempo no existe. Es una gran mentira que sea difícil gobernar a los pueblos, cuando siempre se gobierna a lo Jumento con tiento, cuerda o palo delgado que va desde el peón de la noria a la cabeza de la bestia y la obliga a seguir la pista. La época pasada y la futura no son más que indeterminación o incertidumbre de tiempo. Abrir o levantar el tiempo, es abrir las ventanas de par en par. El pueblo abonanzado amontona nubes. Entre urnas feroces saldrán emisarios euro-peos dando voces.

Hay tiberio, ruido, confusión, alboroto. Los “Landrú” de miles de europeos empiezan a aplicarse con el cuidado de regalar a sus conciudadanos la papeleta y la urna que, una vez elegidos en las próximas elecciones europeas, les de patente de corso. Ellos siempre, en impostura y falso testimonio, tienen una mona que, con sutileza, saca castañas de la lumbre con la mano del gato. Aquí se anda a oscuras a os frailes por el tacto, guiándose por él.

Aqueste, nuestros dos, entre curas pedófilos y otros casados con dios que provocan animadversión del pueblo, que del Rebuzno, en sus mítines, un aria han hecho, y elegidos quieren ser como Publio Pesuvio Tétrico, usurpador que gobernó como emperador durante seis años España en su siglo XII, que fue el primero que abrió una tienda de Compro Oro, seguirán el balón de volatineros o acróbatas de la patada. Cual nabos adventistas tentarán las reses para verificar su bravura.

Nuestras ellas, en teurgia de magia mística y ramplona practicada a su Tetragramaton, el nombre de dios por tener cuatro letras en lengua hebraica, quieren llegar a ser como la Serrana Salteadora o Sacamantecas que envuelve una criaturita delante de su suegra, que le calienta los pañales y que le gusta cantar a la virgen y bailar por sevillanas, sin más cuidado que regalarse a sí más que a su marido, enfrascada en la textura, disposición y orden de los hilos en una tela que se sigue o ata con otra, con sus amigas, marujonas ellas, Parangana y Atanasia.

Como tenones o pedazos secos de la rama que quedan unidos al tronco, las “Os” de sus Rebuznos (O compañeros, O camaradas, en nuestro partido si perdéis un cortaúñas, lo encontraréis al momento; y si dinero, mejor no os lo cuento), en tesitura, tono o timbre de la voz al hablar, con actitud que se adopta en campaña, atronan en la televisión y en los periódicos, pero no en el barrio. A ellos les importa un bledo los lamentos y la dignidad del pueblo, Ellos, que están encarnados en Rocinantes y Rucios, creen que la plebe son un alma en pena en ambos hemisferios, que ,por eso, tesan, estiran la cuerda haciendo retroceder a las yuntas de bueyes, para que no salgan sus Rucios o Rocinantes del Gobierno.

¡Cuadrúpedos tan diestros en Rebuznos¡ Mientras, todavía, es un grito el que muchos, muchos poetas labriegos, mozos de mulas, agricultores y ganaderos estén con un tiro en la nuca o dado por la espalda, caídos en una sima o lobera donde yace la Libertad en vida sepultada, que por eso el pueblo vio, sintió y creyó que jamás escapara del peligro. La historia bien clarito nos lo dice. Y, ahora, que pronto se celebra el 14 de abril, Día de la República, cuando la iglesia celebra la fiesta de los tres Tiburcios, el tiempo no divide nada.

Es el Rebuzno de los Jumentos es el que cuenta los años, meses, días, horas, minutos, segundos. Ahora, mirando a estos nuevos sacerdotes , temiendo el momento de escoger una gavilla de hipócritas dentro de tiempo. Oigamos a un “Quijote” de la Mancha, que vive en Teruel, en sus lamentos: Por favor, que no salga el presidente “de las tres manos”, y tampoco el cabeza de Benedicto XIII, el antipapa luna.

Al oír esto, en la catedral de Teruel, las momias de los célebres amantes Dona Isabel de Segura y Juan Diego Martínez de Marsilla, defensores del aborto libre y gratuito, puestos a hablar, ella decía: Pon cuidado en la olla, Juan Diego. El respondió: quien cuidado pone en la olla, manda que mame pero que no coma, Isabel de Segura.

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La fascinación de la guerra (Un ensayo con bombas, héroes y víctimas)

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

N.B. El 28 de julio de 1914, comenzó la Primera Guerra Mundial. A cien años de ese estallido devastador, estas líneas hacen parte de una conmemoración.



Si es tan atroz, si es tan inhumana, sin con su ejercicio el hombre muestra la peor parte de su condición, ¿por qué la gente va a la guerra? ¿Por qué se entusiasma con ella? Tiene que haber más de una razón (¿o de una sinrazón?) para que los rebaños armados marchen -muchas veces cantando- al matadero. Carl von Clausewitz declaró que la guerra es la continuación de la política por otros medios. También pudiera ser, con otra perspectiva, la falta de política, entendida esta como el arte de la convivencia pacífica entre los pueblos, como la convivencia dentro del conflicto.

Mirado así, tal vez desde una óptica idealista, el deber ser de la política es el de aprender a tener conflictos sin la necesidad de la eliminación del otro. Lo cual corresponde a un estadio de civilización. Pero, al contrario, lo que ha caracterizado a las civilizaciones es la guerra, la violencia, la imposición de un modo de vida o de pensamiento sobre otro, el dominio de la clase sobre otras. O de una superpotencia sobre naciones subyugadas.

La resolución de conflictos, sociales, económicos, políticos, tendría que realizarse con métodos que permitan la integridad del otro, la preservación del opositor. Pero, ¿cuáles? Hasta ahora, la guerra sigue siendo una especie de sangrienta partera de la historia. La lucha por el poder se traslada a los abruptos terrenos de la fuerza, casi siempre bruta, que trascienden lo político, para darle paso a la confrontación armada. El poder nace del fusil, sintetizaría Mao. Proponer como solución a los conflictos la construcción de una sociedad armónica, con características paradisíacas o angelicales, se parece más a una esperanza de ilusos pacifistas, con mucho corazón y poco cerebro, que a una obra pragmática. Oponer ese estado de ensueño a la amenaza de la guerra, con el fin de evitarla, es menos una posición razonable que una chapucería. A la guerra -gritan los guerreros- se le combate con guerra.

La guerra emite sus cantos de sirena, a los cuales sucumben los que no alcanzan a taparse a tiempo sus oídos. Tiene un incontrolable poder de seducción. ¡Hay que ir al campo de batalla!, ordena un dirigente, un general, un candidato, y abundan las salvas de aplausos. ¡Oh, qué valiente! Mambrú se fue a la guerra. Y, casi siempre, al combate irán los hijos de los pobres, que no los del banquero, ni los del dueño de la fábrica, ni los del magnate de la trasnacional. Las arengas guerreristas se dirigen a la emoción, se les suman, como en una receta macabra, ingredientes varios, o nacionalistas, o de defensa de la patria, cuando no de la religión o de un credo político. Se trata, como suele ocurrir, de mostrar la guerra como única posibilidad para defender la democracia, el establecimiento, o, en otros casos, para mantener los privilegios de una clase social. Pero en el fondo del aturdido entusiasmo que genera, subyace un motor: la guerra como una manera de la felicidad, tal como lo planteó Estanislao Zuleta.

“Los diversos tipos de pacifismo hablan abundantemente de los dolores, las desgracias y las tragedias de la guerra –y esto está muy bien, aunque nadie lo ignora-; pero suelen callar sobre ese otro aspecto tan inconfesable y tan decisivo, que es la felicidad de la guerra. Porque si se quiere evitar al hombre el destino de la guerra hay que empezar por confesar, serena y severamente la verdad: la guerra es fiesta”, escribió en su ensayo Sobre la guerra.

Ese mecanismo interior produce una exacerbación sensorial. Hay que marchar contra el enemigo, contentos, porque nos motiva una causa justa, la de defender nuestros valores, nuestro futuro, nuestro país, nuestra religión, nuestro Estado. No importa morir, porque se trata de un aporte, de un sacrificio propiciatorio para que el dios de la guerra nos bendiga, para ganarnos la entrada a un paraíso, para dejar sin brozas el camino. Por él caminarán otros. Es como ir a una bacanal a emborrachar nuestros sentidos, que la sangre también embriaga. Nuestra cuota para el baile. Al pueblo alemán lo embarcaron en la aventura (o desventura) de la guerra, con sueños megalómanos, con delirios colectivos, con promesas del superhombre. Y con una expresión de la vindicta (el experimento propagandístico ya lo había promovido, en la Primera Guerra, el presidente Wilson de los Estados Unidos).

Los líderes lo saben, y, por eso, palabras como honor, principios, heroísmo, grandeza de una nación, saltan en sus convocatorias, como los conejos de prodigio del sombrero de un mago. Vista la guerra como un goce colectivo, los guerreros son muy manipulables: a cada uno se le puede inculcar el rol del redentor. No importa el mutilado, ni el herido, y menos el muerto que ya cumplió, porque los asiste la animosidad del combate, una suerte de mesiánico destino.

Nadie duda, de otra parte, de las posibilidades estéticas de la guerra. La literatura, la pintura, el teatro, la epopeya, el cine, han dado fe de su belleza trágica. Una lanza que atraviesa la cabeza de un guerrero en las llanuras de Troya, el último aliento de un miliciano en la guerra civil española, los sembrados de trigo abonados por cadáveres, la luz que agoniza mientras transcurre una batalla, el canto de un grillo en la pradera tras el cese de los disparos, en fin, tantos libros y cuadros y crónicas y películas y fotografías dan cuenta de ella.

Pasa casi siempre que al que va a la guerra, con todo y su festejo, con toda su expectativa de asistir a una orgía de sangre y horror, desconoce las causas de la misma, llega con sus sentidos enardecidos, como quien, invitado a una juerga, aparece con varios tragos tomados. Por supuesto, la dimensión estética de la guerra la ven los artistas, no el soldado, no la víctima, tampoco el victimario. Para los parientes del combatiente caído tal vez no pueda haber nada de belleza en su sacrificio. Qué de estético puede tener la muerte de mi hermano, el balazo en la cabeza a mi amigo, la destripada de mi padre a punta de bayoneta, pero, como un atenuante: el que marchó a la batalla podrá tener un consuelo: murió por el honor, la patria, el líder, la causa. Y llegan las medallas.

Esa felicidad epidérmica que produce la guerra hace creer a los que a ella se suman que es una llamarada que no quema. Sobre todo en estos tiempos mediáticos, en que uno puede ver los misiles y las bombas como si fueran fuegos de artificio; en que tantos observan en primera fila, sin mancharse, sin salpicarse, los ataques israelíes a los palestinos; los bombardeos estadounidenses a Iraq, a Libia, a Sarajevo, como si asistieran a una piñata. O los atentados en cualquier lugar del mundo. Vista en la pantalla chica (que ya no es tan chica), la guerra parece un juego cibernético.

Lo decía el desolado Hamlet, al ver la destrucción inmediata de veinte mil hombres que, por un capricho, “por una estéril gloria”, iban al sepulcro como a sus lechos, “combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que no es suficiente sepultura para tantos cadáveres”.

Qué edad tan detestable esta en que ahora vivimos. La voz es la del triste caballero manchego. “Cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella”, advertía Don Quijote en su discurso sobre las armas y las letras. Sin embargo, la euforia de los cañones continúa. Por los siglos de los siglos…

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Siempre viajando…

Aquiles Caigo

Después del accidente salía muy poco; aunque no quería reconocerlo, eso le había cambiado la vida. Y mucho, más de lo que él mismo se atrevía a reconocer.

Anteriormente el conde de Goncourt era una persona alegre, extrovertida; de todos era conocida su proverbial simpatía, siempre dispuesto a cambiar un par de palabras con cualquiera, a jugar bromas. Sus ya pasados sesenta años no le impedían ser un bon vivant, un sibarita de alta escuela: buena comida, una agitada vida sexual, deportes náuticos. Todavía escalaba con maestría sus Alpes natales, de lo que se jactaba. Todo lo cual no le impedía dedicar iguales esfuerzos a sus negocios, lo que no le era necesario en realidad, pues el volumen de sus numerosas rentas le permitía un holgado pasar. La trágica muerte de su esposa y sus tres hijos –junto con una nuera y dos nietos– en la caída del avión en Grecia, tres meses atrás, lo había golpeado profundamente.

No siendo más que un ocasional practicante del catolicismo, su actual situación lo había llevado reiteradamente a la iglesia, sin duda como jamás lo había hecho en toda su vida. Pasaba la mayor parte de su tiempo silencioso y meditabundo. Incluso su aspecto personal, del que tanto se enorgullecía otrora –sus canas le daban un toque aún más elegante, siempre bien arregladas, pulcras– había quedado ahora en el olvido.

El circo llegó a la pequeña comunidad de L., en el sur de Francia, donde el conde tenía algunas de sus propiedades y el castillo, medieval legado de su familia y en el que ahora pasaba largas horas, a veces simplemente mirando distraídamente los prados.

Era un circo común y corriente, sin nada en especial. "Gran Circo Europeo" se llamaba. No ofrecía más que cualquier otro espectáculo del género. Gastón de Goncourt, sin saber bien por qué, decidió ir a verlo. Era salir de la rutina.

A mitad de la función ya estaba aburrido y pensando en retirarse. Su cortesana urbanidad lo retuvo aún un momento; no se atrevía a levantar ante todos. De pronto la vio, y fue instantáneo.

Luego de la actuación del payaso –de quien se descubría que podía tener una formación teatral considerable, quizá en mímica, o en arte escénico– apareció la contorsionista. Era una joven de no más de 20 años, rubia resplandeciente. Transmitía vida, mucha vida, muchísima energía, con una intensidad que no podía pasar inadvertida. Su acto consistía en las mismas y consabidas contorsiones circenses de siempre; pero había un toque de tanta gracia en lo que hacía que inmediatamente arrancaba los aplausos. Gastón, como todos –o quizá más que todos– quedó fascinado. El saludo final de la joven en un áspero francés denotaba su condición de extranjera.

"¿De dónde será esta viajera?", se preguntó el conde de Goncourt.

No pudo evitarlo –tampoco quiso–, y al día siguiente volvió a otra función.

El impacto fue similar al del día anterior, o incluso más fuerte: la aparición de... "¿cómo dijeron que se llamaba?", volvió a causarle la misma emoción. Como algo nuevo, distinto a la víspera, fue la sensación que le ocasionó el payaso.

Algo tenía ese tipo que impactaba. Distinto a la contorsionista, sin dudas; pero igualmente creaba fascinación. Y pese a que no habla casi en francés; o más bien: no hablaba una palabra. Las veces que abría la boca –que eran muy pocas por cierto– sólo pronunciaba palabras en alguna lengua no latina.

"Igual que la muchacha", pensó el conde de Goncourt. "Parecen de Europa del Este, quizá rumanos, o húngaros. ¡Estos viajeros!... ¡Gitanos errantes…!".

Hubo un momento en que todos los asistentes, todos sin excepción, niños y adultos, no pudieron evitar humedecer los ojos; la profundidad, la pasión con que actuaba el payaso no eran de un simple bufón. No había cachetadas ni caídas grotescas; cada pequeño gesto transmitía un universo cargado de sentido, más allá de las palabras –que, por cierto, faltaban. La única vez que se le escuchó decir una frase relativamente larga –de unas pocas palabras, por cierto– fue para el agradecimiento final, en su lengua natal. La emoción que embargaba al público era tal que, luego de las lágrimas, se deshizo en un aplauso violento, furioso. No habían reído; eran otros los sentimientos. Gastón, por un momento, olvidó a la muchacha.

Pero rápidamente se recompuso. Y ahí estaba de nuevo ella. "Mirna" escuchó que la llamaban: "la escultural Mirna", presentada con esa voz siempre estentórea de los anunciadores de circo, voz monocorde, torpemente impostada.

No era tanto el acto acrobático lo que provocaba su atención –cara embobada, como la de cualquier niño; boca abierta, ojos desorbitados– sino el aura que acompañaba a la joven. Sin dudas su cuerpo era fabuloso, bien contorneado. Hacía pensar en esas atletas de los Juegos Olímpicos, siempre con una sonrisa estudiada, sin un gramo de más, esculturas vivientes. El conde no podía salir de su fascinación.

No le fue difícil averiguar cómo hacerle llegar un majestuoso ramo de rosas rojas. Esa misma noche Mirna lo estaba recibiendo en su pobre y destartalado vehículo, luego de la última función. Era un autobús de fabricación rusa, con décadas y décadas de uso, transformado en improvisada casilla-rodante. Allí vivía con el payaso del circo.

No se consideraban matrimonio, pero desde que habían salido de Hungría con su desvencijado autobús-casa rodante vivían juntos. Luego de algunas primeras infortunadas vueltas, fueron contratados por esta empresa de espectáculos. Ambos tenían mucho para ofrecer: él –György se llamaba– había tomado el perfil de payaso, aunque era obvio que era más que eso. Sus doce años de estudio en el Conservatorio Municipal de Budapest le posibilitaban un hondo manejo de la expresión corporal, que en este caso le permitía vender sus servicios como clown. Con el violín, por ahora, no se ganaba la vida. Ambas habilidades, por cierto, las ejercía a la perfección. Mirna, también con años de durísimo estudio en la Escuela Nacional de Ballet, estaba en condiciones de brindar presentaciones de la más alta calidad. Sin dudas, los dos lo lograban.

La vida no les era especialmente dulce. Nunca lo es en los circos; pero menos aún si se llega a ellos por absoluta necesidad, como había sido en el caso de Mirna y György, incansables viajeros trasnochados sin más proyecto que sobrevivir. La caída del muro de Berlín y los profundos cambios que, luego de eso, se suscitaron en su país en los años siguientes, decidieron su salida. Con una sólida formación en artes escénicas, y con un futuro que no se mostraba en absoluto prometedor en Hungría, habían optado por ir a recorrer el mundo.

Un inglés elemental, un francés más rústico aún, una esmerada preparación artística y un horror a seguir siendo pobres, cada vez más pobres, era cuanto se llevaban de su tierra natal; toda esa particular mezcla, justamente, los había catapultado a las más variadas suertes por varios países de Europa. En un momento –en Roma había sido, aunque jamás querían hablar del tema– Mirna había ejercido la prostitución por un corto período; György lo había aceptado de buen grado.

Constituían una muy singular pareja; si bien se presentaban como muy liberales –y en un sentido sin dudas lo eran–, se daba entre ellos una relación nada habitual, liberal sí, pero que también podía verse como lo absolutamente opuesto. Podían estar semanas sin tener relaciones sexuales, pero cuando las tenían, temblaba la tierra. Mirna coqueteaba muy provocativamente con cuanto varón se le cruzaba, siempre ante la presencia tolerante de György. Pero jamás pasaba de esas subidas insinuaciones. Había algo de morboso en esos juegos; ambos sabían que en eso precisamente consistía la travesura. Más allá, los dos se sentían al mismo tiempo posesión y poseedor del otro, con una fuerza volcánica, con una fidelidad a prueba de todo. Estando sola, sin la presencia de su compañero, Mirna jamás se hubiera permitido cautivar a nadie.

El muchacho jamás había osado pegarle. No era necesario: la dominación que ejercía sobre ella era total; con un simple golpe de ojo bastaba.

Cuando llegaron las flores, György rió. La tarjeta sólo decía "de un admirador". Aún con restos del maquillaje mal lavado, lo que le confería un aire algo espantoso, el joven dejó caer algunos pétalos de una rosa en su copa de vino. Lo compartió con Mirna, quien en principio no quiso beber; una mirada atemorizante de György bastó para que ella cambiara de parecer.

"Nos bebemos a tu admirador… ¿Quién es?", preguntó.

"No lo sé", respondió la interrogada, con un tono que le quitaba toda importancia tanto a la pregunta como al obsequio.

"Me gusta", agregó György. "Se ve que todavía hay románticos en el mundo".

"Debe ser algún viejo loco; esto no es de jóvenes; alguno al que el gusté".

"Quizá tiene dinero".

"Quizá", agregó Mirna, intentando cerrar el diálogo sin darle mayor importancia a lo que estaban hablando.

"Pero… vale la pena seguir el juego, ¿no?", insistió György, dispuesto a seguir profundizando el tema. "¿Te atreves?"

"Me tiene sin cuidado", dijo indolente la muchacha.

"Pero, ¿te atreves? ¿Sí o no?", volvió a preguntar con enérgica frialdad el payaso.

"¿Por qué no?", añadió la joven, con una indescifrable sonrisa y aire angelicalmente satánico.

Cuatro días después, coincidiendo con aquel en que no había función, ella estaba cenando en una lujosa fonda del pueblo de L. con el conde de Goncourt. El lugar, si bien no ostentaba un especial lujo, no dejaba de tener aspiraciones de suntuosidad. El vino blanco que estaban tomando provenía de los viñedos de él, en las cercanías.

Mirna era más bien parca; no tanto por su pobre francés, sino por su actitud natural. Era Gastón quien ponía sus mejores esfuerzos en amenizar la velada. Estilo para eso no le faltaba.

Era la primera vez luego de la muerte de todos los miembros de su familia que volvía a salir con una mujer. Esto último, en sí mismo, no era ninguna novedad; aunque casado y nunca oficialmente divorciado, sus relaciones extramatrimoniales eran legendarias. Lo novedoso consistía en que ya parecía pasado el período de luto, y se permitía volver a las andanzas –hasta se habían hecho apuestas al respecto, y en general se pensaba que pasaría más tiempo–.

También llamaba la atención lo juvenil de su actual acompañante; aunque en realidad tampoco era tan inusual que se le viera con jóvenes de la edad de su hija –muerta recientemente en el accidente–. La de esta ocasión –Mirna– sin dudas deslumbraba por su belleza, por su cabellera despampanante, por su porte sensual, quizá más que otras. Pero fundamentalmente lo que resultaba algo insólito era la fascinación, el embobamiento que se advertía en el conde.

También Mirna lo sentía.

Gastón no paraba de hablar, de cortejar a la joven, intentando hacerla sentir lo más a sus anchas posible. Luego de la cena, con total naturalidad, terminaron haciendo el amor en el palacio. Ambos tenían mucho que aportar para el éxito de la empresa: él, su aquilatada experiencia; ella, su arrebatada pasión. Prometieron volver a verse.

Como en algún mediocre cuento de hadas, la muchacha fue conducida en un lujoso Peugeot color negro por el chofer de la casa hasta la entrada del circo. Eso, definitivamente, no era su lúgubre autobús-casilla.

La escena tenía algo de tragicómico, de grotesco. Estaba lloviendo cuando entró en su "hogar". György fingía estar durmiendo; desde la cama, sin levantarse, preguntó:

"¿Es conde de verdad?"

"Parece. En la cámara nupcial tiene una obra de Pál Szinyei Merse."

"¿Cuál?"

"Picnic en mayo."

"¿No es esa la que se habían robado de la galería Magyar Nemzet la vez pasada? Un óleo de 1875, creo."

"1873."

"Bueno, 1873, no recuerdo bien…"

"Sí, esa es."

"¿Y ya te llevó a la cama?", dijo György con una mal trucada sonrisa.

"Sí, parece que es conde. Dinero se ve que no le falta; la obra de Szinyei Merse era la original. Y eso debe costar mucho. El castillo me gustó."

Los ramos de rosa siguieron llegando al circo. Las tarjetas de dedicatoria eran cada vez más sofisticadas, a veces con cierto toque ridículo: "para quien me devolvió las ganas de vivir", "para la rubia más angelical que haya hollado la faz de la tierra", "para mi gitanita escultural."

El éxito del circo había sido bastante grande; en general, en los pueblos pequeños, permanecía no más de dos semanas. En L. ya llevaba tres. Sin embargo, ya se acercaba la hora de partir. Esa era la vida de los trashumantes: viajara y viajar eternamente…

Mirna le contó al conde –a quien trataba a veces de "tú", a veces de "usted"– que ya estaba cerca la partida. Ante ello, Gastón pareció quedarse reflexionando; con una parsimonia estudiada agregó:

"¿Te acuerdas lo que me contabas las otras noches? Que te interesaría cambiar tu vida, que ese loco de tu actual marido te aterroriza, que ya no querrías seguir con él, que te tienen desesperada tantos viajes a ningún lugar… Pues, estuve pensando acerca de algo que quería proponerte."

Aunque quería disimular la curiosidad, los ojos desmedidamente abiertos de Mirna dejaban ver que moría de ganar por saber de qué se trataba. Con forzada displicencia preguntó:

"¿Y qué podrías ofrecerme usted?"

"¿Tú qué esperarías?"

Quedó dubitativa por un instante, algo sorprendida incluso. Con una sonrisa que buscaba la complicidad continuó:

"Ya lo sabes…"

"No, realmente no lo sé… Podría imaginarme muchas cosas, pero querría que tú me lo digas."

Mirna demoraba intencionalmente la respuesta, muy a su gusto.

"Bueno… digamos que usted tendría que hacer un sacrificio."

"Quizá ni siquiera sea sacrificio para mí", intentó decir seductoramente Gastón.

"¿No?"

"Bueno, veamos de qué se trata."

"Ayudarme a matar a György."

Gastón quedó helado; tuvo que hacer un supremo esfuerzo para continuar con la conversación.

"¿Estás hablando en serio, Mirna?"

"¿Por qué no lo haría? Me preguntaste cuál era mi deseo; bueno, ése es. ¿O no se atreve?"

El conde debió apelar a un largo trago de cognac para mantenerse en pie. Estaba lívido, sus manos sudaban. Por un momento sintió un gran miedo, y pensó que ahora mismo la muchacha podría matarlo a él, ahí mismo, en la estancia de su castillo. No encontraba qué decir.

"¿Y si escucharas primero la propuesta que yo quería hacerte?", pudo articular al fin.

"Bueno, veamos". Su frialdad era aterradora. De alguna manera, esa impasibilidad acentuaba al mismo tiempo su belleza. No movía un músculo; el azul de sus ojos era más profundo y el brillo de sus cabellos parecía resaltado.

"Es que… yo quería proponerte… ¿no te vendrías a vivir al castillo conmigo?"

"No si György está vivo. No podría. Me mataría él de lo contrario". Su acento era frío, pero no faltaba también un toque de ingenuidad. Hablaba como una niña asustada. "Además" –comenzó a agregar con miedo– "él sabe que ahora estoy aquí, y sería capaz de cualquier cosa cuando regrese si no llevo alguna buena noticia del Szinyei Merse, si no consigo que me lo regales".

"¿Te refieres al cuadro?", preguntó atónito Gastón.

"Sí, claro. 'Picnic en mayo', ese que usted tienes en la recámara".

El asombro del conde iba en aumento. Se maldecía el momento en que había ido al circo y había conocido a la escultural contorsionista. Del asombro iba pasando ahora, sin mayor solución de continuidad, al terror. Se sintió acorralado. Un segundo trago lo animó a continuar.

"Mirna: te propongo que te quedes aquí, ya ahora, de una vez, y presentamos una denuncia por malos tratos contra tu esposo."

"No es mi esposo", agregó ella con un toque de inocencia.

"¡Lo que sea, no importa!", no pudo contenerse a gritar el conde. "Te lo propongo, te lo ruego, te lo exijo." No sabía qué tono de voz usar mejor para la ocasión.

El circo partió finalmente, siguiendo la ruta sur de Francia, para dirigirse luego a España.

El Citroën color gris plomo de Mirna que le había regalado Gastón fue encontrado tres meses después, abandonado, en un pequeño pueblito cerca de los Pirineos; del cuadro de Szinyei Merse no se supo más nada, hasta dos años después en que se volvió a ver en una galería en Boston. Por cierto, la pareja ya no trabaja en el circo. Ahora György da lecciones de violín en Nueva York, y Mirna –al menos la última vez que se supo de ella– maneja una pinacoteca en México.

El autobús-casilla rodante, luego de ser usado algún tiempo por el domador de fieras del circo tras la desaparición de la pareja, fue abandonado en el norte de España. Según pudo saberse, ahora está estacionado en una pequeña aldea, más precisamente en el patio de una granja, utilizado como gallinero.

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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



¿Tengo algo que decir o sólo me impulsa hacia acá tu anhelo en hielo?
La cuestión no es armarse de una hoja y estar listo al ataque,
-por qué armarse y cuál ataque-,
mas sí asumir entre todos victorias y derrotas.

Registra cómo se emprenden los mínimos sucesos cotidianos,
el regalo furtivo, la son risita imperceptible y sarcástica,
cómo se con traen los músculos de las emociones,
cómo legalizan lo ilegal.

Recuerda tántos actos, su lenguaje, su consenso sencillo,
la forma de su escritura, la energía de lo local.
Porque habrás visto que se e-lija qué cosa para limar una alegría,
hechos así,
o un miedo infantil de emprender algo
resurgido aun sin espera.

Entonces se acude a la amada, a su inregado regazo,
se desoprime una vana pro-yección,
se llega y se impectora todo temor entre tus brazos.

O vuelves a memorar cómo se escribe
el pan con que se tallan los quehaceres
nunca conclu-idos,
y haz tu papel, su contra haz también,
digiérelo de nuevo,
deshiela tus metales.
Pule tu coraje planeado y similar.

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Cine clásico: “Por un puñado de dólares”, de Sergio Leone (Italia, 1964)

Se denomina Spaghetti Western a las películas Western que se hicieron en Europa durante la década de los 60 y 70 y que fueron financiadas fundamentalmente por empresas italianas, de ahí el término spaghetti, y a veces por españolas, en cuyo caso se les atribuye el sobrenombre de “Chorizo Western” denominadas así de manera despectiva por los críticos no europeos.

La mayoría de estas películas fueron rodadas en el sur de España, en Almería, concretamente, en el Desierto de Tabernas. Nunca fue un género muy abrazado por los críticos, pero el público europeo siempre fue un gran amante de las películas del oeste y durante aquellas décadas se realizaron casi 600 títulos de este subgénero.

El director italiano Sergio Leone es sin duda la figura más destacada y su obra maestra: Por un puñado de dolares, película que da vida al vaquero sin moral, antiheróico y al que sólo le importa el dinero. El Spaghetti western, toma como referencia el western americano pero la estética es mucho más turbia y sucia debido en gran parte al carácter rudo de sus protagonistas. Otra de sus características es la música, que a diferencia del género western americano empieza a tener un protagonismo nuevo y muy interesante en toda la trama y que también tiene nombre: Ennio Morricone, uno de los compositores más famosos del género western, quien popularizó la música de películas y dotó a las escenas de tensión de una fuerza nunca antes vista.

Con ellos el western made in Europa se hizo imparable y fueron muchos los actores de clase B y estrellas del cine americano quienes no dudaron en viajar a Europa para aprovechar la fuerza que estaba conociendo el Spaghetti Western.

Por un puñado de dólares es una película ítalo-hispano-germana coproducida con de 1964 dirigida por Sergio Leone y con Clint Eastwood, Marianne Koch, Gian Maria Volonté, Wolfgang Lukschy y Sieghardt Rupp en los papeles principales.



Fuente: http://queaprendemoshoy.com/que-es-el-spaghetti-western/

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Uno de los grandes tenores de la historia: Beniamino Gigli

Pocos tenores han disfrutado de un éxito igual al del tenor italiano Beniamino Gigli, considerado el único, sucesor verdadero del legendario Enrico Caruso. Gigli nació 17 años después que Caruso, el 20 de Marzo de 1890 en el pequeño pueblo de Italia, Recanati, cerca de Ancona sobre la costa adriática.



Desde una temprana edad mostró una fuerte inclinación por el canto y fue admitido en el coro de la catedral local antes de los 7 años. Su maestro fue Quirino Lazzarini, el organista de la catedral y el primero en darle lecciones al joven Beniamino, pero también fue instruido por Giuseppe Guzzini, el sacerdote de la catedral local.

Su primer experiencia en el escenario sucedió cuando tenía 17 años, todavía un niño, cuando interpretó el papel principal en una producción estudiantil de la opereta La fuga de Angélica, el 28 de Abril de 1907 en la capital de la provincia, Macerata. El cantante estuvo viajando alrededor de Italia y cantó en todos los teatros regionales más importantes: entre 1914 1915 en el teatro de Génova en las obras Manon, y Tosca; Mefistofeles en Bologna, Palermo y Nápoles (San Carlo) en 1915, Cavalleria Rusticana y La Favorita en Nápoles. Durante 1919 y 1921 cantó en el Monte Carlo y viajó por Sudamérica, donde fue muy bien recibido y apreciado en el Teatro Colón de Buenos Aires, y en San Pablo, Brasil.

En 1924 recibió una gran aclamación en Berlín por su interpretación en La Boheme, Tosca y Rigoletto, y estuvo impresionante en la obra Andrea Chenier durante su debut en el Covent Garden en el año 1930. Dos años después, una disputa sobre su salario culminó su magnífica carrera en el Metropolitan. La gestión estaba reduciendo los salarios como consecuencia de la recesión económica, y el gobierno, incrementó radicalmente los impuestos de rentas, lo cual le permitió a Gigli renunciar a su contrato con el teatro en modo de protesta, y regresar a Italia.

En Italia, su verdadera Patria, se afilió con el movimiento fascista de Mussolini. Beniamino falleció en Roma, el 30 de Noviembre de 1957, a los 67 años, luego de haber sufrido un ataque al corazón, como resultado de una miocarditis (inflamación de dicho órgano), diabetes y gripe asiática. Indudablemente 41 conciertos en 4 meses y medio a los 65 años de edad, y noches donde había cantado, como mucho 34 piezas, habían cumplido su cuota suficiente.

Su carrera duró 41 años aproximadamente; durante ella realizó más de 400 grabaciones, protagonizó casi 20 películas e interpretó 62 papeles diferentes, además de haber realizado 2.249 presentaciones en todo el mundo.

Fue un gran tenor de las obras de Puccini, y se sentía cómodo con el repertorio tradicional, pero pronto se aventuró en un repertorio para tenor más complejo y cantó roles de Verdi, tal vez como resultado de su notoria competición con el tenor Giácomo Lauri-Volpi. El poseía originalmente una voz lírico ligero, lo cual implica una voz de tenor con calidades spinto y con un envolvente y aterciopelado timbre, por lo general referido a su dulzura.

Sus defensores hablan de la voz de tenor más hermosa que jamás hayan oído, con un uso exquisito de la voz mezzo o intermedia. En cambio, a sus detractores les desagrada a causa del uso excesivo de sollozos, aspiraciones y sentimentalidad, y por no poder alcanzar notas límite lo suficientemente sólidas y potentes.

Escuchemos algunas de sus magistrales interpretaciones:

1. Santa Lucia Lontana

2. Nessun dorma, de Turandot

3. Funiculi funicula

4. Ave María

5. Una furtiva lágrima

6. Mamma:

7. O sole mio

8. La donna è mobile


Fuente: http://www.pianored.com/cantantes/gigli.html

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Plástica: Impresionismo y aire libre en el museo Thyssen-Bornemisza (Madrid, España)

ARGENPRESS CULTURAL

El tema de la exposición que nos presenta el Museo Thyssen Bornemisza es el origen y el desarrollo de la pintura al óleo al aire libre, verdadero motor de la renovación artística del siglo XIX y que eclosiona en el movimiento impresionista.

Fueron los paisajistas residentes en Roma durante el neoclasicismo, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los que empezaron a realizar estudios al óleo del natural con la finalidad de profundizar en la representación realista de la naturaleza y, de paso, confeccionar repertorios de motivos para utilizar en sus composiciones elaboradas en el taller. Desde entonces, la pintura al aire libre constituyó una práctica firmemente asentada en la tradición académica.

A lo largo del siglo XIX, la evolución de la pintura al aire libre estuvo dominada por la llamada a salir del estudio e ir en busca de la naturaleza. La práctica de la pintura al óleo al aire libre fue impulsada por diversas motivaciones, desde la exigencia de observar los fenómenos naturales con una precisión científica hasta la necesidad de vivir en medio de la naturaleza, buscando una comunicación espiritual con ella.

Con el paso del tiempo y ya a mediados del siglo XIX, la fractura existente entre pintura al natural y pintura en el estudio se fue desdibujando. Así ocurre ya en artistas del realismo como Corot, Courbet o Constable, quienes realizaron trasvases de ambas técnicas, y , especialmente, con los paisajistas de la Escuela de Barbizon, como Daubigny Theodore Rousseau, que expusieron en los Salones de París sus cuadros realizados íntegramente en plena naturaleza.

Pero fueron los impresionistas los que pintaron siempre al aire libre, desde el principio hasta los últimos toques en el lienzo, tratando de atrapar lo efímero y momentáneo de la luz. En cualquier caso, ni siquiera un artista como Monet, que afirmaba que su taller estaba en la naturaleza, se pudo substraer de retocar sus obras en el taller, una práctica que se hizo cada vez más común hacia el final de su vida.

La exposición nos presenta un total de 116 obras con representación de diferentes escuelas.: la inglesa con Constable y Turner; la alemana con Carus o Hodler; la española con Carlos de Haes y Sorolla; la norteamericana con Asher B Durand; pero especialmente la escuela francesa, destacando los paisajes de Valenncienes, Corot, Rousseau, Daubigny, Courbet, Boudin, Monet, Renoir, Cezanne y Van Gogh.

La presentación de la exposición sigue un recorrido temático: A lo largo de las salas veremos los paisajes de ruinas, tejados y azoteas, rocas, montañas, árboles y plantas, el agua en sus formas de cascadas, arroyos y ríos, lagos, cielos y nubes y el mar. Esta presentación esboza una verdadera iconografía del paisaje y nos ofrece interesantes diálogos entre los artistas: Turner y Constable, Corot y Courbet, Monet y Van Gogh, o Renoir y Sorolla.

La evolución estilística es la misma en todas las secciones: Del paisaje del neoclasicismo académico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX pasamos al paisaje romántico que prima las evocaciones emotivas y la exaltación panteísta por la naturaleza, y de ahí al paisaje del realismo de mitad del siglo XIX, a veces con una tendencia científica muy marcada.

El momento de mayor realismo es el que marca el impresionismo desde Monet a Van Gogh y Cezanne, para acabar, ya en los comienzos del siglo XX, con las estilizaciones del simbolismo y las subjetividades decorativas del expresionismo.

Descargar presentación completa desde aquí (formato pps)

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El cordón mágico de Ochún

Antonio Prada Fortoul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Wanga vivía en una aldea cerca al río Gongola. Tenía un cuerpo deforme por un maltrato producido durante su nacimiento, era poco agraciada y los jóvenes de la aldea hacían poco caso de ella a pesar de tener diez y ocho años, lo que en ese asentamiento tribal es la edad adecuada para contraer y tener familia.

En tres oportunidades se había salido con diferentes jóvenes de la aldea que al final la repudiaban por su carencia de hermosura. Estos preferían asumir la responsabilidad ante el Consejo de ancianos, las autoridades tribales y pagar cualquier penalidad, a convivir con la noble doncella la que a pesar de su inmensa condición humana, vivía frustrada por su situación personal.

Su aflictivo estado emocional la motivó a marginarse de la comunidad y construir una casa en la ribera del río bastante retirada de la aldea. Diariamente visitaba a una anciana añosa y ciega llamada Wola que conocía los secretos de la vida y transmitía ese conocimiento a Wanga.

En una ocasión cuando se dirigía a bañarse en un recodo del río, encontró a una mujer a la que la bejucada de la orilla había enredado y estaba ahogando.

Agonizante la bella mujer braceaba inútilmente tratando de salvarse.

Wanga sin medir el peligro, se lanzó decidida a las aguas caudalosas del Río Gongola para salvar a la desconocida que se hundía irremediablemente en las aguas turbulentas. Nadó vigorosamente al sitio donde estaba la desesperada mujer, se sumergió en la parda vorágine desatando a la agonizante desconocida a la que aferró por la cintura y llevó a cuestas hasta la orilla donde la hizo expulsar el agua tragada y le dio respiración artificial hasta recuperarla totalmente.

La mujer despertó agotada muy entrada la tarde, agradeció a Wanga de todo corazón el haberle salvado la vida y que los Orishas le darían el pago adecuado por su amor y generosidad con una sacerdotisa de los adoratorios de Ochún en las riberas del Gongola.

Dijo llamarse Mbela y al tratar de levantarse no pudo hacerlo porque los bejucos le habían dislocado el tobillo, aunque era una luxación leve, Wanga le rogó que se quedara con ella hasta que estuviera completamente restablecida.

Duró dos meses recuperándose y tres más viviendo en la casa de Wanga, en ese tiempo la inició en el conocimiento de una milenaria religión llamada Regla de Ocha, le puso los collares y le mostró a su Orisha tutelar que coincidencialmente era Ochún. Le enseñó a su salvadora, varios secretos de la diosa de las aguas, de la miel, del oro y la sensualidad.

La inició en la profundidad de los conocimientos de la arcana utilizando milenarias técnicas para avanzar en sabiduría, aprovechando el sueño de la doncella, inducía saberes ancestrales de los antiguos sacerdotes de esa práctica religiosa y sacral en el inconsciente de Wanga para que jamás los olvidara y que le darían la destreza necesaria para atender con sapiencia y amor, los altares de Ochún.

Le enseñó los poderes de este Orisha, sus bondades y le dijo que Oshun es un Orisha que representa la intensidad de los sentimientos y la espiritualidad, la sensualidad humana y lo relativo a ella, la delicadeza, la finura, el amor y la feminidad. Es protectora de las gestantes y las parturientas; se representa como una mujer bella, alegre, sonriente pero interiormente es severa, sufrida y triste. Ella representa el rigor religioso y simboliza el castigo implacable. Es la única que llega a donde está Olofin para implorar por los seres de la tierra. En la naturaleza está simbolizada por los ríos y está relacionada con las joyas, los adornos corporales y el dinero.

Le ensenó a atenderla, a hacerle ebbó, a preparar baños, omiero, invocarla y consultar con ella todo lo relacionado con su cotidianidad.

Esa destreza la iba a acompañar durante toda su vida y cada día se le iba a acrecentar haciendo de esta, una completa y sabia sacerdotisa de la diosa del amor, la sensualidad, del cobre, de la miel, del oro y la salacidad.

Todas las noches, Mbela tejía un cinturón con rayos lunares, finísimos hilos de oro y cobre que le daban un hermoso brillo a ese decorativo elemento.

Cuando estuvo listo en cinturón llamó a Wanga y le dijo: “Este es el cinturón de la inmortalidad. Vivirás centenares de años y tendrás una belleza que no se marchitará jamás, No habrá mujer en la tierra que te iguale o un cuerpo tan armonioso y perfecto como el que tendrás cuando te coloque este cinturón que jamás deberás quitarte.

No habrá guerrero, príncipe o rey en el mundo que sea inmune a tu hermosura, al ponerte este cinturón, tu vida cambiará para siempre. Vivirás eternamente y tendrás una felicidad que ninguna mujer en la tierra podrá tener jamás. Cuando este cinturón sea arrancado de tu cintura, morirás y este se convertirá en polvo lunar”. Al colocarle el cinturón de colores amarillo y miel, el cuerpo de Wanga se fue transformando lentamente hasta adquirir una perfección tan armoniosa y una suave tersura, que solo Ochún, Yemayá y Oyá podían superarla; su rostro adquirió una belleza tan cautivante, que las aves detuvieron su vuelo y cesaron sus cantos para admirar el encanto de la hermosa Wanga.

Al completar la transformación de la doncella, Mbela empezó a desaparecer dejando en el ambiente un aroma de miel y flores silvestres.

A partir de ese día la vida le cambió a Wanga.

Desde lejanos lugares venían guerreros, príncipes, reyes y pretendientes en busca de bella sacerdotisa de Ochún para tomarla como esposa.

Vivió la bella africana cuatrocientos noventa años, tuvo centenares de hijos e hijas que fundaron una aldea que con el tiempo se llamó Oyó.

Cuando el esposo de turno fallecía por edad o el peligro del entorno, se realizaba un torneo de canotaje, lucha, cruce de ríos, trepada en árboles, lanzamiento de dardos, lanzas, carreras y danzas; el ganador se casaba con Wanga.

En una viudez de le bella Wanga, un famoso guerrero llamado Okoro, hijo del Orisha Changó, ganó el torneo de manera perfecta.

Todos admiraban el porte, conocimiento, bravura, destreza y sabiduría de ese famoso africano que se casó con la hermosa doncella de belleza incomparable.

Tuvieron 17 hijos, eran felices y tenían una vida armoniosa y plena.

En una ocasión Okoro observó que uno de los hilos de oro del cinturón mágico de Wanga se había soltado y decidió arreglarlo en la primera oportunidad que tuviera.

Una noche cuando le bella dormía, su esposo le fue quitando pacientemente el cinturón para repararlo y entregárselo cuando despertara.

Al terminar de soltarlo su hermosa consorte se fue tornando de un color grisáceo con una transparencia de témpano, cristalina y acuosa que la fue desapareciendo de manera inexorable rumbo al Oriente Eterno donde iba a reunirse con sus antepasados y centenares de hijos, nietos y la inmensa zaga clanil que hizo parte de su vida durante esas largas centurias.

No pudo despedirse, solo pudo ver el bravo Kuolo, las lágrimas que en forma de carámbanos de hielo de olor dulzón y color amarillo como la miel, cayeron en el lecho mientras la mujer más bella y feliz del mundo desaparecía para siempre en medio de una vaporosidad gaseosa que solo dejó como rastro, un humo sutil que subía hacía el éter con un suave olor y aroma de Oñí (miel).

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En la exacta mitad de tu ombligo

Jorge Alberto Money



Atiende:
si mi hijo
si nuestro hijo
fuera naciera sol o
luna homosexual poeta
o guerrillero ah si creciera
guerrillero o usurero al tanto %
o asesino oficinista vendedor de
peines en el subte o suicida flor
o cardo violador de tumbas o impasible
espectador del mundo comprensible padre de
familia actor de cine Rita Hayworth Tyrone Power
sacerdote verdugo militar terrorista puta carcelero
en la exacta mitad de tu ombligo te explico Manés que
si nuestro hijo recoge la bandera que dejamos o por
el contrario un ejemplo la olvida la traiciona la
veja la vende a razonable precio entendeme
si nuestro hijo mañana es muerto por ir más
allá de donde fuimos o por menos o por
error o por justicia o por lo que sea si
los muertos somos nosotros vos o yo o los
dos y él quien nos fusila de todos
modos Manés habremos ganado
porque la libertad es lo único que
debemos legarles a los demás
compañera amiga mía
no tiene mayor
relevancia.

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