viernes, 18 de abril de 2014

Murió Gabriel García Márquez. Las letras están de luto: Se nos fue un grande

ARGENPRESS CULTURAL

A los 87 años de edad, el jueves 17 de abril de 2014 falleció el Premio Nobel de Literatura 1982, el colombiano Gabriel García Márquez, Gabo.



Escritor, periodista, hombre de la cultura, su figura fue de las más importantes durante el siglo XX en el campo de la literatura. El realismo mágico de sus obras marcó toda una época: “La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico”, dijo alguna vez definiendo su estilo. De ese modo pintó la realidad social de su país natal así como de toda Latinoamérica. Su legado es imperecedero.



¿Qué poder decir ahora de Gabo que no se haya dicho ya? Simplemente… ¡te nos fuiste, pero estás vivo! ¡Hasta la victoria siempre, Gabo!



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Sólo vine a hablar por teléfono

Gabriel García Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

-No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

-Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

-¿Dónde estamos? -le preguntó María.

-Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

-¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

-Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

-Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

-Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.

-De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

-Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

-Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. "¿Y ahora hasta cuándo?", le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura". Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada", dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién era. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que en
contraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

-Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.

-Ya lo sé -le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

-¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

-¿Dónde estamos?

La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:

-En los profundos infiernos.

-Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oye a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

-Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

-Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

-¡Maricón! -dijo María.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

-¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

-Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

-¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

-Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

-Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

-Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

-Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El medico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

-Sígale la corriente -dijo.

-Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

-¿Cómo te sientes? -le preguntó él.

-Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

-Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

-Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aún te faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la verdad.

-¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!

-¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

-¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

-¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

-Es una reacción típica -lo consoló el director-. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

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Espantos de agosto

Gabriel García Márquez



Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.

-El más grande -sentenció- fue Ludovico.

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. "Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos". Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

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miércoles, 16 de abril de 2014

Edipo y el enigma

Jorge Luis Borges



Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
y con tres pies errando por en vano
ámbito de la tarde, así veía
la eterna esfinge a su inconstante hermano,

el hombre, y con la tarde un hombre vino
que descifró aterrado en el espejo
de la monstruosa imagen, el reflejo
de su declinación y su destino.

Somos Edipo y de un eterno modo
la larga y triple bestia somos, todo
lo que seremos y lo que hemos sido.

Nos aniquilaría ver la ingente
forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.

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Música de la etnia wayúu (Colombia/Venezuela)

Sandra Rodríguez Granados (CULTURAWAYU)



Ubicación geográfica

El pueblo Wayúu habita la árida península de la Guajira al norte de Colombia y noroeste de Venezuela, sobre el mar Caribe. Es una región con un clima cálido, seco e inhóspito, bañada por los ríos Ranchería (Colombia) y El Limón (Venezuela). Presenta unas estaciones climáticas marcadas por una primera temporada de lluvias, denominada Juyapu, que se desarrolla durante los meses de septiembre a diciembre, seguida de una época de sequía, conocida como Jemial, que va desde diciembre hasta abril. Posteriormente, viene la segunda temporada de lluvias, llamada Iwa, para rematar con una larga temporada de sequía que va desde mayo a septiembre.

Población

Según los censos realizados, la población Wayúu está constituida por 144.003 personas que representan el 20.5% de la población indígena nacional (DNP-INCORA, 1997), y constituyen el 48 % de la población de la Península de la Guajira. Ocupan un área de 1.080.336 hectáreas localizadas en el resguardo de la Alta y Media Guajira y ocho resguardos más ubicados en el sur del departamento y la reserva de Carraipía.

Los Wayúu no se distribuyen de manera uniforme en su territorio tradicional. La densidad de población en los alrededores de Nazareth, por ejemplo, es mayor que en las otras áreas de la península. Otras zonas de alta densidad de población guajira están ubicadas en los alrededores de Uribia, la Serranía de Jala'ala y en las sabanas de Wopu'müin, en los municipios de Maicao y Manaure.

La distribución demográfica de los Wayúu en la península está íntimamente relacionada con los cambios estacionales; durante la estación seca muchos Wayúu buscan trabajo en Maracaibo o en otras ciudades o pueblos, pero cuando llegan las lluvias un gran número de ellos retorna a sus casas.

Los Wayúu se refieren a sí mismos simplemente como wayúu. Usan el término Kusina para denominar a otros grupos indígenas y el término Alijuna para designar al blanco y, más generalmente, a toda persona que no sea Wayú. Los indígenas rechazan la interpretación de Wayúu como indio. Prefieren traducir Wayúu por persona o gente, mientras traducen Alijuna como "civilizado" y Kusina como indio.¨ (Vergara, 1987).

Vestido del wayúu

El wayúu usa una manta para lagunas ocasiones especiales, usa sombrero, sivira (faja), nûite (wayuco), sapatse (sandalias tres puntada elaborada con cuero de res), guaireñas (elaboradas con suela de caucho), Kapatera (mochila rectangular para llevar el chinchorro y la ropa cuando sale de viaje).

Por otra parte, sobrino materno puede casar con la viuda de su tío (eisatchi).

Economía del wayúu

La actividad económica del pueblo wayúu está basada en la recolección de frutos silvestre que encontraban en la tierra ya que según el wayúu son dueños de la tierra y todos sus productos. Con el pasar de los tiempos el wayúu se convirtió en ganadero y agricultor, araba y sembraba la tierra y con estos productos hacía trueques con otros wayúu donde la tierra no se prestaba para el cultivo.

Leyes

Todo pueblo necesita de leyes para gobernarse, los wayúu también tiene sus leyes, cada individuo tiene derecho de exigir el cumplimiento de cada ley a quien le infringió perjudicándole sus intereses materiales y morales. Quien la hace la paga o sus familiares.

Velorio

La comunidad wayúu cree en la mortalidad del alma; la muerte material es simplemente la ausencia física terrenal, pero no de total desaparición. El velorio constituye una de las ocasiones más importantes de la vida del hombre, en ello se ejecutan rituales y ceremonias de tipo mágico–religioso, para la que la persona extinta tenga una honorable despedida.

En esta cultura se mueren dos veces. La primera es cuando desaparece físicamente del alma y se libera del cuerpo y sigue viviendo en Jepi>ra (laberinto en el cabo de la vela. Guajira), La segunda muerte de la misma persona es cuando se exhuman los restos y se coloca en un sitio definitivo y se hace un velorio como si fuera por primera vez. A partir de entonces el alma de los muertos emprende su viaja definitivo a través del cosmos. Hay quienes afirman que las almas regresan a la tierra convertida en un animal o vegetal o con la lluvia. Jepi>ra es una zona intermedia entre la vida terrenal y la eternidad. El velorio implica derroche de comida y bebida, al muerto se coloca en el ataúd sus avíos de boca. Una vez que se ha cumplido con todas las ceremonias del alma, llega a Jepi>ra y se comienza a convivir con las personas fallecidas en los últimos años, a los cuales no se les ha hecho el segundo velorio por lo tanto no han emprendido el viaje definitivo.

La exhumación se hace por requerimientos del alma de la persona muerta o de algún familiar fallecido. Esto sucede aproximadamente a los siete años de fallecido, se manifiesta en sueños a un familiar viviente pidiendo que se le cambie la ropa o sacudan algo suyo, interpretando con un mandato para la exhumación. Es el momento en el que el alma requiere salir Jepi>ra y emprender el viaje cósmico por el camino de los muertos. Este velorio dura 5 días dando oportunidad que las familias se reúnan y tomen decisiones importantes.

Rituales

Al muerto se le hace caminar dándole toques con pringamosa; esto es para que el asesino se sienta impaciente y a pensar cosas malas y así encontrar su muerte. Por los orificios de las balas se colocan monedas y también culebras todo esto con rituales de lani a.

Expresiones artísticas

Yonna

Es una de las expresiones culturales de la Guajira. Este baile constituye la manifestación más auténtica de diversión wayúu. Su origen se remonta hasta los tiempos mitológicos. El concepto de yonna se ha deformado tanto que algunos lo han considerado como una danza o ritual ejecutada al compás de una música bulliciosa de tambor, y no toma en cuenta la riqueza de su contenido.

Motivo de la yonna

La yonna se celebra unas veces por motivos especiales de la vida material y espiritual del wayúu, tales como: Ofrecimiento, revelaciones, curaciones, por la salida y presentación de una majaûlû, para animar las carreras de caballo, por mandato de Seyuu, de las lani a. Para exponer y ver el walaa.

Pasos de yonna

La yonna tiene diferentes pasos por que al wayuu le ha gustado observar e imitar todo lo que se encuentra entorno.

a. SAMUTKUYA (Paso del gallinazo)
b. MUSHALEKUAYA (Paso del Caricia)
c. JAYUMULERKUAYA (Paso de la mosca)
d. KARAYKUAYA (Paso del aclaraban)
e. CHOCO>KUAYA (Paso del trompo)
f. JEYUKUAYA (Paso de la hormiga; para su ejecución se necesita que el parejo sea un muchacho pequeño para que cuando se caiga lo levanten y carguen así como la hormiga carga un terrón.)
g. PETKUAYA (Paso de la perdiz)
h. ANU>WANA>KUAYA (Paso del rey del gallinazo)
i. WAINPIRUAIKUAYA (Paso del pauralata.)
j. WAWACHIKUAYA (Paso de la torta)
k. KA>ULAYAA (BAILE KA DE LA CABRITA) Es una fiesta nocturna que se realiza en cercanías de la casa en una pista (pioi) en donde puedan correr a sus anchas. Esta fiesta se semeja mucho con un carnaval, los participantes toman situación de objetos de animales imitando su onomatopeya y no usan caretas. La propiciadora de este juego es una mujer que viene de tierras lejanas nadie la ve, ni la conocen. Ella habla a través de lo lideres encargados de la presentación de los juegos, cada uno resalta un animal u objeto haciéndolo más importante de la siguiente manera.

-"Tengo un animal x, y no hay quien lo contrarreste". Responde el otro líder: -"Y yo tengo x animal haber si no tumba el tuyo".

Luego comienza el forcejeo que se debe hacer sólo con brazos y piernas. Consiste en tomar a la persona por la faja quien debe mantenerse sobre la rodilla de quien la toma para ser lanzado con fuerza hacia el suelo, al caer debe mantenerse de pie conservando el equilibrio, de lo contrario pierde el juego. Las señoritas juegan un papel muy importante es la pareja indispensable e inseparable del hombre. Ellas son las encargadas de conquistar a los caballeros para arreglar cercas, limpiar cultivos, etc. Durante ésta fiesta también ocurren separaciones y consiste en el intercambio de regalos con gran sentimiento que hasta lloran.

Toda persona que asiste debe participar al no hacerlo le va a ir mal. Si el cabecilla o director del juego no lo hace bien le ira muy mal durante el año. Este juego se hace desde que brota el cultivo hasta el tiempo de cosecha, para ello se debe tener aproximadamente 10 tinajas cada una uno con bebidas de diferente sabor, elaborados con productos de la cosecha como son: Ishi>urna, wiiruma>a, iinama>a, waanama>a, kane>wama>a, iru>wama>a. Etc. (ver bebidas)

Además, esta fiesta se hace para pedir la lluvia y como agradecimiento por la misma.

Instrumentos musicales

Cuando el wayúu apareció sobre la tierra, hacen muchísimos años, lo primero que usó para hacer música fue su propio cuerpo; se valió de sus manos y sus pies, sobre de todo de su voz. Pero a otros wayúu se les ocurrió que podían utilizar objetos para crear su propia música y entonces aparecieron los instrumentos que son elaboradas por las manos de wayúu para producir distintos sonidos. Plasmando de esta manera heredada y sus ideas personales en hechos reales, es decir, su modo de vida, las costumbres, los sentimientos, y su forma de amar los elementos de la naturaleza, considerándose uno más de ellos.

Totoroy (flauta wayúu)

Es una larga, hueca, lleva cuatro huequitos como a diez centímetros de la punta. Además en la punta lleva una totumita, incorporada en la punta y en el otro extremo lleva una masita en la mitad; en la mitad de dicha masita tiene una abertura la cual sirve para producir el sonido.

Materiales

La vara se saca de una planta llamada Aúnot, y una varita de caña llamada masi, además una totuma pequeñita Aliita.

Técnicas de ejecución

Se coloca con la masita en la boca y con los movimientos de los dedos sobre los orificios al contacto con el aire se obtiene la melodía o el sonido.

Temas musicales

Se toca en cualquier ocasión sobre todo para imitar la voz de los animales y se hace en ratos de descanso y en los momentos de alegría.

Wa>hawai (taparita de toque)

Es un fruto redondo de color marrón claro con orificios o huecos

Materiales

Se fabrica del fruto de un árbol especial al cual hay que sacarle la maza que lleva por dentro. También se hace de barro cocido.

Técnicas de ejecución

Se coloca cerca de los labios con el orificio grande hacia arriba en los dos orificios pequeños se colocan los dedos índices; se sopla y con el movimiento de los dedos se logra el sonido buscado.

Temas musicales

Se toca especialmente para el pastoreo, para distraerse durante ese lapso; también se toca cuando una pareja desea verse en determinado lugar o puede ser una señal para quienes conocen ese sonido; además, para imitar el canto de las aves.

Figura wa hawai kasha (caja- tambor)

Es una caja en forma cilíndrica; en ambos lados orificios, dichos orificios van cubiertos de cuero de chivo.

Materiales

Se fabrica de una árbol llamado Polo (guayacán). Se labra con una herramienta de hierro hasta que la corteza quede ni muy fina ni muy gruesa. Por el borde lleva un bejuco llamado waraaralû, lleva ocho pretinas de cuero.

Técnicas de ejecución

El tamborero (atalejûi), se tercia la caja en el hombro, lo sujeta de una correa y lo apoya en el muslo

Escuchemos y veamos un poco de estas tradiciones:

1. https://www.youtube.com/watch?v=oWezLDuSdo0
2. https://www.youtube.com/watch?v=O4EvQYUQnDc
3. https://www.youtube.com/watch?v=PfcxvaHogLI
4. https://www.youtube.com/watch?v=vbzrGWYs3os
5. https://www.youtube.com/watch?v=LVPJiDKvWmw
6. https://www.youtube.com/watch?v=QQRP_fbrxJ4
7. https://www.youtube.com/watch?v=XVrEDOYzxNg

Culturawayu

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Corrupción: Como principal manifestación del Trastorno Ético-Mental

Enrique Campang (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



¿En que se parece el Papa Francisco con el presidente de China Xi Jinping? En que cada uno representa a más de un billón de personas y están seriamente preocupados por la corrupción tanto en el Vaticano como en China, que amenazan la credibilidad de la Iglesia Católica y del Partido Comunista. Ambos recomiendan la austeridad y honestidad.

Corrupcións. f.

1 Entrega o aceptación de dinero o regalos para conseguir un trato favorable o beneficioso, especialmente si es injusto o ilegal.
2 Alteración de la forma o la estructura original y verdadera.
3 Degeneración de la moral y las costumbres.

Corrupción de menores Delito que se comete al obligar o inducir a una persona menor de edad a realizar un acto ilegal, especialmente a prostituirse o a mantener relaciones sexuales con adultos.
Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.

Corrupción f. Acción y efecto de corromper o corromperse. Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L. corrupción (korup'θjon) sustantivo femenino 1. Soborno acto ilícito que consiste en otorgar dinero a cambio de algo deseado corrupción política 2. Vicio cambio o perversión de algo o alguien corrupción de costumbres

CORRUPCIÓN: acto deliberado, oportunista, con conciencia de ilegalidad o inmoralidad en del desvió de fondos, recursos, dinero, atención hacia otros fines ajenos a los pactados. E.C.

“Érase una vez un niño llamado Paz, teatro, (E. C. 1976)”: El Niño Paz es el hijo de una buena relación entre Mamá Pueblo con Papá Gobierno;, pero cuando Papá Gobierno se aleja de Mamá Pueblo y toma como amante a Corrupción, el Niño Paz se enferma y retira del país, para que proliferen los niños Guerra, Crimen, Narcotráfico. Sólo la buena relación de Mamá Pueblo con Papá Gobierno sin la amante Corrupción permite que el niño Paz regrese...

La corrupción ha provocado la caída de imperios, desde Roma, las dinastías en Chinaa gobiernos en Guatemala; causa de las revoluciones francesa, rusa, cubana; quiebra de empresas, competencia desleal, malestar, guerras, revoluciones y crímenes de todo tipo. Para los que ven sus impuestos robados, mala calidad en los servicios públicos, carencias en los hospitales, abandono en las escuelas, policías que se ponen del lado de los criminales, hasta jóvenes que reciben el dinero para estudiar en las universidades y se dedican a divertirse. Ver NINISIFAS (Ni estudia, Ni Trabajan, Si Fastidian).

La corrupción fue una de las causas principales en el conflicto armado interno de Guatemala, que causó la muerte de más de 200,000 personas; que se inició con el levantamiento del ejército en 1960 y las protestas de estudiantes y obreros en las jornadas de marzo - abril de 1962; largos meses de gases lacrimógenos, balazos, bombas, estado de sitio, toque de queda, represión policial; los agentes secretos de “La Judicial” causaban desaparecidos, heridos y muertos. Fui testigo de todo ello, ocurrió en el Centro Histórico donde vivía. Se protestaba en contra del gobierno corrupto del general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes.

El general mexicano Álvaro Obregón (1880-1928) cuando hablaba de la corrupción decía “Ningún general o funcionario público aguanta un cañonazo de 50,000 pesos”. Un soborno puede hacer cambiar fidelidad o conducta de cualquier oficial; como el soborno del gobierno de Taiwán al presidente Alfonso Portillo que fue de $ 2.6 millones.

En otros casos la corrupción sirve para mantener los lujos de las familias, primeras damas y amigos. (Imelda Marcos y sus 3,000 pares de zapatos, al delirio imperial de Bokassa en Centroáfrica.

Todo corrupto, criminal, genocida padece del Trastorno Ético Mental, no tiene conciencia del prójimo -el Otro-, o lo desprecia, se aprovecha de él. Se ofende, enoja, reprime asesina si es señalado; es un adulto con mentalidad de niño malcriado; irresponsable, sumamente peligroso si alguien se atreve a criticar o poner en tela de juicio sus bienes.Que sea un problema generalizado o parte de la cultura no lo justifica en lo absoluto.

El dinero en sobredosis envenena la mente, destruye la moral, la ley, la paz. Se da la intoxicación y la locura por dinero; que muchos ven como normal divertida o quisieran contraer el mal; como la locura de los corredores de bolsa en Wall Street.

Sucede como le pasó al mítico Rey Midas que pide al dios Dionisio que todo lo que tocara se convirtiera en oro, ya que nada lo hacía más feliz que tener mucho de ese metal; casi se muere hambre y enloquece cuando sus alimentos , el agua, su gata y su amada hija se convertían en oro con sólo tocarlos.

La moraleja del cuento es que se da cuenta que el oro no lo es todo, se arrepiente y pide que le quite este poder, para vivir una vida sencilla en una cabaña.

En 1997 un monje tibetano exilado en Nepal me advertía: “desconfía de las personas que le dan demasiada importancia al oro, adornos, vestimentas, joyas y al dinero; incluso en las religiones”.

La corrupción se asocia con oportunismo, clientelismo, nepotismo, tráfico de influencias, dictadura, contrabando, evasión de impuestos, en que se encuentran posibilidades en el sistema de impunidad para provecho propio en vez de dejar la justa circulación de la riqueza.

PAN SUCIO DE LA CORRUPCIÓN. El Papa Francisco en su homilía de Santa Marta del viernes 8 de noviembre de 2013, arremete contra la corrupción, y el pan sucio que alimenta a sus familias y empleados; aparte en su alocución a las víctimas de la mafia, les dice:¡Por favor, cambien de vida, conviértanse, dejen de hacer el mal! Y nosotros rezamos por ustedes: conviértanse. Lo pido de rodillas. Es por su bien”.

El pan sucio contamina a las personas, a familias y poblados enteros que se mala costumbran del dinero del crimen. Desde los sicarios a empleados domésticos que viven de las actividades inmorales. Las amas de casa que dan alimentos a los secuestrados; niños que cobran extorsiones, transportan droga o cometen asesinatos amparados por la inimputabilidad que gozan.

Son los que cultivan la amapola en Afganistán o Guatemala, la hoja de coca en Bolivia o Colombia, habitantes de pueblos que defienden a sus jefes que les dan protección, dinero a cambio de su fidelidad feudal en contra de la ley.Pueblos, municipios, departamentos o estados que viven del pan sucio del narcotráfico y no de las actividades productivas legales. Sinaloa, Michoacán, Izabal, Jutiapa o San Marcos.

Lo sucio se extiende a las escuelas, universidades con los PUNTEOS SUCIOS, logrados con copias, plagios, trampas, alegatos, ayudas escritas ilegales en los exámenes (chivos, chuletas); y los DIVIDENDOS SUCIOS de las empresas a costa de la explotación laboral, evasión de impuestos, el fraude a los consumidores o negocios corruptos con el Estado.

En el deporte los que usan sustancias prohibidas para elevar el rendimiento; consiguiendo medallas, patrocinios, viajes, como los casos de Lance Armstrong y Ben Johnson; castigan a los que se esfuerzan por mérito propio y juego limpio El deporte como empresa lucrativa ofrece grandes premios a los que destacan, que es la tentación a las prácticas corruptas.

Así el capitalismo salvaje rompe con el cuadro de la armonía especialmente a partir del entusiasmo triunfalista de la Revolución Industrial del siglo XVIII. Se abren las puertas a los sistemas de explotación, abuso, exclusión y destrucción del medio ambiente.

Tanto un capitalista, socialista o religioso corrupto y/o incompetente pueden causar mucho daño. La diferencia está en la calidad emocional y ética de las personas y no sólo en la formalidad de su orientación ideológica, que pueden usar como máscaras para posicionarse o engañar. “Prefiero a un capitalista honesto y capaz que un socialista o religioso corrupto o incompetente, o al revés”.

Es lo que menciona Erich Fromm (1900-1974) en El Corazón del Hombre: “el hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”

En las instituciones o empresas, los responsables de compras y contrataciones aceptan sobornos para la adquisición de productos o servicios a precios elevados, pasando la factura a los consumidores. Unos proveedores pasan generosos regalos, viajes, mercadería, para obtener el favor de los encargados de compras o calificar licitaciones del Estado. O médicos sobornados por las farmacéuticas o laboratorios que recetan medicinas o exámenes innecesarios y caros.

En unos casos las roscas de poderes fácticos detrás del trono(Maquiavelo, Richelieu, los Borgia, Medici, Kissinger, Cheney, Montesinos) impulsan o eligen a personas de carácter débil o ambiciosos, que actúan como títeres que dan la cara; les alimentan el ego de que es el presidente, caudillo; para ser manipulado por detrás por los grandes poderes (empresarios, financistas de campaña, ejército, partidos políticos, mafia, narcotráfico, transnacionales o gobiernos extranjeros) como varios presidentes y dictadores que hemos tenido o seguramente tendremos.
.
El mensaje del Papa Francisco: “quiero una iglesia pobre para los pobres” no se ha entendido bien; ser pobre o necesitar poco o llevar una vida sencilla nos inmuniza de la tentación del pecado y delito de la corrupción y el crimen para lograr una riqueza sin medir las secuelas.

Es la pobreza, por elección de conciencia, con madurez, un modo superior de vivir sin necesitar mucho. Diferente es la pobreza por imposición violenta, injusta, por explotación provocada por sistemas de exclusión.

La elección a conciencia de la vida sencilla con poco, lo necesario, con madurez, es el mejor testimonio en contra de la corrupción. (Buda, San Francisco de Asís, Mahatma Gandhi, Madre Teresa, José Mujica de Uruguay)
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Las sociedades con madurez ciudadana, que eligen y vigilan a sus gobernantes disfrutan de estabilidad, eficiencia en los servicios, buen manejo de los impuestos, poca conflictividad social. Vale la pena controlarla desde sus orígenes en la atención a la calidad moral y emocional desde los niños a los adultos.

¿QUE HACER?: para los corruptos viejos, irreformables, se aplica el refrán “a la gallina que le gusta el huevo aunque le quemen el pico”, justicia y castigo. Para los que se dan cuenta: arrepentimiento, la conversión, el perdón y la reparación de los daños. Para los jóvenes educación en valores destacando la importancia del ser sobre el tener. Tarea difícil pero vale la pena.

Decir que un corrupto, genocida o criminal padece de un trastorno ético y mental, no es insultarlo, es definirlo tal como es.

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“Los segadores”, himno catalán

ARGENPRESS CULTURAL

Els Segadors (en español Los segadores) es el himno oficial de la comunidad autónoma de Cataluña. La letra actual es de Emili Guanyavents y data de 1899, aunque se basa en un romance popular del siglo XVII que había sido recogido unos años antes por el filólogo Manuel Milà i Fontanals en su Romancerillo catalán (1882). Estos dos textos del himno, el actual y el histórico, han sido los más difundidos. Sin embargo, el texto actual de Emili Guanyavents es el más político y reivindicativo, y fue ganador de un concurso convocado con esta finalidad por la Unió Catalanista en 1899 y que provocó una apasionada polémica pública y periodística.

La música es de Francesc Alió, que la compuso en 1892 adaptando la melodía de una canción ya existente.

Se puede ver detrás del himno una antigua canción nacida de la sublevación de Cataluña de 1640 o guerra de los catalanes contra el rey Felipe IV, en la cual los campesinos protagonizaron episodios relevantes. De esta guerra se ha conservado la música de lo que después, a partir de finales del siglo XIX, se ha convertido en el símbolo de la identidad catalana.



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Sociodemografía: Datos muy importantes a escala planetaria

ARGENPRESS CULTURAL



¿Cuántas personas nacen por minuto? ¿Y cuánto dinero se gasta diariamente en programas para reducción de la obesidad en Estados Unidos? ¿Cuántas bicicletas se llevan producidas en lo que va del año? ¿Y cuánto televisores se vendieron estos meses, hasta la fecha de hoy? ¿Sabías cuántas hectáreas de cubierta boscosa se han perdido en estos meses del 2014? ¿Y cuánta gente ha muerto por enfermedades ligadas a la falta de agua en lo que va del año?

Datos de este tipo permiten entender el mundo en que vivimos (aunque a veces, por lo “disparatados” que son, cueste creerlos. ¿Así es la especie humana? ¿Qué podemos hacer al respecto?)

La página Worldometers lleva una rigurosa cuenta de todo esto. Te invitamos a conocerla aquí.

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¿Cuáles son los diez libros que cambiaron tu vida?

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Cuando a uno le preguntan, por ejemplo, cuáles han sido diez libros que le cambiaron la vida, el impacto del interrogante es como un recto a la mandíbula. Cualquiera, menos avisado, podría decir que un libro no le cambia la vida a nadie. Pero resulta que, en aquella etapa en la que uno todavía está en la educación sentimental, sí hay lecturas que lo transforman. Puede que, en rigor, no sean todas obras maestras. Influyen factores disímiles, emociones de adolescencia, enamoramientos frustrados, alguna casualidad. La soledad que acecha… Hay libros que lo buscan a uno. Se le aparecen en una esquina, en una vitrina, en el café, en una conversación. Hay una suerte de misterio en el descubrimiento de aquellos libros.

En agosto de 2008, el finado Luciano Londoño López, un lector impenitente, quizá uno de los mejores que yo haya conocido, realizó entre sus amigos (no muchos) una encuesta tremenda: ¿Cuáles han sido los diez libros que más han influido en tu vida? Confieso que me quedé sin respiración. Bueno, un momento no más. Y después, al recuperar el aliento, en una meditación que me transportó a tiempos lejanos, los libros emergieron, unos entre ángeles custodios; otros, en medio de la bruma de los recuerdos. Cada libro, de los diez que seleccioné, tenía una historia, un momento crítico, una epifanía. Fueron revelaciones.

El flash back me condujo a días felices. De cómo llegaron a mis manos, podría contar tantas cosas y episodios; de cómo algunos de ellos los leía día y noche, en una especie de maratón adictiva, que alguna vez originó que mamá, molesta por el bombillo prendido de mi pieza, dijera que no leyera más o terminaría como el Quijote. En otra ocasión, menos literaria ella, ordenó con energía que apagara la luz o rompería el foco con un zapato. La risa que la amenaza me causó, se le contagió, y al fin de cuentas, en medio de las risotadas de ambos, permitió que siguiera la lectura.

Uno de los diez elegidos, llegó a mi poder, cuando yo tenía quince años. Un amigote de barra, Chucho Hernández, me dijo una tarde: “mi papá tiene muchos libros que ya no lee. Te voy a regalar uno”. Y entonces me entregó un libro gordo, de hojas amarillentas, titulado Moulin Rouge, de Pierre La Mure. Lo empecé por la noche y de pronto llegué al momento en que el pintor Henri Toulouse-Lautrec (era una novela biográfica), alucinado por el azul intenso de los ojos de su hermano, le clavó un lápiz en uno de ellos. Ya no pude parar.

El libro estuvo conmigo muchos años, hasta cuando un escultor, Gabriel Restrepo, al que le hablé una noche en un bar acerca del texto, me pidió que se lo prestara para, a su vez, el pasárselo a otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur. Jamás lo devolvió. Y pasó el tiempo, y para mí la ausencia de aquel libro creó un vacío existencial. Una vez, en el Sindicato de Trabajadores de Vicuña, vi otra edición del mismo, en una vitrina. Le pedí al presidente del sindicato, Jesús (Chucho) Hernández (qué curioso: homónimo de mi amigo de barriada), que me lo prestara. Lo volví a leer y ya las emociones no fueron tantas, aunque mi amor por las historias del pintor de las prostitutas, los carteles y las bailarinas de cancán (ah, y de La Goulue), me seguían seduciendo. Pasaron los meses. Y un día el señor Hernández me dijo: “Spitaletta, quedate con ese libro. Aquí nadie lo va a leer”. Todavía lo tengo.

Al final de la adolescencia cogí la manía de leer varios libros “simultáneamente”. Leía veinte páginas de uno y saltaba a otro, y a otro. Lecturas desordenadas, sin rigor, sin disciplina de lector serio. El vicio arraigó y todavía hago lo mismo. Qué vaina.

Los libros que incluí en el listado para Luciano fueron parte de una aventura juvenil, tiempo de exploraciones y búsquedas desenfrenadas. Quizá si hoy alguien me formula la misma pregunta, la selección cambie. Pero, sin duda, varios de aquellos estarán ahí. Porque me llevaron a otros libros. O porque me hicieron llorar. O me disminuyeron la angustia existencial. O me la aumentaron. Qué sé yo. O porque me alborotaron la imaginación. Puede ser que la frase “cambiaron mi vida” sea solo un decir. El caso es que los diez libros de la lista hicieron que el mundo, mi mundo limitado y simple, no fuera como el de antes de leerlos. Fueron, quizá, como las estrellas con las que terminan el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri.

Los diez libros de aquella absurda encuesta son:

-Moulin Rouge, de Pierre La Mure (novela sobre la vida de Toulouse-Lautrec)
-El lobo estepario (Hermann Hesse)
-Enciclopedia El tesoro de la Juventud
-Las Mil Noches y Una Noche
-Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik
-Teatro completo, de Antón Chejov
-El Manifiesto, Marx y Engels
-Cuentos completos, Edgar Allan Poe (creo que era la traducción de Cortázar)
-El hombre de Kiev, Bernard Malamud

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Plástica: Pintura y arte de Etiopía

Luis Fernando Márquez

¿Qué sabemos del África negra nosotros aquí, en Latinoamérica? ¿Qué sabemos de su arte, de su pintura? Poco y nada. O, más bien… nada.



Por eso, veamos este interesante trabajo.

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El foro Sudamérica - Países Árabes

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



De Yatrib y La Meca, donde surgieron los más prósperos comerciantes, llegaron a Sudamérica los principales aportes de la península arábiga, en cuanto a las religiones católicas y judía, ciencia y política.

El Corán, el libro más sagrado de los musulmanes, en el cual se recopila sus dogmas y preceptos de la voluntad de Ala a través de su profeta Mahoma, nos habla de la limosna, el ayuno, la peregrinación como la fuerza incomparable de la cultura islámica, que ayudó a la filosofía de griegos y surgió el concepto del humanismo, de Universidad.

Las Matemáticas y la Astronomía son las disciplinas con mayor desarrollo. El Sistema numérico Aravico, originario en la India, devino en palabras árabes como álgebra, aritmética, la creación del cero. En la literatura y la poesía cambiaron las temáticas occidentales, con aportaciones derivadas del latín, al igual que a la geografía con producción de cartografía del Islam.

En arquitectura y artes plásticas el Islam prohibió producir las imágenes humanas. En la actividad textil, sobresalen las alfombras con una o varias cenefas.

Este y otros referentes recrean la globalización. En Lima, reciente sede de dos foros de América del Sur y los Países Árabes, se han analizado la quebrantada salud de ambas regiones y las mujeres líderes han renovado su compromiso para participar en la transformación del mundo.

En este diálogo, las instituciones culturales juegan un rol especial. En el Perú, los delegados visitantes han apreciado cine, danza, teatro, literatura latinoamericana. Magal y Solier. Ofreció sus composiciones y cantos en quechua. El Coro Nacional de Niños, obras en lenguas vernáculas americanas como el quechua, el náhuatl y el chiquitano. El grupo Yuyachkanisus ‘Estampas Vivas”.

Y la uruguaya Teresa Aishemberg, directora de exportadores de su país, resumió su exposición con el poema de Mario Benedetti, vinculado con la resiliencia: No te rindas, aún estás a tiempo/ Enterrar tus miedos, // Retomar el vuelo. / No te rindas que la vida es eso./…

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Cine clásico: “La historia oficial”, de Luis Puenzo (Argentina, 1985)

Argenpress Cultural

Director: Luis Puenzo
Guión: Aída Bortnik & Luis Puenzo
Música: Atilio Stampone
Fotografía: Félix Monti
Reparto: Héctor Alterio, Norma Aleandro, Chela Ruiz, Chunchuna Villafañe, Hugo Arana, Patricio Contreras, Guillermo Battaglia, Leal Rey
Productora
Historias Cinematográfica / Progress Communications

Sinopsis

Buenos Aires, 1983. En los últimos años de la dictadura militar argentina, una acomodada profesora de historia comienza a tomar conciencia de lo ocurrido en ese periodo. Sus sospechas sobre los oscuros asuntos de su marido y una Abuela de la Plaza de Mayo que busca a su nieta son los motivos que la llevan a replantearse "la historia oficial".

Premios obtenidos:

1985: Oscar: Mejor película de habla no inglesa. 2 nominaciones
1985: Globos de oro: Mejor película extranjera
1985: Festival de Cannes: Premio del Jurado Ecuménico y mejor actriz (Norma Aleandro)
1985: Festival de Toronto: Mejor película (Premio del Público)
1986: Premios David di Donatello: Mejor actriz extranjera (Aleandro). 5 nominaciones
1986: Berlin: Premio Interfilm - Premio Otto Dibelius Film



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Pequeñas costumbres

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Alfonso toda su vida quiso ser feliz. Porque desde chico siempre se preguntaba que sería eso. Ser feliz. Y que es lo que haría para ser feliz.

Por un tiempo pensó que era tener mucho dinero. Y como empresario lo tuvo. Viajó adonde quiso. Compró la casa que quiso.

Y también tuvo muchas mujeres.

Y siempre su auto último modelo.

Sin embargo a veces sentía una extraña tristeza, cuya causa no conocía. ¿Por qué esa tristeza si iba teniendo todo lo que quería?

Poco a poco fue descubriendo que le gustaba hacer pequeñas cosas en su casa. Cosas mínimas, como pasar por el mismo corredor de un cuarto al otro. Ver la colorida puesta de sol. Escuchar un tango y acompañar su canto. Sentarse en su escritorio y recordar (en lo posible cosas buenas).

Y, fundamentalmente, comprobar que todo estaba siempre igual. Cada rectángulo del suelo, la blanca pintura de la pared, las marrones maderas de su biblioteca. Los libros en su lugar.

No sabía por qué, pero esas costumbres de comprobación cotidianas le causaba cierto placer.

Y cierto alivio. Tenía un lugar.

Pero una vez se empezó a preguntar:

¿Ser feliz es eso? ¿Solamente tener un lugar?

Y entonces empezó a reconocer que quería algo más. No sabía qué, pero siempre algo más.

Pero entonces se preguntó: ¿ser feliz es tener todo lo que se quiere o querer siempre algo más?

Para esa pregunta no tuvo respuesta.

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Degustando pedos de lobo, aplaudimos los rebuznos

Daniel de Cullá (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Ella salió de un Centro de Estimulación Coñitiva; él, de un Centro de Alargamiento Peníticop; los dos para desembrollar lo que está enredado por haber abandonado las aves, los hijos, el nido, por lo común después de la cría. En aquel momento, mientras sucedía lo que se está refiriendo, ellos dos se encontraron. Se medio miraron, Deseban preguntarse el uno al otro, sin atreverse, qué habían sacado en limpio de esas sesiones comentadas; cómo les había ido en esta feria del Culo, que por eso dirigieron su mirada cada uno a su cortijo, esperando que hubiese cambiado de forma. Ella esperaba que volviese el zoquete en forma de buen capullo a su lanada o escobillón. El se sentía como el culo del fraile, pues siempre cargaba con todas las culpas.

Esta tan sólo es mía, dijo él, indicando con el dedo índice de su mano derecha su bragueta. Ella respondió:

Sí, si no hubiera cantado feliz o infeliz mi bella prenda. Ya sabes, que quien mucho se baja, el culo enseña.

Ella se sentía orgullosa de su Vulva; él rabiaba, rabiaba, pues volvía a caer en su manía de creer que no la merecía, pues sabía que quitándosele el culo al cesto, se acabó el parentesco.

Estando así, sólo dando importancia a aquello que puede afectar a los sentidos o caer bajo su inmediata inspección, escucharon cierta clase de Rebuznos como en griego o en latín, compuesto de tres pies. Unos coches venían y pasaban con banderolas; después de un rato largo, otros coches venían y pasaban con otras banderolas. Todos ellos, además de alabar sus programas, pedían a las gentes ser patrioteros y contrarios a la separación de Cataluña. Los secuaces de estos partidos sonreían tocándose el hueso del muslo. Los coches de propaganda parecían vasijas con ruedas en que los cazadores de perdices llevan encerrada la luz para deslumbrarlas.

La cantidad de sandeces que se escuchaban era supina. Y, sin embargo, todos los sandios, necios o simples, toda la hipotética hispana gente, aunque no aguantaba el ruido de esos altavoces de barraca, y por lo que sentían amagón, indisposición ligera , sus ecos partidistas victoreaban, no importándoles el saber que a buenos Asnos elegirían con piel de lobo. Que a la plebe le encanta que le hablen y le hagan promesas en pollinales asertos o juramentos afirmando la verdad de una cosa engañosa. El ser en el Asno es un hecho. Y sabemos que Europa Rebuzna a lo Jumento, aunque nos aventajen los americanos. Que había que atajar la falta de afición o interés, alejamiento y desvío del voto, pues la culpa del Asno hay que echarla a la albarda.

Él, que se afeitaba con una hacha de afeitar como las de Cartago, robada al Paganismo por los curas de los primeros siglos del Cristianismo, de propiedad desconocida, decía que los primeros de este reino en punto a Rebuznos sobrevalorados son las dos Castillas y Andalucía., aunque Galicia, el País Vasco y Cataluña merecían la palma o mayor premio.

Ella, que presume de elegante y distinguida sin serlo, con un colgante de marfil en el que aparece un perro corriendo, elogiaba muy pomposamente a los elegidos, que para ella, como siempre serían discípulos de Caco, cierto ente mitológico patrono de los ladrones. Ser viviente ladrón y ratero. Al fin y al cabo, unos cabrones, sujetos tolerantes de abusos que se cometen contra el pueblo.

Sin poder contenerse, dijo él:

Sí. Cacicas o caciques, que vienen de las ruinas del palacio de Julepe con poderes ilegales fundados en el sistema político vigente.

-Lechuguino, petimetre, responde ella. Aquí, como en Londres o París, todo se hará con cachada, golpe que da la punta del trompo en la cabeza de otro trompo. Por un lado los Anti-Asnistas; por otro lado, los Archiborriquistas que, ambos, alzando el cuello en aldeas, villas y ciudades harán resonar sus mítines en Rebuznos, arrojando con ruido por la boca los gases de la digestión, en regüeldo del pueblo que gusta de la hipocresía, el embuste y alucine.

Qué bribona, le contestó él. Prosiguiendo:

Volveremos a acudir a esos lugares del Culo; pues llega la verga de un barco junto al reclame, cajera con sus roldanas que va en los cuellos de los masteleros; y por la cual pasan las ostagas de las gavias.

Apretándole, ella a él, entre los dedos una pequeña porción de piel, le dice

Degustemos estos pedos de lobo, bejín, hongo. Aplaudamos los Rebuznos.

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La loca

Guy de Maupassant



A Robert de Bonnières

Verán, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra. Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.

Tenía entonces de vecina a una especie de loca, cuya razón se había extraviado bajo los golpes de la desgracia. Antaño, a la edad de veinticinco años, perdió, en un sólo mes, a su padre, a su marido y a un hijo recién nacido. Cuando la muerte entra una vez en una casa, regresa a ella casi de inmediato, como si conociera la puerta.

La pobre joven, fulminada por la pena, cayó en cama, deliró durante seis semanas. Después, una especie de tranquila lasitud sucedió a la crisis violenta, y permaneció sin moverse, comiendo apenas, revolviendo solamente los ojos. Cada vez que intentaban levantarla, gritaba como si la matasen. La dejaron, pues, acostada, y tan solo la sacaban de entre las sábanas para los cuidados de su aseo y para darle la vuelta a los colchones.

Una anciana criada permanecía junto a ella, obligándola a beber de vez en cuando o a masticar un poco de carne fiambre. ¿Qué ocurría en aquella alma desesperada? Jamás se supo, pues no volvió a hablar. ¿Pensaba en sus muertos? ¿Desvariaba tristemente, sin un recuerdo concreto? ¿O bien su pensamiento aniquilado permanecía inmóvil como un agua estancada?

Durante quince años se quedó así, cerrada e inerte. Llegó la guerra; y, en los primeros días de diciembre, los prusianos entraron en Cormeil.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Caía una helada de esas que resquebrajan las piedras; yo mismo estaba tumbado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y acompasado de sus pasos. Desde mi ventana, los vi pasar. Era un desfile interminable, todos iguales, con esos movimientos de muñecos que les son peculiares. Después los jefes distribuyeron a sus hombres entre los habitantes. Me tocaron diecisiete. Mi vecina, la loca, tenía doce, entre ellos un comandante, un verdadero soldadote, violento y tosco.

Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Al oficial de al lado le habían dicho que la señora estaba enferma, y no se preocupó para nada. Pero pronto aquella mujer a la que nunca veía empezó a irritarlo. Se informó sobre su enfermedad; le respondieron que la anfitriona guardaba cama desde hacía quince años, a consecuencia de una pena muy honda. No lo creyó, sin duda, e imaginó que la pobre loca no se levantaba por orgullo, para no ver a los prusianos y no hablarles, para no rozarse con ellos.

Exigió que lo recibiera; lo llevaron a su habitación. Le pidió con un tono brusco:

-Zírvace uzted, ceñora, lefantarce y bajar, para que la feamoz.

Ella volvió hacia él sus ojos extraviados, sus ojos vacíos, y no respondió.

Él prosiguió:

-No toleraré maz inzolencias. Ci uzted no ce lefanta por laz buenaz, lla me laz arreglaré para que ce pacee zola.

Ella no hizo el menor gesto, siempre inmóvil, como si no lo hubiera visto.

Él rabiaba, tomando aquel silencio tranquilo por un signo de supremo desprecio. Y agregó:

-Ci no baja mañana...

Y después salió.

Al día siguiente, la anciana criada, aterrada, quiso vestirla; pero la loca empezó a chillar, debatiéndose. El oficial subió en seguida; y la sirvienta, arrojándose a sus pies, gritó:

-No quiere, señor, no quiere. Perdónela; es muy desdichada.

El soldado se quedó turbado, sin atreverse, a pesar de su cólera, a hacer que sus hombres la sacaran de la cama. Pero de pronto se echó a reír y dio unas órdenes en alemán.

Pronto se vio partir un destacamento que sostenía un colchón, como quien lleva a un herido. En aquella cama que nadie había deshecho, la loca, siempre silenciosa, permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos con tal de que la dejaran acostada. Detrás, un hombre llevaba un paquete de ropas femeninas.

Y el oficial pronunció, frotándose las manos:

-Lla veremoz ci puede o no festirce zola y dar un paceíto.

Luego se vio al cortejo alejarse en dirección al bosque de Imauville.

Dos horas después los soldados regresaron solos.

Nadie volvió a ver jamás a la loca. ¿Qué habían hecho con ella? ¿A dónde la habían llevado? Nunca se supo.

La nieve caía día y noche, sepultando la llanura y los bosques bajo un sudario de espuma helada. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas. La idea de aquella mujer perdida me obsesionaba, e hice diversas gestiones con la autoridad prusiana, con el fin de conseguir información. A punto estuve de ser fusilado.

Volvió la primavera. El ejército de ocupación se alejó. La casa de mi vecina seguía cerrada; una tupida hierba crecía en las avenidas. La anciana criada había muerto durante el invierno. Nadie se ocupaba ya de aquella aventura; sólo yo pensaba en ella sin cesar. ¿Qué habían hecho con aquella mujer? ¿Se habría escapado a través de los bosques? ¿La habrían recogido en alguna parte, y metido en un hospital, al no poder obtener de ella ninguna información? Nada venía a aliviar mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo apaciguó la inquietud de mi corazón.

Ahora bien, en el otoño siguiente, las becadas pasaron en tropel; y, como mi gota me daba una pequeña tregua, me arrastré hasta el bosque. Ya había matado cuatro o cinco aves de largo pico, cuando derribé una que desapareció en un hoyo lleno de ramas. Me vi obligado a bajar a él para recoger al animal. Lo encontré caído junto a una calavera. Y bruscamente el recuerdo de la loca embistió contra mi pecho como un puñetazo. Otros muchos habían expirado acaso en aquellos bosques durante aquel año siniestro; pero, no sé por qué, estaba seguro, se lo digo, de que había encontrado la cabeza de la infeliz maniática.

Y de repente comprendí, lo adiviné todo. La habían abandonado sobre el colchón, en el bosque frío y desierto, y, fiel a su idea fija, ella se había dejado morir bajo el espeso y leve plumón de la nieve sin mover un brazo o una pierna.

Después, los lobos la habían devorado. Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su lecho desgarrado. He conservado esa triste osamenta. Y hago votos por que nuestros hijos no vean jamás una guerra.

Guy de Maupassant, escritor francés (1850-1893), cuentista y novelista, es autor de una extensa obra entre cuentos y novelas, en general de corte naturalista. De ellas cabe señalar: La casa Tellier (1881); Los cuentos de la tonta (1883); Al sol, Las hermanas Roudoli y La señorita Harriet (1884); Cuentos del día y de la noche (1885); La orla (1887); las novelas Una vida (1883), Bel Ami (1885) y Pierre y Jean (1888). Después de su muerte se publicaron varias colecciones de cuentos: La cama (1895); El padre Milton (1899) y El vendedor (1900).

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La niña de Guatemala

José Martí



Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

...Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

...Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!

...Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

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Música. Un clásico: “Toma revancha”, de The Beatles

ARGENPRESS CULTURAL

Histórica grabación en vivo, Londres, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, 1970.



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