jueves, 29 de mayo de 2014

Música en la calle: El “Bolero” de Ravel, en la Estación Central de trenes de Copenhague, Dinamarca



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¡Qué doloroso es amar!

Joaquín Dicenta



¡Qué doloroso es amar... y no poderlo decir!
Si es doloroso saber que va marchando la vida
como una mujer querida que jamás ha de volver.
Si es doloroso ignorar dónde vamos a morir;
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Triste es ver que la mirada
hacia el sol levanta el ciego
y el sol la envuelve en su fuego
y el ciego no siente nada.
Ver su mirada tranquila a la luz indiferente
y saber que eternamente la noche va en su pupila
bajo el dosel de su frente.
Pero si es triste mirar y la luz no percibir;
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Conocer que caminamos,
bajo la fuerza del sino;
recorrer nuestro camino
y no saber dónde vamos.
Ser un triste peregrino de la vida,
en el sendero no podernos detener
por ir siempre prisioneros del amor o del deber.
Mas si es triste caminar y no poder descansar
mas que al tiempo de morir
¡más doloroso es amar... y no poderlo decir!

Vivir, como yo, soñando con cosas que nunca vi;
y seguir, seguir andando,
sin saber por qué motivo ni hasta cuándo.
Tener fantasía y vuelo que pongan al cielo escalas
y ver que nos faltan alas que nos remonten al cielo.
Más si es triste no gozar lo que podemos soñar;
no hay más amargo dolor que ver el alma morir
prisionera de un amor y no poderlo decir.

Joaquín Dicenta Benedicto (1862-1917) periodista, dramaturgo, poeta y narrador español, padre del dramaturgo y poeta del mismo nombre y del actor Manuel Dicenta.

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Todo lo que usted siempre quiso saber sobre las brujas de Salem y nunca se atrevió a preguntar

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Leer escuchando el Aleluya del Oratorio El Mesías, de Haendel, como fondo (funciona como antídoto).



Alice Parris quería reivindicar el buen nombre de la familia. 300 años atrás, su antepasado, la esclava negra Tituba, de desconocida procedencia -¿del África?, ¿de La Martinica?- había sido condenada por bruja en el pequeño pueblo de Salem, Massachusetts, en 1692. Cabe decir que Alice llevaba el apellido de quien fuera el amo de Tituba allá por fines del siglo XVII, cuando tuvieron lugar los hechos tristemente célebres del poblado: el reverendo puritano Samuel Parris. Era costumbre que los esclavos tomaran el nombre de sus amos. Así fue como se constituyó la familia Parris con gente negra, paralelamente a los Parris blancos, provenientes de Irlanda, previo paso por las Antillas, todos devotos puritanos. Obviamente los negros eran los esclavos de los blancos.

Hoy Alice era guía turística. En todo su linaje se había mantenido el color negro, pues nunca había habido cruce con personas blancas. Los Parris negros eran ya una legendaria familia en el Salem actual. Varios de ellos habían llegado a la universidad. Y uno en particular -Oswald- había amasado una considerable fortuna con su tienda de electrodomésticos. El padre de Alice tenía una modesta imprenta, con la que no vivían mal.

Los Parris blancos, por el contrario, descendientes directos de aquel viejo reverendo llegado a Salem desde las islas del Caribe trayendo como esclava a Tituba junto a su propia hija Elizabeth y a su sobrina Abigail Williams, no habían tenido la mejor de las suertes. Peso a ello, la familia se fue quedando en el poblado y, andando el tiempo, ya nunca se fue. Por supuesto, siguieron siendo consecuentes puritanos, rígidos en sus creencias. Hoy, la que se consideraba la más directa representante de la familia Parris blanca, Candy, también trabajaba como guía de turismo, para el caso bajo las órdenes de Alice.

Ésta, casi como historiadora/detective/arqueóloga aficionada, estaba empeñada en aclarar esa oscura historia que continuaba siendo motivo de fascinación…, y también de vergüenza. La prácticamente totalidad de quienes visitaban el poblado lo hacían por las resonancias que había con toda la historia de los famosos juicios del siglo XVII. Si por algo era conocido Salem era por su historia de brujas.

Todo eso era motivo de cierta sonrisa cómplice entre sus habitantes. Nadie creía realmente en brujas, aquelarres ni alianzas con el demonio. No creían…, pero nadie lo negaba categóricamente. En realidad, eso hacía parte de un pacto secreto. En muy buena medida la economía del poblado dependía de los turistas que venían “a ver brujas”; por tanto, mejor no negarlo, mejor seguir la corriente. A nadie hacía mal, y por otro lado, era hasta divertido. Para Halloween las ganancias se disparaban exponencialmente. ¿Quién se querrá perder eso?

La rivalidad entre las dos familias Parris era histórica. Asentaba, por supuesto, en un racismo profundo que recorría buena parte del país, por no decir todo. La gente negra traída del África siglos atrás, aún al día de hoy, aunque hubiera obtenido cierto éxito económico como estos Parris, era discriminada. Alguna vez Candy dijo -cosa que llegó a oídos de Alice, y la desesperó- que ella, Candy, era “pobre pero no negra”.

“¡Bruja hija de puta!”, fue la reacción de la aludida. “Bruja… ¡y racista!”

En realidad lo que Alice buscaba afanosamente era limpiar la historia truculenta que acompañaba a su familia. O, en todo caso, buscaba venganza. La esclava Tituba era el punto de partida de la pelea.

Tres siglos atrás había tenido lugar el elemento desencadenante, y desde ese entonces eran más las cosas no dichas, lo silenciado, que lo que realmente se decía en el pueblo. Existía ese tácito acuerdo de silencio porque, en definitiva, la mentira urdida daba dinero con el turismo. Y en un país como Estados Unidos cualquier cosa se debe dejar de lado anteponiendo el dinero como lo primero. Si ahí hay un dios (¡o un diablo!) todopoderoso, es el dinero. “Poderoso caballero es don dinero”, gustaba de citar Alice en un muy buen español, dado que hablaba perfectamente esa lengua (igual que el francés) para su trabajo de guía turística.

Las confesiones de Tituba tres siglos atrás habían sido el disparador de esa cacería de brujas que se dio por un determinado período en Salem. Las hipótesis para explicarlo, al menos hoy día, eran varias. Quizá el clima de loco puritanismo, de fanatismo religioso en que vivía la población por aquel entonces había permitido esa andanada de denuncias, de ver brujería y demonios por todos lados. Casualmente, siempre las acusaciones iban para gente pobre. Cuando comenzaron a aparecer denuncias sobre connotados del pueblo, los juicios terminaron.

También se dijo que toda esa histeria colectiva respondía a rivalidades entre familias poderosas que se disputaban cuotas de poder, fundamentalmente entre los Putnam y los Porter, a la sazón los más distinguidos de aquel entonces. Las denuncias eran, en ese sentido, “pasadas de facturas”, métodos de presión, arteras armas en una despiadada lucha a muerte para acabar con el otro. Esa gigantomaquia, en definitiva, se servía de algunas víctimas sacrificiales, que para el caso eran las supuestas brujas y brujos que pululaban (o que se inventaban) por el Salem de aquellas épocas.

Toda esa persecución, esa inquisitorial locura colectiva desatada, tenía también como fundamento una misoginia de base, muy propia de la época, que sólo siglos después había ido cediendo, no desapareciendo, pero sí al menos atemperándose. El machismo, igual que el racismo, estaba en la génesis de toda esa fiebre generalizada.

Existía otra teoría aún, que reforzaba las anteriores explicaciones: la población podía haber sido víctima del “Fuego de San Antonio” o “Fuego del infierno”, lo que hoy día, con un lenguaje científico, se llamaría ergotismo. Es decir, una intoxicación causada por el ergot o cornezuelo (Claviceps purpurea), hongo que contamina el centeno, y con menor frecuencia el trigo, la avena o la cebada, y que se ingiere al comer pan preparado con alguno de esos cereales corrompidos. De ese hongo deriva la ergotamina, con lo que en la actualidad se elabora el ácido lisérgico. En otros términos: los habitantes de Salem en 1692 habrían sufrido alucinaciones al igual que si en la actualidad hubieran utilizado LSD. Dado que lo dominante por aquella época era el espíritu religioso, con una fuerte dosis de fanatismo como había, tales visiones permitían ver brujas por todos lados.

Lo cierto es que, sin saberse a ciencia cierta por qué sucedió esa cacería en aquel año fatídico, la historia del pueblo atesoraba ese secreto. Nadie creía en verdad que se tratara de brujas; esas eran las habladurías populares que, al día de hoy, aseguraban el movimiento turístico. ¿Quién podría creer en brujas en la actualidad?

Alice.

Ella, profunda estudiosa de estos fenómenos, era la única de su familia que seguía consecuentemente la pelea entre los dos clanes Parris. Sabía, por tradición oral y por haber desempolvado viejos documentos, que en el momento de los históricos juicios había habido peleas a muerte entre dos brujas, y que esas antiguas luchas estaban marcadas en el destino que esos combates mantendrían por los tiempos de los tiempos en Salem.

Pero sabía también que las peleas entre brujas ¡son descomunales! Las peores de todas, abominables, terribles. El diablo se regocijaba de ello…, según decía la tradición. No había cosa que lo excitara más que ver dos de sus mujeres peleándose por él. Estaba claro que en el clan Parris negro la bruja en cuestión era la desaparecida Tituba. Pero no se tenía certeza sobre quién lo era en el grupo Parris blanco. Alice estaba obsesionada con eso. Sabía, pero más aún: lo sentía, pues la sangre le hervía y había algo visceral que se lo marcaba, que esa lucha estaba recomenzando con una fuerza infinitamente aumentada.

Puntillosa escudriñadora de todo esto como era, en una de sus incansables lecturas había descubierto en un pasaje del Malleus Maleficarum, también conocido como “Martillo de las brujas”, publicado en latín en 1487 por los monjes inquisidores dominicos de origen alemán Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, que las brujas, al ser sometidas a juicio, si no mueren, entran en un período de hibernación por 300 años. Luego de ese tiempo, reaparecen. Y su poder, acrecentado por los años de espera, es más maléfico que antes. En el momento que sucedía esta historia que ahora relatamos, se acababan de cumplir esos años, los tres siglos. Por tanto, alarmadísima, Alice se puso a trabajar denodadamente para terminar de una vez con ese regreso de esta impía mujer de Satán.

Entre brujas, en general, se defienden, se apañan; incluso hasta pueden mantener relaciones carnales. Las escobas, además de vehículo, sirven para eso. Es muy raro que se denuncien. Sin embargo, ello puede pasar. Es casi excepcional, pero sucede. Ello se debe a amores excesivamente grandes de su amo, el demonio, compartido por igual con dos de sus pupilas al mismo tiempo. En esos casos, raros pero no imposibles, no es el mismo demonio el que decide la suerte de las enfrentadas, sino que la pugna queda en mano de las mismas brujas. Y en esos casos, se vale todo. De ahí que puede llegarse al extremo que una bruja, por supuesto con apariencia no brujeril, denuncie a su contrincante ante un tribunal religioso -de la religión enfrentada con el dios Lucifer, por supuesto-.

Nadie lo expresaba con exactitud, pero era conocido en todo Salem, al menos por las familias más tradicionales, que la esclava Tituba, acusada por Elizabeth Parris y Abigail Williams de cometer brujería en su contra, en realidad nunca fue juzgada. Sólo pasó una breve temporada en la cárcel y luego, misteriosamente, había desaparecido. Pero en verdad -así lo decía el libro citado en alguno de sus perdidos rincones, como glosa marginal- que en esos casos de denuncia, quien se fortalecía luego del proceso (en esta situación, con la espera de 300 años) no era la bruja atacada… ¡sino la atacante!

Tituba había sido la atacada. Luego del suplicio aplicado por su amo, el reverendo Samuel Parris -se dice que le introdujo un hierro candente en la vagina para hacerla hablar- confesó su pacto con Lucifer. Entre gemidos y aullidos aterrorizadores, con espuma en la boca reveló -así constaba en las actas de uno de los juicios; no el suyo, sino el de otra presunta bruja: Sarah Osborne- que volaba en su escoba, que mantenía relaciones sexuales pecaminosas (coito anal) con el diablo, que había devorado a cuatro de los hijos nacidos de esos encuentros, y habló de sacrificios con animales como perros negros, cerdos con cola bífida, ratas rojas y lobos que vociferaban palabras humanas sicalípticas y escupían leche mezclada con sangre.

Lo que le resultaba más curioso a Alice es que las supuestas embrujadas por Tituba -Elizabeth y Abigail- nunca fueron exorcizadas, y en ningún lado constaba cómo salieron del embrujo. Se supone que, de haber sido cierto el efecto del hechizo de la negra esclava, ambas jovencitas deberían haber pasado por una cura, un antídoto para “desintoxicarse”. Pero nada de ello constaba en ningún documento. “¿Cómo salieron del hechizo?”, se preguntaba insistente.

Eso había llevado a pensar a Alice que no había tal hechizo (entre brujas no funcionan los hechizos, eso es ya largamente sabido). Era bastante obvio que había sido todo un montaje de las muchachas, seguramente con apoyo de su familia, para forzar un juicio con Tituba. Evidentemente la actuación había funcionado. Los gritos, contorsiones y convulsiones de las jóvenes habían impresionado al público y a los jueces; todo ello era motivo suficiente para enjuiciar a la esclava del reverendo Parris. Era obvio también que el reverendo era parte del plan. De lo que se trataba, en definitiva, era de demoler a la rama negra de esas mujeres de Satán que venían de las Antillas. Las únicas esposas legítimas del Rey de las Tinieblas querían ser las Parris blancas. Candy era la descendiente directa de esa tradición. Por eso, había podido llegar a deducir Alice, había que eliminarla a toda costa ahora que los tres siglos de espera habían culminado.

Cuando Alice lo habló con su padre, el tipógrafo Bruce Parris, dueño de una pequeña imprenta artesanal -Lucy Fer Graphics Workshops-, éste rió benevolente.

“No, hija. Me parece que estás desvariando. Ya quedó más que demostrado que aquella que dicen que fue nuestro antepasada, la esclava Tituba, sólo para seguirles la corriente se declaró bruja. ¡Pero las brujas no existen! Sucede que en aquel entonces, todos unos fanáticos fundamentalistas, veían apariciones por todos lados. ¿Quién podría haberse resistido a esas torturas como dicen que le hizo el reverendo? ¡No hay brujas, Alice! ¡No las hay! Quitémonos todas esas pamplinas de la mente, mi amorcito”.

Esas palabras, así como entraron por una oreja en la cabeza de Alice, salieron por la otra sin dejar la más mínima huella. Su convicción respecto a la historia que se había ido forjando en relación a los pactos con Satán era total, absoluta. Tal como lo era su desprecio -y ahora su temor- por Candy, su empleada blanca, con la que compartía similar apellido.

Candy, en realidad, era una tímida joven veinteañera; trabajaba como guía turística y tenía un novio con el que planeaba casarse y tener tres hijos. Alice tenía 33 años, “la edad de Jesús de Nazareth, ese circuncidado rey de los judíos cuando fue crucificado por subversivo” según gustaba decir. Era soltera, y nunca se le había conocido pareja. La timorata empleada casi no hablada con su jefa. Cuando se dirigía a ella, siempre con sumo respeto, solía ponerse toda roja de la vergüenza. Ni siquiera se le podía cruzar por su imaginación que su superior la detestaba de la forma que lo hacía. Mucho menos que albergaba contra ella todas esas ideas de venganza, de retaliación. Hubiera muerto de terror de enterarse que quería repetir con ella el suplicio del hierro candente utilizado por el reverendo Parris en 1692. De haber sabido que Alice quería lavar el nombre de Tituba, una esclava muerta hacía 300 años, seguramente hubiera echado a reír…, o se hubiera marchado sin decir palabra quizá, entre horrorizada y consternada.

“Se hace la santita, pero es la peor de las peores concubinas que ha tenido nuestro Padre Todopoderoso, el Gran Lucifer, Amo y Señor nuestro y de nuestras vaginas”, vociferaba Alice en la mesa familiar. Ya habían comenzado a pensar en su círculo cercano la posibilidad de una internación en algún hospital psiquiátrico, cosa que, por supuesto, no iba a resultar fácil.

Alice preparó las condiciones para “el gran día”, como dio en llamarlo. Según documentos desempolvados quién sabe de dónde, afirmaba que tenía que ser el segundo miércoles del mes. Para la ocasión, tenía que estar ataviada convenientemente. Por tanto, ese día llegó a su trabajo más temprano que lo habitual y se encerró en su oficina. Se vistió con una toga color púrpura, lo cual llamó mucho la atención luego, cuando se la encontró. Llevó también una pequeña estufa eléctrica con la que calentó el hierro sacrificial hasta ponerlo al rojo vivo. Con unas tenazas pensaba retenerlo, para cuando comenzara la operación planificada. A tales efectos preparó sendas tazas de café; la destinada a Candy tenía suficiente soporíferos para dormir a tres elefantes, como mínimo. A las 8: 35 de las mañana, unos minutos después de abierta la agencia y cuando se informó que ya su empleada había llegado, la mandó a llamar a su despacho con cualquier excusa. Candy, temblorosa, se presentó de inmediato.

Lo curioso es que nadie la vio salir. La taza destinada a ella no había sido tocada, y el hierro candente, increíblemente retorcido, se alojaba en la sangrante vagina de Alice, no en la de Candy. El médico forense de la policía, a eso de las 9 de la mañana, estimó que hacía una media hora que había sucedido el hecho. Nadie escuchó gritos, nadie sintió forcejeos; nada había fuera de su lugar en la oficina de Alice. Solamente su cuerpo con ese hierro clavado, todavía algo caliente cuando la encontraron.

Lo llamativo fue el papel hallado junto al cadáver. Era una fotocopia de un libro que se suponía bastante antiguo. Luego los investigadores del FBI pudieron determinar que se trataba del “Malleus maleficarum”. La fotocopia presentaba un texto en latín, abajo del cual se veía una traducción al inglés escrita a mano, en color azul. Algunas empleadas de la agencia de viaje, sin poderlo asegurar de modo categórico, dijeron que creían era la letra de Candy. El texto de marras decía: “Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie. (…) Ésta es la peor clase de brujas que hay, ya que persigue causarle a sus semejantes daños inconmensurables. (…) Entre sus artes está la de inspirar odio y amor desatinados, según su conveniencia; cuando ellas quieren, pueden dirigir contra una persona las descargas eléctricas y hacer que las chispas le quiten la vida, así como también pueden matar a personas y animales por otros varios procedimientos”.

Lo más inexplicable fue la inscripción encontrada en la ropa interior de Alice; era sangre -luego se pudo determinar que porcina-, y en inglés rezaba: “¡Volví!”

Tomado del libro “Cuentos filosóficos, o El lupanar de París”, de pronta aparición.

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La dama gris

Horacio Besasso



La dama gris llegó
para instalar la niebla,
desdibujar contornos,
ensanchar las heridas,
abrir las cicatrices,
y olvidar los amores.

La dama gris llegó
pretendiendo quedarse.
Confundida.
No advirtió el sol y el viento
ni la fuerza invencible
que infunde la esperanza.
No advirtió que había otro,
Y que el otro eran todos.

La dama gris se va
y la sepultará el tiempo,
la sellará el olvido,
la dejará la historia
y le quedarán sus viudos
pretendiendo explicarla.

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La izquierda peruana en el siglo XXI

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ricardo Letts Colmenares en 1969, cuando era dirigente de la organización estudiantil de la Universidad Nacional de La Molina, visitó Estados Unidos, invitado por el Departamento de Estado.



En ese entonces tuvo ocasión de realizar algunas tareas en una granja de ganadería lechera en Nueva York, y en las universidades de Cornell, Dartmouth y Massachusetts Institute of Technology se encontró con compañeros de promoción de su colegio limeño, que estudiaban allí.

Al regresar al Perú, Letts debía presentar sus conclusiones del viaje en el Instituto Peruano Norteamericano. Había conversado, previamente con los directivos, algunos puntos sobre la Independencia de Puerto Rico. En su exposición debía contar la verdad, como la segregación contra los negros y la ausencia de un movimiento estudiantil que cuestionara problemas de esta índole. Por cierto, la movilización juvenil surgió después en rechazo a la guerra norteamericana contra Vietnam.

La exposición en el ICPNA fue suspendida, actitud que provocó el justificado descontento de sus amigos y militantes. Tal anécdota, cincuenta años después, revela un cambio en las relaciones y procesos migratorios, convirtiéndose los Estados Unidos en uno de los países que alberga a más de doce millones de inmigrantes, muchos de ellos informales, que pagan impuestos, trabajan con bajos salarios para beneficio de ciudadano norteamericano con servicios y productos a menor precio. Las remesas del exterior al Perú superaban antes de la reciente crisis global más de tres mil millones anuales.

La historia confirma que la consolidación del Estado Federal fue y es fruto de los pioneros europeos y los esclavos de África que aportan sus mejores valores, incluyendo muchas voces en el idioma inglés.

La cuasi extinción de su población nativa y el constante enfrentamiento con las demandas del Sur del Río Bravo, dio lugar a que en los años sesenta, la llamada Alianza para el Progreso, no fuera aceptada como una cooperación del Cuerpo de Paz sino una injerencia en los asuntos internos de la Región.

En el siglo XXI el clima no es el mismo. En América Latina no existen dictaduras militares. Hay gobiernos de centro, mejor motivados en impulsar planes y políticas sociales, que aminoran el uso la fuerza y alientan el diálogo, aunque en varios casos es muy embrionaria.

El reciente homenaje a Ricardo Letts del 09-05-14, en Lima, constituye un referente para la reflexión de su vida política, que puede ser parecida o semejante a otros militantes, que con matices, inducen y aportan un nuevo dinamismo a la política en Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Perú y Colombia.

Los ciudadanos de izquierda, sobre todo de los 60’s que asistieron al auditorio Cory Wasi, en Miraflores, revelaron la función que les corresponde asumir como militantes de una noble causa para contrarrestar el dinamismo, la vehemencia y la ceguera de los neoliberales, cuyos líderes transitan cada día por las instancias judiciales evadiendo culpabilidad en delitos corrupción, lavado de dinero, narcotráfico, abusos de autoridad y violaciones de los Derechos Humanos, entre otros.



Después de la caída del Muro de Berlín, las iniciativas desde la izquierda, aunque dispersas y discrepantes entre sus gestores, son las que los gobiernos ponen en tímida para aplacar crisis mayores.

La ruptura

En la década del sesenta Letts, escribió en su libro La Ruptura, pp. 302: “Qué lejos estoy de ser realmente revolucionario correcto. Qué lejos de tomar la línea correcta. Que ilusión tonta pensar en pajaritos preñados, en soluciones burocráticas, en reformas agrarias hechas desde el gobierno tradicional. Vamos a la Sierra, vamos al campo, vamos con el campesino, luchemos con él. ¡Maldita sea!, que fácil es claudicar sin darse cuenta. ¡Qué fácil es engañarse y engañar…!

Ricardo Letts, ha logrado ganarse el cariño y respeto de la gente que en realidad quiere un cambio para Perú, como lo expresa el vídeo resumen presentado en su homenaje. La palabra y las imágenes revelan que, gracias a las iniciativas e ideas que discurren, anuncian que el gran cambio, la revolución social, aún no se ha perdido y que —tal vez pronto— llegarán a Perú.

El economista holandés Jan Lust, autor de La lucha revolucionaria en Perú, 1958 – 1967, tras 9 años de investigación, propone un camino para la izquierda peruana e invita al debate urgente.

Cambio16 de Madrid, Argenpress y El Mercurio, entre otras publicaciones de prestigio, coinciden que después de medio siglo, América Latina vive nuevas situaciones que enriquecen la memoria de sus ciudadanos, respecto a la necesidad de promover cambios integrales de los Estados democráticos para evitar que el olvido y la indiferencia sigan dominando la vida futura.

A lo largo de once largos capítulos, este Lust - joven de Holanda, uno de los países con mayor equidad, junto con Noruega y Finlandia, profesor en centros académicos de Perú y México - destaca la presencia de presidentes en Uruguay y Brasil, José Mujica y Dilma Rousseff, militantes en los movimientos guerrilleros Tupamaros y Vanguardia Revolucionaria Palmares, respectivamente.

En Argentina, nos habla de una vertiente del peronismo, con los esposos Kirchner, y Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, en la conducción de Venezuela, Bolivia y Ecuador, que intentan modelos de renovación del Estado tradicional.

Vive aún en el recuerdo popular el asesinato del Che, del poeta Javier Heraud, militante del Ejército de Liberación Nacional; de Luis de la Puente Uceda, fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria – MIR, entre otras expresiones en la historia del Perú.

También advierte que en cincuenta años, son escasos los cambios en el Perú, de manera estructural, a favor de los explotados y oprimidos. El gobierno de Velasco, solo fue capaz de suspender por siete años, los pasos del neoliberalismo, y a las izquierdas les faltó análisis y proyección para entender que el proceso militar del 68 necesitaba un respaldo orgánico para afianzar las propuestas populares que el gobierno militar asumió y neutralizó el ideario de las guerrillas y subversivos de entonces.

Del gobierno de Ollanta Humala se analiza la expectativa que despertó su programa inicial, y que al ganar las elecciones, en lo económico ha seguido la orientación de sus predecesores, rescatando, el énfasis de la gestión en los programas sociales para aliviar la pobreza.

De los diversos testimonios de las guerrillas peruanas, Lust, enfatiza el rol del MIR, movimiento que surge como respuesta a la conciliadora alianza del APRA fundada por Haya de la Torre, en México de 1917.

El MIR y el vaso de leche

El MIR, desde la emblemática piurana de Catacaos mantuvo la lucha por sus tierras, pero que sus líderes tenían poca experiencia política. La gente que apoyó el MIR fueron los amigos y familiares de los guerrilleros. Al estallar el movimiento guerrillero, la represión fue intensa en Piura y se extendió a varias regiones del país…, recuerda Julio Andrés Rojas Julca, secretario general del MIR, aliado al desarrollo del Vaso de Leche que el Alcalde de Lima, Alfonso Barrantes promovió y que con los años se ha impuesto en varios países de América Latina.

La acción guerrillera fue simiente para la izquierda democrática, que en 1985, alcanzó una candidatura presidencial, la de Alfonso Barrantes, pero que no ha logrado aún un proyecto de unidad, en tanto las fuerzas del mercado consolidan el país mono exportador de materias primas y un ejército de consumidores con bajos salarios.

El balance político de los años sesenta, facilita la comprensión de los problemas y las condiciones económicas, sociales y políticas que llevaron a la insurgencia de los movimientos guerrilleros peruanos, y “descubre las causas de la derrota”.

En el marco de la hegemonía política, económica y social de la burguesía peruana, además integrada con la clase dominante internacional, Lust propone: Debate y trabajo en torno al desarrollo de la vanguardia para la lucha por la transformación social.

Estudios actuales sobre la realidad peruana no existen. La historia de la izquierda, en general, es escrita por la derecha y por los “caviares” enclaustradas en ONG. El periodo 1980-2000 demanda un análisis basado en las lecciones de lucha y construir, sobre las derrotas políticas, un proyecto de largo aliente hacia la liberación social.

La izquierda debería ponerse a trabajar en ganar la confianza de los pueblos peruanos para construir un proyecto en el cual los pueblos determinen su propio destino. La unidad de la izquierda debe ser la consecuencia de una confluencia programática.

¿Cuál es la forma de lucha, la táctica, la estrategia y la forma de organización, más apropiada para alcanzar en el Perú el poder revolucionario democrático y popular?:

Algunas exposiciones como las de Jan Lust, Raúl Wiener Fresco, Edmundo Murrugarra, Delfina Paredes Aparicio, Ricardo Noriega Salaverry, Guillermo Bermejo, Luis Arana Seguín, Milciades Ruiz, Enrique Ghersi Silva, Nelson Manrique, Héctor Béjar, Genaro Ledesma. Más la participación artística de Delfina Paredes, Margot Palomino y Jaime Guadalupe, constituye una acertada convocatoria, un punto de partida, un contrapeso a la acción intensa de la derecha local que pretende presentar un gran progreso económico, en términos de inversiones de trasnacionales, pero con una irregular distribución de los ganancias en perjuicio de los trabajadores que han perdido su pequeña parcela hipotecada o perdida finalmente.

Para los sectores populares los hospitales son puertas colindantes a los cementerios. La educación un pingüe negocio particular. Las políticas sociales, cuestionadas por prensa cuasi monopólica que distorsiona la inversión social como un gasto que pervierte a los pobres.

75 años

Ricardo Letts Colmenares (*Lima, 9 de agosto de 1937 - ) ingeniero agrónomo, político y periodista. Dirigente de la izquierda desde 1960. Uno de los fundadores de Vanguardia Revolucionaria (VR), Partido Unificado Mariateguista (PUM). Asesor en los movimientos campesinos para la Reforma Agraria en la década de 1960 y de 1970. Diputado en el Congreso de la República de 1990 a 1992, representando a la alianza de partidos izquierdistas Izquierda Unida. Fundó el Comité Malpica (CM) en 1998, con Raúl Wiener, Delfina Paredes y otros, organización en memoria de Carlos Malpica Silva Santisteban, destacado intelectual de izquierda. Con el CM participó en la Marcha de los Cuatro Suyos y en la Rebelión Popular del Pueblo de Lima del 28 de julio del año 2000. Fue director de las revistas Marka y Zurda y director del Diario de Marka (1983-1984.)

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Plástica: Desde Burkina Faso, África, la pintura matérica de Sambo Boly

La pintura matérica es una corriente pictórica cuya característica principal es ser una pintura abstracta que se realiza con materias diferentes a las tradicionales, incluyendo en el cuadro arena, chatarra, harapos, madera, serrín, vidrio o yeso. Además de añadirle estos materiales no tradicionales, el pintor actúa sobre la obra destruyéndola en parte con cortes, perforaciones y desgarrones. El colorido es variado y la composición se diferencia entre zonas con materia y zonas sin materia.

Biografía de Sambo Boly



Sambo Boly nació en 1960, en la provincia del Bam en Burkina Faso y pertenece a la etnia Peul. Se inicia en el dibujo durante sus estudios coránicos y luego en la artesanía en el Centro Nacional de Artesanía de Arte de Uagadugú (CNNA). Expuso en el CNAA, en el Centro Cultural Francés de Uagadugú y de Bobo Dioulasso así como en la galería “L’escalier Rouge” de la capital de Burkina Faso. Expuso también en Ginebra en mayo del 2000 y en julio del mismo año, participó en una exposición colectiva en Grenoble. En el 2006, tomó parte del “Africa Now” en Copenhague (Dinamarca).

Sambo Boly es un pintor autodidacta, desconocedor de las teorías y de los grandes movimientos artísticos. Es en la vida y en la observación de sus contemporáneos donde encuentra la inspiración. El hombre, que puede ser cantante ambulante o adivino, miembro cultivado o campesino, cazador o luchador, jefe o sabio, está en el centro de su obra, cargada de alusiones al tiempo ancestral.

Así pues, la elección de sus temas se arraiga en la tradición africana. Sin embargo, por su libertad de tono y la originalidad de su lenguaje plástico, el artista toma una determinada distancia con las referencias tradicionales y propone un cuestionamiento más universal sobre la naturaleza humana. El desarrollo formal que Sambo Boly propone no se debe de ningún modo, al menos directamente, a las tradiciones artísticas de su país.

Algunas de sus telas son un tejido compuesto de trozos desgarrados y enredados, donde el artista incluye pedazos de madera, grandes cucharas, puntas de lanzas y fragmentos de fotografías.



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Los epitafios de Edgar Lee Masters

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos están muertos. Y se comunican a través de sus epitafios, de un modo dolido y bello. Están durmiendo en la colina el criminal y el asaltante, el juez y el navegante, el traficante y el ladrón. Trainor el boticario y Jones el indignado. También yacen para siempre el diácono y el procurador y un perro fiel y un médico. Muertos todos. Es curioso: no sueñan bajo tierra ni el barbero, ni el sastre, ni el zapatero remendón, ni el cuidador de garajes. Olvidados por el poeta, son como almas justas que escaparon del infierno y de la sospecha.



Todos están muertos. Vivieron en un imaginario pueblo, Spoon River, creado con prodigio por el poeta estadounidense Edgar Lee Masters, que alcanzó la inmortalidad con solo esa obra perturbadora: Antología de Spoon River. Lo demás que escribió, alimento para el olvido.

Pintando con brevedades, con palabras contadas a sus personajes amargos, frustrados, víctimas del amor y del odio, Masters logró una obra maestra de la literatura universal. Y con el recurso, por demás ingenioso, de interrelacionar epitafios, el poeta hace hablar a los pobladores de Spoon River más allá de la vida, más allá de los sueños, más allá del tiempo y del espacio. En la nada. En la muerte. Es poesía narrativa, con visos novelescos por la conexión que existe entre sus más de doscientos personajes.

Alberto Girri, escritor argentino, traductor de Masters en lengua castellana, dice que “Antología de Spoon River” es bastante más que un mero libro de poemas, original y profundo; literariamente, sus temas, ambiente y caracteres anticipan muchas facetas de la gran narrativa norteamericana. Lee Masters nació en Kansas, en 1869, vivió largos años en Illinois y murió en Pensilvania, a los 81 años.

La Antología está llena de inscripciones funerarias. En rigor, su escenario es una gran necrópolis. “¿Dónde están Ella, Mag, Lizzie y Edith, la de corazón sensible, la del alma simple, la vocinglera, la orgullosa, la feliz?”, se pregunta el poeta. Y aunque no hubiese respuesta, uno sabe que todas, todas están durmiendo en la colina.

En Spoon River se guardan sorpresas y maravillas. Se topa uno con el viejo Bill Piersol, “que se enriqueció traficando con los indios”, y con Robert Fulton Tanner, el ferretero que inventó una trampa para ratas, y se duele con su epitafio: “Pero un hombre nunca podrá vengarse de ese ogro monstruoso que es la vida”. En aquel cementerio enorme y ficticio están enterrados esperanzas, desasosiegos, suicidios, penas, desamores y los odios humanos y las bajas pasiones y la vanidad. La muerte, al fin y al cabo, lo cura todo.

Hay en esa creación poética una lucha contra el olvido. No transcurre el tiempo. Es ilusorio. Solo hay espacios para el reposo eterno. Hay también galardones para aquellos a los que, en vida, merecieron elogios, y, en muerte, solo desmemorias: “¿Cómo ocurrirá, decidme, que ahora yazgo aquí, olvidado, ignorado, mientras Chase Henry, el borracho de la ciudad, tiene un pedestal de mármol, rematado por una urna en la cual la Naturaleza, por irónico capricho, ha sembrado césped en flor?”

En Spoon River duermen ese sueño sin sueños el jefe de la policía y su asesino Jack McGuire, y el jugador de cartas As Shaw que pensaba que “todo es azar”, y un hombre que se escapó de su casa tras un circo, en persecución amorosa de la domadora de leones, y Jack el ciego, tocador de violín, y un hombre que quiso escribir una novela épica pero nunca tuvo tiempo.

En esa cama de silencio dormitan para siempre Sonia la rusa, y un poeta que escribió: “¿y qué es el amor sino una rosa que se marchita?”, y está la puta del pueblo, y Anthony Findlay que tenía como lema “es mejor ser temido que amado”, y un tipo inspirado en Las metamorfosis de Ovidio, y también, cómo no, el cincelador de epitafios.

Todos están muertos. El historiador que escribió sin conocer la verdad o que fue inducido a ocultarla, y el soldado que murió de balazos en las tripas, y Lucinda, cuyo epitafio reza, con dolorosa hermosura: “hace falta vida para amar la vida”. Todos están muertos. El ateo del pueblo también. Él aspiraba a la inmortalidad y supo, en la tumba, que “la inmortalidad no es un don, la inmortalidad es un logro”.

Edgar Lee Masters logró la inmortalidad hace tiempos. Sería interesante que usted, amigo lector, busque en la Antología de Spoon River un epitafio apropiado. Todavía tiene tiempo.

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Metempsicosis

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi amigo Midas, que es un metemuertos, empleado que tiene por oficio colocar y quitar los muebles en las mutaciones escénicas teatrales, con orejas de Asno, me dice que en Maduré creen que las almas de los nobles y la realeza pasan a una raza de Asnos; y que, en los cinco Continentes, creen que las almas de los pobres de la Tierra pasan a una especie de moscas verdosas de la mierda, cual polvillo fecundante contenido en la antera de las flores del demonio.



Los Metelos”, y toda la Caterva de clerizontes, distinguidos y adornados de emblemas fúnebres por hechos de guerra o crímenes de cruzada, forman parentesco, se reencarnan en buitres y quebrantahuesos. Uno famoso fue nuestro Cincinato, que ocupó un puesto eminente como gobernante o caudillo de fuerzas políticas y represivas de primer orden. Además, España tiene el honor de haber poblado de dictadores las Américas. Dictadores de tan bellas calidades con misal y garrotazo como el nuestro.

Y hoy, en Roma, se encarnan en las cachazas de los cardenales más preclaros que salen del guarapo y el depósito atravesado, lo mismo que en Judas que en Caín; en Jesús que Abel, en el que se les recibe con clarón, registro del órgano. Los magnates pasan a otra raza de Asnos. Estos que hacen operaciones garañónicas con bonos del tesoro y miseria del pueblo.

¿Y las almas de los y las misioneras, de toda esa ralea de gente que hace caridad o bien a los necesitados, que, como la leche de Burra, son muy medicinales, a la “porca miseria” de los estados, como dicen los italianos, adónde van?, le preguntó.

Pues van, dice, mejor, se reencarnan en las moscas borriqueras, moscas cojoneras, lo mismo que las almas de los filósofos y liberales del día a día. Sigue: el parentesco del hombre con el Asno tiene precio. Lo mismo que el del hombre con el caníbal o asesino, cruel, desalmado. Veamos un ejemplo de la ferocidad e inhumanidad reencarnadas:

Tomás de Torquemada, Inquisidor General, prior del convento de Santa Cruz de Segovia. Su alma pasó a la de Charles M. Manson, “El Satanás de Hollywood”.

El Papa Clemente IV. Su alma pasó a la de Henri Desire Landrú, asesino de acaudaladas prostitutas.

Felipe II, que se pasó por la bragueta al Santo Oficio, y que se folló a Antonio Pérez, su secretario traidor. Su alma pasó a Freddy Krueger “el pesadillas”.

Fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla; el Cardenal Cisneros; Adriano de Utrech, obispo de Tortosa, que aceptó ser papa en Vitoria, en el convento de San Francisco; Santo Domingo de Guzmán, presidente siempre de la quema de libros; Fernando de Córdoba, del Consejo de Castilla o del Consejo de Estado. Sus almas pasaron a los criminales del Expreso de Andalucía.

El alma de Francisco Ríos “El Pernales”, campesino, pastor de Estepa (Sevilla), asesino, violador y ladrón, paso a Hitler.

El alma de José Ulloa “Tragabuches”, nacido en Ronda (Málaga), contrabandista y bandolero de la partida de “Los Siete Niños de Ecija”, pasó a Franco.

El alma de Albert de Salvo, “el estrangulador de Bostón” pasó a Mussolini.

El curriculum, como ves, de todos es el de asesinar, estrangular o torturar sin más, de acuerdo a derecho, un derecho totalmente reglamentado en textos criminales y precisos del Código del Derecho Canónico. A los tíos y a las tías se les sodomiza, primero en edicto de fe o de gracia; para después, en edicto de anatemas, pasar a la jaula de hierro, al empalamiento, al aplastamiento, o empalamiento por la espalda; al tiro en la nuca, al garrote vil, a las torturas carcelarias divinamente institucionalizadas, además de los expurgos de lombrices no solamente en los ojetes de los reos, sino en los expurgatorios de libros o cancioneros prohibidos.

Fernando VII, el rey felón y asesino, recibido por un pueblo reaccionario, en cuyas almas se habían reencarnado las almas de los caníbales y de los Burros muertos, recibido al grito de “ ¡Vivan las cadenas¡”, como a aquel otro, el Cesar teresiano, al grito de “Viva la muerte”, dijo bajo palio del Santo Oficio: “La Lascivia, en probanza plena, como dijo el Inquisidor Valdés, es tanto nuestra como de los Asnos; que por eso estamos contra todo intento de liberalización en la conducta sexual. el aborto libre y gratuito, y la protesta de las gentes”.

Las Cátedras de teología, en la Universidad de Salamanca, eran cátedras de Rebuznos. El Cantar de los Cantares le compuso un Asno, como sostiene la leyenda de Fray Luis de León, “El impávido vegetal”.

La política angélica (Antonio Enrique Gómez), de los asnífluos economistas ilustrados quiere hoy repoblar España con católicos colonos ( Pablo de Olavide), como en aquel entonces del inquisidor general Mier y Campillo reemprendiendo el trabajo de los bandoleros y cuatreros asesinos de la santa crueldad y justas de fe asesinas para purificar al país.

Oye, espera, le pregunto. ¿Y como es que fueron y siguen siendo tan ricos?

Me responde:

La procedencia de ingresos de la Corona y el Vaticano no fue más que el robo y el saqueo por quitamiento de la vida y secuestro de sus bienes, a las victimas tratadas como reos, aquí en España como en todo el Globo de mierda legitimista.

Entonces, mi querido amigo, que cada cual se aplique el cuento y piense cual de estos bobos de baba muy tontos o muy maestros, o criminales gusarapos le ha reencarnado, ¿no?

Sí, claro.

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Música: Desde Zimbabwe, la música shona

La música shona es la música del pueblo shona procedente de Zimbabwe. Hay varios tipos diferentes de música tradicional shona, incluyendo canto e interpretación de instrumentos musicales como mbira, hosho y tambor. Muy a menudo, esta música va acompañada de la danza y la participación por parte de la audiencia. En la música shona no hay casi diferencias entre intérpretes y público, ambos suelen participar en la creación musical y ambos son relevantes en las ceremonias religiosas, en las que frecuentemente se escucha música shona.



Instrumentos musicales

Mbira



Fuente foto: Alex Weeks - Wikipedia

La mbira es un instrumento tradicional del pueblo shona que a menudo se utiliza en las ceremonias religiosas. Existen varios tipos diferentes de mbira incluyendo la mbira dzavadzimu y mbira nyunga nyunga.

La música shona es bien conocida como representante de música de mbira ("el piano de pulgar").

El intérprete de la kushaura (parte principal de mbira) a menudo actúa también como vocalista, seleccionando una conocida melodía o patrón de mbira para acompañar unas determinadas letras. Por lo general se trata de una frase o unas pocas líneas de texto que luego son comentadas improvisadamente.

El intérprete de la kutsinira (parte segunda de mbira) sigue un patrón que se entrelaza con la kushaura de tal forma que genera las notas repetidas que identificativas de la música para mbira. De hecho lakutsinira suele ser lo mismo que la kushaura, pero tocado medio golpe más tarde.

Los intérpretes de mbira son a su vez acompañados por otro cantante menos activo que toca el hosho) y responde a la letra improvisada del cantante adornando y complementando la melodía de la voz principal. (Garfias, 1971)

Hosho



Fuente foto: Alex Weeks - Wikipedia

La música shona suele ir acompañada del hosho, que es una especie de sonajero o maraca hecha a partir de calabaza ahuecada que contiene semillas de hota u otros objetos. Este instrumento se agita para producir sonido.

Tambores

Los tambores están siempre asociados con la danza y se puede utilizar para diversas formas:

Mhande: Tambores
Shauro: utilizado para llevar el ritmo.
Tsinhiro: utilizados para el ritmo de respuesta.
Dinhe Tambores
Mhito: utilizado para llevar el ritmo.
Mitumba miviri: utilizados para el ritmo de respuesta.
Chokoto Tambores
Chimudumbana: doble tambor pequeño utilizado para llevar el ritmo principal.
Chigubha: doble tambor grande utilizado para ejecutar el ritmo de respuesta.

Música shona en la actualidad

La música tradicional shona se ha adaptado a instrumentos musicales modernos tales como las guitarras eléctricas y los sets de batería occidentales. Por ejemplo, músicos como Thomas Mapfumo, Stella Chiweshe y Oliver Mtukudzi.

Esta música también se asocia con el movimiento chimurenga.

Música shona en Occidente

La música shona se ha popularizado en Occidente e incluso en Oriente, en países como Japón. En Estados Unidos la música shona ha llegado a ser popular en Colorado, en California y al noroeste del Pacífico, en gran parte debido a la influencia de músicos como Dumisani Maraire, Ephat Mujuru y Erica Azim.

Escuchemos algunos ejemplos de música shona:









Fuente: Wikipedia

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No se entra a la fuerza al corazón

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si sabéis que la frase que os trajo hasta aquí es de Moliere tenéis ya 50 pts pero si la asociáis con un retrato hablado del Hugo Chávez, Supremo Jefe de la Revolución Bolivariana, os pongo 50 más para 100.



Si no pegasteis ni una ni otra estás raspao pero no te preocupes porque al mejor cazador se le va la liebre; por favor rezad el “Yo pecador” en Latín o en Arameo, unas 100 veces, y daos por encarrilado hacia lo más alto del entendimiento humano.

Chávez entró al corazón del pueblo y ahí está, lo he comprobado no sobre el mapa sino sobre el terreno; su proyección -allende fronteras-, ya hecho pasión popular, es una seria mortificación para ese imperialismo enemigo que nos acecha cual si fuera un tiburón contra una presa, esa es razón por la que el actual Emperador Obama I pretende emular a Herodes I, matar al Chavismo antes de que éste cumpla realmente 2 años.

Pero, como el mismo Comandante dijera: “Ya yo no soy Chávez, Chávez es un pueblo”, y Chávez se hizo millones de pedacitos y se esparció hacia los corazones del pueblo y esa es una pesadilla para el imperio, que sueña matar a cada pedacito de Chávez, tanto como al Chavismo pero mientras sendos anden juntos y de las manos no habrá muerte sino vida y victorias pero, hay que hacerle espacio a Maduro y que cada quien lo entienda a su modo, pero es necesario que Maduro ejerza la autoridad ya encomendada por Chávez y refrendada por el pueblo venezolano.

Por la misma razón que Chávez no entró a la fuerza al corazón popular, no podrá tampoco ser desalojado a la fuerza, así de sencillo; se equivoca el imperio si cree que puede acabar con Chávez pero, de todos modos, con el mazo dando.

¡Cuánto pudo dejar sin desplegar ese gigante que se transformó en pueblo y dejo tareas por hacer que se harán, nos toca a todos; hay que tolerarse a sí mismo para poder tolerar a los demás, hay que remar unidos contra viento y marea, con mucha butría, y no temer a los lestrigones que no son tales si no los llevamos en el corazón, tal como dijera Kavafís en su Itaca, …ruega que el camino sea largo / no hallarás ni a lestrigones ni a cíclopes y ni al salvaje Poseidón, si antes no los llevas dentro de ti…/…!

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Enseñar a pensar

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota: Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada.



Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: "Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro". El estudiante había respondido: "Lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio".

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de sus de estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: "Coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio".

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó; este es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo.

Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precesión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras.

Probablemente, siguió, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.

Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia, es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.

Espero que os haya gustado. Por cierto, para los escépticos: esta historia es absolutamente verídica.

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Lo que es, lo que fue, lo que será

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Todo lo que deja de ser
sigue estando en algún lugar
se decía
un desesperado.

Todo lo que es
deja de ser
se decía una mujer
antes de coger.

Lo que fue
ya no es
se decía Inés
cada fin de mes.

Lo que es
alguna vez
no será
decía un inglés
a una argentina
pensando en Las Malvinas.

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El sueño de El Chaltén

Carlos del Frade (Desde El Chaltén, provincia de Santa Cruz, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



La Patria estaba hecha, había que cuidarla nomás…-dice con simpleza y seguridad “Pajarito”, referencia insoslayable en el Chaltén a la hora de hablar del pueblo surgido el 12 de octubre de 1985, como respuesta concreta frente al avance de los intereses expansionistas de la dictadura de Augusto Pinochet. “Pajarito” es Elías Rivera, chileno de nacimiento, pero como bien lo decía una nota de la revista “Noticias” de 1994, defensor como pocos de la soberanía en la zona de los hielos continentales.

“La revolución que proponemos desde nuestra cosmovisión es la diversidad de pensamientos y el respeto en la relación con el territorio. Reclamamos vivir tranquilos, caminar la tierra, convivir con nuestros hermanos los animales y nuestras hermanas las plantas”, es la frase de Enrique Mamani, de la Organización de Comunidades de Pueblos Originarios con la que se presenta la octava Feria del Libro de El Chaltén, en la que este cronista tiene el privilegio de compartir.

Con más de mil habitantes permanentes, el pueblo está a punto de ser declarado municipio y vive un clima de ebullición política donde se discute qué herramienta les permitirá gambetear la permanente zancadilla de la traición.

Se discute autonomía y poder popular, por eso están presentes las luminosas compañeras de la Asamblea Popular de Chilecito, de La Rioja y, en forma paralela, el concurso de cuentos infantiles ilustrados presenta la sensibilidad de las chicas y los chicos por la suerte de los huemules y el rechazo a cualquier forma de contaminación a una naturaleza exuberante ante la que no alcanza el ancho de los ojos para abarcar tanto cielo abierto, tanta mágica montaña que rodea la aldea que intenta no repetir malas recetas políticas para conjugar justicia social, igualdad, soberanía y felicidad.

“Pueblo chico, invierno grande”, se llama la película que desde hace tres años vienen haciendo todos y cada uno de los habitantes de El Chaltén. Una construcción colectiva que ironiza sobre los vicios de las políticas tradicionales ante la aparición del primer muerto en el pueblo y la necesidad que se construya, entonces, el cementerio del lugar, cosa que todavía no existe. -Queremos que haya trabajo y también que se respete la naturaleza y que los pibes nuestros tengan un digno lugar para estudiar. Por eso estamos pidiendo por una nueva escuela secundaria que, aunque figura en los papeles virtuales del Ministerio de Educación de la provincia de Santa Cruz, todavía no existe en la realidad – comentan Lucía Gelvers y Mauro Piombo, dos chaltenenses por elección que aunque sus documentos digan una lejana ciudad de Rosario.

“Demostramos que la soberanía no es consecuencia de fusiles y militares, sino de familias, chicos jugando en las plazas y educándose en las escuelas. Que se podían hacer pueblos nuevos que todavía sigue siendo una gran necesidad en toda la Patagonia”, comenta el “inventor” de El Chaltén, ingeniero civil Daniel Rodríguez, el hombre que tuvo la visión de plantar una comunidad al pie de la montaña sagrada para los tehuelches. El ingeniero que abrió y trazó las primeras veinte manzanas y que recién tuvo su lugar después de 2002, luego de vivir doce años en Canadá porque intereses minoritarios no toleraron semejante tozudez patriótica y le balearon la casa que tenía en su momento en Río Gallegos y por poco no le roban la vida de su mujer y su hija.

Así transita la Octava Feria del Libro de El Chaltén, con más de cuarenta invitados llegados desde distintos puntos de la Argentina, en la jurisdicción más joven del país, donde gentes venidas de diversas procedencias ensayan su propia Utopía, respetando la memoria de naciones originarias, las identidades de las luchas populares de las décadas anteriores y abrigando el sueño de construir futuro como sinónimo de esperanza.

Al pie de El Chaltén, nombrado Fitz Roy por el Perito Moreno, entre historias nutridas por seres mágicos y animales majestuosos como los cóndores, las águilas, los huemules y los pumas, donde el fantasma Butch Cassidy se junta con el empecinado sentimiento de argentinidad del casi desconocido comandante Luis Piedra Buena, en esta Feria del Libro, con coros infantiles y de adultos, el proyecto de una sociedad humana igualitaria goza de buena salud, ante la insobornable mirada de una montaña que, en algún rincón de su inmenso enigma debe sentirse orgullosa de esta generación de pobladores que de la mano de las palabras y los libros van en busca de su destino.

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Agradecimiento desde el hospital psiquiátrico

Aldo Luis Novelli (Desde Neuquén, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A J. Fijman y A. Artaud in memorian

Agradezco a la oscuridad
que me deja ver claramente el mundo.
Agradezco a los amigos que nunca vinieron.
Agradezco a las mujeres que me abandonaron
para que enloqueciera solo.

Agradezco a la luna
que habla conmigo
cuando nadie me habla.
Agradezco al sol que nunca está
salvo cuando salimos al patio
a arrastrar los pies y babearnos.

Agradezco al acolchado de las paredes
que me cuida la cabeza.

Agradezco al enfermero
que me da la pastilla azul
y la verde y la roja
y esa maldita pastilla blanca como una bala
que nunca tomo
y me la meto en el culo.
Agradezco al otro enfermero
que me trae papel y lápiz
para que escriba mis poemas de locura
y resista a la muerte.

Agradezco a los dos monos
que me aplican electroshock
cuando me altero un poco/
para quemar lentamente mis neuronas
pero ellas todavía resisten

así que vayan sabiéndolo
gorilas hijos de puta:

todavía escribo mi sucia poesía

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La Rica

Eduardo Francisco Coiro (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A Antonio Dal Masetto.

El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.



En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no está familiarizada con ella.

Y además, qué importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.

Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venía todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.

Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.

Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio Dal Masetto que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no esté amenazada”.

Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.

Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos. Gabriela y su parecido a Bette Davis. Sobre todo la expresión de su mirada. Fue un descubrimiento mientras en una madrugada vieron “La extraña pasajera”. Como les pego esa frase que adoptaron casi como un lema propio: "tenemos las estrellas, no pidamos la luna".

*

Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.

No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.

Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.

“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.

Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.

Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.

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Una nubecilla

James Joyce

Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero, su traje de lana bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su talento y todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo así.



Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde vivía Gallaher. Le decían Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana estatura, parecía pequeño. Era de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y maneras refinadas. Cuidaba con exceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto perfume en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever una fila de blancos dientes de leche.

Sentado a su buró en King's Inns pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había conocido con un chambón aspecto de necesitado se había convertido en una rutilante figura de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de su escrito fatigoso para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos decrépitos que dormitaban en los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños que corrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de sabiduría que le legó la época.

Recordó los libros de poesía en los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus manos para leerle algo a su esposa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo consolaba.

Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumplidamente de su buró y de sus colegas. Con su figura pulcra y modesta salió de entre los arcos de King's Inns y caminó rápido calle Henrietta abajo. El dorado crepúsculo menguaba ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mugrientos pululaba por las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral. Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había baladronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del pasado porque su mente rebosaba con la alegría del momento.

Nunca había estado en Corless's, pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía que la gente iba allí después del teatro a comer ostras y a beber licores; y se decía que allí los camareros hablaban francés y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto detenerse los coches a sus puertas y cómo damas ricamente ataviadas, acompañadas por caballeros, bajaban y entraban a él fugaces, vistiendo trajes escandalosos y muchas pieles. Llevaban las caras empolvadas y levantaban sus vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas alarmadas. Había pasado siempre de largo sin siquiera volverse a mirar. Era hábito suyo caminar con paso rápido por la calle, aun de día, y siempre que se encontraba en la ciudad tarde en la noche apretaba el paso, aprensivo y excitado. A veces, sin embargo, cortejaba la causa de sus temores. Escogía las calles más tortuosas y oscuras y, al adelantar atrevido, el silencio que se esparcía alrededor de sus pasos lo perturbaba, como lo turbaba toda figura silenciosa y vagabunda; a veces el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja.

Dobló a la derecha hacia la calle Capel. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa londinense! ¿Quién lo hubiera pensado ocho años antes? Sin embargo, al pasar revista al pasado ahora, Chico Chandler era capaz de recordar muchos indicios de la futura grandeza de su amigo. La gente acostumbraba a decir que Ignatius Gallaher era alocado. Claro que se reunía en ese entonces con un grupo de amigos algo libertinos, que bebía sin freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al final, se vio involucrado en cierto asunto turbio, una transacción monetaria: al menos, ésa era una de las versiones de su fuga. Pero nadie le negaba el talento. Hubo siempre una cierta... algo en Ignatius Gallaher que impresionaba a pesar de uno mismo. Aun cuando estaba en un aprieto y le fallaban los recursos, conservaba su desfachatez. Chico Chandler recordó (y ese recuerdo lo hizo ruborizarse de orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius Gallaher cuando andaba escaso:

-Ahora un receso, caballeros -solía decir a la ligera-. ¿Dónde está mi gorra de pegar?

Eso retrataba a Ignatius Gallaher por entero, pero, maldita sea, había que admirarlo.

Chico Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de la calle Capel. No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció de las chozas, tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín, estupefactos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido.

Cada paso lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y nada artística. Una lucecita empezaba a parpadear en su horizonte mental. No era tan viejo: treinta y dos años. Se podía decir que su temperamento estaba a punto de madurar. Había tantas impresiones y tantos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía en su interior. Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La nota dominante de su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la fe, la resignación y una alegría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes, pero podría conmover a un pequeño núcleo de almas afines. Los críticos ingleses, tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico de sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Comenzó a inventar las oraciones y frases que merecerían sus libros. "El señor Chandler tiene el don del verso gracioso y fácil..." "Una anhelante tristeza invade estos poemas..." "La nota celta". Qué pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo apellido delante del primero: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone Chandler. Le hablaría a Gallaher de este asunto.

Persiguió sus sueños con tal ardor que pasó la calle de largo y tuvo que regresar. Antes de llegar a Corless's su agitación anterior empezó a apoderarse de él y se detuvo en la puerta, indeciso. Finalmente, abrió la puerta y entró.

La luz y el ruido del bar lo clavaron a la entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero se le iba la vista confundido con tantos vasos de vino rojo y verde deslumbrándolo. El bar parecía estar lleno de gente y sintió que la gente lo observaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer ver que la gestión era seria), pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie se había vuelto a mirarlo: y allí, por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas bien separadas.

-¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por fin llegas! ¿Qué quieres? ¿Qué vas a tomar? Estoy bebiendo whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo soy lo mismo. Le echa a perder el gusto...

Vamos, garçon, sé bueno y tráenos dos líneas de whisky de malta... Bien, ¿y cómo te fue desde que te vi la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos poniendo! ¿Notas que envejezco o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no?

Ignatius Gallaher se quitó el sombrero y exhibió una cabeza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada, pálida y bien afeitada. Sus ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su palidez enfermiza y brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata. Entre estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin forma. Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo. Chico Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se volvió a poner el sombrero.

-El periodismo -dijo- acaba. Hay que andar rápido y sigiloso detrás de la noticia y eso si la encuentras: y luego que lo que escribas resulte novedoso. Al carajo con las pruebas y el cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que encantado, te lo digo, de volver al terruño. Te hacen mucho bien las vacaciones. Me siento muchísimo mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y querido... Por fin te veo, Tommy. ¿Agua? Dime cuándo.

Chico Chandler dejó que le aguara bastante su whisky.

-No sabes lo que es bueno, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Apuro el mío puro.

-Bebo poco como regla -dijo Chico Chandler, modestamente-. Una media línea o cosa así cuando me topo con uno del grupo de antes: eso es todo.

-Ah, bueno -dijo Ignatius Gallaher, alegre-, a nuestra salud y por el tiempo viejo y las viejas amistades.

Chocaron los vasos y brindaron.

-Hoy me encontré con parte de la vieja pandilla -dijo Ignatius Gallaher-. Parece que O'Hara anda mal. ¿Qué es lo que le pasa?

-Nada -dijo Chico Chandler-. Se fue a pique.

-Pero Hogan está bien colocado, ¿no es cierto?

-Sí, está en la Comisión Agraria.

-Me lo encontré una noche en Londres y se le veía boyante... ¡Pobre O'Hara! La bebida, supongo.

-Entre otras cosas -dijo Chico Chandler, sucinto. Ignatius Gallaher se rió.

-Tommy -le dijo-, veo que no has cambiado un ápice. Eres el mismo tipo serio que me metías un editorial el domingo por la mañana si me dolía la cabeza y tenía lengua de lija. Debías correr un poco de mundo. No has ido de viaje a ninguna parte, ¿no?

-Estuve en la isla de Man -dijo Chico Chandler. Ignatius Gallaher se rió.

-¡La isla de Man! -dijo-. Ve a Londres o a París. Mejor a París. Te hará mucho bien.

-¿Conoces tú París?

-¡Me parece que sí! La he recorrido un poco.

-¿Y es, realmente, tan bella como dicen? -preguntó Chico Chandler.

Tomó un sorbito de su trago mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un viaje.

-¿Bella? -dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para sopesar la palabra y paladear la bebida-. No es tan bella, si supieras. Claro que es bella... Pero es la vida de París lo que cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan alegre, tan movida, tan excitante...

Chico Chandler terminó su whisky y, después de un poco de trabajo, consiguió llamar la atención de un camarero. Ordenó lo mismo otra vez.

-Estuve en el Molino Rojo -continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se llevó los vasos- y he estado en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada aconsejable para un puritano como tú, Tommy.

Chico Chandler no respondió hasta que el camarero regresó con los dos vasos: entonces chocó el vaso de su amigo levemente y reciprocó el brindis anterior. Empezaba a sentirse algo desilusionado. El tono de Gallaher y su manera de expresarse no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal vez fuera resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la competencia periodística. El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales aparatosos. Y, después de todo, Gallaher había vivido y visto mundo. Chico Chandler miró a su amigo con envidia.

-Todo es alegría en París -dijo Ignatius Gallaher-. Los franceses creen que hay que gozar la vida. ¿No crees que tienen razón? Si quieres gozar la vida como es, debes ir a París. Y déjame decirte que los irlandeses les caemos de lo mejor a los franceses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, muchacho, me querían comer.

Chico Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso.

-Pero, dime -le dijo-, ¿es verdad que París es tan... inmoral como dicen?

Ignatius Gallaher hizo un gesto católico con la mano derecha.

-Todos los lugares son inmorales -dijo-. Claro que hay cosas escabrosas en París. Si te vas a uno de esos bailes de estudiantes, por ejemplo. Muy animados, si tú quieres, cuando lascocottes se sueltan la melena. Tú sabes lo que son, supongo.

-He oído hablar de ellas- dijo Chico Chandler.

Ignatius Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza.

-Tú dirás lo que quieras, pero no hay mujer como la parisina. En cuanto a estilo, a soltura.

-Luego es una ciudad inmoral -dijo Chico Chandler, con insistencia tímida-. Quiero decir, comparada con Londres o con Dublín.

-¡Londres! -dijo Ignatius Gallaher-. Eso es media mitad de una cosa y tres cuartos de la otra. Pregúntale a Hogan, amigo mío, que le enseñé algo de Londres cuando estuvo allá. Ya te abrirá él los ojos... Tommy, viejo, que no es ponche, es whisky: de un solo viaje.

-De veras, no...

-Ah, vamos, que uno más no te va a matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo, supongo?

-Bueno... vaya...

-François, repite aquí... ¿Un puro, Tommy?

Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos encendieron sus cigarros y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos.

-Te voy a dar mi opinión -dijo Ignatius Gallaher, al salir después de un rato de entre las nubes de humo en que se refugiara-, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades! He oído de casos... pero, ¿qué digo? Conozco casos de... inmoralidad...

Ignatius Gallaher tiró pensativo de su cigarro y luego, con el calmado tono del historiador, procedió a dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración imperante en el extranjero. Pasó revista a los vicios de muchas capitales europeas y parecía inclinado a darle el premio a Berlín. No podía dar fe de muchas cosas (ya que se las contaron amigos), pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni clases ni alcurnia. Reveló muchos secretos de las órdenes religiosas del continente y describió muchas de las prácticas que estaban de moda en .la alta sociedad, terminando por contarle, con detalle, la historia de una duquesa inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico Chandler se quedó pasmado.

-Ah, bien -dijo Ignatius Gallaher-, aquí estamos en el viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada.

-¡Te debe parecer muy aburrido -dijo Chico Chandler-, después de todos esos lugares que conoces!

-Bueno, tú sabes -dijo Ignatius Gallaher-, es un alivio venir acá. Y, después de todo, es el terruño, como se dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle cariño. Es muy humano... Pero dime algo de ti. Hogan me dijo que habías... degustado las delicias del himeneo. Hace dos años, ¿no?

Chico Chandler se ruborizó y sonrió.

-Sí -le dijo-. En mayo pasado hizo dos años.

-Confío en que no sea demasiado tarde para ofrecerte mis mejores deseos -dijo Ignatius Gallaher-. No sabía tu dirección o lo hubiera hecho entonces.

Extendió una mano, que Chico Chandler estrechó.

-Bueno, Tommy -le dijo-, te deseo, a ti y a los tuyos, lo mejor en esta vida, viejito: toneladas de plata y que vivas hasta el día que yo te pegue un tiro. Estos son los deseos de un viejo y sincero amigo, como tú sabes.

-Yo lo sé -dijo Chico Chandler.

-¿Alguna cría? -dijo Ignatius Gallaher. Chico Chandler se ruborizó otra vez.

-No tenemos más que una -dijo.

-¿Varón o hembra?

-Un varoncito.

Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda.

-Bravo, Tommy -le dijo-. Nunca lo puse en duda.

Chico Chandler sonrió, miró confusamente a su vaso y se mordió el labio inferior con tres dientes infantiles.

-Espero que pases una noche con nosotros -dijo-, antes de que te vayas. A mi esposa le encantaría conocerte. Podríamos hacer un poco de música y...

-Muchísimas gracias, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana por la noche.

-¿Tal vez esta noche...?

-Lo siento muchísimo, viejo. Tú ves, ando con otro tipo, bastante listo él, y ya convinimos en ir a echar una partida de cartas. Si no fuera por eso...

-Ah, en ese caso...

-Pero, ¿quién sabe? -dijo Ignatius Gallaher, considerado-. Tal vez el año que viene me dé un saltito, ahora que ya rompí el hielo. Vamos a posponer la ocasión.

-Muy bien -dijo Chico Chandler-, la próxima vez que vengas tenemos que pasar la noche juntos. ¿Convenido?

-Convenido, sí -dijo Ignatius Gallaher-. El año que viene si vengo, parole d'honneur.

-Y para dejar zanjado el asunto -dijo Chico Chandler-, vamos a tomar otra.

Ignatius Gallaher sacó un relojón de oro y lo miró.

-¿Va a ser ésa la última? -le dijo-. Porque, tú sabes, tengo una c.t.

-Oh, sí, por supuesto -dijo Chico Chandler.

-Entonces, muy bien -dijo Ignatius Gallaher-, vamos a echarnos otra como de deoc an doirus, que quiere decir un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece.

Chico Chandler pidió los tragos. El rubor que le había subido a la cara hacía unos momentos, se le había instalado. Cualquier cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se sentía caliente, excitado. Los tres vasitos se le habían ido a la cabeza y el puro fuerte de Gallaher le confundió las ideas, ya que era delicado y abstemio. La excitación de ver a Gallaher después de ocho años, de verse con Gallaher en Corless's, rodeados por esa iluminación y ese ruido, de escuchar los cuentos de Gallaher y de compartir por un momento su vida itinerante y exitosa, alteró el equilibrio de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el contraste entre su vida y la de su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba por debajo suyo en cuanto a cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa mejor que lo hacía o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedestre, con tal de que le dieran una oportunidad. ¿Qué se interponía en su camino? ¡Su maldita timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad. Podía ver lo que había detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación. Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba perdonando a Irlanda con su visita.

El camarero les trajo la bebida. Chico Chandler empujó un vaso hacia su amigo y tomó el otro, decidido.

-¿Quién sabe? -dijo al levantar el vaso-. Tal vez cuando vengas el año que viene tenga yo el placer de desear una larga vida feliz al señor y a la señora Gallaher.

Ignatius Gallaher, a punto de beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó sus labios rotundamente, dejó el vaso y dijo:

-Nada que temer por ese lado, muchacho. Voy a correr mundo y a vivir la vida un poco antes de meter la cabeza en el saco... si es que lo hago.

-Lo harás un día -dijo Chico Chandler con calma.

Ignatius Gallaher enfocó su corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo.

-¿Tú crees? -le dijo.

-Meterás la cabeza en el saco -repitió Chico Chandler, empecinado-, como todo el mundo, si es que encuentras mujer.

Había marcado el tono un poco y se dio cuenta de que acababa de traicionarse; pero, aunque el color le subió a la cara, no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó por un momento y luego dijo:

-Si ocurre alguna vez puedes apostarte lo que no tienes a que no va a ser con claros de luna y miradas arrobadas. Pienso casarme por dinero. Tendrá que tener ella su buena cuenta en el banco o de eso nada.

Chico Chandler sacudió la cabeza.

-Pero, vamos -dijo Ignatius Gallaher con vehemencia-, ¿quieres que te diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana mismo puedo conseguir las dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías podridas de dinero, que lo que más querrían... Espera un poco, mi amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido. Cuando yo me propongo algo, lo consigo. Espera un poco.

Se echó el vaso a la boca, terminó el trago y se rió a carcajadas. Luego, miró meditativo al frente, y dijo, más calmado:

-Pero no tengo prisa. Pueden esperar ellas. No tengo ninguna gana de amarrarme a nadie, tú sabes.

Hizo como si tragara y puso mala cara.

-Al final sabe siempre a rancio, en mi opinión -dijo.

Chico Chandler estaba sentado en el cuarto del pasillo con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían criados, pero la hermana menor de Annie, Mónica, venía una hora, más o menos, por la mañana y otra hora por la noche para ayudarlos. Pero hacía rato que Mónica se había ido. Eran las nueve menos cuarto. Chico Chandler regresó tarde para el té y, lo que es más, olvidó traerle a Annie el paquete de azúcar de Bewley's. Claro que ella se incomodó y le contestó mal. Dijo que podía pasarse sin el té, pero cuando llegó la hora del cierre de la tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra de té y dos libras de azúcar. Le puso el niño dormido en los brazos con pericia y le dijo:

-Ahí tienes, no lo despiertes.

Sobre la mesa había una lamparita con una pantalla de porcelana blanca y la luz daba sobre una fotografía enmarcada en cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Chico Chandler la miró, deteniéndose en los delgados labios apretados. Llevaba la blusa de verano azul pálido que le trajo de regalo un sábado. Le había costado diez chelines con once; ¡pero qué agonía de nervios le costó! Cómo sufrió ese día esperando a que se vaciara la tienda, de pie frente al mostrador tratando de aparecer calmado mientras la vendedora apilaba las blusas frente a él, pagando en la caja y olvidándose de coger el penique de vuelto, mandado a buscar por la cajera, y, finalmente, tratando de ocultar su rubor cuando salía de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando le trajo la blusa, Annie lo besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero cuando él le dijo el precio, tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un atraco cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla, pero cuando se la probó quedó encantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro beso y le dijo que era muy bueno al acordarse de ella.

¡Hum!...

Miró en frío los ojos de la foto y en frío ellos le devolvieron la mirada. Cierto que eran lindos y la cara misma era bonita. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué eran tan de señorona inconsciente? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban: no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que dijo Gallaher de las judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, tan llenos de pasión, de anhelos voluptuosos... ¿Por qué se había casado con esos ojos de la fotografía?

Se sorprendió haciéndose la pregunta y miró, nervioso, alrededor del cuarto. Encontró algo mezquino en el lindo mobiliario que comprara a plazos. Annie fue quien lo escogió y a ella se parecían los muebles. Las piezas eran tan pretenciosas y lindas como ella. Se le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿Podría escapar de la casita? ¿Era demasiado tarde para vivir una vida aventurera como Gallaher? ¿Podría irse a Londres? Había que pagar los muebles, todavía. Si sólo pudiera escribir un libro y publicarlo, tal vez eso le abriría camino.

Un volumen de los poemas de Byron descansaba en la mesa. Lo abrió cauteloso con la mano izquierda para no despertar al niño y empezó a leer los primeros poemas del libro.

Quedo el viento y queda la pena vespertina,

Ni el más leve céfiro ronda la enramada,

Cuando vuelvo a ver la tumba de mi Margarita

Y esparzo las flores sobre la tierra amada.

Hizo una pausa. Sintió el ritmo de los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta melancolía! ¿Podría él también escribir versos así, expresar la melancolía de su alma en un poema? Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo...

El niño se despertó y empezó a gritar. Dejó la página para tratar de callarlo: pero no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos se hicieron más penetrantes. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de leer la segunda estrofa:

En esta estrecha celda reposa la arcilla,

Su arcilla que una vez...

Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El grito del niño le perforaba los tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a cadena perpetua. Sus brazos temblaron de rabia y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:

-¡Basta!

El niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Se levantó de su silla de un salto y dio vueltas presurosas por el cuarto cargando al niño en brazos. Sollozaba lastimoso, desmoreciéndose por cuatro o cinco segundos y luego reventando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto hacían eco al ruido. Trató de calmarlo, pero sollozaba con mayores convulsiones. Miró a la cara contraída y temblorosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipidos sin parar y se llevó el niño al pecho, asustado. ¡Si se muriera!...

La puerta se abrió de un golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante.

-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -exclamó.

El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto.

-No es nada, Annie... nada... Se puso a llorar.

Tiró ella los paquetes al piso y le arrancó el niño.

-¿Qué le has hecho? -le gritó, echando chispas.

Chico Chandler sostuvo su mirada por un momento y el corazón se le encogió al ver odio en sus ojos. Comenzó a tartamudear.

Sin prestarle atención, ella comenzó a caminar por el cuarto, apretando al niño en sus brazos y murmurando:

-¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito! ¿Te asustaron, amor?... ¡Vaya, vaya, amor! ¡Vaya!... ¡Cosita! ¡Corderito divino de mamá!... ¡Vaya, vaya!

Chico Chandler sintió que sus mejillas se ruborizaban de vergüenza y se apartó de la luz. Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más; y lágrimas de culpa le vinieron a los ojos.

James Joyce (1882-1941), escritor irlandés reconocido mundialmente como uno de los más importantes e influyentes del siglo XX. Joyce es aclamado por su obra maestra: la compleja novela “Ulises”, y por su controvertida novela posterior, Finnegans Wake. Igualmente es autor de numerosos cuentos.

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