jueves, 12 de junio de 2014

El pecado de la rebeldía, el pecado de la tiranía

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



(a los jóvenes rebeldes humillados y castigados por el Derecho Inquisitorial, por ser distintos, por pensar, por sentir, por cantar. Libertad, ¡ya!)

Se dice cuando a uno bueno le recriminan mucho por una leve culpa o ninguna, y otros insolentes, depredadores y chulos del tesoro robado no son castigados por culpas más graves, o la misma, importándoles un bledo la ruptura del pacto social amelgado y aceptando el poder absoluto de los mecereyes, la injusticia y, finalmente, la traición a la historia como premonición del porvenir de un tiempo sin esperanza, en que el contrato social ha sido conculcado por la injusticia y la tiranía, en la posición de Rousseau y Ramsay, no valiéndole a uno la “Bula de Meco”, no teniendo remedio el mal, daño o perjuicio que se padece o que va a ocurrirnos. (Es gracioso escuchar una conversación a tres en la puerta de la Escuela Oficial de Idiomas, en calle Batalla de Villalar, de Burgos, referida a las pasadas elecciones europeas. Decía un “prenda” que en España no se ha votado tanto la extrema derecha como en otros países”; respondiéndole un “alhaja” “ que en España no se vota tanto esta opción porque el misticismo fascista nos cobija bajo palio”; concluyendo un “premioso”, gravoso, molesto “que de cada uno de los dos se saca la conclusión) .

Parafraseando a Voltaire (Ensayo sobre las costumbres), y contraviniéndole, el futuro pasado si fue un reino de brutalidad y de necedad de los hombres; pero el presente indefinido, mucho más maula, tramposo, embustero y trápala, es un despertar cada día con el mamporrero y el toque de Campanas, el golpear de las porras y el asedio del badajo anunciador del mito fundamental de la historia universal, el mito de que “el ser humano es un burro a azotar”. Mito que descifraron san Agustín, Vico, Hegel, Marx, Voltaire.

Y, el cuento es que días tras día, jóvenes, y rebeldes, han pacido en unos sembrados de Internet o medios, plantando florecillas y arbustillos como “A tu tierra grulla, aunque sea en una pata”; “en tierra ajena la vaca al buey acornea”; “no me toques los cojones, Romanones”; “ me cago en la perrita Marilyn”; y fueron presos agarrados por los pelos, humillados, pues, pasando sin casualidad unos “rebezos”, por la gracia del chivar, les dieron humazo y pelotazos, alcanzando hasta la libertad, agarrándola como a lentejuela o porreta de la mies, infligiéndoles un daño atroz, quebrando, como siempre, la soga por lo más delgado”, y “haciendo pagar a justos por pecadores”.

Cuando el poeta Yeats, en su “El Jardín”, escribe:

“Locke se desvaneció
El jardín murió
Dios tomó la máquina de hilar
Y le apartó de su lado”

nos descubre que la Libertad se desvaneció, el jardín de la vida murió, la tiranía tomó la máquina de torturar y utilizó con la chulería de su dogmático ego de ánimo cruel, criminal e inquisidor que produce y condiciona la manera de ser y de pensar del represor, a pesar de ellos y contra ellos, como explicó Kafka en “El Proceso”. Aniquilar la mente es el buen pecado de la tiranía. Aniquilar esta nuestra mente que muy explícito describió el poeta:

“La mente, ese océano donde cada especie
En seguida encuentra su propia imagen
Pero, trascendiéndolas, crea
Otros mundos lejanos, otros mares
Reduciendo todo lo existente
A una idea verde en sombra verde”,

de Rebeldía, de Libertad.

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Un árbol de Noel y una boda

Fiodor Dostoyevski



Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.

Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.

Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!

Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.

Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.

Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.

Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.

"Trescientos..., trescientos... -murmuraba-. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Hum!"

Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.

-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.

-Estamos jugando...

-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.

El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.

-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.

-Sí, una muñequita... -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño.

-Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?

-No... -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.

-Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.

-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.

-No.

-Pues para que seas buena y cariñosa.

Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:

-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.

-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!

-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.

En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.

-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!

El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.

El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.

-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle... -empezó, señalando al pequeño.

-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.

-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...?

-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero...

-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto...

-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.

Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.

Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.

-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.

Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.

-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.

***

Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.

Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto...

"¡Le salió bien la cuenta!”, pensé yo, y me salí a la calle.

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Plástica. Desde Grecia: Yannis Tsarouchis



Yannis Tsarouchis, nacido en El Pireo en 1910, está considerado como uno de los más importantes pintores griegos del siglo XX. Miembro destacado de la llamada "Generación del 30", muchos son los que afirman que es el padre de la escuela de pintura griega contemporánea.

Tsarouchis estudió en la Escuela Superior de Arte de Atenas, entre 1929 y 1935. Paralelamente a sus estudios en la escuela, fue también alumno de Fotis Kontoglou, quien le introdujo en el estudio de la iconografía bizantina. Al mismo tiempo también profundizó en el estudio de la arquitectura popular y las vestimentas tradicionales griegas. Al lado de artistas como Pikionis, Kontoglou y Hatzimihalis, Tsarouchis liderará el movimiento por la introducción de la tradición griega en la pintura.

Durante el periodo 1935-1936 visita Estambul, París e Italia. En sus visitas a diferentes museos, entra en contacto con las obras del Renacimiento y del Impresionismo, así como también con las corrientes artísticas de su época. Descubre también las obras del pintor popular Theofilos y conoce a artistas como Matisse y Giacometti.

En 1936 regresa a Grecia y dos años más tarde realiza su primera exposición personal en Atenas. En 1940 toma parte en la guerra contra la ocupación italiana. En 1947 realiza dos exposiciones personales con acuarelas y bocetos para decorados teatrales.

En 1949, junto a otros artistas como Yiannis Móralis, Hadjikyriakos-Ghikas, Nikos Nikolaou, Nikos Engonopoulos y Panayiotis Tetsis, crea el grupo"Armós". En 1951 expone en París y Londres. Un año después, el British Council de Atenas le dedica su primera retrospectiva. En 1958 representa a Grecia en la Bienal de Venecia.

Paralelamente a su trabajo como pintor, Tsarouchis (un gran aficionado al teatro) diseña decorados para producciones en la Scala de Milán, el Covent Garden de Londres y el Festival de Aviñón en Francia. A su regreso a Grecia, a mediados de la década de los 70, diseña decorados para la ópera "Medea" de Cherubini, que se representó con enorme éxito en el anfiteatro de Epidauros.

Tsarouchis nos presenta en su arte la alegría y los placeres de la vida. Consigue como nadie combinar las técnicas y la visión que había aprendido de los pintores impresionistas con su pasión por las esculturas clásicas helénicas, por el arte bizantino (que representa el lado oriental de la estética griega), por las artes populares, el teatro de sombras y los iconos religiosos.

Es también Tsarouchis el Kavafis de la pintura. Reconocido homosexual, es una constante en su obra su obsesión por el cuerpo masculino. El pintor retrataba incesantemente a soldados y marineros que encontraba en las tabernas de El Pireo y de Plaka. Son soldados en tiempos de paz. Soldados aburridos, que toman café, que leen libros y cartas, que bailan, que se miran al espejo o simplemente yacen desnudos entre sábanas revueltas.

En 1982 se inauguró en el suburbio ateniense de Maroussi el Museo-Fundación que lleva su nombre y que tiene como sede la propia casa del artista. Tsarouchis murió en 1989 como consecuencia de la esclerosis múltiple que padecía.

En el siguiente vídeo se pueden contemplar algunas de las obras de Yannis Tsarouchis. Aconsejo especial atención a la serie de los doce meses del año, que el artista realizó empleando la técnica de la iconografía bizantina y en la cual se representó a sí mismo como alegoría del mes de diciembre. La música es de Manos Hatzidakis.

Ver su obra aquí.

Fuente: http://lapasiongriega.blogspot.com/2008/04/yiannis-tsarouchis.html

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En el País de la Poesía

Luis Novelli (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



País de la poesía I

En el país de la poesía, hay niños voladores, mujeres pájaro y hombres pez. Hay otros seres poéticos que luchan por un mundo libre: dragones de fuego, pájaros de viento, ciervos de tierra roja, lagartos de lluvia y humanos de sangre muy caliente con un puño en alto.

País de poesía II

En el país de la poesía, hay una palabra luminosa y secreta, que ningún poeta aún, ha logrado descubrir.

País de poesía III

En el país de la poesía, la palabra 'perro' no sólo ladra, también muerde. Y en ciertas ocasiones, cuando algún poeta hace maullar su gato de tinta desde un techo del vecindario, levanta las orejas y se dispone en posición de ataque.

País de poesía IV

En el país de la poesía, hay un gran lagarto verde con ojos de mujer, alas de gaviota y fauces de fuego que no es un monstruo.

País de poesía V

En el país de la poesía, los hombres-palabra seducen a las mujeres-poesía con gestos apasionados.

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La Gioconda descansando…

ARGENPRESS CULTURAL

Bueno…, cualquiera se cansa y tiene derecho a reposar un poco, ¿no?



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Humor musical: El bajo eléctrico

El bajo eléctrico es un instrumento musical de acompañamiento de cuatro o más cuerdas eléctrico; hermano menor del contrabajo. A lo largo del tiempo, han tratado de imitar su sonido dando resultados fallidos como el Guitarrón mexicano o el stick bass. Este instrumento siempre le ha tenido envidia a su eterna rival: la guitarra, ya que ésta se lleva todo el protagonismo.

Partes del bajo

Cuerpo: es la base del instrumento, pesa entre 20 y 48 kilos y puede ser de distintos materiales: maple, uranio, palo de rosa o carne de perro, estereofón.

Mástil: es la extensión del cuerpo y en él chocan las cuerdas.

Pastillas electromagnéticas: cápsulas o micrófonos, amplifican el sonido producido por las cuerdas.

Cuerdas: son hechas de tornillos de una aleación entre acero y oro oriental. Son las artificies del sonido al producir vibraciones, después se les aumenta la intensidad con las cápsulas.

Perillas giratorias: con éstas se cogen el volumen, el eco y el grado de distorsión temporal al producirse el sonido.

Trastes: sirve para ubicarse en el mástil.

Correa: con ella se puede afirmar el bajo a la espalda del bajista. La forma de adornarla delata la tendencia musical del bajista:

• Puntas y pirámides (Punks)
• Estrellas (Emos)
• Banderas del Reino Unido (Brit Pop)
• Penes (Transexuales)
• Svásticas (Neonazis)
• Estrellas invertidas con sangre (Blackers)
• Arcoiris (LGBT)
• Palmeras (Sonero Mayor)
• Taches (Sadomasoquista)
• Correas de la misma marca del bajo (Desgraciado sodomizado por la misma marca)
• Normal (Bajista "inintimidable")

Hay distintas técnicas para tocar el bajo: Slap, tapping, uñeta y fretless

Bajistas Famosos

Jaco Pastorius

Bootsy Collins

Gene Simmons

Les Claypool

Flea

John Entwistle

Victor Wooten

Paul McCartney

John Paul Jones

Geddy Lee

Tony Levin

John Miau

Cliff Burton

Steve Harris

Fuente: http://inciclopedia.wikia.com/wiki/Bajo

Algunos ejemplos de bajistas:

1. Jaco Pastorius

2. Bootsy Collins

3. John Entwistle

4. Victor Wooten

5. Improvisaciones


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El salvador: Reconciliación y economía inclusiva

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El Salvador ha elegido presidente, en segunda vuelta, a Salvador Sánchez Cerén, del Frente de Liberación Farabundo Martí (FLFM). Anuncia impulsar una economía inclusiva: “La unión entre gobierno, empresarios, trabajadores y las fuerzas políticas generará más inversiones y empleos”.



Roque Dalton, escritor y periodista salvadoreño (1935-1975), asesinado en la guerra interna, perteneció a la llamada Generación Comprometida de los años 50 y alentó el interés por la historia de su nación y un cambio en la estética de su literatura. En su poesía trunca escribió:

“País mío no existes/ sólo eres una mala silueta mía/ una palabra que le creí al enemigo/Antes creía que solamente eras muy chico/ que no alcanzabas a tener de una vez/Norte y Sur/ pero ahora sé que no existes/ y que además parece que nadie te necesita/ no se oye hablar a ninguna madre de ti/ Ello me alegra/ porque prueba que me inventé un país/ aunque me deba entonces a los manicomios/ Soy pues un diosecillo a tu costa (Quiero decir: por expatriado yo, tú eres ex patria)”

De ese discurso emerge el proyecto de un Estado democrático, que haga posible atender las demandas sociales y que el capital cumpla a cabalidad con las leyes y convenios.

Los países de UNASUR, con diferentes estilos, se proponen la modernización de América Latina. Los aportes de Dilma Rousseff y José Mujica y ahora del nuevo gobernante centroamericano, tres ex guerrilleros, confirman una realidad que es parte de la Historia.

El FMLN fue la principal fuerza política de oposición de El Salvador, entre 1992 y 2009, cuando logra su acceso al Legislativo con 35 de los 84 miembros. Se constituye en un partido legal con los “Acuerdos de Paz de Chapultepec y fin de la guerra civil: 1992”. El Acuerdo de Ginebra, en abril del año siguiente, firmado en presencia del Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, marcó el proceso de paz, con un programa y un calendario.

Los historiadores difieren que el conflicto interno produjo entre 7,000 y 30,000 personas. El proceso de paz fue iniciado por el FMLN con su propuesta de negociación del fin de la guerra, en Washington 1989, que después dio lugar al ingreso de varios miles de salvadoreños para vivir y laborar en los EEUU.

El nuevo gobernante, como firmante de ese Acuerdo de Paz, reitera promover una sociedad abierta a la negociación, al diálogo y al debate permanente y respetuoso de las ideas. Asegura que Monseñor Óscar Romero guiará a su gobierno, porque fue quien siempre buscó la reconciliación nacional, siendo víctima de la violencia. El Salvador actual se ha estructurado en torno a dos fuerzas políticas principales: FMLN y Alianza Republicana Nacionalista - ARENA.

El Frente de Liberación Farabundo Martí (FLFM), nombre de un líder campesino asesinado por la Policía Salvadoreña, anuncia que impulsará una economía inclusiva, con énfasis en la transformación productiva que permita la generación de una mayor riqueza y de los empleos que el país necesita.

El FLFM nació como un organismo de coordinación de las cinco organizaciones que participaron en la guerra civil contra el gobierno militar de la época. Se constituye en un partido legal a partir de los “Acuerdos de Paz de Chapultepec y fin de la guerra civil: 1992” y ahora alienta el desarrollo con equidad, es decir una reconciliación nacional.

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El fantasma de Cortázar en un parque

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Creo que de los pocos escritores que uno puede leer mientras sienta sus cansancios en la banca de un parque, es a Julio Cortázar. La afirmación, por supuesto, es arbitraria y carece de demostraciones matemáticas y, con mayor razón, literarias. El caso es que hay que seleccionar con precisión, aunque el azar también puede ayudar, cuál libro del autor argentino se va uno a llevar para esa parte de la ciudad que despide aromas vegetales (incluido el de la marihuana), es asilo de pájaros y de uno que otro loco, indigente o vago, y en la cual todavía existe la posibilidad de apreciar la autonomía de vuelo de las hojas secas y de alguna mariposa exiliada. De entrada, lo ideal es no cargarse a Rayuela. Exige mayor concentración. Y en esos lugares uno está predispuesto a extraviarse con facilidad. A perderse por los laberintos que forman las jardineras y las sombras de los árboles. Y, en ocasiones, a esfumarse con las últimas luces de la tarde (la luz malva de la tarde, diría “Julito”). Porque, dice uno, las mejores horas para estar en un parque son las próximas al ocaso. Tampoco debe uno hacerse acompañar por Los premios ni por 62 Modelo para armar. Y no me pregunten por qué. Lo más emocionante está en los relatos cortos.

Cualquiera muy avisado podría alegar que también, por ejemplo, Juan José Arreola y Augusto Monterroso son apropiados para leerlos en un parque. Otro podría aducir, con sobradas razones, que algunas brevedades de Rulfo y Borges son igualmente propicias para el efecto. Y la lista podría no tener fin. Lo que quiero exponer, sin abundar en palabras, es que uno puede descubrir todas las facetas de ese espacio público verde-gris, rectangular las más de las veces, si tiene consigo un texto corto cortazariano. Usted puede probarlo con esa suerte de atrocidad que es Cefalea. O con cualquier otro. Lo importante es no perder la pista de lo que pasa alrededor.

Y mientras se está en la deliciosa faena de inmiscuirse en el mundo fantástico del autor de El perseguidor, es indispensable, con determinada regularidad, levantar los ojos del libro y posar la mirada en las piernas de las colegialas. Siempre habrá una muchacha que pasa. Luego, si observa a su derecha (casi todos giran con frecuencia hacia ese lado), podrá ver como las hojas de un almendro o un laurel se transforman en extrañas golondrinas verdes. La ciencia, hasta donde sé, no ha podido explicar todavía esa ilusión óptica. La clave, sin embargo, está en uno de los relatos del cronopio mayor.

El experimento lo realicé, con estupendos resultados, hace algún tiempo en un parque de Medellín. No solo vi pájaros de colores insólitos, sino que el paisaje se me volvió más ancho. La geografía de un parque es insospechada. Mientras me hundía en la mortal exactitud de Los amigos, sentí cómo sobre mi cuello se deslizaba lo que resultó ser un gusanito. Al principio, creí que se trataba de una agresión inesperada, pero al cabo de unos segundos (tal vez varios minutos) supe que me estaba confundiendo con la naturaleza del lugar. Yo era un árbol, quizá un poco raro para el bicho. Y no hubo líos entre los dos. Después, terminada la lectura del relato mencionado, tuve la impresión de que el parque se alargaba con los pasos sensuales de una mujer que portaba un bolso negro y vestía una falda breve, que dejaba ver en ella más de lo que cubría. La seguí con la mirada hasta que su figura tomó la forma de una pared esquinera.

Creo, por otra parte, que un parque tiene más extensión de la que aparenta. A veces se torna horizonte. A veces, cielo. O vuelo de abejas. Mientras acariciaba con nerviosismo un libro de cortazarianos relatos, comprendí que un parque tiene sabores: sabe a yerba reseca y maltratada, y a manzanas verdes. También a flores muertas y a mango biche. Supe, o intuí, que tiene múltiples ojos, y que sus bancas poseen la increíble capacidad de conversar. En un parque hay canas que brillan con los últimos soles del día y gritos nuevos y contentos que corren uno tras otro, como caballitos de tiovivo.

Si uno lee Bestiario verá en ese parque hormigas y caracoles y un tigre. Y si lo desconcentra la brisa vespertina contra la cara, observará que hay tanta belleza alrededor, como nadie la imaginó. Creo que los parques se hicieron para leer relatos de Cortázar y para que los crepúsculos de la ciudad sean menos tristes.

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Reír y llorar

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Los que ríen
ríen de lo que tendría que ser
pero no es.
De lo diferente
de lo extraño
de la gente.

Los que lloran
lloran por lo que dejó de ser.
La barriga calentita
en que flotaban.
Por aquel último chau.
Por aquello que era
y ya no es.

¿Y si llorar
fuese la risa
del ojo
y reír
el llanto
de la boca?

Así que
 a llorar
porque se ríe
y a reír
porque se llora.

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Fotografía. Gustavo Mata: “El mar y sus connotaciones afectivas”, una exposición de imágenes en Flickr

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Ver imágenes aquí: https://flic.kr/y/KcKhkj

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Valentín Tepliakov, el artista que juntó a Chéjov y Piazzola

María Dunaeva (RIA NOVOSTI, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Juntar dos grandes obras y a dos clásicos, Las Tres Hermanas del ruso Antón Chéjov y Adiós, Nonino del argentino Astor Piazzolla, sin traicionar el espíritu de ninguno, fue uno de los frutos de los seminarios que impartió en América Latina, Portugal, China y la India Valentín Tepliakov, director de teatro ruso y durante una veintena de años decano de la Facultad de Interpretación de la Academia de Arte Teatral (GITIS), una de las más prestigiosas de Rusia. Hoy comparte con Nóvosti los recuerdos de sus vivencias latinoamericanas.



La puesta en escena de Las Tres Hermanas fue resultado de su primer viaje al continente sudamericano, a Buenos Aires. Alguien le regaló un casete de Astor Piazzolla, a quien nunca antes había oído. Le encantó. Escuchó otra pieza, y otras más. Y luego, en dos de sus estudiantes de la Escuela Nacional de Arte Dramático, Silvina Mañanes y Silvina Zorzoli, reconoció a la Masha e Irina chejovianas.

Fue a ver al rector y le dijo que iba a montar el espectáculo en dos o tres semanas. Carlos Gandolfo le respondió: “Imposible en tan poco tiempo”.

Tepliakov lo consiguió. Lo primero que hizo fue pedir a todos los actores que seleccionó traer grabaciones de Piazzolla, y construyó el espectáculo al puro estilo argentino, con el tango de protagonista en los momentos cruciales de la representación.

“Para mí fue muy importante conseguir una fusión natural”, dice el director, y recuerda satisfecho que la obra conmovió a los espectadores.

Cuando al cabo de un par de semanas el rector y la dirección de la escuela vieron el trabajo, quedaron tan impresionados que propusieron estrenar el espectáculo en el Teatro Nacional Cervantes. Tepliakov aceptó, pero a condición de que la sala fuese pequeña, parecida al local en donde habían ensayado los actores.

En 1995 la obra se mostró en Moscú, en el marco del festival de Escuelas de Teatro Podium y cosechó grandes elogios de la prensa especializada.

“Volví a Argentina con un taller al cabo de unos diez años, y la famosa actriz argentina Dora Baret me dijo: “Señor Valentín, usted fue el primero en mostrarnos cómo se puede reunir a Chéjov, el tango y a Piazzola”, recuerda Tepliakov.

Después de Argentina, también visitó Uruguay, Brasil y Chile e impartió clases de interpretación. También montó Los Bajos Fondos de Gorki en Buenos Aires, y, por primera vez en América Latina, Ivanov de Chéjov en Montevideo.

Allí, en América Latina, dice, lo que más le impresionó fue la gente.

“Para mí como artista lo más importante es comprender a las personas, sentir el ambiente… No pretendo llegar para enseñar, instruir, inculcar… Siempre voy a aprender, para que algo cambie dentro de mí”, subrayó.

Para Tepliakov, los latinoamericanos “saben superar con dignidad las dificultades que la vida les depara”, son “sinceros, simpáticos y diferentes”.

De todos los viajes que hizo, uno de los más emocionantes fue a Chile.

En los años setentas, impresionado por el golpe de Estado de Pinochet, realizó el montaje de un espectáculo, Invocación, basado en poemas de Pablo Neruda y otros poetas hispanos.

“Me impresionó que después de que dejaran salir a las mujeres, Salvador Allende también propuso a sus guardias que se fueran –entraban en el Grupo de Amigos Personales y sus nombres no se conocen– pero ellos se negaron a abandonar el palacio”, cuenta.

“Me emocionó mucho” dice, pues “sabían perfectamente que si se quedaban ya no saldrían con vida”.

Desde entonces soñó con Santiago. Cuando llegó y en el aeropuerto le preguntaron adónde le gustaría ir primero, respondió: “A La Moneda”.

Además, inesperadamente, la capital chilena, rodeada de montañas, le recordó la ciudad de su infancia, Nalchik, en el Cáucaso ruso.

El teatro que vio en los países latinoamericanos funde varias tradiciones nacionales, “a veces parecidas como la española y la italiana, pero no similares”.

“Creo que el teatro latinoamericano conserva la tradición de Europa Occidental, que a principios del siglo XX se formó bajo una fuerte influencia de Stanislavski, del teatro ruso”, opina.

Y los actores de los cuatro países latinoamericanos donde trabajó, con toda su “gran sinceridad y pasión”, “anhelan conocer la escuela rusa y por su veracidad de interpretación”, comenta.

A diferencia de Rusia, donde su sistema es la base de la preparación del actor, en las escuelas hispanas de teatro Stanislavski se imparte como estética y se interpreta como “un teatro naturalista y costumbrista”, algo que, a juicio de Tepliakov es “absolutamente erróneo”.

“Intenté convencerles de que Stanislavski es un teatro latente, un método que se debe vivir”, señala.

Fuente imagen: RIA NOVOSTI

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Música: Distintas versiones de las “Czardas” de Monti

ARGENPRESS CULTURAL



La obra, original para violín y piano, titulada “Czardas”, del italiano Vittorio Monti, que recrea ese baile tradicional de origen húngaro, es una de las piezas musicales de mayor complejidad técnica. Su ejecución requiere de un muy alto grado de maestría en el manejo del instrumento con que se toque, dado lo endemoniadamente difícil de su interpretación.

Presentamos aquí una colección de versiones con los más diversos instrumentos (cuerda frotada, cuerda pulsada, viento, teclado, incluso percusión como la marimba, banda de rock, orquestas diversas), todas ejecuciones de altísima calidad.

¡Que las disfrutes!

1. Violín: https://www.youtube.com/watch?v=L3fYZDqb7qw
2. Clarinete: https://www.youtube.com/watch?v=9rqsfzy9i6I
3. Guitarra: https://www.youtube.com/watch?v=0ONndN-qdLA
4. Mandolina: https://www.youtube.com/watch?v=gmMdiMfENNw
5. Tuba y trombón: https://www.youtube.com/watch?v=eKuU21P5EkQ
6. Flauta traversa: https://www.youtube.com/watch?v=CAMZQL9uVyI
7. Acordeón: https://www.youtube.com/watch?v=YVHVncI4DYc
8. Piano: https://www.youtube.com/watch?v=eGG-PAL_RcQ
9. Orquesta sinfónica: https://www.youtube.com/watch?v=tacjGSNzs-g
10. Marimba: https://www.youtube.com/watch?v=9j90DawynK4
11. Guitarra eléctrica: https://www.youtube.com/watch?v=QPnWkc8B6xo
12. Flauta dulce: https://www.youtube.com/watch?v=CwSWIZ6V6pY
13. Charango: https://www.youtube.com/watch?v=neQ-cUa_2xQ
14. Banda de rock: https://www.youtube.com/watch?v=vwzUPF5WLfQ
15. Orquesta folklórica: https://www.youtube.com/watch?v=yQvNBpksoas

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Festival Mundial de Poesía en tres paisajes de Venezuela

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Bajo el lema “La letra y la paz” esta edición del encuentro poético reunirá las voces de Argentina, Chile, China, Colombia, Cuba, Brasil, Ecuador, El Salvador, Francia, Jamaica, Kenia, Nicaragua, Palestina, Perú, Sahara Occidental, Siria y Turquía junto a 29 poetas venezolanos, para cantarle a la vida.

Nadie sabe aun que fue primero, si la noche o el verso. Lo cierto es que el paisaje estalla en las palabras que lo nombran, o tal vez resulte que la caricia o la tormenta se hagan una y otra vez en el papel que trata de contenerlos.

Nadie sabe, pero en todo caso la poesía lleva entre sus pliegues el comienzo de aquel primer sonido que luego se hizo palabra o a lo mejor la mirada que luego nació en un beso.

Así lo hemos comprobado a lo largo de estos once años, en los que voces de los cinco continentes vienen a Venezuela a contarnos la tierra y las humanas pasiones que nos convocan siempre y desde tiempos inmemoriales.

Y es que el Festival Mundial de Poesía año a año nos encuentra para preguntarnos la vida y sobre todo para llenarla de versos.

Del 13 al 18 de junio en todos los estados del país se reunirán poetas para ofrecernos ese saber decir que cantando estremece certezas y dudas, porque la poesía cuando llega donde debe llegar no nos deja como antes. Eso tiene precisamente de magia y hechizo.

Homenajes

En cada oportunidad este encuentro que organiza el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, a través de La Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, no solo rinde tributo a lectores de todo el país y ciudadanos desprevenidos que se encuentran queriendo o sin querer con los recitales, talleres de creación y libros que difunden la obra de poetas de aquí y más allá, sino que además sirve de homenaje a escritores venezolanos a los que se dedica el Festival. El encuentro poético pone entonces el acento en la difusión de su obra para que no se nos olviden nunca sus nombres y los versos que se hacen necesarios para pensar y repensar el país desde la ternura y la profundidad de la palabra. Nombres unidos a nuestra memoria han estado durante esta década dedicada a llenar de poesía la geografía enorme de esta Venezuela, entre ellos Ramón Palomares (2006); Ana Enriqueta Terán (2007); Gustavo Pereira (2008); Juan Calzadilla (2009) ; William Osuna (2010); Reynaldo Pérez Só (2011) y Enrique Hernández-D'Jesús (2012). Y justamente en el décimo Festival la poesía le ofrendó sus versos a Hugo Chávez, el más nuestro de los nuestros, el que hizo posible que este evento se hiciera cada año para mostrarnos que este es un país de utopías realizables que ha sabido izar las banderas de la solidaridad y la palabra para conquistar los mejores sueños de los seres humanos. Por cierto, que los diez años del Festival también supieron nombrar la poesía más honda de esta tierra en las voces de “Chelías” Villarroel, Carlos César Rodríguez y José Antonio Escalona Escalona.

Tres quijotes, tres paisajes

En esta oportunidad el Festival Mundial de Poesía nos encuentra con tres voces imprescindibles de las letras venezolanas. Tres poetas, tres lugares y tres paisajes que se dibujan en las páginas y que saben cada cual a su modo nombrarnos.

El primero dice sueños como quien hace llover sobre el Orinoco. Todo en Luis Camilo Guevara es transcurrir de aguas. Así, es el poeta que nació en Tucupita, en 1937. Del río le debe haber quedado el tacto de las corrientes y el rumor de las orillas que se juntan en el Delta formando remansos y caños que despacito llegan al mar. En su palabra estalla la luz que hace sombras sobre los árboles dibujando los fantasmas que cada quien lleva a cuestas y susurran amores y viejas pasiones anidadas en las copas. Festejos y sacrificios; Las cartas del verano; La daga y el dragón; Vestigios rurales, Devociones y un largo y memorioso relato cuyo título definitivo es Aún no se hace firme, son algunos de sus libros.

Edmundo Aray, nació en Maracay en 1936 y es un buscador de palabras, que anda entre poemas, cuentos, ensayos e imágenes y es el segundo de los homenajeados del XI Festival Mundial de Poesía. Pertenece al grupo de los rebeldes con causa que juntando sueños e irreverencias fundó El Techo de la Ballena (1963-1968). Atilio Rey fue el seudónimo que usó para firmar sus artículos de prensa. En él cabe el paso y el abrazo como si la ciudad irrumpiera siempre en sus versos o como si le pesara el andar distraído, por eso lleva memorioso todo lo que sabe de un grito que hace nacer el tiempo que viene.

Entre sus libros se encuentran La hija de Raghú; Nadie quiere descansar; Tierra roja, tierra negra; Cambio de soles; Cantata del Monte Sagrado; Heredades y Mi amado Martí, entre otros. Además, en 1991 obtuvo el Premio Nacional de Cine.

Cuando en la poesía se nombra al llano no hay caso, el nombre de Luis Alberto Crespo anda cabalgando versos repartidos en el aire. El paisaje de este poeta, también homenajeado en esta edición del Festival, nació con él, allá en Carora, en 1941. Periodista, crítico y columnista, Luis Alberto es un poeta que sabe de la heredad de la tierra recién amanecida, de ordeños y cantos, de provocaciones y amores que nacen con el sol para despedir siempre el día cuando atardece calladito el llano inmenso de Venezuela. Para leerlo están sus libros Si el verano es dilatado; Novenario; Costumbre de sequía; Sé y Por nada, pero la lista es más larga. Actualmente es embajador de Venezuela ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Tres paisajes y tres poetas que son lectura necesaria de la literatura de nuestro país en esta edición del Festival Mundial de Poesía, con ellos y con todos hagamos nuestro el lema de este año, “la letra y la paz” que cantan los amores buenos del pueblo venezolano.

Si quiere acceder a la programación del Festival Mundial de Poesía, ver los afiches de ediciones anteriores o ampliar la información, los invitamos a visitar la página web de Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, que actualmente dirige el poeta William Osuna. La dirección es: http://casabello.gob.ve/

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Muralla urbana

Chara Lattuf (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El Torrente pasa sin ser percibido por la calle La Verdad; pero al cruzar en la esquina llega a una pared falsa, casi como una muralla; no lo deja pasar, aunque lo intenta, ese era el nombre de la compañía “El Torrente”, que atendía una llamada, un SOS para derribar o desplazar ese coctel de residuos dejados en la calle para impedir el paso de los caminantes y de automóviles. Pedro “El Guardián” se baja de la camioneta y detalla cada montón de basura y de mobiliario como escombros. No pensó en ese instante que se trataba de una forma de protesta. Barricadas les llaman algunos. Deja que el cigarrillo encendido caiga al pavimento y le da un puntapié con la bota y en segundos se prenden esos desperdicios en llamas, al estar rociado de gasolina. No sabe cómo, ni de dónde salieron tantas personas a aplaudir cuando el fuego se extendió y se escucharon gritos, consignas contra el gobierno.

En un instante “El Guardián” le hace señas a su ayudante que observaba a una bella rubia, que exhibía sus piernas como si se presentara en algún concurso de belleza, indicándole que debían partir. Ya era tarde, un grupo de cinco encapuchados impidieron el desplazamiento del vehículo, El Torrente no pudo arrancar su motor, de la compañía solo quedó un montón de chatarra chamuscado por el fuego. Solo se oían voces que todo esto se hace a nombre de ¡Libertad! y ¡justicia! Sin saber que se encerraban ellos mismos, sin poder librarse de un sentimiento que los ata sin misericordia a perder su tranquilidad, hasta esperar un futuro incierto, porque los protagonistas resultaron ser otros.

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El error de Dios

Un cuento sufí en versión libre de Eduardo Dermardirossian



El maestro sufí Nasreddín tenía un burro en su pequeño establo. No cabía ahí otro animal y por eso nunca había querido traerlo. Cierto día, su esposa quiso tener una vaca y él, para complacerla, la compró y la puso en el establo.

Pero hete aquí que los animales se incomodaban mutuamente en ese pequeño sitio. Uno y otro se quejaban, uno a otro se molestaban incesantemente. Abrumado por esta situación, el maestro elevó una plegaria a Dios, diciendo: "¿Oh, Señor!, mata a esta vaca y salva a mi burro?".

Después de algunos días, cuando entrando a su establo vio muerto al burro y viva a la vaca, Nasreddín elevó su mirada al cielo y dijo así: "¡Oh Dios!, Tú que creaste el universo, Tú que trazas el rumbo de las estrellas y el destino de los hombres, ¿aún no puedes distinguir una vaca de un burro?”.

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La Más Bella Niña

Luis de Góngora y Argote
España. Siglo XVI



La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy viuda y sola
y ayer por casar,
viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice
que escucha su mal:
Dexadme llorar,
orillas del mar…
Pues me diste, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer
tan largo el penar,
y me cautivastes
de quien hoy se va
y lleva las llaves
de mi libertad,
Dexadme llorar,
orillas del mar…
En llorar conviertan
mis ojos de hoy más
el sabroso oficio
del dulce mirar,
pues que no se pueden
mejor ocupar
yéndose a la guerra
quien era mi paz,
Dexadme llorar,
orillas del mar…
No me pongáis freno
Ni queráis culpar;
que lo uno es justo,
lo otro por demás.
Si me queréis bien
no me hagáis mal;
harto peor fue
morir y callar.
Dexadme llorar,
orillas del mar…
Dulce madre mía,
¿quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
y no dará voces
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?
Dexadme llorar,
orillas del mar.
Váyanse las noches,
pues ido se han
los ojos que hacían
los míos velar;
váyanse, y no vean
tanta soledad
después que en mi lecho
sobra la mitad.
Dexadme llorar,
orillas del mar…

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Septiembre

Alejandro Jusim (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Que difíciles de cielos se hacen las horas trasnochadas del invierno de septiembre, un aire frio de sangre compañera, recorre el calendario tormentoso de los días al sur de la memoria.



El vapor de mi tristeza, no deja ni un milímetro sin empañar del ventanal que me separa de la lluvia, torrente persistente de lágrimas, caídas en el seno de la tierra castigada por mil manos sin orillas.

Éramos más de los que somos, aquellos que se fueron no eran sólo pasto de estadísticas heladas, eran la vida misma hecha carne en las trincheras engendradas de futuro.

Sigo mirando la tormenta, y veo en cada gota estrellada en sus lagunas, a aquella cordillera traicionada por los buitres, y a Salvador y a Víctor y a Pablo y a miles de esperanzas hundidas en la muerte que reparte la rapiña.

Mi viejo también se fue un septiembre, estaba yo abrazando aquellos días de recuerdo trasandino, entre tumbas de los nuestros y gases despiadados, vomitados por los dueños de la sangre pútrida del miedo.

Mientras el viento del sudeste va creciendo con la furia de la noche más tremenda, cierro los ojos y vuelo en mi guitarra, no hace falta andar por horas, aquí mismo, en esta ahogada ciudad de tilos nuevos, los lápices escriben las palabras que hace tanto nos robaron de los sueños, las que no mueren, las que brotan, las que se hacen eternas a pesar de los silencios.

Y Julio ya no anda con su gorra caminando las baldosas de La Plata, las mismas que día a día ensucian los zapatos rastreros de aquellos que apagaron su garganta.

Que difíciles de cielos se hacen las horas trasnochadas del invierno de septiembre, un aire frio de sangre compañera, recorre el calendario tormentoso de los días al sur de la memoria.

Pero a pesar de la tristeza, pero a pesar los silencios, pero a pesar de las traiciones, no me olvido que septiembre siempre parirá la primavera.

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