jueves, 19 de junio de 2014

Canción de amor

Rafael Alberti



Amor, deja que me vaya,
déjame morir, amor.
Tú eres el mar y la playa.
Amor.
Amor, déjame la vida,
no dejes que muera, amor.
Tú eres mi luz escondida.
Amor.
Amor, déjame quererte.
Abre las fuentes, amor.
Mis labios quieren beberte.
Amor.
Amor, está anocheciendo.
Duermen las flores, amor,
y tú estás amaneciendo.
Amor.

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La caja de música

Pío Baroja



I. El pintor anticuario

Hacia finales del siglo XIX conocí en París a uno de tantos españoles que pululan por allí. Era un riojano, a quien llamábamos Luis el de Nájera, porque hablaba con frecuencia de este pueblo, que debía de ser el suyo. Luis no sabía el francés necesario para hacerse servir en el restaurante, y se mostraba al mismo tiempo reclamador y exigente, como si quisiera que le atendieran los que no le entendían.

Él creía que eso de hablar francés era como una mala broma que algunos se empeñaban en sostener por capricho, cuando hubiera sido mucho más fácil que se hubieran puesto a hablar en castellano.

Al parecer, aquel hombre era de casa rica, gastador y muy decidido. Él contaba una anécdota que demostraba su decisión. Había estado en Londres en una casa de huéspedes española poco tiempo. Un día, en un restaurante, había encontrado una muchacha muy bonita que le sonreía. Él no sabía una palabra de inglés ni ella de español; pero él quería manifestar su admiración a la damisela.

Luis, muy expedito, llamó por teléfono a la casa de huéspedes donde vivía y después hizo que la muchacha inglesa tomara el auricular del aparato, y los piropos del riojano fueron por teléfono pasando por la casa de huéspedes a la chica que estaba a su lado y que reía a carcajadas, sin duda asombrada del procedimiento y de la imaginación de los españoles.

Una tarde vi al riojano en el bulevar y me dijo que quería vender un esmalte. Me explicó que era de su casa de Nájera. Pretendía que le acompañara a varias tiendas de antigüedades del barrio latino.

-Bueno -le indiqué -, no tengo nada que hacer. Ya le acompañaré.

Entramos en varios comercios del bulevar Saint Germain. El esmalte era un poco tosco, pero tenía su valor. Los anticuarios ofrecían alrededor de mil francos. No pasaban de ahí. En una tienda de la calle de Rennes, el encargado se alargó hasta ofrecer dos mil quinientos francos.

-¿Que le parece a usted? -me preguntó el de Nájera.

-Yo no sé lo que vale eso -le contesté-. No tengo idea. Usted haga lo que le parezca.

El hombre se decidió: dejó el esmalte, tomó el dinero y se puso a redactar un recibo, por indicación del anticuario.

Mientras tanto, yo miraba algunos de los objetos, entre ellos una caja de música antigua con cinco muñecos músicos que se movían y dos bailarinas que se deslizaban por un alambre.

-Es bonito eso -le dije al amo-. ¿Vale mucho?

-No le he puesto precio. No lo vendo. Está como muestra de la casa.

-¡Ah, ya!

-Ustedes, ¿son españoles? -preguntó el de la tienda de antigüedades.

-Sí

-Yo también soy español, pero ya llevo mucho tiempo aquí, en París.

-¡Ah! ¿Es usted español? -preguntó el de Nájera, mientras presentaba el recibo para cobrar.

-Sí.

-¿Quiere usted cenar con este señor y conmigo?

-¡Muchas gracias! Me espera la familia.

-¡Qué le importa a usted por una noche!

El de Nájera insistió tanto, que el de la tienda de antigüedades cedió y dijo que iría después de cerrar su comercio a donde se le indicase.

-Yo quisiera cenar en un restaurante bueno -dijo el de Nájera.

-Nosotros, algunos del oficio -indicó el anticuario-, solemos ir al restaurante Marais.

-No se dónde está.

-En los grandes bulevares.

-¿Cuanto costará el cubierto allí?

-Quince o veinte francos.

-Es poco.

-¡Bah! No tenga usted cuidado. Ya se le acabarán pronto los francos.

-Bueno. Pues iremos al restaurante Marais. ¿Cualquier cochero nos llevará allí?

-Sí.

-Entonces a las ocho le esperamos.

Al salir de la tienda de antigüedades vi que en la muestra decía:

"A LA CAJA DE MÚSICA". Téllez, Ferrari

Fuimos el de Nájera y yo a un café de la plaza de San Germán de los Prados. El riojano bebió cerveza y habló por los codos, y poco antes de la hora señalada tomamos un café, cruzamos el río y bajamos delante del restaurante Marais.

Nos llevaron a un comedor aparte, de techo alto y de cierto lujo ostentoso, como el segundo Imperio. Parecía que el encargado del restaurante se había dado cuenta de que teníamos dinero fresco. Vino poco después el anticuario. Se llamaba Ángel Téllez. Era un buen tipo: esbelto, correcto, moreno, con la cabeza ya entrecana y la tez pálida. Vestía de luto. Tenía una cortesía un poco exagerada, que contrastaba con la turbulencia bárbara del riojano.

Hicimos el menú y comimos muy bien.

-Ahora vamos a algún teatro. A ver mujeres guapas -dijo el de Nájera.

Yo no puedo estar más de las once -advirtió Téllez.

-Tiene usted tiempo.

El anticuario nos condujo a una plaza y entramos en un teatro, que creo era el Folies -Berguére. Después de ver el acto de una revista, nos sentamos en el paseo.

Era verano. La noche estaba caliente.

Se nos acercaron algunas mujeres, que, al oírnos hablar castellano, decían:

-¡Ah! ¡Españoles! ¡Ole ya!

El que tenía más éxito era Téllez, el anticuario.

Al de Nájera le vimos poco después con una muchacha guapa, que dijo que era de Valladolid. El hombre, que había estudiado en esta ciudad, se conmovió y perdió los estribos. Bebió, se exaltó, se puso a hablar como un descosido con el sombrero en el cogote, y lo perdimos de vista.

-Este paisano nuestro va a liquidar el esmalte en un momento -dijo el anticuario.

-Sí; poco le van a durar los cuartos.

-Bueno; yo me voy.

-¿Va usted hacia la orilla izquierda?

-Si. Vivo cerca del jardín del Luxemburgo.

-Pues yo también. Si quiere usted, iremos andando.

-Muy bien.

Salimos del teatro a los grandes bulevares, y luego por el bulevar Sebastopol, a cruzar el río y tomar el bulevar Saint-Michell. La noche era tibia y hermosa.

-Este mozo se va a gastar el dinero en cuatro o cinco días -dijo Téllez.

-Probablemente.

-Y quizá lo necesite.

-No sé, yo apenas le conozco.

-Pues mire usted: yo comencé mi fortuna por un esmalte que adquirí por casualidad, mejor dicho, que no lo adquirí, porque me vino como llovido del cielo. Le contaré el caso, si no le aburre.

-Hombre, no.

Se veía que al anticuario le gustaba hablar castellano, sin duda para convencerse de que lo recordaba.

II. De bohemio

-Pues verá usted. Hace diez años vivía yo en una buhardilla de la calle de Vaugirard, enfrente del jardín del Luxemburgo. La casa, por fuera, era elegante. Tenía un patio palaciego; hasta el segundo piso, una escalera muy ornamental, y del segundo al tercero, una escalerilla de madera apolillada y estrecha.

Yo era pintor. Había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Madrid y tenía una pequeña pensión del Ayuntamiento de mi pueblo.

Vivía en un cuartucho, por el que pagaba treinta francos al mes, con una alcoba con su balconcillo al tejado y un rincón que yo llamaba mi estudio, con una claraboya en el techo.

En la alcoba había una chimenea, y en el estudio, una estufa.

En invierno se pasaba un frío terrible, y en verano, de día, no se podía estar de calor. En invierno había el recurso de meterse en la cama, con todas las mantas y abrigo encima. En verano, después de las horas de calor, se abría y se refrescaba el cuarto, y si no quedaba del todo fresco, se podía salir a dormir al tejado.

No había aún luz eléctrica, y para trabajar empleaba un quinqué de petróleo, y para acostarme, una vela.

Entonces yo era un hombre un poco salvaje y consideraba que no necesitaba de nadie.

Era capaz de ponerme unas medias suelas, de coserme los botones que se me caían y de zurcirme la ropa. No sabía apenas hablar francés ni me importaba.

En invierno yo mismo guisaba en la estufa; en verano comía en restaurantes de un franco y de un franco y diez, y estaba contento. Muchas veces no hacía más que una comida al día.

No me importaba más que lo mío. Para mí no había más que la pintura, y discutía de ella con vehemencia y terquedad. Tenía algunos conocidos y paseaba con ellos en el Jardín de Luxemburgo.

A pesar de esto, no estaba a la moda. La moda entonces era ser impresionista, usar barba, melenas y pipa y pintar paisajes con mucha pasta de color. A mí no me gustaba ni la barba ni las melenas ni la pipa, y hacía una pintura correcta y discreta. Sabía dibujar de una manera un poco académica. No tenia sentido del color. Esto tardé bastante en comprenderlo; pero al último lo comprendí. Los compañeros me decían que era pompiet, lo que me indignaba un tanto; pero yo vendía alguno que otro cuadro, y esto para mí era una compensación.

Era también exacto en el cumplimiento de mis obligaciones; pagaba al casero y al sastre, y no hacía tonterías.

Después comprendí, como le digo a usted, que no era un artista. Generalmente, el artista es un extravagante y no tiene buen sentido.

Casi todos los sábados, por la noche, solíamos ir a un café que hace esquina a la calle Soufflot y al bulevar Saint-Michell, que se llamaba, y supongo que se llama, La taberna del Panteón. Estábamos una noche diez o doce bohemios charlando, entre los cuales abundaban los melenudos de barba y pipa. En el grupo había cuatro o cinco chicas y una que era modelo de escultor. Esta muchacha, griega, tenía formas clásicas. Vivía o había vivido hasta entonces con un artista italiano, pequeño y calvo.

-Y ese escultor italiano, ¿dónde anda? -preguntó alguno a la griega.

-Ése es un cochino-contestó ella.

-¿Pues? ¿Qué ha hecho?

-Se ha marchado sin pagar la casa. Esos italianos son unos cerdos. Quisiera que los mataran a todos.

-Son muchos -dijo uno- para hacer esa matanza.

La griega siguió diciendo improperios contra los italianos, cuando vimos a un señor viejo, de barba blanca, que estaba en una mesa próxima acompañado de una muchacha pálida, que se ponía rojo, miraba a la que le acompañaba con aire triste y al mismo tiempo indignado, se levantaba, pagaba y se marchaba con ella.

-Ha afrentado usted a ese pobre viejo, que debe de ser italiano -advirtió uno.

-¿Por qué no ha protestado? -dijo la griega-, hubiéramos discutido.

-Sí; podían haber discutido lo que han hecho los italianos desde Rómulo y Remo hasta la Triple Alianza -aseguró alguien con ironía.

-Yo no sé quiénes son Rómulo y Remo -afirmó la griega.

-Naturalmente; ¿para qué?

-Pero hay que reconocer que hablando se entiende la gente.

-Otros creen lo contrario.

-También hay que reconocer que eso de no pagar el hotel no es exclusivo de los italianos, sino internacional -dijo uno de los pintores.

Nos olvidamos de la cuestión y seguimos hablando de nuestras cosas. La modelo griega encontró pronto un rumano que le acompañaba.

Unos días después, en el jardín de Luxemburgo, vi al viejo italiano y a la muchacha pálida que habían estado cerca de nosotros en el café, y a quien las palabras de la modelo griega había hecho levantarse con aire de indignación.

III Lorenzo Borda

El viejo italiano era un tipo de garibaldino: barba tupida y blanca, melenas, sombrero de ala ancha, corbata flotante y carrick con esclavina. La muchachita tenía aire de madonna: las facciones muy finas y la expresión amable.

Les seguí a los dos. Ella se dio cuenta enseguida. Vivían en una casa próxima a la mía.

Me dediqué al espionaje amoroso, y vi que solían ir con frecuencia a una tienda de antigüedades de la calle del Bac. Me presenté en la tienda, hablé con el dueño y me ofrecí como restaurador. En la conversación me referí al viejo italiano y a la muchacha y averigüé que él se llamaba Lorenzo Borda; ella, que era su nieta, Carlota Ferrari. Hacían juguetes y restauraciones.

Sabiendo su nombre, escribí a la muchacha e intenté dejar la carta en la portería; pero la portera me dijo que tenía orden de no recibir ninguna carta para aquellos inquilinos.

Un día, sospechando si desde los tejados próximos a mi casa se vería el cuarto de Carlota Ferrari, salí de exploración, gateando, y desde una azotea de cinc vi a Carlota delante de una ventana, trabajando.

Ella me vio también y quedó estupefacta. La mostré un papel, dándole a entender que tenía una carta para ella. Ella movió la cabeza como aceptando. Al día siguiente se la di en el paseo, y desde entonces comenzaron nuestros amores.

Carlota Ferrari hizo, poco después, que el dueño de la tienda de la calle del Bac me presentara oficialmente a Lorenzo Borda, el viejo italiano, abuelo de la muchacha. Desde entonces comencé a acompañarlos en el paseo a los dos, y más tarde entré en su casa.

El señor Lorenzo era muy suspicaz en ocasiones, y en otras muy confiado.

El viejo italiano y su nieta hacían juguetes mecánicos y restauraban muebles y porcelanas. De esto vivían. Por entonces trabajaban casi únicamente para la tienda de antigüedades de la calle del Bac. Yo comencé a ayudarles, y a cambio de mi colaboración comía con ellos.

Tenían el señor Lorenzo y su nieta una casa pequeña, formada por un cuarto con una ventana al tejado, con su hornillo para hacer la comida, mesa de trabajo y dos alcobas estrechas con tragaluces. La alcoba de Carlota solía estar siempre cerrada; la del viejo Lorenzo tenía un camastro bajo, una silla y un baúl grande lleno de herrajes.

Ya sabe usted la vida de los extranjeros aislados y sin conocimiento en un pueblo inmenso como París. A las pocas semanas son como de la familia. Luego, con la misma facilidad que se hacen amigos, riñen y se separan para siempre.

El viejo Lorenzo me contó su vida. Hablaba conmigo una jerga entre italiana y francesa que estaba a la altura de la francoespañola que yo empleaba. El padre de Lorenzo le había dejado, al morir, un taller de relojero en la calle principal de la ciudad de Pavía, en el Corso di Porta Nuova. Lorenzo Borda tenía gran cariño por su ciudad y protestaba de que algunos lo considerasen como un pueblo triste.

-¿Oh, no! Yo no digo que sea tan grande y animada como Parigi...

-No, no. Es evidente -replicaba su nieta, sonriendo.

En la juventud, Lorenzo había tomado parte en las intrigas del revolucionario Mazzini. Su taller de relojero había sido un punto de reunión de carbonarios. Su yerno Ferrari, el padre de Carlota, abogado venido de Brescia, que anduvo mezclado en la política, fue perseguido y marchó a vivir a Marsella.. Lorenzo Borda, ya viudo, no podía vivir sin Carlota. Traspasó la relojería, cogió algún dinero y se fue a Marsella.. Ferrari murió, y entonces el viejo y la niña se trasladaron a París, donde vivían con gran modestia de su trabajo.

El viejo italiano se lamentaba siempre de sus apuros. Carlota y yo estábamos cada vez más unidos. Nuestra gran ilusión era pasear por el jardín de Luxemburgo.

Lorenzo no se expresaba bien en francés. Esto ya, para él, era imposible. Carlota, sí; lo hablaba como una parisiense, pero no del pueblo, sino de la clase ilustrada.

Carlota me convenció de que debía aprender el francés. Cada día me obligaba a estudiar una relación de Chateaubriand o unos versos de Racine, y me corregia la pronunciación. Íbamos también al teatro del Odeón. El anticuario de la calle del Bac nos daba, a veces billetes de favor.

En esto, un día descubrimos en el escaparate de una tienda de antigüedades de la calle de Babilonia una caja de música con unos muñecos. No era ninguna maravilla. Desde que la vio, el abuelo comenzó a hablar a todas horas de una caja de música que había en su casa, en Pavía. ¡Aquélla era caja! La tenía su hermana Matilde; pero no era sólo suya, sino de los dos. Habían heredado por partes iguales la caja y otros muebles, pero él no había retirado ninguno.

Su hermana Matilde, viuda de un empleado, era un poco avara. Le había dicho a Lorenzo que la caja de música estaba tasada en mil liras, y que si le enviaba la mitad, quinientas, se la daría.

Pero, ¿es que vale? -le pregunté yo.

-¡Oh, sí; mucho, mucho!

Y el viejo la describía con grandes extremos.

-¿Y de dónde procede?

Según Lorenzo, su tío abuelo Paolo había sido médico del ejército austriaco y había estado en Francia, cuando la caída de Napoleón, con los aliados. Se decía que allí había comprado objetos de mucho valor. Estos objetos de gran valor no habían salido a la superficie. El padre de Lorenzo, sobrino del médico, no había heredado más que algunos cuadros, libros, relojes; nada de gran importancia.

Lorenzo pensaba si la caja de música tendría algún secreto.

-¡Ah, si yo tuviera esas quinientas liras para mandárselas a mi hermana! -decía el abuelo.

De oír con frecuencia esta lamentación, me comenzó a preocupar, y dije a Carlota:

-¿Tú crees que valdría la pena de pedir esa caja de música?

-No sé. El abuelo está ya tan trastornado...

-Porque yo tengo ahorrados unos quinientos francos.

-No sé qué decirte. Yo no he visto la caja de música.

-¿Y si es algo que vale?

Me decidí, y le dije al señor Lorenzo que le prestaba las quinientas liras. El abuelo se puso loco de contento.

Escribió a su hermana Matilde, que contestó que si le enviaban de antemano las quinientas liras mandaría la caja de música a porte debido.

-Mi hermana es avara, muy avara -repitió Lorenzo.

Se envió el dinero a la signora Matilde Borda, y ésta mandó a su hermano unas cartas y un talón.

Pasó el tiempo y la caja no llegaba. Fuimos varias veces a la estación. Nada.

Habíamos hecho un mal negocio. El abuelo estaba abatido.

-Es la jettatura -decía-, la jettatura. A mí no me puede salir nada bien.

Y se lamentaba y se quejaba amargamente.

Carlota y yo solíamos ir a los almacenes de la compañía del ferrocarril adonde llegaban las mercancías de Italia y de la zona mediterránea francesa.

Al fin un mes y medio más tarde, después de varios viajes infructuosos, apareció la caja de música en un rincón de un almacén, metida en un baúl viejo, negro y roto y atado con unas cuerdas zarrapastrosas. Sin duda, nadie lo había tomado en cuenta ni había querido quedarse con aquel bulto, que había andado seguramente tirado por los rincones de las estaciones. Los mozos nos dieron algunas bromas a Carlota y a mí al mostrarnos aquel baúl destrozado y lleno de Polvo, y al tomar un coche y poner el baulito en el pescante, el cochero nos preguntó con ironía si era nuestro equipaje o nuestro ajuar de bodas.

Carlota se encolerizó al oír estas bromas.

Llegamos a la casa, y yo subí como pude el baúl hasta la buhardilla, ayudado por la muchacha.

Al sacar la caja de música, su mal aspecto nos dejó desilusionados. Los muñecos que tenía sobre la tabla de arriba estaban doblados y con muchas piezas rotas, y a los cilindros de cobre les faltaban púas; así que el aparato sonaba muy mal.

“Esto creo que no vale nada -pensé yo-. Hemos hecho, indudablemente, un mal negocio.”

El abuelo miraba su caja de música con la sonrisa del conejo.

Comenzó a ver si la arreglaba, y notando que no lo conseguía, la envió al taller de un mecánico de la calle de Babilonia, amigo suyo. Éste tardó en componerla cerca de un mes. Le puso las púas que faltaban a los cilindros de cobre y renovó una porción de piezas de los muñecos que tocaban y de las dos bailarinas.

El mecánico puso, como cuenta de su arreglo, doscientos francos, que tuve que pagar yo.

-Esto va a ser un negocio ruinoso para nosotros -me decía Carlota.

-Sí, me parece que sí.

Al abuelo le entró la manía de perfeccionar la mecánica y de restaurar la cara, las manos y los trajes de los muñecos. Quedó la caja de música muy bien, como la ha visto usted.

Como el viejo no trabajaba, yo le tenía que sustituir. Carlota y yo hacíamos muñecos con rapidez. El señor Lorenzo miraba y oía su caja, la arreglaba y perfeccionaba constantemente; limaba una palanca, sustituía una rueda, ponía aquí una cuerda de guitarra y restauraba con pintura las desconchaduras de los muñecos. El hombre estaba loco de entusiasmo con su aparato.

IV. La princesa

Al llegar al bulevar Saint-Germain, Téllez, el anticuario, me invitó a sentarme y a tomar un bock en la terraza del café de Flora. Hacía una noche templada. Téllez prosiguió su relación.

-No sé si usted se ha fijado en mi caja de música -dijo-. Tiene sobre la tapa cinco muñecos músicos, articulados, en fila, con trajes de 1830 al 1850, o quizá más tarde. El de en medio, con frac azul, de botones dorados, chaleco blanco, barba y melenas, dirige la orquesta; a sus dos lados, uno toca el violín, y el otro el violonchelo; en los extremos, un negro toca la flauta, y el otro el tambor. Alrededor de ellos corren y giran dos bailarinas.

La caja no tiene marca de fábrica ni fecha. Delante, bajo un cristal, hay un tarjetón en el que se leen, con letras manuscritas, las piezas de música que tiene. Éstas son: El carnaval de Venecia, de Paganini; «Ecco ridente il cielo», de El barbero de Sevilla, de Rossini.

Carlota y yo estábamos ya aburridos de oír todo esto. El viejo señor Lorenzo no se cansaba, y miraba con ojos ansiosos a sus muñecos para ver si realizaban sus movimientos con toda perfección o fallaban en algo.

No sé si porque se lo contó el mecánico del taller de la calle de Babilonia o por qué, una tarde se presentó un señor elegante, vestido de negro, con el pelo blanco y monóculo, y dijo que quería ver la caja de música.

La hicimos funcionar delante de él, y dijo que daría por ella hasta tres mil francos. El abuelo contestó que no la podía vender y que tenía que consultar con su hermana.

-Bien; consúltelo usted. Hasta tres mil quinientos francos le doy.

El señor, al marcharse, dejó su tarjeta. Por ella vimos que era vizconde y que vivía en la avenida de los Campos Elíseos. Carlota dijo a su abuelo que no había más remedio que vender la caja, porque aquellos francos nos estaban haciendo mucha falta.

El viejo replicó que no quería venderla; que primero había que hacer pruebas.

-¿Qué pruebas? -preguntó Carlota.

-Destornillarla y deshacerla. El tío Paolo recomendó en una carta que no se vendiera la caja, y que si por una extrema necesidad nos viéramos en la precisión de venderla, que la deshiciéramos antes.

-¿En dónde lo dijo? -preguntó la muchacha.

-Aquí.

El abuelo sacó una cartera vieja del bolsillo del pecho, y, de ella, una carta amarillenta. Estaba escrita en italiano, con tinta de color de ala de mosca. Era del tío Paolo, el médico del ejército austríaco, y estaba dirigida a su sobrino, el padre de Lorenzo. Al último, le decía:

"Si no encontráis el secreto de esta caja de música de los muñecos, no la vendáis. Deshacedla. Rota os valdrá más que entera."

Esto tenía un aire misterioso y daba la impresión de que allí existía algún secreto.

El abuelo había pensado muchas veces si en la actitud de los muñecos habría alguna indicación especial que diera la clave o si esta clave estaría en la combinación de las letras del tarjetón. Lo que no quería de ninguna manera era ni vender ni romper en pedazos la caja de música.

Para impedirlo, el viejo metió el aparato en el baúl de su cuarto, y lo cerró con llave.

Seguimos Carlota y yo trabajando. Lo malo era que desde la cuestión de la caja de música el señor Lorenzo estaba inquieto y no se ocupaba de nada. Al último se puso enfermo.

Pasamos días y más días. El dinero en la casa se iba acabando.

-¿Qué hacemos? -preguntaba yo a Carlota.

-Esperaremos otra semana, a ver.

Esperamos. Ya no fue posible esperar más, y le dijimos al abuelo que no había más remedio que vender la caja, porque si no, habría que llevarle a él al hospital, cosa que no queríamos.

El señor Lorenzo refunfuñó, dijo que le dejaran morir en paz y guardó la llave de su baúl debajo de la almohada.

Al día siguiente, por la mañana, Carlota habló con el señor Lorenzo.

-Mira, abuelo -le dijo-: tú ya sabes que nos pagan poco; con lo que ganamos Ángel y yo no hay para sostener la casa con un enfermo. Yo desearía que no fueras al hospital y que empeñáramos o vendiéramos la caja de música para sacar algún dinero; tú no quieres, pero una de las dos cosas hay que hacer: o ir al hospital o vender la caja a ese señor. Tú decide.

El viejo se lamentó e invocó a todos los santos y a la Madonna. Apretado, dijo:

-Bueno; pues antes de hacer una de las dos cosas, id a ver a una señora italiana conocida mía, a ver si quiere venir aquí y me presta algún dinero.

-¿Quién es esa señora?

-Es la princesa de Olevano-Visconti. Yo le arreglaba los relojes en su palazzo de Pavía.

-¿Vive en París?

-Sí.

-¿En dónde?

-En la calle de la Universidad.

Indicó el número, y por la tarde Carlota y yo fuimos a su casa y no encontramos a la princesa. En vista de ello, dejamos las señas del señor Lorenzo.

Al día siguiente estábamos Carlota y yo trabajando en nuestros muñecos, cuando oímos voces a la puerta y apareció una vieja de lo más estrambótica posible.

Tenía una cara de polichinela con la nariz corva y la barba en punta, los ojos claros y el pelo blanco. Hablaba como una cotorra. Vestía con un traje de seda gris; llevaba muchas joyas y unos impertinentes colgados del cuello.

Era la princesa de Olevano-Visconti.

La princesa preguntó por el señor Lorenzo, el pobre relojero que le arreglaba los relojes en su palazzo de Pavía. “Povero! Benedetto!”, dijo.

Carlota le preguntó si le quería ver. Ella contestó que sí, que le quería ver.

Mi novia le pasó a la alcoba, y allí estuvieron hablando la princesa y el relojero durante largo tiempo.

Luego me llamaron a mí, porque, sin duda, había llegado la cuestión difícil de pedir dinero a la princesa.

Ésta quería ver primero la caja de música.

El señor Lorenzo dio a regañadientes la llave del baúl y sacamos el aparato entre Carlota y yo, y lo pusimos encima de la mesa del taller y le dimos cuerda.

La princesa hizo una de esas exageraciones cómicas. Le pareció un aparato magnífico, admirable.

-Lo más sencillo es que me lo lleve a casa. Yo llamaré a una persona entendida, y lo que ella diga que vale yo pagaré.

El señor Lorenzo protestó. Él estaba enfermo y era su único consuelo el ver aquellos muñequitos y oír la música, que le recordaba su querida ciudad de Pavía.

-Pero entonces, ¿qué quiere usted, señor Lorenzo, que yo le regale el dinero? -dijo la princesa-. ¡Oh, no! Eso, no Benedetto!; eso, no.

-Lo que podría usted hacer, señora princesa -dijo Carlota-, si fuera usted tan amable, sería darnos una cantidad a cuenta de la caja de música, y si nosotros no podemos devolvérsela, se la entregamos.

-¿En cuánto está tasada?

-Hay un señor que nos da por ella tres mil quinientos francos.

-¿No es mucho?

-El señor nos ha ofrecido esa cantidad. Si no le hemos dado la caja ha sido porque el abuelo no quiere.

La princesa reflexionó un instante, y dijo:

-Bueno. Yo aquí no tengo dinero. Yo les daré en casa mil quinientos francos, y si no me los devuelven dentro de un mes, les daré otros dos mil y me quedaré con la caja.

-Está bien. Haremos un papelito.

La princesa dictó a Carlota una cláusula de compromiso muy comercial y muy sabia. Hizo que la firmaran el señor Lorenzo y Carlota.

-Fírmelo usted también -me dijo la vieja dama.

Lo firmé

-Ahora, cualquiera de ustedes dos viene conmigo a mi casa: yo le doy el dinero y me deja el papel.

Se decidió que fuera Carlota. Yo me quedé con el viejo, que comenzó a lamentarse amargamente.

-La princesa es avara -me dijo-. ¡Una Olevano! ¡Una Visconti! ¡Yo, que creía que me prestaría el dinero! ¡Ella, que es tan rica y que es de Pavía!

-Usted también es de Pavía -le contesté yo-; pero no habrá usted prestado a todos los paisanos que le hayan pedido dinero.

El pobre hombre comenzaba a divagar un poco. De pronto, me preguntó:

-¿Ya habéis guardado la caja de música?

-Sí -le contesté yo, aunque no era verdad.

-Pues cierra el baúl, y dame la llave.

Cerré el baúl y le di la llave, que la metió debajo de la almohada.

Poco después vino Carlota con el dinero.

-Aquí están los francos -dijo-; podremos pagar las deudas y seguir viviendo; pero será imposible devolver el dinero a la princesa, que se quedará con la caja de música, porque esa señora me parece que es tan comerciante como cualquiera.

-Sí; yo también lo creo.

Al ver la caja sobre la mesa del taller, me preguntó:

-¿Esto se ha quedado aquí?

-Sí.

-¿Y el abuelo no ha reclamado que la guardes en el baúl?

-Sí; me ha preguntado si la había encerrado, le he contestado que sí, y me ha pedido la llave del baúl, y se la he dado.

-Y ¿con qué objeto has dejado la caja fuera?

-Con el objeto de ver definitivamente si tiene algún secreto.

-¿Aunque haya que romperla?

-Claro; aunque haya que romperla.

V. El secreto

Para engañar al señor Lorenzo, Carlota le pidió con insistencia la llave del baúl para ver la caja de música.

-No, no doy la llave -decía el viejo-. Cuando venga por ella la princesa, ya veremos qué se hace.

-Se la tendremos que dar -replicaba su nieta.

-Bueno, bueno; ya se verá.

-Me voy a llevar la caja de música a mi estudio -le dije a Carlota-, por si hay que andar con ella y deshacerla, que tu abuelo no se entere.

-Bueno, sí; llévala.

Busqué un carrito de mano y bajé la caja con grandes esfuerzos, y luego la tuve que subir a mi buhardilla.

«Este trasto va a ser nuestra desesperación», pensé cuando lo dejé, rendido, encima de la mesa.

Desde entonces comencé a examinarla detenidamente y a hacer suposiciones para si encontraba algún indicio que revelara su secreto. No se podía creer que el viejo médico italiano dijera lo que decía en su carta para burlarse de sus descendientes.

Todas las hipótesis que ideé, algunas complicadas y de cierto ingenio, no dieron el menor resultado.

Entonces me dirigí a un muchacho, joven mecánico del taller de la calle de Babilonia, donde habían compuesto el aparato, y le propuse que viniera a mi casa una hora después de su trabajo a destornillar la caja y los muñecos, por lo que le pagaría cinco francos. Le expliqué de qué se trataba. El joven aceptó mi proposición.

-¿Qué espera usted que haya? -me dijo.

-No sé; quizá un papel con una indicación o alguna joya le contesté.

Yo no quería que la caja quedara rota. Destornillamos todas las palancas de los muñequitos con dificultad y no se encontró nada. En el interior del cilindro, con púas, donde yo sospechaba si habría algo, no había nada tampoco.

-Vamos a desarmar también la caja.

La desarmamos. Separadas ya las tablas, encontramos que la parte del suelo tenía doble fondo. La madera de encima era distinta que las otras y estaba apolillada.

-Bueno. Mañana veremos si hay aquí algo -dije, para hacer la investigación solo.

El mecánico se marchó y me quedé con las tablas encima de la mesa.

Primero cogí un taladro, y en una esquina probé con él; hice un agujero y vi que la punta daba sobre metal.

Vacilaba en meter la hoja del cortaplumas por la rendija de la tabla. Al último me decidí.

"Esta madera, aunque se rompa al arrancarla, no puede costar gran cosa el sustituirla. Así que... adelante."

Por si la punta del cortaplumas arañaba, iba a meter por la hendidura una espátula y a hacer saltar la tabla, cuando vi que en los ángulos había tornillos. Los fui sacando despacio, y cuando levanté la tabla y descubrí el suelo de la caja, vi en medio un cuadro de metal, a juzgar por el peso, envuelto en un lienzo basto.¿Qué podría ser esto?

Quité la tela; después, un papel amarillento, y apareció una lámina de cobre rojizo. Le di la vuelta. Era un esmalte magnífico, intacto. Le pasé por encima el pañuelo humedecido y aparecieron sus colores espléndidos.

Representaba la coronación de la Virgen. Las figuras tenían unos mantos azules y unas coronas doradas, de un color y de una transparencia ideales. Alrededor de la Virgen había una guirnalda de rosas, y en los cuatro ángulos figuras más pequeñas que representaban La Anunciación, La huída a Egipto, La adoración de los pastores y El portal de Belén.

Con la idea de que podía haber hecho una huella con el taladro, me comenzó a latir el corazón; pero no: la muesca quedaba por la parte de atrás, no esmaltada. Dentro del lienzo había un papel. Era, sin duda, del tío Paolo, el médico del ejército austríaco. Contaba cómo había entrado en Francia con los aliados cuando la caída de Napoleón y había comprado por quinientos francos el esmalte en Chalon-sur-Saone. Decía después que le habían asegurado que valía mucho y que como vivía en una época de guerras, revoluciones y trastornos, lo había quitado del marco donde lo tenía en la pared para guardarlo en la caja de música.

«Esto debe de valer muchísimo», me dije.

No pude dormir con la preocupación. Había que obrar con cautela. Tenía miedo de que me robasen.

Al día siguiente, con el esmalte envuelto en un papel, fui a casa de Carlota. Se lo mostré y le expliqué dónde lo había encontrado.

¿Sería mejor decírselo al abuelo o callárselo? No fuera a considerarlo como algo que no se podía vender.

-Es mejor que lo guardes tú -dijo Carlota.

Lo guardé detrás de un bastidor pintado por mí, le puse encima un remiendo de tela y lo dejé colgado en la pared. No le advertí nada a la portera, que a veces entraba allí a limpiar.

En los días siguientes, entre el joven mecánico y yo, compusimos la caja de música, y la volví a llevar a casa de Carlota.

Quería saber el valor exacto del esmalte, y fui a varias tiendas de antigüedades de la orilla derecha y expliqué y describí cómo era. Me pidieron que lo llevara para que lo examinaran. Pude sacar en consecuencia que era un esmalte lemosín, de los pintados, y que en el Museo del Louvre estaban las piezas más importantes de esta clase de obras.

-Si ese esmalte que me describe usted no está falsificado -me dijo un anticuario-, yo le doy por él ciento cincuenta mil francos.

Estuve en el Museo del Louvre y me convencí de que el esmalte era auténtico.

Tenía un conocido fotógrafo, y fui a su taller para que hiciera varias fotografías de mi tesoro. Naturalmente, no me separé de él.

Pensaba enviar las pruebas fotográficas a varios museos con una carta en francés y en inglés que escribiría Carlota.

Todo aquel tiempo lo pasé inquieto y nervioso.

El viejo Lorenzo estaba enfermo ya grave. Se había olvidado del préstamo de la princesa de Olevano-Visconti y quería tener la caja de música delante y oírla y ver sus muñecos.

Como la princesa se presentaría al terminar el plazo a exigir que se le pagara o a llevarse la caja de música, pensamos Carlota y yo que podíamos ir a visitar al vizconde que había ofrecido antes tres mil quinientos francos y que vivía en los Campos Elíseos y contarle una historia, pedirle un anticipo y devolverle el dinero a la princesa. Así se hizo.

Se le dijo al vizconde que el viejo Lorenzo quería venderle la caja de música, pero que como no era suya, sino también de su hermana, necesitaba que ésta diera su consentimiento, y que ella no quería darlo mientras no viera el dinero.

El vizconde aceptó el prestar dos mil francos, y se le dijo que se le devolverían al mes si por una eventualidad la hermana de Lorenzo no aceptaba la venta, y si la aceptaba, se le llevaría la caja y él entregaría mil quinientos francos más.

La situación nuestra iba siendo cada vez más difícil. El viejo Lorenzo estaba ya en las últimas. De los museos adonde yo había escrito y mandado fotografías no contestaban.

De pronto se presentó un agente del Museo Británico. Subió a mi casa. Venía a ver el esmalte. Fui al estudio, busqué el bastidor en la pared... No estaba. Me habían robado. Estuve a punto de caerme. Me serené. Pensé que la portera entraba a veces a arreglar aquel rincón. Quizá había movido los bastidores. Efectivamente, aquel en donde estaba el esmalte lo había puesto tapando un agujero que daba al tejado.

Descubrí mi tesoro y se lo presenté al agente del Museo Británico. Lo examinó con atención con una lente, y dijo:

-Sí, efectivamente, es auténtico. ¿Cuánto quiere usted por él?

-Está tasado en doscientos cincuenta mil francos.

-No sé si encontrará quién se los dé.

-Ya veremos.

-Yo le podría ofrecer doscientos mil.

-Venga usted dentro de ocho días. Yo se lo diré al dueño.

El agente del Museo Británico se fue, y cuatro días más tarde apareció otro de un museo de Nueva York. Se resistía a dar los doscientos cincuenta mil francos; pero yo me manifesté inexorable, y tuvo que darlos.

El mismo día que terminé este asunto murió Lorenzo Borda. Después de colocar en un Banco doscientos cuarenta y cinco mil francos, fui a su entierro. Pagamos al vizconde, y pocas semanas después nos casamos Carlota y yo.

Luego tomamos en traspaso una tienda pequeña de antigüedades, y después otra mayor. La caja de música fue siempre como nuestro emblema.

El anticuario Téllez estaba, sin duda, muy satisfecho de la inteligencia que había demostrado en aquellos asuntos que habían sido la base de su riqueza. Todas aquellas combinaciones daban la impresión de que el anticuario tenía una habilidad de judío.

-¿Y su mujer? ¿Vive? -le pregunté.

-No. Murió la pobre.

-¿Tiene usted hijos?

-Sí, un chico y una chica.

-¿Les dejará usted su establecimiento?

-Al hijo. A la chica le daré una buena dote.

-Y ¿hay muchos judíos en la profesión de anticuario?

-¿Por qué lo pregunta usted? -me preguntó como alarmado.

-No sé. Parece que debe de haber entre ellos gente inteligente en esas materias.

-Sí, los hay.

Como si la pregunta mía hubiera abierto un surco entre el anticuario y yo, nos despedirnos fríamente, y cada cual se marchó a su casa.

Pío Baroja y Nessi (1872-1956), escritor español de la llamada Generación del 98. Hermano del pintor y escritor Ricardo Baroja, de la escritora Carmen Baroja y tío del antropólogo Julio Caro Baroja y del director de cine y guionista Pío Caro Baroja. Entre sus libros pueden mencionarse “Aurora roja”, “La dama de Urtubi”, “Miserias de la guerra: las saturnales”.

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Increíbles fotos aéreas

¡Imperdibles!



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Lady Gaga y un pinocho

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Tengo en mis manos un pimpollo de pino, pinocho o piña de la especie de pino llamado “rodeno” que me ha regalado, yo no sé porque, un amigo de Ronda, pues en su serranía se da más el pinsapo, cierto árbol de la familia de los abetos. Le dejo sobre el lavabo, y me siento en la taza del water. Pongo música. Me gusta hacer de vientre, como el que pone lastre a la embarcación, escuchando siempre a Lady Gaga, cantando con Tonny Bennett “The Lady is a Tramp“ (La Señora es una Puta). Ellos dos cantan con lascivia, propensión inmoderada a la sensualidad. El es un viejo verde, que ya ha cantado con Amy Winehouse, con Faith Hill, con Sheryl Crow, que para los americanos será una gloria, pero para mí es como una lataz, especie de nutria que vive en las orillas septentrionales americanas del Pacífico. Ella es vasija de hoja de lata, que muestra su pinta cuando está cantando como queriendo, vituperando el hecho de representar o describir algo no tal como es sino como se quiere que parezca. Yo, sentado como estoy, me veo en el espejo como un sujeto pinto, rabón y mocho como un Isaac Pinto, que vivió en Francia y Holanda y escribió una obras haciendo cacas combatiendo a Voltaire. Me levanto, me limpió, veo en el fondo del water, manchado de varios colores y sin arte sus paredes interiores como un pintón hecho de uvas, plátanos y otros frutos cuando están próximos a pudrirse, o como el ladrillo cuando no está bien cocido. Tiro de la cadena echando a pique haciendo que este cuerpo flotante se sumerja junto con la música.

Mi sobrino se acerca y me pregunta al estilo de los griegos clásicos que imitaron a los clásicos griegos cuando al querer saber del bien estar de uno en vez de preguntar “¿cómo está usted?”, le preguntaban:

-Tío, ¿Qué tal cagas?

Le respondo:

- Muy bien, sobrino. ¡Puf! me he quedado a gusto. Ya sabes que más vale un gusto que cien panderos, o un pinocho.

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La vejez y los espermatozoides

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



En aquel país elaboraron una substancia que, ingerida regularmente, permitía prolongar la vida de sus habitantes.

Así fue que cada vez aparecieron más ancianos.

Hasta que descubrieron una substancia que producía el efecto contrario: rejuvenecía.

En las farmacias donde la comenzaron a vender se formaban largas filas de ancianos desesperados por ingerirla.

Así fue que, con el tiempo, los ancianos empezaron a rejuvenecer. Todos iban volviendo a ser jóvenes. Y eran felices.

Pero apareció un problema. De jóvenes pasaron a ser nenitos. Y de nenitos, poco a poco, a volver a ser bebitos. Y después de bebitos a ser los fetos que eran cuando estaban en las barrigas de sus madres. Y después, poco a poco, se fueron transformando en una crema blanca. Era el semen de donde venían.

Así fue que, poco a poco, aquel país se fue llenando de charquitos de semen, manchas blancas que empezaron a aparecer por todas partes.

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Música: Tango “Cambalache”, de Discepolo

Armando Palau Aldana (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Precisamente ad portas de la segunda vuelta presidencial, especialmente si volvemos a ser gobernados por el títere del Hombre de las Tinieblas, un tema que viene a la ocasión es “Cambalache”, en lunfardo (jerga propia de los malandrines y delincuentes en Buenos Aires, con palabras italianas, africanas y gauchescas, adoptada por las clases populares y medias en Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, adoptado como lenguaje de los tangos), significa trueque y hace referencia a las compraventas. Este tango fue compuesto por Enrique Santos Discepolo en 1934 para la película “El alma del bandoneón” y lo cantó por vez primera en el Teatro Maipo Sofía “La Negra” Bozán. Corresponde a la “Década Infame” de Argentina de 1930 a 1943, caracterizada por golpes de Estado cívico militares. La canción fue censurada y restablecida en el gobierno de Juan Domingo Perón en 1949 y vuelta a censurar en la dictadura militar entre 1976 y 1983. Dice Alfredo Eduardo Villafañe “Este tango es el manifiesto de la desilusión y lo que señala la existencia de nuestros sueños; pero también es la expresión de la aceptación de la realidad. Con bronca y con dolor se termina aceptando que se acabaron las falsas ilusiones de haber llegado a lo mejor. Es un grito de protesta frente a una realidad absolutamente alejada del ideal soñado. Con esto se concluyen los reproches, pero lo que no se terminará son las manifestación es del dolor de lo perdido”.



Letra

Que el mundo fue y será Siglo XX y el tango Cambalache
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también;
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
barones y dublés.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro
generoso o estafador...
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.

¡Que falta de respeto,
qué atropello a la razón!
cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón...
Mezclao con Stravisky
va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
junto al calefón.

Siglo veinte, cambalache
problemático y febril...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
¡Dale, nomás...!
¡Dale, que va...!
¡Que allá en el Horno
nos vamo´a encontrar...!
No pienses más; sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao...
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley.

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Al poeta le crecieron alas

León Peredo (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



hay que tener cuidado cuando al poeta le crecen alas.
porque cuando eso ocurre
cuando al poeta de pronto le crecen alas
ya no anda en bicicleta
no toma colectivos
no camina hasta la escuela
cuando le crecen alas ya no entra a las almacenes
entonces no sabe cuánto le sale al hombre
el vivir cotidiano
no conoce el precio del pescado
ni el precio del pan
como vuela tan alto no ve la represión en las calles
ni llega a leer por culpa de la altura
las consignas que se agitan en las banderas del pueblo.
al poeta le crecen alas y ni la lluvia lo moja ya
porque anda por encima de las nubes
y se va a lugares tan lejanos
y no vuelve sino a principios de mes
a buscar el cheque o el pago en efectivo
por los libros vendidos
en las ferias literarias.
cuando al poeta le crecen las alas es un híbrido
deja de pertenecer a la raza de los que se despiertan
en plena noche fría
para tomar un par de mates
antes de ir a la fábrica
o a la oficina.
cuando al poeta le crecen alas hay que tener cuidado.
qué pena más espontánea
un poeta que no camina la calle
que no conversa con los caballos
que no sabe que el negocio inmobiliario
le está comiendo el hígado al setenta y pico por ciento
de sus hermanos.
pero ya no es humano.
el poeta alado es un híbrido
mira la literatura
su propia literatura detrás de los vidrios
ve su nombre en los escaparates.
dice en latín cosas tan lindas que a uno le dan ganas
de llorar árboles con todas sus hojitas
a medio caerse sobre la vereda/

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La Amazonía: Desde la orilla verde

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cinco años después de las muertes de Bagua, en la selva de San Martín, la justicia no llega para las víctimas del ‘baguazo’.



La violencia concebida por los ideólogos liberales, autores del “El Otro Sendero” y del “Perro del hortelano”, de Hernando de Soto con el Instituto Libertad y Democracia y el entonces presidente Alan García, convierten al pequeño agricultor en pieza del neo latifundismo. Las reformas agrarias de los años sesenta y setenta propiciadas por los gobiernos de Belaunde y Velasco Alvarado, han sido reconvertidas en grandes latifundios trasnacionales, con un ejército de asalariados que emigró de la comarca andina a los desiertos, hoy convertidos en fuentes de alimentos para las principales urbes de Europa y EEUU, dejando pobreza encubierta con salarios de escasez.

La relación entre la geografía y sus antiguos pobladores, que antes no se tenía en cuenta, ahora es una realidad imposible de ser ignorada. Los títulos de propiedad individuales de los campesinos, inventarios y procesos que endeudaron al Estado con la banca multilateral - BID-BM-CAF- y sus dependencias como Cajas Municipales, Rurales y Bancos locales , fueron una pantomima, porque los títulos de propiedad han facilitado la reapropiación forzada, tan igual o peor que hace medio siglo, porque el salario insuficiente impide financiar educación o cuidar la salud de la familia.

El Kusu, el pueblo awajun, sobre la cima de la Curva del Diablo, muy cerca de Bagua, el 5 de junio, junto con los niños tomando lanzas y los adultos indígenas con ropa de camuflaje más una cocona, fruta local, envuelta en un trapo con gasolina, representan una bomba lacrimógena. Los deudos rezan ante una cruz de los deudos perdidos el 2009, por reclamar la incursión a sus tierras. Ese día fallecieron 33 personas y una desapareció. Ninguna autoridad del gobierno está inmerso en el juicio.

Ha pasado medio lustro para que uno de los juicios comenzara: el de la Curva del Diablo. Los 52 nativos acusados por la muerte de 12 policías son civiles e indígenas.

“Tenemos un Poder Judicial que no quiere ser intercultural, no hay intérpretes awajun ni wampis para la primera audiencia, para que expliquen algunos actos dentro de la cosmovisión awajun”, dice uno de los defensores. En los procesos hay indígenas, civiles y policías, pero ninguna autoridad.

“Amazonía sin mitos”

Es una edición del BID, cuidada por Gabriel García Márquez en 1992, en la que señala un Inventario de este infinito territorio: que la cerámica más antigua del hemisferio occidental se encontró cerca de Santarem, Brasil, en la cuenca amazónica. En unas pocas hectáreas de ese vasto laboratorio del mundo hay más especies de árboles nativos que en toda América del Norte, y en una sola de ellas viven tantas especies de hormigas como todas las de Inglaterra. Su superficie, que ocupa solamente el siete por ciento de la Tierra, constituye más de la mitad del patrimonio biológico del mundo. Sus ríos tienen la quinta parte de toda el agua dulce del planeta, y el sistema hídrico del Amazonas es el tributario mayor de todos los océanos.

Más de 20 millones de personas viven en ese enclave de fascinación, poblado de mitos milenarios y simplificaciones fantásticas que han terminado por confundirse con la realidad. Es, en la imaginación del mundo, el último reducto del paraíso terrenal. Y sin embargo, es un paraíso en extinción, cuya agonía lenta y silenciosa es una amenaza dramática para la supervivencia de la humanidad.

Siempre se creyó que el mundo se acabaría con un cataclismo bíblico. Pero la realidad es más tremenda: el mundo empezó a acabarse hace mucho tiempo, por obra y desgracia de la degradación ambiental. Los datos son pavorosos. Se estima que cada hora desaparecen seis especies por la destrucción masiva de bosques tropicales. En sus orígenes, muchas de las tribus que habitaban las selvas amazónicas, conscientes de sus propios estragos, mudaban de residencia cada cinco años para reducir al mínimo el desgaste de su medio ambiente. Sin embargo, esta sabiduría atávica se ha ido olvidando y extinguiendo, por la acción de predatoria de intereses extraños a la región, que, destruyen año con año cinco millones de hectáreas.

Es así como muchas de las dinámicas nativas de preservación y supervivencia han sido derrotadas. En la actualidad, de los seis a nueve millones de indígenas que habitaron la Amazonia secular, no quedan más que algunos grupos exiguos y dispersos. Sólo en lo que va de este siglo, 90 tribus enteras han dejado de existir. Sin embargo, en el análisis del deterioro amazónico no se puede pasar por alto la falsa ética de los países desarrollados, que circunscriben el desastre ecológico del mundo al deterioro de los bosques tropicales.

En realidad, las causas más graves provienen de aquellos mismos países: la contaminación del aire y de las aguas con toda clase de desechos, el calentamiento de la atmósfera, el adelgazamiento de la capa de ozono, la amenaza del holocausto nuclear. Y la más impune de todas: la injusticia social y la pobreza crónica, que hacen estragos ambientales a lo largo y ancho del continente y, en última instancia, en todas las zonas marginales de los propios países desarrollados. En ese sentido, la salvación de la Amazonia no puede ser solamente una proeza colosal de sus depositarios naturales, sino una cruzada inaplazable del género humano. Este informe de la Comisión Amazónica de Desarrollo y Medio Ambiente - se funda en la concepción de una Amazonia que va mas allá de la fascinación y los mitos: una Amazonia de carne y hueso, de trabajo humano, de historia humana, de rostros humanos y esperanzas y futuros humanos.

Por desgracia, esos esfuerzos descomunales y solitarios han sido rebasados por la realidad. Inclusive viejos investigadores que han publicado sendas investigaciones, se han convertido en “ocultos” defensores de las depredadoras de la Amazonía y acusan y amenazan a los pocos profesionales que se internar al bosque a conocer la verdad y terminan siendo enemigos de dirigentes corruptos y de “académicos” atrapados por los halagos de petroleras y capitales endosados vía ongs faltos de ética.

Por lo general, las determinaciones políticas tienen mayor repercusión en la conciencia internacional que las emergencias ecológicas, y los intereses del Estado mueven más a la reflexión que las penurias de la naturaleza.

El reto, en consecuencia, es conseguir un cambio en la mentalidad del mundo ante la magnitud del problema. En esta nueva corriente investigación académica hay varios profesionales. En esta ocasión conversamos con una psicóloga Jessica Oliveira Bardales, de origen brasileño, con una larga adolescencia en Iquitos. Acuciosa académica latinoamericana, nos entrega algunos “Apuntes desde La Orilla Verde”, como parte de un Proyecto Nacional e Identidad.

En primer lugar considera que la tesis del perro del hortelano (aquello que no come ni deja comer) fue la mirada desde la cual el ex presidente Alan García, pretendió convertir en Política de Estado para la Amazonía, ese inmenso país que:

“Ocupa más del 60% del territorio del Perú, pero que alberga, según censo 1967 al 13.4% de la población nacional. Según la misma fuente, la población que habita en comunidades nativas es 332,975 personas - 9% de la población amazónica, 1,21% de la población censada, cuyas poblaciones agrupadas suman 13 y según el INEI y el Fondo Nacional de Población de las NNUU, censos 2007, XI Censo de Población y VI de Vivienda, y el II Censo de Comunidades Amazónicas: “No existe otro país en el continente americano con más familias lingüísticas que el nuestro.”

Oliveira, con la experiencia amazónica, opina que la selva está de moda, según dicen algunos, y emprende un breve retrato cultural: Los programas de tv, incluyen un o una “charapa” entre sus personajes, aunque se mantienen los estereotipos de siempre.

Cita al pintor amazónico Christian Bendayán, quien el año pasado gana el Premio Nacional de Cultura en la categoría Creatividad. La comida amazónica está presente cada vez más en los restaurantes. Hoy es mucho más fácil encontrar a un paisano Loreto-Italiano y Loreto-Perú que tienen su spot Marca Perú. Existe Cantagallo en Lima, una suerte de sede diplomática shipiba en el Centro Histórico de Lima, donde se toman decisiones nacionales.

En este universo citadino, cobra mayor presencia en la agenda política y el imaginario social a raíz de los hechos en la Curva del Diablo, del 5 de junio del 2009.

Lo amazónico aparece ahora de manera constante, aunque en el pasado era una historia lejana y fugaz vinculada al boom extractivo del caucho, del petróleo, el maderero. Ahora, de manera progresiva, ofrecen en las calles y mercados pequeños de Cantagallo y otros, pequeños barrios, mostrando innatas habilidades en su artesanía multicolor, enriquecida de ritos, leyendas e historias que encandilan a los niños o a personas que en el pasado cercano mantenían una distancia por conocer los misterios y grandezas de quienes conocen la dimensión de la mayor riqueza hídrica del planeta y la preocupación ambiental.

Las regiones amazónicas de Perú, afirma categóricamente J. Oliveira, con argumentos sólidos, mapas, fotografías y rodeada de expresivas ambientalistas, que describen las fronteras de Ecuador, Colombia, Brasil. No es casual que el Perú haya elegido como la nueva ruta hasta China, como en los viejos tiempos de la ruta de la seda, en otras latitudes.

Entre los amazónicos, no se desconoce los crímenes del Putumayo, aquellos que acompañaron al capitán Cervantes en su revolución independentista, y que reúne muchos de un presente más allá de la reserva con que los antiguos investigadores mantenían su prestigio reservado en cenáculos.

Adquiere especial valor, el aporte de Jessica Oliveira, cuando revela hallazgos en las bibliotecas de Loreto y del Brasil sobre el movimiento del 5 de agosto de 1821, cuando Iquitos se levantó en armas contra el gobierno de Leguía que tramaba entregar territorios a Colombia. “Contra la traición fue el slogan revolucionario. Luego de tomar el control de la ciudad apresaron a las autoridades del Gobierno Central. Luego se estableció el Gobierno Federal de Loreto, que recibió el apoyo unánime de toda la Amazonía. Dicha gesta tendría una segunda fase 10 años después con la recuperación de Leticia y la guerra peruana colombiana en la que se combatió a orillas del Putumayo. Corría los años 1932-1933.

Adelantándose a la intención del Gobierno de Leguía, en cederle a Colombia el puerto de Leticia (Tratado Salomón – Lozano, 1924), estalla la revolución Federal en Iquitos, que la dirige el oficial Guillermo Cervantes Velásquez, el cual 12 años antes había peleado como sargento en el combate de la Pedrera, en 1911, a orillas de Caquetá, expulsando a las tropas colombianas invasoras.

Corolario temporal

Lo que empezó en un movimiento de protesta patriótica contra la política anti popular y traidora del Gobierno, derivó en la fundación y establecimiento de un Estado Federal Amazónico, con gobierno, ejército y moneda propios pero, lo más importante, sin desconocer la peruanidad (Revista Digita Arqueo historia.

Durante el conflicto peruano-ecuatoriano en 1995, los llamados héroes del Cenepa, al igual que los anónimos del Baguazo, fueron los que guiaron a las tropas peruanas en la selva del Cóndor. La capacidad del ser humano y la paciencia tienen límites. Desde el otro lado, El Amanecer de los Andes, se escucha…:

“Alan te pedimos que vengas acá a nuestro territorio para que nos paguen las deudas que tienen con nosotros…Nosotros los awajun-wamps no te hemos elegido para que nos extermines sino para que nos ayudes, des estudios a nuestros hijos que ahora has matado. Nosotros no te estamos quitando tu propiedad privada, no te hemos matado a tus hijos, tu familia. ¡Ya nos exterminaste, ahora quedamos sin NADA!

Corolario. La lucha con la progresiva destrucción de la Amazonía tiene como principales y valerosos defensores a sus pobladores nativos y poblaciones urbanas. Son tiempos, en los cuales la Consulta Previa, es un deber moral de las empresas-Estado democrático-ciudadanía y especialistas jóvenes, imbuidos en profundidad de cuidar el ambiente en que vivimos. Procesos como los de Texaco-Chevron, en el Ecuador, no pueden repetirse. Los comuneros ya han buscado y encontrado el tiempo perdido, creyendo en la vida y en el libre vuelo de sus aves y mariposas multicolores. Esa es y debe ser respuesta a quienes con subterfugios pretenden burlar la destrucción de los bosques y la civilización amazónica. Como afirma Jessica Oliveira, recordando su niñez a las orillas del Amazonas, Desde la Orilla Verde.

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Plástica: Fantasías surrealistas

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Desde Ecuador: Isabel de Cisneros y Alvarado

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Isabel de Cisneros y Alvarado nació posiblemente en la década de 1660 (aunque no hay datos documentales exactos), en la ciudad de Quito, que por aquel entonces era la capital de la Real Audiencia de Quito. Fue hija del pintor mestizo Miguel de Santiago y la dama blanca Andrea Cisneros y Alvarado, que estaba emparentada con Mariana de Jesús, la primera santa ecuatoriana.



Fue la última de cuatro hermanos, dos hombres que fallecieron en edad temprana y su hermana mayor Juana, quien se casó y dejó un hijo de nombre Agustín al cuidado de su abuelo.2 Recibió los apellidos de su madre pues su padre no deseaba que sus hijos llevasen un apellido que no les pertenecía (Santiago, que él mismo había tomado de su benefactor), ni Vizuete (que representaba su pasado indígena); sin embargo en el medio artístico fue siempre conocida como Isabel de Santiago.

Contrajo primer matrimonio con Juan Merino de la Rosa, Portero Mayor de la Audiencia de Quito. Tras la muerte de este, contrajo nuevas nupcias el 15 de enero de 1692 con el capitán Antonio Egas y Venegas de Córdoba, quien también había estado casado antes con la dama chilena Catalina Tello de Meneses. De este matrimonio nacieron cinco hijos legítimos, tres hombres y dos mujeres, a saber: Agustín, María Mónica, Nicolás Fortunato, Antonio y María Tomasa; de entre ellos, dos se hicieron sacerdotes de la orden agustina a la que tanta devoción le había profesado su afamado abuelo materno.

Isabel se sintió atraída por la pintura desde muy pequeña, pasión que compartía con su padre y más tarde con su segundo esposo. Comenzó a formarse y trabajar en el taller de Santiago desde la adolescencia. Enviudó a inicios de la década de 1700, y en 1706 hereda el prestigioso taller de su padre tras el fallecimiento de este. Isabel continuó pintando hasta el día de su muerte, acaecida en Quito en 1714, siendo enterrada en el convento de La Merced, cercano a su casa.

Estilo

Isabel pertenece a la Escuela Quiteña de finales del siglo XVII e inicios del XVIII. Formada celosamente por su padre Miguel de Santiago, uno de los más famosos pintores del continente en aquella época, aprendió junto a su primo Nicolás Javier de Goríbar todos los trucos que habían vuelto a Santiago popular en las altas esferas, y por ende su técnica era muy similar y exquisita.

A pesar del hecho de que, por ser mujer, no pudo realizar los exámenes para la obtención de los grados que la acreditaban como una pintora profesional, Isabel se ganó el respeto de la gente y sus obras eran bien reconocidas, tanto así que uno solo de sus lienzos era aceptado como pago de cuantiosas deudas que le habían dejado su padre y su marido. Mientras trabajó con su padre, deducimos que Isabel y él compartían las ganancias del taller para cubrir las necesidades de ambos.

El historiador quiteño Federico González Suárez se refiere a la pintora diciendo que sobresalía en la pintura y manejaba el pincel con admirable delicadeza. De igual manera, el historiador y arqueólogo Jacinto Jijón y Caamaño afirma que el estilo de Isabel se caracteriza por un cúmulo de flores y animalillos que reflejan la pequeñez de su espíritu, entendido esto último como un halago a su pureza de espíritu y humildad.

Obra

Su obra más conocida es el retrato que le hizo a Sor Juana de Jesús, monja clarisa a la que le atribuían comportamientos de santa. Pocos días después de su muerte, en 1703, le encargaron a su esposo un cuadro de la misma que no se sentía capaz de realizar, por lo que recurrió a su esposa Isabel. En palabras del biógrafo de la monja, padre Francisco Javier Antonio de Santa María:

«Algunas personas, devotas de aquella sierva de Dios, rogaron al capitán don Antonio Egas, aficionado a la pintura, que la retratase estando ya muerta, quien aseguró bajo juramento que no había podido dar pincelada con acierto; y conociendo no ser voluntad de Dios que pusiese mano en la obra, la dejó. Viendo que por ese medio no se podían cumplir sus deseos, arbitraron el acomodarle en yeso, y tampoco lo consiguieron. Valiéndose finalmente de doña Isabel de Santiago, mujer del dicho don Antonio Egas y señalada en el arte, quien por las especies que le quedaron de las veces que le había visto (a la monja), la sacó, sino con perfección, con alguna semejanza.»

Su marca personal, de belleza floral, luminosidad y presencia de pequeños animales, se ve reflejada en el resto de sus trabajos, entre ellos los lienzos titulados "El hogar de Nazareth", guardado en el convento de San Diego, y "El arcángel Gabriel" en el museo franciscano de Quito. Además, Isabel trabajó en conjunto con su padre en varias obras muy conocidas, entre ellas: "La Virgen de las Rosas", para el Convento de Santo Domingo; "La Virgen de las Flores", que se encuentra en el Museo de Arte Colonial, de Quito; y "San Antonio de Padua", para el monasterio de El Carmen Alto.

Es probable también que la pintora trabajase en varios ángeles para uno de los retablos de la Iglesia de Guápulo, al igual que en el cuadro "San Gabriel", expuesto en el museo del mismo templo quiteño. Isabel trabajó también en varias obras de su esposo, deducible por los delicados detalles de animales, telas, flores y broches que son de su estilo pictórico y que también se encuentran en los lienzos de su padre, Miguel de Santiago.

Un famoso cuadro titulado "La contemplación mística de San Agustín", ubicado en el monasterio de la Iglesia de San Agustín, se había atribuido tradicionalmente a Miguel de Santiago por la firma, que parece mostrar las siglas "MdS". Existe desde 2008 la duda razonable de que el cuadro no es de autoría del maestro, sino de su hija Isabel, basada en el hecho de que la firma, tras un estudio paleográfico, en realidad contiene las siglas "fYdS", con las dos primeras letras casi enlazadas pareciendo formar una M, lo que había llevado a confusión.

Los óleos sobre la infancia de la Virgen María y también del niño Jesús se convirtieron en su especialidad tras las muertes de su padre y esposo.

Ver su obra aquí:
- http://mujerespintoras.blogspot.com/2013/02/isabel-de-santiago-1660-1714.html
- https://www.google.com.gt/search?q=sabel+de+Cisneros+y+Alvarado+obra&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ei=HVGcU4XxNqjNsQTci4L4Cw&ved=0CAYQ_AUoAQ&biw=1280&bih=675

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Relaciones prohibidas

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El ingeniero en aludes don Víctor de León y Menéndez ya había dejado atrás los sesenta. Autoridad como nadie en su materia, con varios libros publicados sobre desmoronamientos y derrumbes, por años había mantenido en secreto su bisexualidad. Era un reputado profesional, intachable docente y excelente padre de familia. Más de una vez, incluso, se lo veía en misa de once los domingos, como siempre muy elegante y sin aparentar su verdadera edad.

Fuera de su "amadísima esposa", como solía llamarla -con quien desde hacía ya más de veinte años no tenía sexo-, no se le conocía ninguna otra relación amorosa. Nadie habría osado pensar que tenía amantes varones.

-Comienzan con una nada: una pequeña piedrecilla que empiece a rodar, y si las circunstancias lo favorecen, ahí tenemos luego una despiadada avalancha que puede aplastar un pueblo completo-, gustaba de explicar en palabras sencillas el inicio de un alud. -En otros términos: es sólo cuestión de empezar-. Esa era, en síntesis, la explicación que daba a la vida; o a su vida al menos. Todo había sido empezar. No recordaba con exactitud cuándo fue su primer amor con un varón -"yo era muy joven", solía recordar- pero sabía que le gustó. Y desde allí nunca más quiso, o pudo, dejar de tener relaciones homosexuales. Luego vino el matrimonio -heterosexual, claro-, la prole, el triunfo profesional, y por supuesto: el brillo social.

Sus dos hijos, varones ambos, estaban casados. "Por la iglesia, por supuesto", enfatizaba a menudo. Tenía cuatro nietos.

Tras años de mantener una vida bisexual, tenía calculado cada uno de sus pasos hasta los más mínimos detalles a fin de no evidenciar esa característica. Por supuesto que no le desagrada ser lo que era, pero prefería no reconocerlo. Es más: hubiera muerto de la vergüenza si se sabía. Hasta incluso en más de una ocasión se manifestó en público -no habría sabido decir por qué- como contrario a la homosexualidad. -"Eso es pecado. Lo dice la Biblia"- sentenció admonitorio alguna vez. No obstante tenía relaciones con varones bastante frecuentemente, mucho más que con su esposa.

-Gracias, mi amorcito, gracias por el dato. Vamos a ver si me llego uno de estos días-, respondió efusivo la llamada a su teléfono móvil. Lo estaban invitando a un nuevo club nocturno para gays que acababa de inaugurar; quien lo invitaba era uno de sus mancebos -joven veinteañero- que bailaba en ese centro junto con otros más, algunos también conocidos del ingeniero. Víctor se entusiasmó; hacía mucho que no frecuentaba un lugar de esos. En realidad lo había hecho pocas veces en su vida, siempre de incógnito y con el miedo -casi terror- que le descubrieran. Con los jóvenes con quienes había tenido contacto se encontraba siempre fuera de estos ámbitos; prefería un restaurante y luego pagar algún hotel. Su casa "era sagrada. Ahí no".

Decidió que iría el viernes. Con alguna aceptable excusa -una reunión de trabajo de la Universidad se le ocurrió decir- dejó todo arreglado en su casa. Marta, su esposa, jamás preguntaba nada; prefería no enterarse. Y para Víctor era perfecto que así fuera. Como en tantos matrimonios, el silencio cómplice envolvía toda la relación.

Acicalado como si fuera a la primera cita amorosa de su vida, y no sin cierta cuota de nerviosismo, alrededor de las diez de la noche llegaba a "Oro líquido", en pleno centro madrileño.

Se asustó un poco al verse en esa situación; el tráfico era abundante y había muchísimos peatones. -¿Y si alguien me reconoce?-, le asaltó la duda.

Sin pensarlo mucho, entró. Casi al instante se encontró con quien lo había invitado: Manuel, un joven que fue su alumno y con el que desde algunos meses atrás mantenía una regular relación. Luego de unos efusivos saludos se ubicaron lo más cerca posible del escenario.

En ambientes como ése Víctor se sentía a sus anchas; si bien jamás reconocía públicamente su inclinación homosexual, estando entre iguales no se veía compelido a fingir. Eran, quizá, sus momentos más felices. Y por cierto los gozaba al máximo.

Al calor de algunas copas, y habiéndose quitado el saco y la corbata, su buen humor iba en aumento; el tierno cariño inicial se fue transformando en pasión. Estaba muy excitado.

Fue en ese momento que inició el espectáculo. En un primer instante no lo podía creer.

-¡No, no, no es posible! ¡Esto no está sucediendo!-

Manuel se sorprendió ante la reacción de su pareja; en general el ingeniero era una persona tranquila, incluso cuando estaba excitada. ¿Qué le estaba pasando ahora?

La copa resbaló de entre los dedos de Víctor cayendo sobre la mesa; aturdido, prendió un cigarrillo para apagarlo casi inmediatamente.

-Salgamos, salgamos de aquí- fue lo único que pudo balbucear. Manuel no salía de su asombro.

Arriba del escenario hubo quien también quedó tan estupefacto como el ingeniero; uno de los jóvenes que bailaba en el show, el más sensual por cierto, también resultó golpeado. No todos los días se encuentran abuelo y nieto en un club para homosexuales; y menos aún, sin que el uno sepa de las preferencias sexuales del otro.

El golpe fue grande.

Javier, el nieto menor del reputado ingeniero, con sus flamantes dieciocho años tenía ya una conocida identidad homosexual en el medio madrileño. Su abuelo, por supuesto, no lo sabía. Así como tampoco Javier nada sabía de las opciones de su abuelo. Encontrarse cara en esas circunstancias para ambos tuvo un valor definitorio en sus vidas.

Pasados unos pocos días tanto abuelo como nieto tomaron drásticas decisiones. No se hablaron para ello -habitualmente nunca lo hacían, más que en alguna esporádica reunión familiar. Javier decidió marcharse del país. La justificación dada oficialmente, incluso a su abuelo, fue una repentina decisión de desarrollar un voluntariado en una organización humanitaria en cualquier país africano. Todos lo creyeron, y no faltó quien lo felicitara incluso. Todos, excepto su abuelo.

Para Víctor -"el ingeniero de León", dicho desde la otra faceta, la cara oficial, la correcta- la decisión tomada por su nieto fue acertada; aunque prefirió no decir una palabra en público al respecto. Por el contrario, buscó la manera de comunicarse con Javier en forma privada.

El encuentro nunca se dio. Si bien Víctor hizo lo imposible por forzar la cita, no obstante todo eso finalmente recibió la noticia de la partida de Javier rumbo a Tanzania cuando ya estaba consumada. Lo supo dos días después de producida, cosa que lo llenó de angustia. No por no haberse podido despedir de su nieto, en absoluto; lo que lo dejó en la más profunda ansiedad fue el hecho de tener que permanecer con la incertidumbre de qué sucedería luego. -¿Hablará este hijo de puta? ¿Dónde se irá realmente?-

Las ideas se le arremolinaron súbitamente; como algo inusual en sus costumbres, bebió bastante, y por dos noches consecutivas no pudo conciliar el sueño. Debió apelar a somníferos en la tercera.

Comenzó así una desenfrenada investigación familiar sobre el paradero del nieto. Su hijo mayor, el padre de Javier, tenía la dirección; al parecer, por lo que pudo colegir, era cierto que se había marchado a Tanzania. A la ciudad de Dodoma, para más precisión.

-¡No podía ser de otra manera! Dodoma… Suena a Sodoma-, reflexionó Víctor.

Incluso averiguó con la organización para la que había emprendido el voluntariado -"Siervos Sin Fronteras"-, la que le confirmó la veracidad de los datos.

Unos pocos días después llegó donde su esposa con la noticia que se habían producido unos enormes desmoronamientos en Tanzania, y que existía riesgo de otros más.

-¡Qué coincidencia! ¿verdad? Justo al lugar donde acaba de irse Javiercito- agregó como al pasar. -Pues… resulta que me han comisionado para ir allá. La semana próxima parto-.

Su "amadísima esposa" no le creyó, pero como otras tantas veces simuló estar de acuerdo.

Una semana más tarde tomaba su avión para el Africa. Iba confiado en poder encontrar su presa. ¿Para qué? no lo sabía muy bien; era una reacción visceral que lo llevaba a actuar así. Era el terror de pensar que su nieto divulgara su bisexualidad. -Dios me va a ayudar, dios me va a ayudar-, se repetía como salmo ritual.

Con una ansiedad como nunca antes había sentido en su vida, intuyendo que lo que estaba haciendo tenía mucho de disparate pero, sin embargo, no queriendo, o no pudiendo dejar de hacerlo, luego de accidentados viajes -llegó con un retraso de más de un día, y en todas las peripecias perdió una de sus dos maletas- se dirigió a la dirección que le habían dado. En una pintoresca casita de madera se encontraba la misión. Con nerviosismo llamó a la puerta -el timbre no funcionaba. Lo atendió un negro monumental, de más de dos metros de alto, que hablaba un mal inglés. La actitud honesta de su respuesta negativa galvanizó a Víctor. Era evidente: ahí no había ningún Javier de León, español, dieciocho años, trabajador voluntario.

-¡Es un hijo de mil puta!- fue todo lo que se le ocurrió decir en el momento.

Quedó mudo, perplejo, sin saber qué hacer. Una vez más se le arremolinaron los sentimientos; quería desaparecer a su nieto, quería desaparecerse él mismo. Hubiera pagado lo que le pidieran si alguien le decía dónde encontrar a Javier. Por nada del mundo quería volver a España sin haber resuelto lo que él pensaba iba a resolver.

Fundamentalmente se sintió burlado.

-Si pudo estafar a todos con su supuesto viaje al Africa, mucho más aún puede estafarme a mí. ¿Me chantajeará? ¿Cuándo va comenzar a hacerlo?-

Pensó quitarse la vida, pero no lo hizo. El terror que se apoderó de toda su persona fue indecible.

Ahora, luego de interminables incidentes, es hermano de caridad en un convento católico en una remota región de Kenya. Sigue escondiendo su bisexualidad, pero ya no tanto; no es el único con esas preferencias dentro del convento.

En Madrid poco, o nada, se supo de Javier por buen tiempo. Recién dos años después de su partida su padre recibió noticias. Golpeado todavía por la desaparición de su padre -el abuelo de Javier, a quien oficialmente se terminó dando por muerto, al menos en territorio español- llegó una carta donde el joven comunicaba que estaba viviendo en pareja con un afroamericano en la ciudad de Nueva York, y que se encontraba muy bien. Ahora estaba estudiando decoración de interiores.

-Mirad, lo peor de todo, lo peor de esta tragedia, es que es un negro-, fue el agudo comentario de su abuela, la devota viuda de de León.

Tomado del libro “Cuentos para olvidar”.

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Como explicarte

Ariel Lemoine (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A veces mi alma me deja a solas
y me veo en mis miserias,
en las pérdidas, hasta los equívocos
pareciera no poder remediar.

Los andamios, a estos escalones
que construyo hacia la sima de la nada,
me hacen ver el abismo sin un amor.
Te explico esto por la sencilla razón
de mi imperfección en las palabras.

Mi voz te habla, mis manos te buscan,
mis ojos quieren verte hermosa, así.
Como en aquella primera vez,
a orilla del ser que eres, imperfecto.
Es hora de que vuelva mi alma, a mí.

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Fotografía: Imágenes increíbles de la Guerra Civil en Estados Unidos

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El ciruelo del mundial

Eduardo Francisco Coiro (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol en el fondo de la casa de los padres de Kalman.

Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.

Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época.

La hoja suelta y maltrecha de papel era la tapa de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " de V.I. LENIN. PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA.

En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.

Solo se había salvado la colección de mecánica popular y el diccionario.

La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.

A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.

Me dio la hoja suelta y dijo: -Llevalo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.

De su biblioteca enterrada sólo había leído "Para leer al Pato Donald".

Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.

A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.

Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.

Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.

La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.

Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.

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El arca (del nuevo milenio)

Aldo Luis Novelli (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



estoy escribiendo en medio de la tempestad.

te hablo a vos hermano
a vos amigo lector borracho perdido o loco de atar
quiero decirte las palabras necesarias
solo esas palabras
las que se gastaron con el viento del desierto
las que hacen nacer flores entre las rocas
las palabras lluvia
que horadan la piedra.

oh! rocas
rocas en mi cabeza
rocas en tu cabeza
tiempo atrapado fuera del tiempo
rocas que hay que demoler
a mazazos de voluntad cada día
cada minuto empedrado
cada instante en que caen en tu alma
antes que se colme
antes que se vuelva roca ella también.

estoy escribiendo en medio de la tempestad.

pasa un tren con gente feliz
chicos riendo
jugando en el centro de la inocencia
y una mujer oscura
de rostro pálido
que solo piensa en una cosa
a ella no le importa el tren
ni el paisaje veloz
ni la alegría del mundo
ella solo piensa en suicidarse
suicidarse
suicidarse
suicidarse…

estoy escribiendo en medio de la tempestad.

te hablo a vos desgraciado
habitante de la ciudad
a vos mujer pálida
soy el hombre que te habla
el poeta
el desgraciado que se cree poeta
y te habla al oído mujer
te cuenta historias falsas
como la gran historia
te cuenta cuentos de esperanza
y te mira a los ojos
como nadie te ha mirado nunca
a vos mujer
para que no te mates
solo por esta vez
no te mates!
esperá hasta el próximo puente
tengo la mejor historia
la que jamás te contaron
la historia más fabulosa
la más mentirosa de todas
para que no te mates
no te mates mujer!
esperá al próximo puente…

estoy escribiendo en medio de la tempestad.

el mundo se inclina
hacia la nada
el eje terrestre tiene una inclinación de 23º
y sigue acostándose
los polos se derriten
los árboles ya no mueren de pie
el aire se vuelve cada vez más denso
preparate para el próximo the world jump day
no logramos corregirlo antes
necesitamos ser más
muchos más
para salvar el planeta
para salvar la humanidad
para salvar un solo hombre
y una sola mujer
necesitamos la fuerza de toda la humanidad
como proponía el cholo Vallejo
todos implorando
“no te mueras hombre”
“no te suicides mujer”
todos saltando juntos
todos gritando desaforados por la vida
todos orando
al dios sol
y a la diosa luna
todos en medio de la tempestad.-

Del libro inédito: Rock en el desierto"

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Cuadratura de la rosa

Amelia Arellano (Desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Y tú me dices setenta veces diez.
Y le sumo cuatro mujeres solas.
Y siete veces diez alcanzan para tapar el sol.

Y me pienso y me indago y me cuestiono.
Voy y vengo. Caigo y me levanto.
Laberinto de Creta.
Tropiezo con Girasoles. Con prados divididos.
Con albores: Incendiada pasión en rojo vivo.
Y lamo y acaricio y agasajo
Las líneas y las cruces y las coordenadas
Y te siento en mi pubis violeta.

Cuadratura de la rosa.

Natural y defectivo. Padre.
Rosa nacida de animal.
Atómico y compuesto. Dividido.
¿Setenta veces siete?
No se puede dividir la vida cuando se ama.
Una lagrima en el páramo.
Numero compuesto. Espera

Y conjugo la soledad del uno.
Allí mismo, en esa cuadratura.
Conjugo la soledad del uno.
Un amor y un deseo. Dos menos tres.
Y las cuentas no dan.
Amor mío. Amor mío. Dios de barro.
Otra vez.
Cinco veces diez alcanzan para tapar el sol.

Pintura de Alcides Segovia

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Sobre dignidad, indignidad, arrogancia e indignación (Para un programa radial destinado a adolescentes)

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay gente digna, orgullosa, en el mejor sentido de la palabra, con amor a sí mismo y hacia los demás, que se pone al servicio de la vida; hay gente arrogante, fatua, soberbia, cuya autosuficiencia les lleva a cometer actos estúpidos; son seres que más están al servicio de la muerte, como el protagonista de ese fabuloso cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, en la que el narrador nos habla de un rey demasiado preocupado por su vestuario, quien oyó a dos charlatanes comentar que podían fabricar una tela tan suave, tan suave y tan delicada, que nadie podría imaginar, la cual resultaba invisible para los tontos; por ello, el gobernante, temeroso de no poder verla, mandó a dos hombres de confianza, a ver si podrían percibir la tela; pero, hecha la experiencia, los mensajeros no la vieron por ningún lado y, para no pasar como idiotas, mintieron, no dijeron la verdad, sino que empezaron a alabar su tejido. El rey, entonces, mando a confeccionar un traje a los pillos, quienes supuestamente lo elaboraron y fingieron que le ayudaban a ponerse la prenda, antes que el Emperador desfilara frente su pueblo, con la garantía de que si se la había puesto era porque la había visto. La multitud admiraba el vestido, porque no quería pasar por majadera; hasta que unos niños dijeron:

¡Pero el emperador va desnudo! – a lo que hizo eco la muchedumbre; pero, el Emperador siguió muy ufano y enhiesto su camino, pues no quería que la masa lo hiciese pasar por tontarrón.

Tenemos ahí un claro ejemplo de arrogancia, un Emperador tan fatuo, tan cabeza vacía, que no merecía ser el gobernante de aquel pueblo, al ser presa de una vanidad tan insensata.



Ejemplo de verdadera dignidad, fue la afroamericana Rose Parks, una mujer, quien llegaría a ser tan importante para el movimiento de los derechos civiles en los Estados Unidos de América, en un país donde el racismo, heredero del esclavismo, aún en pleno siglo XX, imperaba hasta el punto de que la discriminación racial llevaba al asesinato de los negros, por blancos arrogantes, como los del Ku Klux Klan; pero, también, esa actitud se entreveraba en la vida cotidiana, hasta el punto de que los negros tenían que ceder la silla del autobús si una persona aria subía en él. Pero un día, Rose, el 1 de diciembre de 1955, se negó a ceder su asiento a un hombre blanco, lo que hizo que se la encarcelara; sin embargo, conto con el apoyo un joven pastor protestante, casi desconocido, Martin Luther King, quien dirigió una protesta contra los autobuses públicos de la ciudad y convocaron a la población afroamericana para organizarse y transportarse por sus propios medios, sin tomar los ómnibus; ello hizo el negocio, sin clientela, se viniera abajo, porque se subían pocos o ningún pasajero, lo que determinaría que se acabara con la práctica de la segregación racial en los medios de transporte y así se abriría el camino a una integración racial, que es la que ahora permite que el presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, sea un afrodescendiente.



Pero también hay seres humanos indignos, que no merecen ser reconocidos por las virtudes, que dicen tener, como son esos hombres que engañan a sus pueblos y los timan, como pasa con tanto corrupto en la política mundial.

Aunque muchos quisieran reducir a otros al lugar de la indignidad, como era el caso del antisemitismo, imperante en Europa, durante muchos siglos, aún antes de Hitler.

De ahí que Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, nos contara en su libro La interpretación de los sueños, como él había quedado indignado con un relato de su padre, un comerciante judío, quien había sido severamente humillado, en la calle, por unos sinvergüenzas antisemitas, que le tiraron su sombrero al suelo, mientras le decían:

¡Perro judío! – el hombre sin decir nada cogió su gorro del suelo y se retiró triste.

Tal indignación haría que el joven Freud convirtiera Aníbal, el general y estadista cartaginés, un ideal para su yo, un héroe, capaz de rebelarse contra el Imperio Romano.

Aquel hombre había defendido a su pueblo, como Freud quisiera defender a los semitas, porque él sintió que, por ser judío, había encontrado dificultades para su promoción profesional.

Puesto que más allá de la arrogancia, que no mide consecuencias, el ser digno, se siente indignado, cuando se lo somete a situaciones de indignidad, cuando se violan sus derechos para una convivencia civil dentro de la diversidad, cuando se hace pagar el costo de una gran inequidad económica, como la que señala el premio Nobel de Economía en el 2001, Joseph Stiglitz, en su famoso libro El precio de la desigualdad, el cual lleva por subtítulo El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita.

De ahí que Stéphane Hessel, uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en 1948, ya en su ancianidad, exhortara a los jóvenes, en el 2010, a indignarse, ya que todo buen ciudadano debería hacerlo ante un mundo tan mal gobernado por los poderes financieros, que lo acaparan todo, de donde no viene nada mal indignarse en pro de la Libertad y de los valores más importantes de la humanidad.

Era la voz de un viejo que había participado en la Resistencia francesa contra el nazismo, quien había sido capturado y torturado por la Gestapo, para en la postguerra pasar a ser diplomático, representante del gobierno francés, que nos invitaba a indignarnos frente al menosprecio de un racismo, aún hoy imperante, frente al deseo de la abolición de la Seguridad Social, frente a la manipulación de los medios de comunicación por las élites económicas, ante la crisis financiera a la que estamos sometidos, hechos ante los cuales no podemos estar ni indiferentes, ni actuar como los pasotas, sino actuar dentro de los cauces de movimientos no violentos, al estilo de aquellos a los que pertenecieron Rose Parks y Martin Luther King, puesto que la primera década del siglo XXI ha sido todo un retroceso frente a lo logrado en el siglo XX, un siglo inaugurado con dos guerras mundiales, que son como si fueran una experiencia olvidada.

Pues de lo que se trata es, ante la historia, de la que seremos protagonistas, es de asumir una posición activa, de búsqueda, para tratar de encontrar nuevas soluciones, frente a un mundo en el que el Dinero se ha convertido en Dios, de una forma insolente, egoísta, por adoradores que van desde la gente, en general, hasta las más altas esferas del Estado.

Por otro lado, la desigualdad crece, en una sociedad que nos incita a tener más que a ser cada vez más auténticos, porque pareciéramos estar en el arrogante reino del Capital, con una banca privada, más preocupada por sus dividendos, manejados por ejecutivos, que ganan altísimos sueldos, sin que les importe el bien común, lo que hace que mucha gente haya sido desahuciada, en un mundo que ofrece empleos inestables, con todo un incremento de las tasas de suicidio, ante lo cual una red social de indignados, entre otros muchas acciones políticas, logren enfrentar a esos seres arrogantes, que quieren manipular el mundo a su antojo y reducir a los otros a la indignidad, para ir en busca de un desarrollo social y económico que recupere la dignidad de las personas y mostrar que esos seres arrogantes, que nos dominan, van desnudos.



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